PROLOGO
Hasta volver a encontrarte
PRÓLOGO
La noche estaba en silencio. Un silencio cruel, pesado, que no ofrecía consuelo. El mismo silencio que lo acompañaba desde hacía siglos.
Era invierno. Siempre lo era para él.
Vladimir Barislav salió de su castillo con pasos lentos, como si cada uno le pesara más que el anterior. Su mirada permanecía baja, clavada en aquello que sostenía entre las manos, como si al mirarlo demasiado pudiera romperse… como se había roto él.
El sendero oscuro lo condujo, una vez más, hasta ella. Hasta el único lugar al que jamás dejó de regresar.
La tumba se alzaba frente a él, inmóvil, eterna. La piedra estaba gastada por el tiempo, erosionada por los siglos y por sus manos, que la habían tocado noche tras noche, como si aún pudiera sentirla bajo sus dedos. El nombre apenas se distinguía, pero él no necesitaba leerlo.
Lo conocía mejor que su propia existencia. Era el nombre que había sido su refugio… y su condena.
Elena.
Cuántas veces lo había pronunciado en la soledad. Cuántas veces lo había llorado en silencio. Cuántas veces había deseado haber dicho una vez más cuánto la amaba, cuánto la necesitaba, cuánto le aterraba perderla cada vez que partía a la guerra, temiendo que aquella despedida fuera la última.
Se arrodilló lentamente frente a la lápida.
—Te he buscado en cada vida —susurró, apoyando la mano sobre la piedra helada—. En cada siglo… en cada ciudad… en cada rostro que no eras tú.
El viento nocturno agitó las hojas secas a su alrededor, pero Vladimir no reaccionó. Nada en el mundo podía sacarlo de ese lugar. Dejó caer los pétalos de rosas que había traído consigo, esparciéndolos con una delicadeza casi reverente, como si aún pudiera honrarla, como si ella aún pudiera verlos.
Permaneció allí, inmóvil. Como siempre.
No había dejado de hacerlo en más de cuatrocientos años.
El tiempo había seguido avanzando para el mundo, implacable y ajeno. Para él, se había detenido aquella noche en que la vio morir. Su corazón se había detenido con ella. Su vida también.
—Le rogué a Dios que no te llevara —continuó, con la voz quebrada—. Le ofrecí mi fe… mi alma… mi eternidad si era necesario.
Su garganta se cerró.
—Y aun así… te arrancó de mis brazos.
Sus ojos, oscuros e inmutables, ardieron con un dolor antiguo, uno que jamás había aprendido a sanar. Las lágrimas, raras y pesadas, comenzaron a deslizarse por su rostro.
—Y a mí… —hizo una mueca, como si las palabras lo desgarraran— no me concedió la muerte —susurró—. Me condenó a seguir existiendo… sin ti.
Se incorporó lentamente. La luna iluminó su rostro perfecto, intacto, ajeno al paso del tiempo. Una eternidad grabada en su piel que ya no deseaba.
—Te extraño todos los días, mi amor —dijo con la voz rota—. Cada noche. Cada amanecer que no puedo compartir contigo.
Cerró las manos en puños, luchando contra un dolor que no disminuía con los siglos, que no se acostumbraba, que no aprendía a callar.
—Pero sé que algún día volveré a encontrarte —añadió, con una certeza desesperada—. Y cuando lo haga… no te dejaré ir jamás.
Vladimir volvió a arrodillarse junto a la tumba. Se recostó sobre la piedra fría, como si pudiera abrazarla a través de ella, apoyando la frente con cuidado, con devoción, como cada noche. Sus hombros temblaron cuando el llanto, contenido durante siglos, finalmente lo quebró por dentro.
Habían pasado más de cuatrocientos años desde la última vez que sostuvo su mano. Desde la última vez que escuchó su voz.
Y él seguía allí. Vivo. Eterno.
Esperándola.