La última voz

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Summary

Despues del fin del mundo, un astronauta cínico y un extraterrestre indolente redescubren a la humanidad.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Walter Ramírez, el último humano

El fin del mundo no afectó a Walter Ramírez en lo más mínimo.

Desde su queda base lunar, Walter pudo ver como un rayo colosal salido del vacío pulverizaba el planeta tierra, dejándolo liso y seco como una almendra. En un instante, toda la existencia se acabó. Miles de años de historia reducidos a un débil suspiro. Todas las ideas, las penas y las alegrías del mundo vaporizadas en una nube de polvo que vuela en la distancia hasta desaparecer en el horizonte, solo para ser inhalada por la oscuridad.

Pero a Walter esta tragedia le resbalaba.

Extrañaría, por supuesto: a su familia, a sus pocos amigos… ¿A su perro? Y la lista no se extendía mucho más. ¿De verdad se habría perdido algo de valor?; ¿Miles de años de historia? Más bien una serie de batallas absurdas por la supremacía de un trono ficticio. ¿Todo el arte jamás creado? Simple y llano entretenimiento. ¿Sentimientos? ¿Ideas? ¿Sueños? ¿Esperanzas? Una ilusión colectiva.

Esto era la humanidad, según Walter: Un virus. Ya había infectado su propio planeta e infectaría todo el universo si se lo dejaba estar. La tierra misma ya estaba en camino de convertirse en un yermo inhóspito. El rayo de destrucción masiva no había hecho más que acelerar el proceso. Una vacuna universal.

Así que no, no se había perdido nada de valor. Incluso se podía decir que el fin del mundo había sido una ganancia neta para el cosmos.

Mirando la nave espacial de la que había salido el rayo pulverizador, Walter no sentía mucho. Lo desconocido de su naturaleza no le provocaba terror. Sus ángulos irregulares no le provocaban confusión. Ni siquiera parecía impresionarse por su tamaño. De alguna forma, Walter era capaz de mirar fijamente al genocida más grande de la historia con una brutal indiferencia.

Y así pasó sus primeras horas como último de su especie: Contemplando la nave, perdiendo la vista en el abismo y disfrutando de su nueva soledad más de lo que extrañaba a sus seres queridos. No había mucho más que pudiera hacer, después de todo. Los sistemas autosustentables de su base podían producir oxígeno, agua y alimento suficientes para un par de siglos más, y el fin de la humanidad también había sido el fin de la necesidad de su trabajo. ¿A quién iba a enviarle datos? ¿A los extraterrestres? También se había quedado sin entretenimiento: Todos los servidores de la tierra habían sido destruidos, así que sus dispositivos electrónicos y su antena de red eran ahora tan útiles como el peine de un calvo.

Al menos la vista era bonita. A su izquierda, una multitud de estrellas brillaba en el horizonte. En cada uno, decenas de planetas quizás continuaban con su rutina, a pesar del fin de todas las cosas. A su derecha, sin embargo, el extraño navío cubría gran parte de la escena. Lo que debió haber sido un coro titilante de astros acompañado por una sinfonía colorida de alguna nebulosa lejana, ahora no era más que un gran bloque negro, cuadrado, anguloso, puntiagudo, irregular, simétrico. Todo al mismo tiempo. La tierra también había perdido su fulgor. Ahora era tan aburrida y sosa como el espacio vacío entre las estrellas. Pensándolo bien, quizás la vista no era tan bonita. De hecho, se estaba tornando más desagradable a cada minuto que pasaba.

Y así pasó un tiempo. Apenas minutos que parecían meses y años. Por algún motivo la nave no se iba, y la tierra hacía mucho se había quedado sin color. Cumplido el sueño de Walter de aislarse de toda la humanidad, este comenzó a darse cuenta de que después de todo, quizás necesitaba de otras personas en cierto grado.

Y justo cuando empezaba a pensar que pasaría la eternidad aburrido además de solo, algo en el paisaje comenzó a cambiar.

Primero, un punto blanco que se podía discernir solo porque contrastaba la infinita oscuridad del cascarón del planeta tierra, que fungía como telón de fondo.

Horas pasaron y poco a poco fue tomando forma mientras se aproximaba con lentitud continental hacia Walter y su base. Se trataba de una capsula, apenas más pequeña que una persona. Su contenido, un misterio. Su origen, incognoscible.

O por lo menos así fue hasta que aterrizó y de por sí sola reveló los tesoros que traía de la tierra, ante la mirada atónita de Walter. El contenido de esa capsula era quizás ahora el botín más valioso del universo conocido. Un universo estéril, aburrido y soso. En él, aquellos simples objetos relucían mucho más que cualquier cantidad de oro enterrada en el fondo del océano u oculta en alguna cueva.

Eran tres:

Primero, un pollo asado, almacenado en un contenedor de plástico. Acompañado con verduras y decorado con manteca. Estaba frio por el viaje y preparado por manos inexpertas, pero comparado con el engrudo insípido que dispensaban los sistemas autosustentables de la base de Walter, el pollo se le antojaba un manjar confeccionado por un equipo de diez maestros de la cocina, con ingredientes traídos de veinte países distintos.

Lo segundo no era tanto un objeto, sino más bien un ser. Una cachorra. Walter no sabía de qué clase, pero debía de ser el último ejemplar de su raza, de su especie y, junto con Walter, de su ecosistema.

El tercer y último objeto quizás era el más valioso de todos. Una Laptop. A simple vista, no era la gran cosa. Había al menos un par de docenas de dispositivos con funciones similares desperdigados por la base. Sin embargo, al encenderlo, Walter descubrió algo muy especial: Aún sin acceso a internet, esta Laptop contenía en su disco rígido una colección relativamente pequeña de unos cinco mil volúmenes que, entre novelas, ensayos y manuales comprendían ahora el cien por ciento de toda la literatura existente.

Más aún que la fascinación por aquellos tres regalos, lo que ahora inundaba la mente de Walter era una sola pregunta latente. ¿Quién?

¿Quién había enviado la capsula? ¿Quién pudo haber pensado en él mientras el mundo se terminaba?

La respuesta fue revelada cuando Walter volvió a echarle un vistazo a la capsula y pudo divisar un cuarto objeto. Mucho menos impresionante que los demás: se trataba de una hoja de papel arrugada y sucia. Pero al abrirla y leerla, al ver el gran tesoro que yacía frente a sus ojos, Walter no pudo evitar reír, mientras más de una lágrima y más de dos recorrían su rostro.

El mensaje era corto:

“Para que no te mueras de hambre, de soledad, ni de aburrimiento allá arriba.” Susanita

Susanita, la anciana recepcionista de la base de control en tierra. Susanita, con quien Walter habría intercambiado alrededor de cien o doscientas palabras, de las cuales la mitad habían sido: Hola, adiós, por favor o gracias. Todas a través de una pantalla. Susanita, que en el final de todas las cosas se había tomado la molestia de pensar justamente en él, cuando nadie más lo había hecho.

Ahora, su voz era la última voz de la humanidad. Era una voz amorosa, que exclamaba palabras de aliento y susurraba palabras de sosiego. Una voz que solo alcanzaría oídos que probablemente no merecían escucharla.

Por primera vez en su vida, Walter pensó que quizás estaba equivocado. La humanidad tenía sus cosas buenas después de todo.

Después de comer el último plato de comida casera del mundo y de jugar un rato con la única mascota que quedaba, Walter se sentó a leer. Pasó páginas y páginas de una galería de portadas que parecía no acabar nunca. ¿Quién podría haber elegido un solo ejemplar, cuando sostenía la biblioteca de Alejandría entre sus manos? Así que Walter escogió al azar. “Las aventuras del caballero Faxington”. Parecía una novela de fantasía y una aceptable primera lectura. Comenzó a leer:

“En una tierra sin nombre, donde el sol no ilumina y las sombras no oscurecen. Donde el viento no sopla, el río no fluye y los pájaros no cantan. En un lugar donde la vida parecía estar siempre de licencia, las-”

Algo lo interrumpió. No fue un ruido, ni una imagen, ni ningún estímulo externo. Fue su propia mente arrancándolo de las palabras. Aún con la falta absoluta de distracciones que suponía el espacio exterior, no lograba concentrarse. No podía dejar de mirar la nave… ¿Tardaría mucho más en irse? Miró hacia la Laptop otra vez. Semejante legado… Y él sería el único en disfrutarlo.

La vida y la muerte son tan irónicas a veces. Tres décadas de amargura. Tres décadas de desear el fin de la humanidad. Y cuando finalmente llegó, Walter no podía pensar en otra cosa que en proteger sus restos. Aún si tenía que sacrificar lo poco que tenía.

La nave aún no se iba. Si dejaba la Laptop allí, quizás alguien la encontraría eventualmente, aunque las chances fuesen bajas… Y su cápsula tenía el combustible exacto para durarle el viaje de ida y el de vuelta.

Walter falleció no mucho tiempo después. Sus últimos años los pasó cuidando de su perra, a quien nombró Susanita; contemplando el paisaje, que con la partida de la nave había vuelto a ser bastante agradable; y pensando. Porque no había mucho más que hacer, aparte de pensar. Pensaba mucho en aquella biblioteca, que había dejado en manos del azar. Le gustaba imaginarse que las vicisitudes del destino la habían guiado hacia las manos de algún arqueólogo o historiador interplanetario, y que pronto la humanidad sería objeto de estudio en toda la galaxia. Walter sabía que probablemente había sido desechada por alguien que ni siquiera conocía sus contenidos, pero le gustaba mantenerse optimista.

Y así se fue el último de los humanos, sin nadie que atendiera a su funeral. Satisfecho con su inútil, insignificante, minúscula ración de coraje…