Spotify, Suiza y tú.
Supongo que todo empezó como empiezan todas las historias que parecen imposibles: “Érase una vez la historia de amor más bonita del mundo”.
Empecemos por el principio.
Era agosto de 2025. Las noches parecían eternas y los días pasaban lentos, como si el verano no quisiera terminar nunca. Yo pasaba horas jugando con mis amigos para distraerme de todo lo que llevaba dentro. Venía de una etapa complicada, de esas que te dejan vacía aunque sonrías delante de todo el mundo. Ya casi me había acostumbrado a sentirme así, hasta que apareció él.
Recuerdo perfectamente la primera vez que le escuché hablar. Ni siquiera hizo falta verle demasiado para que llamara mi atención. Tenía esa forma de hablar que conseguía que todo el mundo se riera sin esfuerzo, como si convertir cualquier momento en algo especial le saliera natural. Era diferente. Y lo peor fue que lo noté desde el primer segundo.
Al principio intenté convencerme de que era una tontería, que simplemente me caía bien. Pero cuanto más hablábamos, más difícil era ignorar lo que me hacía sentir. Había algo en él que me desarmaba completamente. Cada vez que aparecía, sin importar cómo hubiera ido mi día, conseguía cambiarme el humor en cuestión de minutos.
Cinco años nos separaban. Él tenía 24 y yo apenas 19. Sobre el papel parecía demasiada diferencia, pero cuando hablábamos todo eso desaparecía. Era como si lleváramos años conociéndonos. Como si, de alguna manera extraña, siempre hubiéramos estado en el mismo lugar esperando encontrarnos.
Las conversaciones con él nunca se sentían suficientes. Empezábamos hablando de cualquier tontería y terminábamos contándonos cosas que jamás habíamos hablado con nadie. Poco a poco se convirtió en mi lugar seguro. Había noches en las que me quedaba mirando el móvil esperando a que apareciera conectado, solo para poder hablar cinco minutos más con él.
Y lo hacía sin darme cuenta.
Sin darme cuenta empecé a buscarle entre toda la gente.Sin darme cuenta empecé a sonreír cada vez que escuchaba su voz.Sin darme cuenta empezó a importarme más de lo que debería.
Mi corazón se dio cuenta de que le empezaba a querer en cuanto puso aquella canción, esa canción que me dejó sin palabras y en mi cabeza daba vueltas como si fuese lo único que estaba en ella, “si algún día te pierdo”. Desde ese momento esa canción se convirtió en nuestra, en el único lugar al que regresaba cuando echarle de menos dolía demasiado.
Los dos veníamos de relaciones que nos habían roto por dentro. Quizá por eso nos entendíamos tan bien. No hacía falta explicar demasiado; él entendía silencios que nadie más sabía interpretar. Y yo hacía lo mismo con él.
Había días en los que pasábamos horas enteras hablando. Otras veces simplemente nos quedábamos en llamada sin decir demasiado, pero incluso el silencio con él se sentía cómodo. Nunca había conectado así con nadie. Nunca había sentido tanta tranquilidad y tanto miedo al mismo tiempo.
Porque cuanto más le conocía, más claro tenía que aquello no iba a terminar bien para mí.
Y aun así, no quería salir de ahí.
Poco a poco nos convertimos en el refugio del otro.
Cuando yo tenía un mal día, él aparecía para hacerme reír aunque fuese solo durante unos minutos. Y cuando era él quien se rompía por dentro, yo me quedaba ahí escuchándole durante horas, aunque no supiera muy bien cómo arreglarlo. Nos salvábamos mutuamente sin darnos cuenta.
Y así, sin planearlo, empezamos a necesitarnos.
Las conversaciones con él nunca terminaban. Podíamos empezar hablando de cualquier tontería y acabar a las cuatro de la mañana contándonos nuestros miedos, nuestras heridas o cosas que jamás habíamos confesado a nadie. El tiempo pasaba tan rápido con él que daba miedo. Siempre sentía que las horas eran demasiado cortas cuando se trataba de nosotros.
Había algo en su voz que me daba tranquilidad. Algo en su manera de entenderme que hacía que todo pareciera un poco más fácil. Y creo que él sentía lo mismo conmigo, aunque ninguno de los dos lo dijera.
Porque nos queríamos en secreto.
Se notaba en la manera en la que nos buscábamos constantemente. En cómo cualquier canción terminaba teniendo sentido si venía de parte del otro. En las madrugadas interminables. En los silencios cómodos. En los celos disimulados. En las indirectas que nunca terminábamos de admitir.
Pero ninguno se atrevía a romper esa línea invisible.
Tal vez por miedo. Tal vez porque ambos sabíamos que enamorarnos solo podía complicarlo todo aún más.
Y aun así, cada día era más imposible fingir que entre nosotros no estaba pasando algo.Todo cambió el día en que tuvo que irse a Suiza.
Hasta ese momento siempre había pensado que todavía nos quedaba tiempo. Más llamadas, más canciones, más noches hablando hasta quedarnos dormidos. Pero, de repente, llegó el día que tanto miedo me daba y sentí cómo todo se rompía dentro de mí.
Recuerdo perfectamente aquella despedida.
Intentábamos actuar como si no fuese para tanto, como si la distancia no fuera capaz de destruir todo lo que habíamos construido, pero ninguno de los dos sabía fingir. Terminamos llorando juntos durante horas, aferrándonos el uno al otro como si eso pudiera evitar que se marchara. Y cuando finalmente se fue, sentí un vacío imposible de explicar. Como si alguien hubiese apagado de golpe una parte de mí.
Pero lo peor vino después.
Desapareció de mi vida de un día para otro. Me bloqueó de todas partes sin darme ninguna explicación. Sin una despedida real. Sin decirme qué había pasado. Y yo me quedé ahí, mirando una pantalla vacía, intentando entender cómo alguien podía hacerte sentir tan querida y, al mismo tiempo, irse como si nunca hubiese estado.
Pensé que no volvería a saber nada de él.
Intenté convencerme de que tenía que olvidarle, de que todo había terminado. Pero era imposible, porque había algo que seguía uniéndonos incluso en medio del silencio: la música.
Nuestra manera de querernos siempre habían sido las canciones.
Poco tiempo después de conocernos habíamos creado juntos una playlist de Spotify. Al principio solo era una tontería más entre nosotros, una forma de compartir canciones que nos gustaban. Pero, sin darnos cuenta, terminó convirtiéndose en nuestro lugar seguro. Ahí estaban nuestras indirectas, nuestras conversaciones sin palabras, todo aquello que ninguno de los dos sabía decir en voz alta.
Y aunque dejó de hablarme, nunca dejó de dedicarme canciones.
Cada vez que veía una nueva canción añadida sentía una mezcla horrible de felicidad y tristeza. Era la única señal que tenía de él. La única forma de saber que todavía pensaba en mí. Había canciones que parecían disculpas, otras sonaban a nostalgia, y algunas dolían tanto que tenía que dejar de escucharlas a mitad.
Pero aun así volvía siempre a esa playlist.
Porque, aunque él hubiese desaparecido de mi vida, una parte de nosotros seguía viva ahí dentro, escondida entre letras, melodías y canciones que hablaban por nosotros cuando ya no éramos capaces de hacerlo.
Todo siguió así hasta el 25 de diciembre.
La distancia seguía ahí, igual que el silencio entre nosotros. Habían pasado semanas desde la última vez que hablamos de verdad, pero yo seguía entrando cada día a nuestra playlist esperando encontrar alguna señal suya. Y, aunque intentaba convencerme de que tenía que pasar página, había una parte de mí que seguía esperándole.
Aquella noche a mi alrededor todo era un caos de platos saltando, risas ruidosas de mis tíos y villancicos que sonaban de fondo en la televisión del salón de mi abuela. Yo intentaba sonreír para encajar, pero mi mente estaba en otra parte. Fue en ese instante, entre el ruido de los brindis, cuando el móvil vibró en mi regazo. Al iluminarse la pantalla y ver su nombre en los chats archivados, todo el alboroto de la casa pareció enmudecer de golpe. El mundo se detuvo en esa esquina de la mesa
Una notificación en los chats archivados.
Durante unos segundos me quedé completamente quieta mirando la pantalla. Mi corazón empezó a latir tan rápido que pensé que estaba soñando. Nunca imaginé que volvería a escribirme. Después de todo el silencio, después de desaparecer sin explicación… ahí estaba otra vez.
Era él.
Me había escrito para felicitarme la Navidad.
Puede parecer algo pequeño, un simple mensaje, pero para mí significó muchísimo más que eso. Porque entre todas las personas a las que podía escribir aquella noche, me había elegido a mí. Y en cuanto empecé a leer sus mensajes entendí que nunca había dejado de pensar en nosotros.
Me pidió perdón. Me explicó muchas cosas que yo llevaba meses intentando entender sola. Me contó lo difícil que había sido marcharse, lo perdido que se había sentido y cómo había intentado alejarse porque pensaba que era lo mejor para los dos.
Y fue ahí cuando todo cambió otra vez.
Porque, por primera vez, sentí que no había sido la única atrapada en esta historia. El amor que yo llevaba meses intentando esconder también vivía dentro de él. Lo notaba en cada palabra, en la forma en la que seguía recordando cada detalle de nosotros, en cómo hablaba de mí incluso después de todo ese tiempo.
Él jamás había conseguido olvidarme.
Ni la distancia, ni el tiempo, ni el silencio habían sido suficientes para borrarnos.
Y aquella noche, mientras el resto del mundo celebraba la Navidad, yo sentí que acababa de recuperar una parte de mí que creía perdida para siempre.
Pero aquella felicidad duró poco.
Después de tantos meses esperando volver a saber de él, sentía que por fin estábamos encontrando el camino de vuelta el uno al otro. Volvíamos a hablar todos los días, las canciones habían dejado de ser nuestro único refugio y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que quizá todo podía salir bien.
Pero llegó el 1 de enero.
Mientras todo el mundo empezaba el año con ilusión, yo sentía que el mío volvía a romperse otra vez. Él tenía que despedirse de mí de nuevo. Seguía en Suiza y trabajaba sin parar, llegando incluso a tener dos trabajos al mismo tiempo para ahorrar lo suficiente y volver a España lo antes posible.
Y aunque estaba orgullosa de él, saber que volvía a irse me destrozó completamente.
Recuerdo aquella despedida como una de las conversaciones más dolorosas de mi vida. Había tantas cosas que queríamos decirnos y tan poco tiempo. Intentábamos ser fuertes, fingir que podríamos soportarlo, pero los dos sabíamos que volver a separarnos iba a doler muchísimo.
Aun así, esta vez había algo diferente.
Ya no éramos dos personas intentando ignorar lo que sentían. Después de todo lo que había pasado, después de tantos silencios, tantas canciones y tantas despedidas, finalmente dejamos de escondernos.
Y fue en esos días cuando nos dijimos “te quiero” por primera vez.
Nunca voy a olvidar cómo me sentí al leerlo. Después de tanto tiempo queriéndonos en silencio, aquellas palabras parecían irreales. Como si todo lo que habíamos intentado callar durante meses hubiese explotado de golpe.
Y aunque tenerle tan lejos seguía rompiéndome por dentro, en ese momento entendí algo.
Él era el amor de mi vida.
Por eso no iba a rendirme con nosotros, aunque la distancia nos siguiera poniendo a prueba una y otra vez.
Cuando terminaron las vacaciones de Navidad, todo volvió a enfriarse.
Las conversaciones empezaron a ser menos frecuentes y, poco a poco, volvimos a refugiarnos en lo único que nunca había desaparecido entre nosotros: las canciones. Otra vez eran las letras las que hablaban por nosotros. Otra vez intentábamos encontrarnos entre indirectas, playlists y canciones tristes que parecían describir exactamente todo lo que sentíamos.
Pero esta vez algo había cambiado.
Yo sentía que él estaba más distante. Más frío. Había días en los que desaparecía durante horas y otros en los que apenas sabía nada de él. Y aunque intentaba convencerme de que todo estaba bien, en el fondo tenía miedo de volver a perderle.
Hasta que llegó ese vídeo.
Recuerdo perfectamente el momento en el que lo vi. Estaba haciendo cualquier cosa sin importancia cuando, de repente, apareció en TikTok un vídeo que había subido su madre. Al principio ni siquiera entendí lo que estaba viendo. Pero entonces apareció él… junto a su exnovia.
Sentí cómo se me paraba el corazón.
Fue como si todo lo que habíamos construido durante meses se rompiera delante de mí en cuestión de segundos. No podía dejar de mirar la pantalla intentando convencerme de que estaba entendiendo mal la situación, pero cuanto más veía el vídeo, más me dolía.
Miles de pensamientos empezaron a pasar por mi cabeza al mismo tiempo.
Quizá nunca había dejado de quererla. Quizá yo solo había sido un intento de olvidarla. Quizá todo lo que me había dicho no había sido tan real como yo creía.
Y lo peor de todo era no poder preguntarle directamente.
Porque nuestra relación siempre había estado llena de silencios, de cosas a medias y de sentimientos que nunca terminábamos de expresar del todo. Y en ese momento, el silencio volvió a convertirse en lo único que tenía.
Recuerdo llorar mientras escuchaba nuestra playlist, intentando encontrar alguna respuesta entre canciones que ya no parecían sonar igual.
Por primera vez desde que le conocí, sentí miedo de verdad.
Miedo de que nuestra historia hubiese terminado incluso antes de empezar.
Incluso decidió salirse de nuestra playlist.
Y aunque pueda parecer una tontería, para mí aquello significó muchísimo más de lo que cualquiera podría imaginar. Esa playlist había sido nuestro lugar seguro durante meses. Ahí estaban todas nuestras indirectas, nuestras despedidas, nuestros “te echo de menos” disfrazados de canciones. Era lo único que seguía uniéndonos incluso cuando dejábamos de hablarnos.
Y de repente, él ya no estaba ahí.
Recuerdo entrar y ver que había desaparecido de la playlist. Sentí un vacío horrible. Como si, después de todo, hubiese decidido borrarme definitivamente de su vida. Y por primera vez, dejé de luchar.
Pensé que todo terminaría ahí.
Intenté convencerme de que tenía que olvidarle, dejar de buscarle en cada canción y dejar de esperar mensajes que probablemente nunca llegarían. Me repetía constantemente que no podía seguir aferrándome a alguien que parecía empeñado en desaparecer de mi vida una y otra vez.
Pero entonces ocurrió algo que no esperaba.
Él vio que yo estaba decidida a no volver a su vida.
Y fue ahí cuando volvió a buscarme.
No lo hizo de la manera típica. No apareció con un mensaje enorme ni con una llamada desesperada. Lo hizo a su manera. Empezó a escribir mensajes en la biografía de una playlist suya, sabiendo perfectamente que yo iba a leerlos.
Y yo los leí todos.
Me explicó todo lo que había pasado aquellos días. Me contó que nunca había vuelto con su exnovia, que ella simplemente había viajado para verle, hablar con él e intentar recuperarlo. Me aseguró que entre ellos no había pasado nada y que, a pesar de toda la confusión, seguía pensando en mí.
Quería creerle.
Y, en el fondo, creo que ya le había perdonado incluso antes de terminar de leer sus explicaciones.
Aunque siendo sincera, nunca terminé de entender del todo qué ocurrió realmente aquellos días. Había cosas que no terminaban de encajar y preguntas que probablemente siempre se quedarían sin respuesta.
Pero cuando quieres tanto a alguien, a veces eliges quedarte incluso con las dudas.
Y yo le quería demasiado como para marcharme.
¿Cómo no iba a creer en el amor de mi vida?
Y entonces, poco a poco, todo volvió a ser como antes… aunque esta vez era incluso mejor. Ya no solo recibía “canciones”. También recibía mensajes suyos en la biografía de su playlist.
No eran buenos días ni buenas noches. Eran cosas simples, casi como si no quisieran parecer importantes, pero lo eran más de lo que parecían. Un “¿te va todo bien?” escrito ahí, entre canciones que no decían nada pero lo decían todo. O un “he pensado en ti hoy” colocado como si fuera parte de la lista, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Y con el tiempo, eso dejó de ser lo único.
Empezaron a aparecer “te quiero” cada vez más constantes. No como algo forzado, sino como si se le escaparan sin querer, como si no pudiera evitarlo. A veces entre canciones, a veces como mensajes sueltos, otras como pequeñas frases que no sabías si leer rápido o quedarte mirando demasiado.
También había frases de amor que no parecían escritas para ser leídas por cualquiera. Cosas como si estuviéramos dentro de nuestra propia burbuja: palabras que sonaban demasiado sinceras como para ser solo palabras. Y aun así estaban ahí, visibles, como si la playlist se hubiera convertido en un sitio donde todo lo que sentía encontraba salida.
Y yo, sin darme cuenta, empecé a entrar en esa playlist no por la música… sino por él.
A veces no había nada nuevo, y aun así la abría. Como si revisar pudiera hacer que apareciera algo solo por insistencia. Y otras veces sí había algo, y entonces todo lo demás dejaba de importar por unos segundos.
Nunca pensé que podría enamorarme de alguien sin siquiera tenerle cerca. Pero con él todo fue tan bonito, tan intenso y tan real, que terminé enamorándome sin darme cuenta.
Porque no era solo que estuviera lejos. Era que había encontrado una forma de estar presente sin estarlo del todo. Entre canciones, entre frases sueltas, entre silencios que también parecían escritos.
Y yo empezaba a leerlo todo como si fuera un idioma secreto entre los dos.
Llegó marzo y cada día estaba más a gusto con él, a nuestra manera. Seguíamos teniendo esa conexión rara que nunca desaparecía del todo, aunque las cosas entre nosotros nunca fueran fáciles. Había días en los que sentía que todo volvía a estar bien solo por encontrar un mensaje suyo escondido en la biografía de alguna playlist. Era extraño cómo algo tan pequeño podía alegrarme tanto el día.
Un día le pregunté por qué seguía sin desbloquearme. Nunca entendí del todo por qué algo tan simple me dolía tanto, pero necesitaba saberlo. Él me dijo que no quería tener una relación a medias, que no podía darme la atención que merecía y que prefería hacer las cosas bien antes que hacerme daño. Tal vez era verdad. Tal vez realmente pensaba que estaba protegiéndome. Pero escuchar aquello me destrozó igualmente. Porque yo no quería algo perfecto, solo le quería a él.
Después le pregunté cuándo iba a volver. Recuerdo perfectamente ese momento porque, en el fondo, esperaba que me dijera una fecha cercana, cualquier cosa que me hiciera sentir que faltaba menos. Pero me contó que, por problemas familiares, su estancia allí se iba a alargar más de lo esperado y que en Navidad de 2026 tendría que empezar de nuevo a trabajar para poder volver. Todo por lo que había luchado durante tanto tiempo tendría que empezarlo otra vez desde cero.
Y a mí se me rompió el alma escuchándolo. Porque sabía lo mucho que le había costado llegar hasta donde estaba y lo frustrante que debía ser sentir que la vida le obligaba a retroceder otra vez. Me dolía por él, pero también por nosotros. Otro año más de distancia. Otro año más conformándonos con mensajes escondidos entre canciones y biografías de playlists.
Aun así, decidí quedarme. Decidí esperarle. Seguí hablando con él porque, al final, era mi persona. La única persona con la que podía imaginarme un futuro de verdad. Y aunque había noches en las que la espera me pesaba demasiado, intentaba convencerme de que un año más no era nada comparado con todo lo que sentía por él. Durante meses me repetí eso una y otra vez, como si decirlo suficientes veces pudiera hacer que doliera menos.
Pero lo que más miedo me da… es que esta historia todavía sigue escribiéndose.
Porque cada “te quiero” nuevo no era solo una frase más. Era un paso más dentro de algo que ya no sabía dónde empezaba… ni dónde iba a terminar.
Y lo peor es que, cada vez que aparecía uno, yo ya no me preguntaba si era real. Solo me preguntaba cuánto iba a tardar en necesitar el siguiente.