PRÓLOGO
Hubo reinos construidos con oro.
Otros con fe.
Auvarell fue construido con conquista.
Con templos derribados, lenguas silenciadas y pueblos obligados a olvidar quiénes habían sido antes de la llegada de Aurenval.
Veintiún años después de la guerra que cambió al continente, el reino parecía estable.
Las calles estaban llenas.Los mercados prosperaban.Las iglesias se elevaban donde antes descansaban antiguos dioses.
Y aun así, la paz seguía siendo una mentira elegante.
El resentimiento crecía en silencio.
Los descendientes de conquistadores defendían su poder.
Los pueblos originarios sobrevivían entre pérdidas imposibles de nombrar.
Y los mestizos... existían en la grieta de ambos mundos.
Demasiado extranjeros para unos.
Demasiado indígenas para otros.
Amados por nadie.
Utilizados por todos.
El rey Eren II entendió demasiado tarde que ninguna guerra había terminado realmente.
Moría lentamente cuando ordenó preparar una reunión secreta en la sala más antigua del Palacio de Vidrio.
Solo acudieron dos hombres.
El primero fue su hermano menor.
El duque más respetado de Auvarell.General brillante.Protector feroz de la corona.Un hombre que creía que el reino debía preservarse mediante orden, pureza y disciplina.
El segundo fue un conde.
Un hombre que había luchado junto al rey desde su juventud.
Nunca aceptó títulos mayores.Nunca ambicionó poder.
Mientras otros nobles acumulaban riquezas, él construyó el Distrito de Oficios, ofreciendo trabajo, hogar y dignidad a artesanos indígenas desplazados por la guerra.
Era admirado por el pueblo.
Y en secreto, más amado que el propio rey.
Los tres hombres permanecieron en silencio mientras el fuego consumía lentamente la leña de la chimenea.
Sobre la mesa descansaba un decreto aún sin firmar.
—Nuestro reino está muriendo —murmuró Eren II.
El duque frunció el ceño.
—El reino está más fuerte que nunca.
El rey soltó una risa seca, casi triste.
—No. Solo aprendimos a esconder nuestras heridas bajo coronas más brillantes.
El conde permaneció en silencio.
Sabía que el rey tenía razón.
Había visto demasiadas familias destruidas.Demasiados niños sin hogar.Demasiados pueblos obligados a sobrevivir entre ruinas.
Eren II tomó la pluma.
—Todos podemos aprender a amar—dijo con voz cansada—. A una persona. A un pueblo. A una tierra que alguna vez llamamos enemiga.
Ambos hombres levantaron la mirada.
—Si nosotros no pudimos reparar lo que destruimos... nuestros descendientes lo harán.
El duque golpeó la mesa.
—¿Planeas comprometer a nuestros linajes por una ilusión?
—No —respondió el rey—. Planeo darles una oportunidad de construir algo mejor que nosotros.
El conde observó el pergamino.
Pensó en su familia.
Pensó en los hijos que aún no tenía.
Pensó en el futuro.
Y firmó.
El rey firmó después.
El duque fue el último.
Con duda.Con rabia.Con miedo.
Pero firmó.
Y así, en una habitación donde nadie celebró... quedó sellado el destino de dos familias.
Décadas después nacerían los herederos de aquella promesa.
Un príncipe destinado al deber.
Una joven destinada al sacrificio.
Y ambos descubrirían demasiado tarde que el amor no puede imponerse... pero sí puede enseñarle a un reino cómo sobrevivir.
Porque hay coronas que destruyen... y hay corazones capaces de reconstruir imperios rotos.