Capítulo I A primeira Chamada (La primera llamada)
Se sumergió en el laberinto de pasillos del CERN, buscando refugio en la precisión de las ecuaciones y de las mediciones.
Pero el dolor la perseguía, como una sombra pegada a sus pasos,envolviéndola en una profunda melancolía.
Lúa Mares ajustaba una de las terminales del acelerador con movimientos rápidos, casi automáticos. Desde que había llegado al CERN, su vida se había reducido a algoritmos, partículas y simulaciones. Ni siquiera los otros físicos del equipo parecían reales, sino proyecciones borrosas, como las partículas virtuales que aparecían y desaparecían en sus modelos.
El murmullo del colisionador le recordaba, a ratos, al sonido de las olas golpeando las rocas, olas de tristeza que la golpeaban sin cesar . Producía una vibración grave, constante, casi como un susurro bajo tierra que sólo los que estaban muy solos sabían escuchar.
No hablaba con nadie más de lo necesario. Había aprendido a llenar los silencios con trabajo y los vacíos con datos. Por dentro, una grieta crecía desde hacía meses. Desde la última llamada. Desde la última imagen de Lucas.
Lucas...
Su hermano mellizo había muerto en otoño, en una habitación blanca de hospital, envuelto en tubos, mientras los médicos hablaban de sistemas autoinmunes y fallos orgánicos, de nombres largos que no curaban nada. La ciencia no tuvo respuestas. Ni fórmulas. Ni tiempo.
Y ella, que se aferraba a la lógica como a un salvavidas, había quedado suspendida en el abismo de lo inexplicable.
Por eso estaba allí. Por eso no había vuelto a casa.
O al menos, eso creía
En el laboratorio, Lúa se esforzaba por concentrarse en su trabajo, pero su pensamiento se deslizaba sin cesar hacia el pasado, hacia los recuerdos de la infancia que había compartido con su hermano. Los juegos , las risas, los momentos de pura felicidad que habían llenado su niñez ahora parecían lejanos y dolorosos. La ausencia de su hermano era como un agujero negro.
Y al mismo tiempo, no lograba sentirlo completamente ausente. Como si algo invisible aún la uniera a él.
En lo más profundo de su luto, había una pregunta que no podía dejar de hacerse, aunque su mente racional se resistiera:
¿Y si la muerte de Lucas no fue un final... sino una transición mal entendida?
La idea le resultaba absurda —irracional, casi infantil—, pero persistía como una frecuencia de fondo que no podía silenciar. Había leído sobre el entrelazamiento cuántico, sobre partículas que parecían "recordarse" incluso separadas por distancias imposibles. Era una analogía arriesgada, casi supersticiosa aplicarlo a los hermanos mellizos, pero... ¿y si la conexión que sentía con Lucas tenía algún fundamento físico que la ciencia aún no comprendía?
Si pudiera registrar algo concreto, medir una anomalía, entonces tal vez el dolor tendría una estructura. Y si hubiera estructura, podría haber sentido. Y si había sentido... tal vez podría soportarlo.
Esa noche, en su apartamento, se quedó dormida en su escritorio. Entre fórmulas garabateadas y gráficas de estados cuánticos, el cansancio la venció por completo. Soñó.
Y no fue un sueño cualquiera. Fue un retorno.
Primero fue el olor.
No era al ozono estéril del laboratorio, sino a madera de carballo húmeda, a pan de centeno recién horneado y a mar. Ese mar que viene del océano adentrándose en la ría, donde se encuentra con la tierra dándose un abrazo.
Después vino el sonido: campanas lejanas, el chirrido de una gaviota, y una voz ronca y dulce que decía:
—Non todos os mortos marchan. Algunhas portas non se pechan ben.
Era la voz de su abuela Xiana, muerta desde hacía años.
En esa dimensión onírica, Lúa se encontraba en el corazón de la ría de Noia, de pie frente a la lareira de la casa, donde su abuela removía algo en un pote que parecía contener secretos y sabores de otra época. Lúa, niña otra vez, la miraba desde el umbral. Pero no era una niña. Ni tampoco era adulta. Fluctuaba entre edades, como si el tiempo fuera una espiral y no una línea recta.
—Lucas está aquí, ¿verdad? —preguntó, sin saber si hablaba en voz alta o pensaba.
—Está onde ti non podes velo. Aínda —respondió Xiana, sin girarse.
Y entonces la vio.
En la penumbra, apoyada en el marco de la ventana abierta al bosque, había una mujer que no conocía... o que creía no conocer. Su silueta parecía tejida con la misma niebla que entraba desde el monte, y sus ojos —verdes como el musgo antiguo— no eran humanos. O quizás eran demasiado humanos.
Aine.
Ese nombre surgió como un eco desde dentro de su pecho su garganta liberó el nombre, como si su boca recordase algo que su mente había encerrado.
Aine. Aine. Aine.
Parecía que su mente hubiera sido reescrita alguna vez y ahora recuperara un archivo perdido.
Alta y esbelta, su rostro tenía la belleza inhumana de las cosas antiguas y verdaderas. Su cabello largo flotaba levemente, como si el aire a su alrededor no obedeciera del todo las leyes de este mundo.
——Estás a cruzar o limiar, Lúa -dijo, con voz tranquila, como si hablaran después de mucho tiempo—Cada vez que soñas, unha parte de ti regresa.
—¿Regresar a dónde?
—A onde sempre estiveches. Ao lugar sen tempo. Ao que esqueciches.
Aine extendió la mano y tocó suavemente la frente de Lúa. Un escalofrío la recorrió. En un instante, vio flashes: su abuela dibujando símbolos con sal, Lucas de niño sonriendo en el bosque, una piedra cubierta de líquenes brillando bajo la luna.
La mujer sonrió. Su sonrisa no ocupaba espacio, el tiempo se plegaba y en ella se podían ver constelaciones de estrellas. Lúa sintió una descarga eléctrica en la columna vertebral.
—A ciencia non explica todo. Pero ti sabes iso, ¿verdade, Lúa?
El sueño se quebró de golpe, como una copa de cristal que se estrella contra el suelo.
Lúa despertó con un sobresalto, empapada en sudor frío. El reloj marcaba las 3:33. Pero algo no encajaba: el olor a madera húmeda y sal persistía en el aire del dormitorio. Su primera reacción fue puramente empírica. Buscó fugas en el sistema de ventilación, revisó los valores de humedad. Todo normal. Los datos la tranquilizaron momentáneamente, pero solo eso: momentáneamente.

En la pantalla de su ordenador, una anomalía nueva se había registrado en la última simulación. Un pico de energía inexplicable. Justo cuando se quedó dormida. Justo en el mismo instante en que, en su sueño, la niebla del bosque entraba por la ventana de su casa natal.
Miró la ecuación. Luego la fecha.
La correlación temporal era perfecta. Demasiado perfecta para ser coincidencia.
Su mente de científica se rebeló: "Los sueños no generan anomalías cuánticas. Es imposible." Pero los datos estaban ahí, tozudos, inexplicables.
Ya no podía más. Con un gesto cansado, cerró la tapa del portátil. Las respuestas, si es que existían, tendrían que esperar. Se metió bajo las sábanas, buscando refugio en el sueño.
Pero el sueño trajo consigo algo inesperado:
— Lucas non morreu. Non como crés. Non todos os corpos se descompoñen. Algúns dispérsanse. Outros se entrelazan. O tempo non é unha liña. É un vórtice.
—No lo entiendo.
—Aínda. Pero comprenderás. Agora, debes volver. Tesouro... Xa é hora de despertar ás pedras que choran
La niebla empezó a disiparse. Lúa sintió que caía hacia atrás, como succionada por la gravedad de un sueño que termina.
Despertó en su cama, pero el aire olía a sal y a laurel. Se acercó a la ventana. Ginebra dormía bajo una niebla inusual para esa época. Por un momento, solo un momento, le pareció escuchar un eco lejano:
—Lúa, miña nena... é hora de voltar á casa.
No dudó. Intentó racionalizar la decisión —necesitaba descanso, perspectiva, distancia del laboratorio— pero sabía que era algo más. Una llamada que no podía ignorar. Y supo, con una certeza que no venía de la lógica sino de algún lugar más profundo, que algo había cambiado.
No dudó.
Ese mismo día, reservó un vuelo a Galicia.
Llegó a Santiago al amanecer, envuelta en una bruma suave. Desde allí, tomó el camino hacia Noia en silencio, como si las palabras, incluso las del pensamiento, dolieran al rozarlas. El trayecto, en coche, fue un desfile de recuerdos. Cada curva del camino, cada aldea envuelta en niebla, la llamaba por su nombre.
Al acercarse a A Barquiña, la parroquia donde creció, los contornos de la piedra antigua comenzaron a emerger como fragmentos de un sueño antiguo que no había terminado de desvanecerse.
La piedra de la casa aún conservaba el olor a inviernos largos. Lúa posó la mano sobre la puerta de madera carcomida, sus grietas le recordaban un mapa estelar. Un cuervo graznó desde el tejado. El mismo cuervo que, de niña, juraba que la vigilaba desde los árboles.
La llave aún encajaba, giró como un quejido, como si el tiempo mismo protestara por su regreso. Se detuvo en el umbral, conteniendo la respiración: como si esperase oír los pasos de Lucas bajando las escaleras de dos en dos, o la voz clara de su abuela llamándolos a merendar.
El silencio era denso, un eco de voces que ya no resonaban. Ya no quedaba nada.
La abuela había muerto hacía años, llevándose con ella la ternura de las tardes al calor de la cocina de leña, los cuentos de meigas y de barcos perdidos en la ría. Y su hermano...su hermano se había ido unos meses atrás, dejándola sola en el mundo con una herida tan reciente que aún le escocía el alma.
Lúa caminó por las estancias despacio, como si cada paso desenterrara un recuerdo: las noches de tormenta, en las que se acurrucaban bajo la manta escuchando las historias de la abuela; las carreras por el pasillo; el rincón junto a la ventana donde él solía leer en voz alta. Todo permanecía y todo había cambiado.
Apoyó la mano en la mesa de la cocina, esa misma en la que aprendió a hacer filloas y donde las lágrimas cayeron cuando supieron del accidente que se llevó a sus padres. Aquella casa los había recogido, acogido, salvado. Ahora era un refugio vacío, pero ahora el silencio desapareció: podía escuchar las voces antiguas de quienes la habían habitado.
Había vuelto desde los túneles del CERN, desde el corazón de la materia y las partículas esquivas, hasta este otro tipo de abismo: el de su propia historia. Y entendió, mientras el sol del mediodía comenzaba a entrar tímidamente por las rendijas de las contras, que era hora de habitar la ausencia, de convertir la memoria en hogar.
Con los ojos húmedos y una leve sonrisa rota, Lúa se sentó en la vieja silla de su abuela. Y por primera vez en mucho tiempo, se permitió llorar.
Sobre la mesa de la cocina, encontró algo que no recordaba haber dejado allí: un cuenco de barro lleno de agua salada.
Flotando en el centro, una sola pluma negra.
Y grabado en el borde del cuenco, apenas visible:
"As portas non se pechan. Só se esquecen."
Lúa cerró los ojos. La voz de su abuela volvió a sonar, ahora dentro de su pecho.
—É tempo de lembrar.
Al caer la noche, Lúa encendió una vela en la cocina, junto a la ventana desde donde se veían las luces del puerto de Testal. El viento trajo el rumor suave de las olas y, por un segundo, creyó oír una voz tarareando una cantiga. Lúa, ahora más que nunca, abrazaba en silencio uno de los principios esenciales de la física —no ya como científica, sino como mujer tejida de recuerdos y ausencias—: la materia no se destruye, sólo se transforma. Nada se pierde del todo. Aquellos a quienes amamos no desaparecen sin más, se disuelven en partículas mínimas, en vibraciones suspendidas en el aire, en la luz que se cuela entre las rendijas de una casa antigua. Tal vez en otro espacio. Tal vez en otro tiempo. O quizá aquí mismo, tan cerca, que es el corazón quien los percibe antes que los sentidos.