PRÓLOGO
La lluvia caía con fuerza, helada, golpeándole la cara como agujas.
Elyra estaba de rodillas sobre el asfalto mojado. El sabor metálico de la sangre le llenaba la boca. Cada respiración ardía como fuego en el pecho.
Unos zapatos negros se detuvieron frente a ella, brillantes bajo la luz rota de un farol.
—Otra vez —murmuró una voz grave, casi tierna.
Levantó la mirada con esfuerzo.
Kaelis la observaba desde arriba. La lluvia resbalaba por su rostro sin tocarle los ojos. Sonreía.
—No… —susurró ella. La voz se le quebró.
Él se agachó. Sus dedos fríos le rozaron la mejilla empapada. El contacto fue dolorosamente familiar, como un recuerdo enterrado en carne.
—Siempre tomas la misma decisión —dijo en voz baja.
El mundo se oscureció por los bordes. Elyra intentó aferrarse a su camisa, pero los dedos le fallaron. El frío se le metía hasta los huesos.
—¿Quién… eres?
Los labios de él rozaron su oreja. Su aliento cálido contrastaba con la lluvia helada.
—El error que sigues eligiendo.
Todo se volvió negro.
Y justo antes de que el silencio la tragara, escuchó su voz una última vez, suave como una promesa:
—Nos vemos cuando firmes.