Contra La Carne

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Summary

No hay cordura, no hay amor, no hay pasión porque los cerdos no pueden mirar al cielo. Recopilación de relatos eróticos de temática gay.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

UNO

El eco de la lluvia sobre el zinc del techo parecía el único latido en el departamento de la colonia Roma. Javier Ruiz, cuarenta y un años, gerente de riesgos en una aseguradora, estaba sentado en el borde de la cama conyugal a las tres de la madrugada. Entre sus dedos temblaba un recibo de hotel: dos noches en un lugar que él nunca había pisado. El perfume de Marta aún flotaba en las sábanas, pero ya no era suyo. Olía a otro cuerpo.

Guardó el papel en la cartera y apagó la luz. La oscuridad se cerró como una mano alrededor de su garganta. Mañana empezaría a buscar.

Tres semanas después, bajo un cielo de plomo, Javier estacionó su coche frente al bar La Sombra, en una calle estrecha de la Condesa. Había seguido el rastro de llamadas y un mensaje borroso: «Mañana a las diez. Quiero verte sudar». La puerta del bar se abrió. Marta salió primero, riendo de esa forma baja que Javier ya no le conocía. Detrás de ella, un hombre alto, hombros anchos bajo una chaqueta de cuero gastada. Víctor Salgado. Cuarenta y cinco años. Dueño nominal de un gimnasio clandestino y de varias deudas que nadie cobraba dos veces.

Víctor miró directamente hacia el coche de Javier. Sonrió apenas, como si supiera que estaba allí desde el principio.

Javier no se movió. El sudor le corría por la espalda a pesar del frío.

Al día siguiente recibió un mensaje anónimo: «Si quieres saber cuánto te ha mentido, ven esta noche al gimnasio. Solo. Callejón detrás del mercado».

Entró pasadas las once. El lugar olía a óxido, cloroformo y sudor viejo. Las luces eran débiles, amarillas. Víctor estaba golpeando un saco pesado, torso desnudo, músculos brillando bajo la luz sucia. Cada golpe sonaba como carne contra carne.

—Sabía que vendrías —dijo sin mirarlo—. Los cornudos siempre vienen.

Javier sintió la humillación como un golpe en el estómago. Dio un paso atrás, pero Víctor se acercó. Olía a hombre: sal, hierro, algo animal.

—Quiero pruebas —murmuró Javier—. Fotos. Nombres.

Víctor soltó una risa baja.

—Pruebas te doy. Pero no las que esperas.

Le mostró el teléfono. Videos. Marta de rodillas. Marta gimiendo un nombre que no era el de su marido. Javier miró sin poder apartar la vista. La vergüenza le ardía en las mejillas y, más abajo, algo más oscuro se removía.

—Ella me dijo que eres aburrido en la cama —comentó Víctor, casi conversando—. Que te corres rápido y pides perdón después.

Javier cerró los puños. Víctor se acercó más. Su pecho rozó el brazo de Javier. El contacto fue eléctrico, peligroso.

—Pégame si quieres —susurró Víctor—. O arrodíllate y aprende cómo se hace de verdad.

Javier salió huyendo esa noche. Pero volvió dos días después.

Las visitas se volvieron rutina enferma. Javier llegaba con excusas: más pruebas, más detalles. Víctor lo recibía siempre igual: sin camisa, mirándolo como quien evalúa una presa. Hablaban poco. Víctor le contaba cómo follaba a Marta contra la pared del hotel, cómo ella le rogaba que fuera más fuerte. Cada palabra era un cuchillo. Cada vez Javier se quedaba más tiempo.

Una noche de tormenta, Víctor lo acorraló contra los lockers metálicos. El frío del metal le quemó la espalda a través de la camisa.

—Admítelo —dijo Víctor, su aliento caliente en el cuello de Javier—. No vienes por ella. Vienes porque te moja saber que otro la tiene.

Javier negó con la cabeza, pero su respiración era entrecortada. Víctor deslizó una mano grande por su pecho, bajó hasta el cinturón. No lo abrió. Solo presionó, sintiendo la dureza traicionera.

—Mírate. Ya estás duro por el que te está robando la mujer.

Javier intentó empujarlo. Víctor no se movió. Era más fuerte, más tranquilo. Más cruel.

—Quítate la camisa —ordenó.

Javier obedeció. No supo por qué. El aire frío le erizó la piel. Víctor lo observó despacio, como tasando mercancía. Luego lo giró, pecho contra los lockers, y se pegó a su espalda. Javier sintió la erección de Víctor contra sus nalgas, gruesa, insistente.

—No voy a cogerte hoy —susurró Víctor en su oído—. Todavía no. Quiero que me supliques primero.

Sus manos recorrieron los costados de Javier, bajaron, apretaron. Javier gimió, un sonido roto que lo avergonzó más que cualquier palabra. Víctor lo masturbó despacio, con mano áspera, mientras le contaba cómo Marta le había dicho que su marido tenía la polla pequeña.

Javier se corrió con un sollozo, manchando los lockers.

Después de eso, la caída fue rápida y dulce como veneno.

Se veían casi todas las noches. Víctor lo humillaba de formas precisas, calculadas. Lo hacía esperar de rodillas en la oscuridad del gimnasio. Le enviaba fotos de Marta durmiendo en su cama y, debajo, una foto de la verga de Víctor. Javier las miraba en el baño de su casa, masturbándose en silencio para no despertar a su mujer.

La atracción era un nudo apretado: odio, deseo, miedo. Víctor nunca lo besaba en la boca. Solo lo usaba. Lo ponía a cuatro patas sobre las colchonetas sucias, le escupía en la espalda, le metía dos dedos mientras le recordaba que ahora era la puta del amante de su esposa.

La escena final ocurrió un jueves de pay de quincena. Marta estaba de viaje. Víctor lo llamó a las dos de la mañana.

—Ven. Última clase.

Javier llegó temblando. El gimnasio estaba en penumbras, solo una luz sobre el ring improvisado. Víctor lo esperaba con una botella de whisky barato y una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Desnúdate.

Javier obedeció. Se quedó desnudo bajo esa luz cruel. Víctor se quitó la ropa con lentitud. Su cuerpo era pesado, marcado, real. Se acercó y empujó a Javier contra las cuerdas del ring. Lo besó por primera vez: un beso brutal, con dientes.

Luego lo folló.

Fuerte. Sin piedad. Javier gritó contra el lienzo áspero, lágrimas de dolor y placer mezcladas. Víctor lo sujetaba por el cuello, susurrándole:

—Dime que eres mi puta.

—Soy tu puta —jadeó Javier, la voz rota.

Víctor se corrió dentro de él con un gruñido animal. Se quedó unos segundos hundido, latiendo. Después salió, dejando que el semen corriera por los muslos de Javier.

Se vistió en silencio. Javier permaneció tirado, respirando agitado, el cuerpo dolorido y saciado.

Antes de irse, Víctor dejó un sobre sobre su ropa.

—Ábrelo cuando me vaya.

Dentro había fotos. Javier y Víctor en el gimnasio. Javier de rodillas. Javier con la cara manchada. Y una nota escrita a mano:

«Marta lo supo desde la tercera semana. Me pidió que te rompiera. Dijo que era lo único que aún podía darte».

Javier se quedó mirando la nota mucho rato. Afuera seguía lloviendo. El frío se le metió entre las costillas y ya no salió.

Se vistió lentamente. Apagó la luz. Al cerrar la puerta del gimnasio supo que volvería mañana. Y pasado. Y todos los días que hiciera falta.

Porque ya no había otro lugar donde encajara.