El rey que despierta
Prólogo.
Silencio. Calma. Una leve brisa refrescaba la cálida noche, haciendo que por momentos las gotas de sudor en los cuerpos parecieran frías.
La luz de las lunas brillaba sobre la superficie del lago inmóvil.
-Demasiada tranquilidad...
Uno de los pescadores avivaba la fogata junto a la orilla. A su lado, un perro mordisqueaba restos de la pesca anterior.
-Estar en este lugar es una pérdida de tiempo -bufó-. ¿En qué estaba pensando Melinda?
El perro irguió la cabeza de golpe, orejas tensas. Olfateó el aire y soltó un gruñido bajo, fijando la mirada en las aguas negras.
-Algo no está bien... -susurraron los demás pescadores.
Entonces ocurrió.
Un estallido, como una bomba, explotó en el centro del lago.
-¡Ha picado!
Uno de los sedales se tensó violentamente mientras su pescador sujetaba una caña mecánica.
-¡Dadme la mecaña!
Veloz como un rayo, una mujer de largos cabellos trenzados salió de su tienda.
-¡Aquí tienes, Melinda!
La joven tomó la caña. Activó el carrete automático. El sedal comenzó a recogerse con un sonido ensordecedor.
Pero algo tiró desde abajo.
Y la lanzó por los aires.
Con un clic, la mecaña desplegó estacas metálicas que se clavaron en el suelo, frenando su caída hacia el lago.
El carrete echó humo. Chispas saltaron.
El sistema cedió.
Y el pez ganó fuerza.
-¡Modo manual!
Una palanca se activó. El carrete comenzó a girar como una centrifugadora descontrolada.
Melinda la sujetó con todas sus fuerzas.
-¡Estos años de entrenamiento no han sido en vano!
Entonces ocurrió lo imposible.
El agua explotó hacia arriba.
Un monstruo emergió.
Un pez de más de quince metros saltó como si volara.
-¡Es el Rey de los Ríos!
El sedal aflojó.
Melinda lo entendió en ese instante.
Ya no era un juego.
-Preparad las armas de las mecañas... viene por nosotros -ordenó-.
Y en voz baja añadió:
-Mayor pez... mayor gloria.
CAPÍTULO 1 - La primera pesca
La luz del sol iluminaba la superficie de Fluviara, el planeta de los ríos.
La nave descendía lentamente mientras las nubes comenzaban a abrirse en la atmósfera.
Nunca quise venir aquí.
La idea fue de mi madre. Un intento desesperado por sacarme de la vida virtual en la comunidad espacial de New Earth, nuestro planeta completamente artificial.
¿Por qué querría venir a una temporada de pesca con mi abuelo en un planeta primitivo y sin tecnología?
Mi vida online era perfecta: estudio, juego y hago todo sin salir de casa. Soy de los mejores de la academia en programación y robótica.
Pero a mi madre se le ocurrió la anticuada idea de que necesitaba "vida real" antes de hundirme por completo en lo virtual.
Fluviara era un mundo casi entero de agua. Océanos inmensos, manglares infinitos y ríos que cortaban la tierra como venas vivas.
La vida terrestre aquí nunca evolucionó demasiado. En cambio, la vida fluvial y marina explotó en diversidad. Por eso pescadores de toda la galaxia venían aquí.
Mi abuelo vivía aquí desde antes de que yo naciera. Se mudó cuando mi madre conoció a mi padre. Siempre decía que las colonias espaciales eran demasiado muertas para envejecer en paz.
El transporte aterrizó sobre el agua, en un puerto lleno de barcos.
No había pistas de aterrizaje. Todo aterrizaba en el mar.
Vi a mi tío agitándome la mano desde el muelle.
Respiré.
El aire era pesado, húmedo... vivo.
-Apuesto a que nunca habías respirado así -dijo mi tío, ayudándome a dar los primeros pasos.
La gravedad y el oxígeno me golpearon como un martillo.
-Ya te acostumbrarás.
Will, mi tío, llevaba cinco años viviendo con mi abuelo. Había huido de problemas en las colonias, casi muere por negocios sucios.
El abuelo lo sacó de allí a la fuerza... literalmente.
Y lo trajo a Fluviara.
Donde, según él, la vida lo "arregló".
Mientras avanzábamos en un viejo vehículo acuático, la jungla nos envolvía.
Aves. Insectos. Agua por todas partes.
Fluviara no era un planeta.
Era un latido.
Después de una hora, vimos una cabaña sobre una colina.
En la orilla.
El abuelo Grant estaba sentado afuera.
Grande. Fuerte. Más imponente de lo que recordaba.
A su lado, varias cañas mecánicas.
Se levantó.
Y me abrazó como si el tiempo no existiera.
-Pequeño Matt... estás más grande que tu madre.
-He crecido un poco...
-Cámbiate y escoge una mecaña. En media hora salimos.
-¿Qué?
Una hora después estábamos en la orilla de un río.
El abuelo y dos ancianos pescadores contaban historias de gloria, bebiendo algo fuerte.
El mundo entero parecía girar alrededor de la pesca.
Will estaba concentrado.
Yo... intentaba entenderlo.
Nutrias entrenadas cazaban peces en la orilla.
Y junto al abuelo... dormía su caimán de seis metros.
Demasiado tranquilo.
Demasiado grande.
El sedal de Will se tensó.
-¡Tengo uno!
Activó el modo automático.
La mecaña comenzó a tirar.
El pez saltó.
Un movimiento.
Un golpe.
Y el combate terminó con el modo hacha.
-Dos metros. Hoy solo pican pequeños.
Yo tragué saliva.
Entonces mi caña vibró.
-No puede ser...
El mundo cambió.
-Activa el carrete automático -gritó Will.
Yo presioné botones.
Demasiados botones.
La caña se ancló al suelo.
Y entonces... tiró.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
Salí volando hacia el agua.
-¡MANTENLO AHÍ!
El sedal temblaba como si el mar respirara.
Y entonces lo vi.
Una sombra enorme bajo el agua.
Subiendo.
-Viene por ti... activa las armas.
-¿QUÉ ARMAS?
Sin quererlo, lo hice.
Una lanza salió de la caña.
El impacto fue instantáneo.
El pez cayó.
Gigante.
Un megagre de seis metros de furia y peso.
Cuando salí del barro, estaba temblando.
Empapado.
Vivo.
Y entonces la vi.
Una joven de pelo rojo trenzado, ojos azules como agua profunda, lunares en el rostro y gafas de buceo sobre la frente.
-Buena pesca -dijo.
Y se fue.
-¿Se puede ser más genial? -pensé.
-Es Melinda -dijo Will.
-¿Quién?
-La favorita para ganar el torneo de este año.
Algo dentro de mí despertó.