Mi profesora y mi amante

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Summary

Natali tiene dieciocho años, es callada, observadora y sabe exactamente lo que quiere. Desde los catorce está enamorada de Elena, su profesora de cuarenta y seis años: una mujer elegante, coqueta, celosa y terriblemente cachonda que no puede disimular lo que siente por ella. Lo que comienza con miradas furtivas y mensajes a escondidas se convierte en un juego de seducción cada vez más peligroso, donde los límites entre lo prohibido y lo inevitable se desdibujan. Entre regalos personalizados, encuentros furtivos y una pasión que ninguna de las dos puede controlar, Natali y Elena se entregan a un amor que saben que está mal pero que ninguna está dispuesta a dejar. Porque cuando el deseo es más fuerte que las reglas, lo único que importa es seguir queriéndose... aunque nadie lo sepa.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

La pared fría contra su espalda era lo único que mantenía a Elena en pie. Las piernas le temblaban, las rodillas se le doblaban como si fueran de papel mojado, y la única razón por la que no se había deslizado al suelo era porque Natali la sostenía con una mano en la cadera y la otra en el muslo, manteniéndola abierta, ofrecida, suya. La lengua de Natali se movía con esa lentitud que la volvía loca, recorriendo sus pliegues de arriba abajo, deteniéndose en el clítoris para chuparlo suave, después más fuerte, después volver a empezar. Elena se mordió el dorso de la mano para no gritar, pero los gemidos se le escapaban igual, pequeños, agudos, incontrolables.

—Ahhh, ahhh, ayy —gimió Elena, y los sonidos rebotaron en las paredes del hueco debajo de la escalera, mezclándose con el olor a lavandina y a cera para el piso.

Natali levantó la vista un momento, sus ojos oscuros brillando en la penumbra. Tenía los labios brillantes, húmedos, y una sonrisa pequeña se dibujaba en su boca. No dijo nada. Solo la miró, y en esa mirada había todo: deseo, amor, posesión, diversión. Disfrutaba viendo a Elena así, deshecha, tratando de contener los gemidos, fracasando en el intento.

Elena sintió que algo cambiaba dentro de ella. No era el orgasmo, aunque estaba cerca. Era otra cosa. Era una transformación, un volverse otra persona, esa versión de sí misma que solo Natali conocía, la que aparecía cuando la excitación era tanta que ya no podía fingir. La profesora Marta no existía ahí. La mujer seria que corregía exámenes con el ceño fruncido no existía ahí. Solo existía Elena, la mamá, la que sabía lo que hacía, la que aunque a veces fingiera inocencia, en el fondo estaba completamente consciente de cada gesto, cada palabra, cada movimiento.

—Así, mi amor —dijo Elena, y su voz había cambiado. Ya no era el ruego tembloroso de antes. Era más grave, más segura, la voz de alguien que sabe lo que quiere y cómo pedirlo—. Así chúpale la concha a mamá.

Natali gimió contra su piel, y la vibración recorrió el cuerpo de Elena como un latigazo. La chica apretó los dedos en sus caderas, hundiéndolos en la carne con una fuerza que dejaba marcas, y su lengua se movió más rápido, más segura. Sabía que a Elena le gustaba cuando hablaba así, cuando se ponía en ese papel de mamá que tanto la excitaba. Y Elena lo sabía. Por eso lo hacía.

—Muy bien —siguió Elena, y su mano bajó para enredarse en el pelo de Natali, guiándola, apretando cuando la lengua llegaba al lugar exacto que la volvía loca—. Así se mama. Así se bebe toda la leche de mamá.

Natali no respondió con palabras. No podía. Su boca estaba ocupada, lamiendo, chupando, saboreando. Pero sus manos hablaban por ella, apretando las caderas de Elena, pegándola más contra la pared, abriéndola aún más para tener mejor acceso. Elena sintió cómo los dedos de Natali se deslizaban por sus muslos, acariciando la piel sensible, rozando la entrada que ya estaba empapada, lista, esperando.

—Meté los dedos —ordenó Elena, y su voz era un hilo ronco, caliente—. Metémelos, mi amor. Mamá quiere sentirte adentro.

Natali obedeció. Un dedo entró, después otro, y Elena arqueó la espalda con un gemido que esta vez no pudo contener. El sonido fue más fuerte de lo que debería, y por un momento las dos se quedaron quietas, escuchando si alguien venía. Silencio. Solo el zumbido de los tubos fluorescentes en el pasillo y los latidos de sus corazones que resonaban en el pequeño espacio.

—Seguí —susurró Elena—. No pares.

Los dedos de Natali se movían dentro de ella con un ritmo lento pero firme, entrando y saliendo, buscando ese punto que sabía que la volvía loca. La lengua seguía chupando el clítoris, y la combinación de las dos cosas hacía que Elena viera estrellas detrás de los párpados cerrados. Su respiración se había vuelto irregular, jadeos cortos que salían por su boca abierta, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón.

—Ay, Natali —gimió Elena, y su voz se quebró—. Así, así. No pares.

—No voy a parar —dijo Natali, separando la boca apenas un momento para hablar. Su voz era ronca, caliente, y las palabras se pegaron a la piel de Elena como un beso—. Voy a hacer que te vengas, mamá. Acá. En el colegio.

—Sí —respondió Elena, y sus dedos se enredaron con más fuerza en el pelo de Natali, apretando, guiando, pidiendo—. Sí, sí, sí.

Los dedos de Natali se movían más rápido ahora, y su lengua seguía el mismo ritmo, chupando, lamiendo, mordisqueando suave cuando Elena se lo pedía con los movimientos de sus caderas. La profesora ya no intentaba contener los gemidos. Sabía que era un riesgo, sabía que alguien podía escuchar, pero ya no le importaba. Solo le importaba el placer que Natali le estaba dando, el amor que se escondía detrás de cada gesto, la forma en que la chica la miraba como si fuera lo más preciado del mundo.

—Te voy a dar leche, mi amor —susurró Elena, y su voz era apenas un hilo roto por el placer—. Toda mi leche. Para vos. Solo para vos.

—Dámela —respondió Natali, y volvió a hundir la boca en su entrepierna, chupando con una desesperación nueva.

Elena sintió que el orgasmo se acercaba como un tren a toda velocidad. Su respiración se volvió más rápida, más superficial, y los gemidos se hicieron más agudos, más seguidos. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse más en la pared para no caerse, y sus dedos apretaron el pelo de Natali con una fuerza que bordeaba lo doloroso.

—Ahora, ahora, ahora —gritó Elena, en un susurro que quería ser grito—. Ahora, Natali, ahora.

Y se vino. El orgasmo la golpeó como una ola, sacudiéndole todo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Su espalda se arqueó contra la pared, sus caderas empujaron contra la boca de Natali, y sus gemidos se perdieron en el hueco debajo de la escalera, ahogados por la mano que se llevó a la boca en el último momento. Natali no paró. Siguió chupando, acompañando la bajada, sintiendo cómo Elena se estremecía bajo su lengua una y otra vez hasta que los espasmos se fueron haciendo más espaciados, más suaves, hasta que el cuerpo de la profesora se rindió por completo.

El silencio que siguió fue denso, roto solo por las respiraciones entrecortadas de las dos. Elena se deslizó un poco sobre la pared, las piernas ya no la sostenían, y Natali la sujetó por las caderas para que no se cayera. La chica levantó la cara de entre sus piernas y la miró desde abajo, con esos ojos oscuros que brillaban en la penumbra. Tenía los labios brillantes, la barbilla mojada, y una sonrisa pequeña y feliz que a Elena le derretía el corazón.

—Te quiero —dijo Natali, y su voz era apenas un susurro.

—Yo también —respondió Elena, y bajó una mano para acariciarle la mejilla, pasando el pulgar por el pómulo, por la comisura de sus labios, por la piel suave y caliente—. Te quiero mucho, mi amor.

—¿Te gustó?

—Me encantó.

Natali sonrió y apoyó la cabeza en el muslo de Elena, cerrando los ojos. La profesora siguió acariciando su mejilla, su pelo, sus hombros, sintiendo cómo la respiración de la chica se volvía más lenta, más tranquila. Afuera, el pasillo seguía vacío, y el peligro seguía acechando, pero a ellas no les importaba. Solo les importaba estar juntas, aunque fuera en un hueco debajo de la escalera, entre baldes de pintura y escobas viejas, con el olor a lavandina mezclándose con el perfume a jazmín de Natali. Solo les importaba eso. Y era suficiente.