Punto de Quiebre

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Summary

Atlanna y Matías se encontraron en un momento donde ambos eran fragilidad, pero lograron ser el refugio el uno del otro. Sin embargo, su pasado y su presente los golpea tan duro que es una amenaza constante a su fragilidad. ¿Se romperán, o lograrán mantenerse firmes? --- Todos los derechos reservados.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El día había sido una mierda desde que me desperté. 

La cafetera de mi cocina decidió, justo hoy, que no funcionaría más. Intenté todas las formas posibles que ya conocía para hacer que esa vieja chatarra funcionara –golpearla, desenchufarla, volverla a enchufar, mirarla feo– pero simplemente no pasó. Hoy, de todos los días, decidió que no trabajaría más. 

Traté de no darle importancia porque conocía una cafetería cerca de mi apartamento en donde servían el mejor café de la ciudad. El problema fue que hoy, de todos los días, la fila daba la vuelta a la esquina. Más de treinta minutos esperando por una taza de café. ¿Por qué? Porque hoy era el día.

Después de todo ese tiempo, que terminó siendo más de lo esperado porque la encargada cogió una bronca con un cliente exasperadamente exigente, pude lograr mi café. ¿Estaba delicioso? Por supuesto. Pensé que por lo menos la espera había valido la pena. 

Pero tenía que pasar algo más.

Al salir del lugar, tenía una llanta de mi carro pinchada. No lo podía mover y tampoco tenía las herramientas para repararlo yo mismo porque recordé que las había sacado el día anterior cuando lavé el auto y no las volví a guardar. Suspiré intentando estar lo más calmado posible. Últimamente mi paciencia estaba en los niveles críticos, y no ayudaba que el universo pareciera empeñado en comprobarlo.

Llamé a la grúa y esperé otros cuarenta y cinco minutos a que llegara, para ese entonces mi humor era el mismo de un perro rabioso. Antes de que se llevaran mi auto me dieron instrucciones de a donde debía recogerlo cuando estuviera listo de nuevo. Llamé a un taxi, y después de que me cambiaran el conductor dos veces, pude llegar al gimnasio. Pero, por supuesto, ya había perdido mi tiempo de entreno y debía entrar a mi turno de trabajo. Como si fuera poco, Martín desde la recepción me indicó que el otro entrenador estaba enfermo por lo que no vendría y debía cubrir su zona también. Como si fuera lo más normal del mundo.

¿Por qué? Porque hoy era el día.

Desde ese fatídico día en que perdí mi alma, no había vuelto a tener un día de mala suerte como hoy, lo que me hacía pensar que lo peor –o lo mejor– aún estaba por pasar. Faltaba la cereza del pastel, la sombrilla de la piña colada, el hielo dentro del whisky. Estaba completamente seguro. Desde que era consciente, este tipo de días siempre seguían el mismo patrón. 

Siempre había un final. Siempre había una última pieza encajando en el desastre.

En medio de una tarde llena de gente quejándose por el ejercicio, algún mareo y uno que otro vómito por ahí, decidí relajarme un poco con Jorge en la piscina del establecimiento, tal vez eso mejoraría mi día.

No lo hizo.

Mi madre llamó.

Mi tía había llegado de visita.

Esa mujer que siempre encontraba la manera de criticar hasta el aire que uno respiraba.

Suspiré.

Porque hoy era el día.

Salí del gimnasio sin pasar a recoger el carro. Con la suerte que llevaba, probablemente terminaría estrellado contra un poste si lo intentaba. Pero si decidí comprarle a mamá un pastel de los que sabía le gustaba, de los que vendían en la pastelería de enfrente del gimnasio. Pero al entrar, choqué con una mata de pelo rojizo que venía apresurada hacia mí. Golpeándome el lado derecho del abdomen con el codo, justo en las costillas. Hice una mueca de dolor por el impacto y la persona que chocó dio un jadeo de sorpresa, ¿o era susto?

Y entonces la vi. No quería decir que sentí como sus ojos color miel me atravesaron el alma que creí que ya no existía dentro de mí, o que sentí un calor recorrerme desde la punta de los pies hasta el más largo de mis cabellos, o que simplemente no podía dejar de mirarla, que estaba hipnotizado, porque eso era demasiado dramático para mí. Demasiado cursi. Pero simplemente fue lo que sentí. 

—Lo… lo siento, no me fijé. —Puso su mano en mi brazo a modo de disculpa y me soltó. Pero la electricidad que sentí con su toque se quedó ahí por un momento. No quería decir nada, no podía. No era el tipo de momento que a mí me gustara analizar demasiado. No era el tipo de cosas en las que yo creía. Así que simplemente pasé de largo y entré a la pastelería dirigiéndome al mostrador.

Mientras hacía mi orden, sentí que ya podía ir tranquilo por mi auto sin preocuparme por mi mala suerte, porque ya el evento canónico del día había pasado. Aquello fue mi cereza del pastel. ¿Porqué? Porque hoy fue el día en que la vi por primera vez. Porque hoy, por primera vez, pasó algo bueno en medio de mi mierda.