Capítulo 1 – “El Eco” –
"El que quiera salvar su vida, la perderá;
Y el que la pierda por mí, la salvará."
Mateo 16:25
El reino olvidado en Tierra de nadie, se encuentra desierto y repleto de almas que perdurarán por siempre en los presentes, la llama de la vida apagada en un pestañear, al convertirse todo en ruinas. Los viejos jardines, ahora solo son tierra en polvo y cenizas de los que ayer lucharon, de los que hoy se hablan y de los que mañana se olvidan, de ellos, ecos de dolor... que no pudieron hallar la luz... y ahora son controlados por él.
Aquellos que intenten escarbar en lo que una vez fue un reino condecorado, no encontrarán palabras, ni salvación, si es que la tentación rige sus actos. La niebla gobierna desde la cercanía del mar, hasta los extremos del reino, criaturas misteriosas habitan ahora en él.
Allí, donde hay tormentas y no lluvias, la moral se pone a prueba, la locura se expande. Bajo la realidad de los cadáveres y restos, pocos hoy sueñan con lo hermoso que era antaño. Pero el vacío les recibirá donde el fuego eterno no alumbra, en la ciudad falsa, curada por la muerte. Más dice la leyenda, que quien intente meterse en lo que fue cosechado por la ira, las estrellas caerán, el sol llorará y todo lo que fue, se volverá a manifestar.
- ¿Dónde estamos? Ya tendríamos que haber llegado...-
- ¿llegar a dónde? Si hace días que andamos vagando a ciegas por los valles de Athínas... Por favor de que mierda nos sirve un cartógrafo si no sabe leer un maldito mapa-
Athínas era apenas un susurro entre comerciantes supersticiosos y soldados ebrios. Nadie con sentido común pisaba sus tierras. Nadie, salvo los necios.
Cinco hombres avanzaban entre maleza y escombros: botas gastadas, espadas herrumbrosas, ambición en los ojos. No buscaban redención. Ni siquiera gloria. Solo oro viejo, artefactos, joyas malditas si era necesario. Todo vale algo en las ciudades sin nombre.
- ¿Y esto era una capital? - preguntó uno, escupiendo en el polvo - . Parece un osario.
- La ciudad falsa - murmuró el cartógrafo, sin alzar la vista-. Así la llamaban. Por fuera un reino... por dentro, algo más.
Las ruinas susurraban en voz baja. Piedras rotas, vitrales carcomidos por el tiempo. Pero al fondo, intacta como una burla al desastre, se alzaba una iglesia negra. Su cúpula, agrietada pero firme, coronaba el centro de la muerte.
- Ahí está lo bueno - dijo el líder, sonriendo con codicia - . Si hay tesoros, van a estar bajo el altar.
Entraron.
El silencio allí dentro era brutal. Ni ecos, ni viento. Solo el crujido de pasos y el leve rezo de algo que ya no tenía voz. Las estatuas eran humanas, demasiado humanas: ojos hundidos, bocas entreabiertas, manos tendidas como si esperaran ayuda... o carne.
Uno de ellos se separó del grupo. Caminó entre los bancos rotos hasta una puerta lateral. La abrió.
Un chillido seco quebró el aire. No hubo lucha. Solo un golpe. Cuando los demás llegaron, encontraron el cuerpo clavado al techo, partido en tres, como si lo hubieran estirado para ver qué tan lejos podía llegar la carne antes de romperse.
- ¡¿Qué mierda fue eso?! - gritó uno, desenvainando tarde.
Algo cayó. Algo blando y pesado. Un cuerpo sin rostro.
Luego lo vieron.
Se arrastraba por las paredes con seis patas gruesas, peludas, dispuestas de a tres a cada lado como un insecto maldito. Su torso era largo, elástico, y se alzaba al caminar. Varias hileras de ojos titilaban en su vientre, algunos cerrados, otros mirando. En lo alto, brotaban dos brazos cortos con garras romas que no desgarraban: golpeaban. Hundían.
El segundo cayó sin gritar. El monstruo se le lanzó encima, le sujetó la cabeza con las patas delanteras y, con precisión de carnicero, le arrancó los ojos. Después, siguieron las uñas. Comía de abajo hacia arriba, despacio, mientras los demás huían.
La iglesia se cerró sola.
No importó qué puertas empujaran ni cuántas paredes golpearan. Estaban adentro.
Uno por uno.
El tercero quiso esconderse bajo el altar. El cuarto, correr hacia el campanario. No importó. Siempre llegaba antes. Y cuando lo hacía, no mataba al instante. Les hablaba con los ojos. Les pedía algo. Les hacía comprender algo que nadie debía.
El cartógrafo fue el último.
Temblando, se encerró en la sacristía, con sangre hasta los codos y la vista perdida. Afuera, la criatura rasguñaba la madera, lenta, paciente. Iba a entrar. Y él no sabía rezar.
Entonces lo escuchó.
Pasos firmes.
Un golpe seco.
Silencio.
Y luego, el pestillo girando.
La puerta se abrió. No entró un ángel ni un demonio. Entró un hombre. De rostro sereno, bigote fino, barba breve pero marcada, cabello corto y oscuro. Vestía como un noble en ruinas. No traía armadura, pero su andar tenía peso. Su mirada, temple.
¿Estás herido? —preguntó.
El cartógrafo en silencio le miró. El hombre le ofreció agua, y luego, sin decir más, arrojó al suelo una cabeza cortada. Se retorcía todavía. No tenía boca. Solo ojos.
Este no era el único. —dijo el forastero, limpiándose las manos en un pañuelo impoluto—. ¿Cómo te llamas?
No... no importa —dijo el cartógrafo—. ¿Quién eres tú?
El hombre miró hacia la cúpula, donde el mármol rezumaba una sustancia negra, y dijo con voz suave:
Un humilde pastor, matando a sus ovejas.
El cartógrafo bajó la mirada. No dijo palabra. Le temblaban las manos, no por frío ni por miedo, sino por algo más profundo. La certeza de haber visto lo que no debía. Y de seguir respirando.
El forastero le tendió una tela limpia.
- Sécate la sangre. No es tuya... todavía.
El viento, si se lo podía llamar así, sopló hacia adentro. La iglesia, herida y devota en su silencio, pareció suspirar. Un largo lamento de piedra, como si lo antiguo reconociera al hombre que había entrado sin pedir permiso.
Salieron de la sacristía. Las velas, que nadie había encendido, seguían ardiendo.
- ¿Qué era eso? —preguntó el cartógrafo, sin esperar realmente una respuesta.
- Una de las crías. No le pongas nombre. Nombrarlas es recordar. Y recordar les da forma. -
- ¿Crías de qué? -
El forastero no respondió. Caminó entre los restos con la calma de quien ya ha visto demasiado. A un lado, el altar se quebraba por dentro. Algo murmuraba debajo.
El cartógrafo lo notó.
- Se mueve... -
- No te acerques. Esta iglesia no terminó su misa. -
El forastero se agachó y tocó una grieta del suelo con la yema de los dedos. Allí, donde la piedra estaba caliente. Donde la sangre brotaba sin cuerpo.
- Este lugar fue testigo —dijo—. La fe podrida engendra cosas que la fe pura jamás entendería. Aquí rezaban a un dios que ya no escucha. O tal vez escucha... pero ya no es dios. -
Una campana sonó. Sola.
La puerta, que hasta entonces no había cedido, crujió como si alguien al otro lado hubiese desistido de mantenerla cerrada. El exterior seguía en la misma penumbra. Nada cambió. Y sin embargo, todo pesaba más.
- Tenemos que irnos —dijo el cartógrafo.
El forastero asintió, sin urgencia. Tomó una de las estatuas pequeñas, caída del atril, y la envolvió con cuidado. La figura era humana, pero con ojos de insecto tallados en la espalda. No dijo por qué se la llevaba.
- ¿Tu nombre? —preguntó el cartógrafo, por fin con voz firme.
El hombre se giró. Lo miró de reojo.
- Los nombres son como puertas: se abren, con consecuencias. Pero si te tranquiliza... puedes llamarme Malak. -
- ¿Es tu nombre? -
- No, solo es una blasfemia.- Respondió Malak
- Yo soy Diantus, Diantus Lungwort.
Caminaron en silencio entre cadáveres irreconocibles. El aire se había espesado como alquitrán. Afuera, la niebla se agolpaba, furiosa, pero sin atreverse a tocarlo.
- ¿A dónde vamos?-
- A donde quede algo en pie, una salida.-
- ¿Y si no queda ninguna? -
Malak sonrió, por primera vez. Fue una mueca leve. Un gesto burlón.
Entonces nos escabulliremos entre los escombros.
Dieron unos pasos, y Diantus se detuvo. Algo brillaba detrás, apenas. No era oro. No era metal. Era un ojo. Uno solo. Aún abierto, entre las grietas del mármol.
- Nos sigue viendo. -
- Sí —dijo Malak sin mirar atrás—. Y nosotros a él, hay que movernos. -
- ¿No sería mejor espera a que se vaya? -
- No, si sabemos donde está, ya sabemos de donde podría atacar. Para así escapar. -
La niebla se abrió a su paso, obediente. Como si le conociera. Como si supiera que no era igual que el resto.
Caminaron entre columnas caídas, nichos vacíos y altares partidos. No había viento. Solo un murmullo que parecía salir de las piedras mismas, como si la ciudad hablara sin querer, arrastrando el idioma de los muertos en sus ruinas.
El Diantus evitaba mirar directamente a los rostros esculpidos en las paredes. Algunos parecían llorar. Otros, orar con la boca sellada. Uno sonreía. Pero no era una sonrisa humana.
- ¿Qué les pasó? —preguntó, casi sin voz—. ¿Siempre fueron así?
Malak se detuvo. Su figura parecía ajena al entorno, como si no le afectara. Pero sus ojos estaban cargados. Oscuros, rasgados. Sin ira, sin piedad.
- No nacieron así. Ninguno lo hace. Respondió Malak
Apoyó una mano sobre una estatua caída, rota en dos. Era la figura de una mujer con manos extendidas. En lugar de ojos, tenía cuencas talladas como cruces invertidas.
- No fueron castigados... se deformaron. Ellos mismos. Uno a uno. Por sus actos. Por sus creencias. Por rendirse. Cuando se reza a un Falso Dios, no se obtiene silencio... se obtiene eco. Y el eco, si lo escuchás el tiempo suficiente, cambia lo que sos. -
- ¿Y ese Ser... existió? -
- Sí. O algo así. No como los libros lo cuentan. No era salvación. Era una ausencia hambrienta. Un abismo vestido con mitras. Aquí le entregaron carne, fe, sangre. Y el abismo respondió. No con palabras. Con ilusiones... Con promesas vacías.-
Se agachó junto a un charco negro. No era agua. Era una secreción espesa, con reflejos rojos como brasas apagadas. El cartógrafo se inclinó, pero Malak lo detuvo con un gesto.
- Ese fue un abad. Se decía puro. Casto. Pero por dentro era deseo oculto, culpa podrida. Lo negaba tanto, que al morir se le marcó en el alma. Ahora vaga en forma de lodo viviente. Se arrastra entre las criptas, esperando tocar piel. No para poseerla. Para juzgarla. Si encontrás su mirada en el reflejo, se come tu rostro, piel, dejando los huesos. -
El cartógrafo se apartó con un temblor.
- ¿Y no se puede... salvar a ninguno?-
- No. Ya no hay redención. Porque ellos no quieren ser salvados. Fueron humanos. Tuvieron oportunidad. Pero se desviaron del sendero hasta que ya no sabían que existía uno. Perdieron la forma no por castigo divino, sino por decisión. Porque prefirieron la Gula, la Pereza, la avaricia, la Envidia, la Soberbia, la Lujuria, la Ira . Porque entregaron sus mentes, sus cuerpos, y sobre todo... su Razón.-
Malak siguió avanzando. Su voz se volvió más baja. No por temor. Por respeto.
- Uno se convirtió en estatua. Otro, en un Insecto. Algunos dejaron de tener carne y se hicieron sonido. Pero todos siguen un patrón: repiten su pecado como si fuera virtud, una virtud deforme. Porque para ellos, lo que los deformó no fue error... fue adoración, fue sacrificio.-
- ¿Y vos cómo sabés tanto?-
- Porque me criaron cerca del borde. Y porque uno no aprende esto con libros. Lo aprende con cicatrices. Yo vi a una monja entregarse a este dios muerto... y la vi predicando sin boca. Solo con rezos escritos en la piel, matando al pueblo que una vez abrazó.-
Un zumbido leve los rodeó. No de insectos. De voces, distantes y entrecortadas, como cantos mal recordados.
- Se acercan —dijo Malak—. Pero aún podemos salir si seguimos el ritmo.
- ¿Qué ritmo?-
- Ellos marchan con rezos antiguos. Si pisás fuera de compás, te oyen.-
El cartógrafo lo miró, incrédulo.
¿Estás diciendo que ellos piensan?
- No, es naturaleza, como te dije, ya no son lo que eran. Rezan con el cuerpo. Como si fuese una misa. Y vos y yo, para salir... tenemos que movernos, al sonar de la campana.-
La niebla les envolvía como un sudario, denso y frío, mientras Malak y Diantus avanzaban tambaleantes por el sendero tortuoso entre árboles antiguos y troncos caídos. Cada músculo dolía, cada respiración era un peso. La ciudad maldita detrás de ellos ya no era más que un recuerdo envuelto en sombras y gritos, pero el eco de sus pesadillas persistía en la piel y la sangre.
Malak caminaba delante, sus pasos medidos y seguros, aunque su rostro mostraba la misma fatiga que el cartógrafo. Este último, con la vista perdida entre la niebla, apenas podía sostenerse en pie, las heridas sangraban y la mente estaba agotada por el horror vivido.
—No podemos detenernos —susurró Malak, con voz grave—. Aquí no nos esperan más bestias, pero la oscuridad aún está despierta, y las sombras que la ciudad dejó son solo el preludio.
El cartógrafo asintió sin palabras, su cuerpo pedía tregua. La cordura de ellos se iba disipando.
De pronto, en un claro entre los árboles, apareció una figura encorvada. Era un hombre de avanzada edad, vestido con ropas simples, gastadas pero limpias, y un sombrero de ala ancha cubría parcialmente su rostro. En una mano llevaba un cayado de madera rústica, y en la otra, un canasto con verduras y hierbas frescas.
Sus ojos, vivos y curiosos, se clavaron en ellos. No hubo sorpresa, solo un reconocimiento silencioso, como si aguardara por aquellos dos desde hacía tiempo.
—Malheridos —dijo con voz ronca, pero amable—. ¿Quién os ha dejado vagar por estos bosques con tales heridas y sombra en el alma?
El cartógrafo intentó hablar, pero solo salió un jadeo. Malak se adelantó y respondió:
—Hemos escapado de Athínas, la ciudad olvidada. Las pesadillas andan sueltas allí. No hay lugar para hombres ni para rezos.
El hombre asintió, como comprendiendo sin juzgar.
—Oldtrich no es lugar para fantasmas, pero para los vivos hay cobijo. Venid conmigo.
Con un movimiento lento, pero seguro, el viejo les ayudó a ponerse de pie y comenzó a guiarlos por un sendero oculto entre la maleza. El bosque parecía abrirse a su paso, como si respetara su andar, pero también vigilara.
—Oldtrich es un reino de piedra y honor —continuó el hombre—, una ciudad que se alza orgullosa entre colinas y ríos. Sus muros son altos, sus calles, un laberinto de comercio y leyendas. Caballeros en armadura recorren sus plazas, y nobles se reúnen en salones donde las velas nunca se apagan.
Malak miró al hombre, sintiendo que su relato era más que palabras: era una promesa de refugio, pero también un aviso.
—La oscuridad que dejamos no se detiene —dijo con voz baja—. No es solo Athínas la que está corrompida, sino los rincones que la rodean. Aquí también hay sombras, aunque distintas.
Diantus sintió un escalofrío recorrer su espalda, y aunque la niebla comenzaba a disiparse con la llegada del crepúsculo, la sensación de que algo los seguía persistía.
El hombre, que ahora se había presentado simplemente como 'Benedikt', les ayudó a cruzar un arroyo y los condujo hacia una senda pavimentada que descendía hacia las luces distantes de Oldtrich.
—Aquí, al menos, encontraréis descanso —dijo Benedikt—. Pero recordad: la verdadera batalla no es solo contra los monstruos que pueden tocarse, sino contra las sombras que anidan en el alma.
Malak y el cartógrafo se miraron, cansados y dolidos, sabiendo que el camino no terminaría en Oldtrich, sino que sería solo un paso más en una historia donde la fe y la oscuridad se enfrentaban sin tregua.
Al llegar a la muralla gigante, el brillo de las antorchas y el bullicio de la ciudad les llenó de una mezcla extraña de esperanza y temor.
Habían escapado de Athínas, sí.
Pero la noche estaba lejos de terminar.
Las murallas de Oldtrich se alzaban como un canto de mármol al orgullo de los hombres: altas, puras, incorruptas a simple vista. Las puertas de roble labrado se abrieron al atardecer para recibir a Benedikt, Diantus medio consciente y al hombre de mirada pesada, cubierto con un manto de lino oscuro. Nadie preguntó demasiado; a veces, los comerciantes de hierbas traían consigo más de lo que parecía. El viejo dijo que traía un peregrino herido y un escribano exhausto de los caminos del sur.
Malak no pronunció su nombre. En Oldtrich, las palabras se vendían caro, y los nombres aún más.
Los curanderos del templo de la Rosa Áurea los recibieron con cierto recelo, curando las heridas visibles pero dejando sin tocar las marcas que, según dijeron, "no pertenecen a este plano". El cartógrafo, aún febril, murmuraba en sueños sobre ojos en la piedra y plegarias sin boca. Malak veló por él en silencio, observando la ciudad desde las ventanas de las habitaciones altas: caballeros que saludaban con elegancia, nobles que discutían sobre herencias, mendigos bien vestidos que sabían cuándo callar.
Pero nada era real. Oldtrich brillaba con la luz de una vela perfumada, ocultando el humo negro en su base. Y Malak —que alguna vez fue llamado Valdor Bellegarde— lo sabía bien.
Décadas atrás, cuando aún buscaba respuestas y no cicatrices, fue parte del círculo dorado del Alto Capellán Elzebrecht, el "Sabio Luminoso". Un joven prometedor, inquisitivo, arrogante, apodado Valdor por su linaje roto. Fue en esta ciudad donde había pronunciado votos, investigado textos prohibidos, y finalmente, donde había abierto la primera grieta de lo impuro bajo las criptas del norte. Fue aquí donde comenzó su caída.
Por eso no podía quedarse.
Dos días después de su llegada, Malak abandonó el templo en silencio. No dejó notas. Tomó al cartógrafo, ya despierto, y se refugió en el lugar más ruidoso y olvidable que pudo encontrar: la Taberna Chisquina, bastión de borrachos, prostitutas, juglares y hombres sin patria.
—Nadie busca a los muertos entre los sepultureros —le dijo al cartógrafo mientras sorbía una cerveza tibia.
Pero alguien habló.
Tal vez un rostro que lo reconoció. Tal vez una carta interceptada. Tal vez el rumor de que alguien sabía demasiado sobre los ecos de Athínas. Poco importaba. El nombre olvidado volvió a ser pronunciado en los salones del consejo real: Valdor Bellegarde. Hereje. Huidizo. Vivo.
Y así comenzó la cacería.
La taberna Chisquina hervía de calor, olores y canciones mal afinadas. Los pétalos esparcidos apenas mitigaban el hedor a fermento y sudor, pero ayudaban a mantener la ilusión de que todo allí era parte de la vida. Juglares tocaban cuerdas rotas, mozas reían sin alegría, y en la barra se hablaban verdades que en las cortes se callaban.
—...¡al carajo con todo! Que la Blanca Madre nos salve... —bramaba un cliente, ahogando sus penas en cebada rancia.
Malak, con capucha baja y mirada ausente, parecía solo otro peregrino cansado. Diantus, más limpio pero aún con las marcas en la cara, bebía en silencio. La gente hablaba, las jarras chocaban.
Y entonces...
—¡En el nombre del rey! ¡La taberna queda clausurada! ¡Todos serán detenidos por la busqueda de Valdor Bellegarde!
Los guardias irrumpieron como lobos con hambre de gloria. Algunos clientes saltaron por las ventanas, otros se arrodillaron. Las putas maldijeron entre dientes. El dueño protestó con vehemencia.
—¡No sé de qué me hablan! ¡Mi posada es legal!
—¡El consejo tiene pruebas! ¡Bellegarde estuvo aquí! ¡O aún está! —bramó el capitán de los guardias.
En ese instante, un joven mozo giró hacia la esquina donde Malak había estado.
Pero la silla estaba vacía.
Una ventana abierta. Y sobre la madera, apenas perceptible, una línea escrita con la sangre seca del cartógrafo:
"La fe sin carne es mentira. La mentira sin ojos aún ve."