Capítulo 1
Te tenía delante y, aun así, mi mente se empeñaba en irse a cualquier otro lugar donde esto no tuviera consecuencias. Donde no existiera ese nombre que siempre aparece cuando no debería, ni la sensación constante de estar caminando por un sitio que no me pertenece del todo. Estabas hablando, de algo banal, algo que no recuerdo porque en realidad nunca llego a escuchar del todo cuando estás cerca, y yo me descubrí observándote con una atención casi peligrosa, fijándome en cómo movías las manos al explicar, en ese pequeño gesto de la nariz cuando reías, en la forma en la que ocupabas el espacio sin esfuerzo, como si el mundo te encajara sin resistencia.
—¿Tú qué opinas? —preguntaste de pronto, clavando la mirada en mí.El golpe de realidad fue inmediato.
Parpadeé.
—¿Yo? Eh… perdón, estaba pensando en otra cosa.
Sentí el calor subirme a la cara sin permiso, como si mi cuerpo no entendiera de disimulos. Tú no pareciste darle importancia, pero contigo nunca sabía si era verdad o si simplemente lo dejabas pasar porque te convenía.
—Decía si prefieres pulseras de plata o de oro. —añadiste con esa naturalidad tuya que siempre me descolocaba—. Tú me conoces bien, ¿qué me queda mejor?
“Tú me conoces bien.”
La frase se quedó flotando entre las dos como algo demasiado íntimo para lo que estaba ocurriendo. Porque sí, te conocía. Te conocía demasiado bien. Sabía cuándo ibas a decir algo antes de que lo dijeras, sabía cuándo estabas incómodo aunque sonrieras, sabía cómo te cambiaba la mirada cuando algo te importaba de verdad. Pero aun así había un límite invisible, una parte de ti que nunca terminaba de ser accesible para mí, como si siempre hubiera una puerta entreabierta que no se podía cruzar del todo.
—Te queda bien cualquier cosa —respondí al fin, intentando que mi voz no delatara nada.
Soltaste una risa breve y te inclinaste un poco hacia mí, como si todo esto fuera ligero, como si no hubiera nada más debajo de la superficie. Pero yo ya no sabía estar ligera contigo. Desde hacía tiempo todo contigo tenía peso, aunque nadie más lo viera.
—No me contestas nunca en serio —murmuraste.
Bajé la mirada, buscando algo estable en la mesa, en mis manos, en cualquier cosa que no fueras tú.
—Es que la pregunta es absurda —dije demasiado rápido—. No cambia nada importante.
Hubo un silencio pequeño, de esos que no incomodan pero se quedan demasiado tiempo, como si estuvieran esperando que alguien diga lo que nadie quiere decir. Levanté la vista sin querer y te encontré mirándome de una forma distinta, más quieta, más directa, como si por un segundo hubieras dejado de interpretar el papel de siempre.
—¿Qué? —pregunté, rompiendo algo que no supe nombrar.
Parpadeaste.
—Nada —dijiste encogiéndote de hombros—. Estás rara hoy.
Rara.
Si supieras cuánto significado puede tener una palabra tan pequeña cuando eres tú quien la dice.
Sonreí sin ganas.
—Tú también.
Y ahí debería haber acabado todo, pero no acabó.
Cambiaste el tema con esa facilidad tuya que siempre me desconcierta, como si nada pudiera quedarse demasiado tiempo en el aire sin que lo empujes hacia otro sitio. Hablaste de la pulsera de plata, de que a ella le gustaba, de que probablemente sería la mejor opción. “A ella.” La mencionaste como quien menciona algo inevitable, algo ya escrito.
Asentí despacio, aunque por dentro algo se me tensó sin permiso.
—Claro —dije—. Te va a quedar bien.
Lo dije correctamente. Sin fisuras. Sin grietas visibles. Como si no hubiera nada dentro de mí reaccionando a cada palabra.
Te levantaste entonces, recogiendo tu chaqueta con ese gesto tan tuyo de quien ya está medio fuera antes de irse del todo. Pero antes de marcharte, te detuviste un segundo. Solo uno. Lo suficiente como para que el aire cambiara sin que nadie más lo notara.
—Oye… —tu voz bajó un poco—. Me gusta hablar contigo. Me calma.
Y ahí estuvo el problema.
“Me calma.”
Tragué saliva, sintiendo cómo esa frase hacía algo extraño dentro de mí, algo que no era exactamente dolor ni exactamente alivio, sino una mezcla peligrosa de ambos.
Porque contigo todo era eso.
Una mezcla que no sabía ordenar.
—A mí también —mentí otra vez, porque era más fácil que explicar lo que no se puede explicar sin romper algo.
Sonreíste levemente, como si te bastara, como si esa respuesta cerrara el momento de forma natural. Y luego te fuiste.
La puerta se cerró con suavidad, sin dramatismo, sin ruido, pero el efecto fue todo lo contrario. Porque el silencio que dejaste no era vacío; era presencia. Era todo lo que no se había dicho acumulándose en el aire, como si el espacio no supiera cómo deshacerse de ti.
Me quedé quieta, mirando el lugar donde habías estado, sintiendo cómo mi cuerpo seguía atrapado en algo que mi mente intentaba ignorar. Y pensé, sin querer, que lo peor de todo no era que te fueras.
Era que cada vez que te ibas, algo en mí se quedaba contigo.