El peor día de mi vida
La alarma no había sonado.
O quizá sí. Y yo la había apagado en uno de esos momentos de inconsciencia absoluta que convierten un lunes malo en una tragedia nacional.
—No. No, no, no… ¡NO!
Salté de la cama mirando la hora.
08:17.
Mi entrevista era a las nueve.
LA ENTREVISTA.
La única oportunidad de mi vida para entrar en Vanguard Group, la empresa más importante de la isla. La empresa donde trabajaba Adrián Leclerc.
Treinta y cuatro años.
CEO.
Millonario.
Insoportablemente brillante y atractivo.
Y según internet, un auténtico imbécil, además de un mujeriego.
—Perfecto. Fantástico. Maravilloso.
Me puse los primeros pantalones que encontré, una blusa negra y una americana beige. Mi abundante melena rizada, recogida deprisa en un moño, porque ni el universo tenía tiempo suficiente para domesticar aquello.
Mi reflejo me devolvió la misma imagen de siempre.
Curvas.
Demasiadas curvas.
Caderas que nunca entraban en la talla “correcta”.
Muslos que llevaban años librando guerras con cualquier vaquero.
Y unos ojos azules cansados de fingir seguridad.
—Hoy no —me dije mientras me ponía la de máscara de pestañas y un poco de brillo labial—. Hoy no vas a esconderte.
Treinta y siete minutos después entré corriendo en el edificio de la empresa. Mis tacones golpeando el blanco mármol, mi respiración jadeante, un brillo de sudor perlando mi frente. Y café. Muchísimo café.
Demasiado café.
Porque exactamente tres segundos después de atravesar las puertas, choqué contra alguien y mi vaso salió volando. Lo vi aterrizar a cámara lenta.
Café.
Traje.
Traje caro.
Traje MUY caro.
Y silencio. Un silencio mortal.
—Dios mío…
Subí la mirada.
¡No!
No podía ser.
Un metro noventa de altura.Traje oscuro. Mandíbula perfecta. Ojos grises. Fríos. Peligrosos. Y una expresión que decía claramente: acabas de cometer el peor error de tu vida.
—Lo siento muchísimo… —empecé.
—¿Sueles atacar a desconocidos antes de las nueve de la mañana?
Aquella voz..Grave. Tranquila.Demasiado tranquila.
De esas voces que no necesitan elevarse para llenar una habitación entera.
Sentí un escalofrío extraño recorriéndome la espalda. No de miedo. Peor.
Porque había algo peligroso en la forma en la que me estaba mirando. Como si estuviera intentando descifrarme. Como si, por un instante incómodo e imposible, solo existiéramos él y yo en medio de aquel enorme vestíbulo.
Mi corazón decidió dejar de colaborar y i mente cortocircuitó porque sabía perfectamente quién era el dueño de aquella voz y de aquel traje tan caro.
Adrián Leclerc.
Mi posible futuro jefe.
Y acababa de tirarle un café encima.