Requiem por una pequeña flor

All Rights Reserved ©

Summary

Sanzu haruchiyo el perro fiel de Mikey encontró su humanidad en los ojos de una niña.Un disparo se la arrebato ahora el mundo pagará el precio. En un juego donde la muerte has echa en cada latido del monitor la única ley en bonten es la furia de un padre qué ha decidido quemarlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Requiem por una pequeña flor

La luz de la tarde caía sobre los pasillos fríos y estériles de la base de Bonten, pero dentro de ese ambiente gris, existía una anomalía: una pequeña de un año que, con sus pasos tambaleantes, lograba lo que nadie más podía: suavizar la mirada de los hombres más peligrosos del país.

Al principio, cuando la mujer apareció en la puerta y se la entregó, el segundo al mando la recibió con la misma indiferencia con la que trataba a cualquier intruso. "¿Es mía? Haz lo que quieras con ella, solo mantenla fuera de mi camino", le habría dicho. Pero el destino es irónico. Poco a poco, entre el bullicio de reuniones sobre armas y tráfico, el sonido de las risas infantiles empezó a infiltrarse en su rutina. Un día la encontró sentada en el suelo de su despacho, jugando con una de sus armas descargadas como si fuera un sonajero. En ese momento, algo dentro de él se fracturó, no para romperse, sino para dejar entrar una luz que no conocía.

A los dos años, la pequeña ya era la dueña de la base. Los ejecutivos, hombres que no dudaban en apretar el gatillo, se convertían en niñeros torpes cuando ella se raspaba las rodillas corriendo por los pasillos, limpiándole las heridas con una delicadeza que rozaba lo sagrado. Su padre, el segundo al mando, se había transformado. Ya no era solo el ejecutor fiel de Mikey; ahora era un padre que buscaba los juguetes más brillantes y las golosinas más dulces, protegiendo a su tesoro con un celo que asustaba incluso a sus propios subordinados.

Llegó el día del tercer cumpleaños. El ambiente era inusualmente festivo. Mikey, en uno de sus gestos de extraña humanidad, había decidido acompañarlos. Era un día de paz, una rareza en sus vidas. Salieron a comprar un pastel y algo para que ella estrenara en su día. La pequeña iba tomada de la mano de su padre, riendo, ajena a que el mundo exterior no conocía la piedad.

Entonces, el sonido seco. Un disparo.

El aire se partió en dos. El mundo se detuvo mientras el cuerpo de la pequeña se desplomaba contra el pavimento. La sangre, roja y viva, comenzó a extenderse rápidamente, salpicando el regalo que ella sostenía. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.

El segundo al mando no procesó el sonido, ni la amenaza, ni el entorno. Su visión se cerró en un túnel oscuro donde solo existía el cuerpo frágil en el suelo. Se lanzó hacia ella con una velocidad inhumana, sus manos -las mismas que habían causado tanto daño- la recogieron con una fragilidad absoluta, como si temiera que el aire mismo la rompiera. La sostuvo contra su pecho, sintiendo el calor que se escapaba, mientras el peso de su hija inconsciente se volvía lo único real en el universo.

El tiempo se fracturó. El ruido del mundo exterior  el viento, incluso la respiración agitada de los ejecutivos- se convirtió en un zumbido sordo y lejano, como si el universo entero se hubiera sumergido bajo el agua.

No hubo gritos. No hubo una declaración de guerra inmediata. Solo hubo un silencio sepulcral, cargado de una densidad insoportable.

El segundo al mando cayó de rodillas sobre el pavimento, un movimiento mecánico, como si sus huesos se hubieran vuelto de plomo. Sus manos, que solo conocían la disciplina de la violencia, ahora se movían con una extrema, casi tortuosa, delicadeza. Sostuvo el cuerpo de la pequeña contra su pecho, tratando de cubrir con su propia ropa el impacto de bala, como si pudiera engañar a la muerte y obligarla a retroceder con el calor de su propio cuerpo.

Sus ojos, perdidos en un shock profundo, no parpadeaban. Estaban fijos en el rostro de la niña, que permanecía inconsciente, un ángel roto en brazos de un demonio. La sangre, roja y vibrante contra la tela de su ropa, no dejaba de brotar, manchando sus guantes, recorriendo sus dedos y empapando el suelo con una constancia cruel. Él no intentaba detener la hemorragia con desesperación errática; simplemente la acunaba, balanceándose apenas unos milímetros hacia adelante y hacia atrás, en un letargo hipnótico, como si aún estuviera tratando de arrullarla para que durmiera, negándose a reconocer que el pequeño corazón contra su pecho se estaba apagando.

A su lado, Mikey se detuvo. Su mirada, siempre gélida y analítica, recorrió la escena. No se movió. No ordenó nada. Su presencia era una mancha de sombra absoluta en medio de la tragedia. Observó la inmovilidad de su segundo al mando y la sangre que continuaba fluyendo sin tregua, un hilo rojo que marcaba el fin de la cordura de un hombre.

El aire se volvió eléctrico, cargado con una quietud que gritaba más fuerte que cualquier llanto. El segundo al mando no soltaba a la pequeña; la apretaba más, con un miedo atroz a que, si dejaba de sentir su peso, la realidad se terminaría de derrumbar sobre ellos.

Fue entonces cuando el silencio se rompió, no con un grito, sino con un susurro quebradizo, una voz que no parecía pertenecer al hombre que solía dictar sentencias de muerte con una sonrisa maníaca.

-...¿Todavía tienes hambre, cielo? -musitó él, con la voz tan fina como el cristal a punto de estallar-. Compramos ese pastel... el de chocolate que tanto te gustaba... se va a enfriar.

Mikey cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, su mirada no mostraba compasión, sino un vacío oscuro que reflejaba la magnitud de lo que estaba presenciando. Dio un paso adelante, sus pasos resonando contra el pavimento como el tañido de una campana fúnebre. Se detuvo justo frente a su segundo al mando, proyectando una sombra que envolvió a ambos.

El segundo al mando no levantó la vista. Seguía balanceándose, con los ojos fijos en la pequeña mancha de vida que se desvanecía en sus brazos. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban con una violencia incontrolable, incapaces de contener el flujo carmesí que pintaba su ropa de gala.

-Sanzu -dijo Mikey, su voz apenas un murmullo, carente de cualquier inflexión humana.

El hombre no respondió. Un sollozo seco, un sonido que nació en lo más profundo de sus pulmones, se atascó en su garganta, convirtiéndose en una mueca de agonía pura. Entonces, la pequeña, en un último y débil reflejo de vida, soltó un suspiro casi imperceptible. Sus dedos, diminutos y frágiles, se cerraron levemente sobre la solapa de la chaqueta de su padre antes de quedar inertes por completo.

El segundo al mando se quedó petrificado. El letargo hipnótico se rompió. Sus ojos, antes vacíos, se ensancharon con una lucidez devastadora. El impacto de la realidad cayó sobre él como un edificio en ruinas. No hubo más negación.

Lentamente, levantó la cabeza hacia Mikey. Su expresión no era la de un hombre en duelo; era la expresión de alguien que había cruzado la frontera de la cordura y no tenía intención de volver. El rastro de sangre en su rostro, mezclado con la palidez de su piel, lo hacía ver como una figura sacada de un infierno personal.

-El mundo... -comenzó a decir, con una voz que esta vez sí sonó como una sentencia-, el mundo se ha atrevido a tocar lo que era nuestro, Mikey.

Se puso en pie con una lentitud glacial, todavía sosteniendo el cuerpo sin vida contra su pecho, como si fuera un estandarte de guerra. Sus ojos, que siempre habían buscado la aprobación de su líder, ahora estaban inyectados en una ira tan absoluta, tan desprovista de cualquier rasgo de humanidad, que incluso Mikey dio un paso atrás.

-No quiero justicia -continuó, y cada sílaba era un corte frío-. Quiero que se queme todo. Quiero que no quede ni una ceniza, ni un rastro, ni un nombre de quienes hicieron esto.

Mikey lo observó, y por primera vez en años, una sombra de algo parecido a una sonrisa fría y triste cruzó sus labios. Sabía que el hombre que tenía frente a él ya no existía; lo que quedaba era un arma de destrucción masiva, un contenedor de dolor convertido en una furia que ni él mismo podría contener.

-Hazlo -respondió Mikey, y su voz fue la única orden que el segundo al mando necesitaba escuchar.

el segundo al mando se giró hacia la oscuridad de la noche, su figura recortándose contra las luces lejanas de la ciudad, listo para iniciar una purga que teñiría la historia de Bonten con la sangre más oscura que jamás se hubiera derramado.

El mundo se volvió borroso. Sanzu no esperó a la ambulancia, ni a los refuerzos, ni siquiera a la orden de Mikey. En el momento en que sintió ese último y débil suspiro de la pequeña, sus piernas reaccionaron antes que su cerebro. La tomó con una fuerza que buscaba desesperadamente mantener el calor dentro de su cuerpo y echó a correr.

Sus zapatos caros golpeaban el pavimento con una violencia rítmica. Esquivaba a la gente, derribaba mesas de café y cruzaba calles sin mirar los autos que frenaban en seco, dejando tras de sí una estela de gritos y bocinazos. No sentía el cansancio, ni el aire quemándole los pulmones; solo sentía la humedad de la sangre de su hija empapándole el pecho.

-¡NO CIERRES LOS OJOS! -rugía él, aunque su voz se quebraba con cada zancada-. ¡MÍRAME, PEQUEÑA! ¡MÍRAME!

Llegó a las puertas de un hospital infantil cercano como una ráfaga de pesadilla. El guardia de seguridad apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Sanzu pateara las puertas de cristal, entrando en la sala de espera como un animal herido. El contraste era atroz: paredes pintadas con animales de colores, globos y niños con resfriados, y en medio de todo, un hombre cubierto de sangre, con los ojos inyectados en furia y terror

-¡UN MÉDICO! -el grito de Sanzu hizo que el cristal de la recepción vibrara-. ¡SI NO LA SALVAN, VOY A QUEMAR ESTE LUGAR CON TODOS USTEDES DENTRO!

El personal médico, paralizado por un segundo ante la visión del arma que asomaba por la chaqueta de Sanzu y la ferocidad de su rostro, reaccionó por puro instinto de supervivencia cuando una enfermera vio el vestido de la niña.

-¡Traigan una camilla, ahora! -gritó alguien.

Sanzu no quería soltarla. Cuando los enfermeros intentaron tomarla de sus brazos, él se tensó, mostrando los dientes como un lobo protegiendo a su cría. Fue necesaria la mano de Mikey, que acababa de llegar en un coche que frenó chirriando frente a la entrada, posándose pesadamente sobre su hombro para que Sanzu cediera.

-Déjalos, Sanzu -dijo Mikey con una calma que helaba la sangre-. Si no la sueltas, la matas tú mismo.

Sus manos temblaron violentamente cuando finalmente la depositaron en la camilla. Se quedó de pie en medio del pasillo, viendo cómo se la llevaban tras las puertas batientes de emergencias. El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de un aura de muerte. Sanzu se miró las manos: estaban rojas, vacías y temblorosas. Se dejó caer de espaldas contra la pared de colores, dejando una mancha larga y oscura en el mural de un arcoíris, mientras esperaba que el tiempo decidiera si su vida seguía teniendo sentido o si esa noche el mundo dejaría de existir.

El hospital privado, bajo el control absoluto de Bonten, se convirtió en una extensión de la base: un lugar de paredes blancas y silencios sepulcrales, custodiado por hombres armados que evitaban incluso respirar fuerte. En la unidad de cuidados intensivos, la pequeña parecía un muñeco de porcelana roto, rodeada de máquinas cuyo pitido rítmico era lo único que confirmaba que el hilo de vida aún no se había cortado.

Sanzu no se había movido de la silla junto a la cama en tres días. Su figura, todavía ataviada con el traje ensangrentado del cumpleaños, contrastaba violentamente con la pulcritud de la sala. Tenía la mirada clavada en el monitor, observando esa línea verde que subía y bajaba con una fragilidad insultante.

-Si el corazón se detiene -le dijo al médico jefe, sin mirarlo, con una voz que parecía venir de ultratumba-, el tuyo dejará de latir un segundo después. No es una amenaza, es un hecho biológico. Si ella se va, este hospital se convierte en tu pira funeraria.

El médico, cuyo rostro estaba pálido por el terror, solo pudo asentir. Sanzu volvió a centrar su atención en la niña. Con una delicadeza que daba escalofríos, estiró su mano enguantada y rozó apenas la punta de los dedos de su hija. Estaban fríos.

-Despierta, pequeña -susurró, y por un instante, la locura en sus ojos fue reemplazada por una súplica desgarradora-. Todavía tengo el pastel. No dejes que se desperdicie.

Afuera, en el pasillo, Mikey observaba a través del cristal. Sabía que mientras esa máquina siguiera pitando, Sanzu era un volcán a punto de entrar en erupción. Pero si la máquina emitía un sonido constante, si la línea se volvía plana... entonces no habría nada en este mundo capaz de detener el apocalipsis que su segundo al mando desataría sobre la ciudad.

Sanzu no buscaba un milagro porque creyera en Dios; buscaba un milagro porque no estaba listo para aceptar que el único rastro de luz en su vida se había apagado por un trozo de plomo.

El hospital se convirtió en el epicentro de un vacío absoluto. Sanzu, cuya presencia solía ser una tormenta de ruido y violencia, ahora solo aparecía de madrugada, con las manos manchadas de una suciedad que ni el agua oxigenada ni el jabón lograban borrar. Cada vez que salía, el mundo exterior temblaba, pero en la unidad de cuidados intensivos, el tiempo parecía haberse detenido.

Sanzu no confiaba en nadie, pero ante la urgencia de su cacería, no tuvo más remedio que ceder el cuidado de su "pequeña flor" a los únicos seres que, en su retorcido universo, no la verían como un objetivo: los hermanos Haitani.

-Si se mueve, si el ritmo del corazón cambia un solo latido, me llaman -les gruñó Sanzu una noche, mientras ajustaba su arma. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas, la mirada de un hombre que ya no dormía porque el sueño solo le devolvía la imagen del disparo-. Si algo le pasa mientras no estoy, no habrá sitio en esta ciudad donde puedan esconderse de mí.

Ran y Rindou, usualmente bromistas y despreocupados, se quedaron helados. La frialdad de Sanzu era absoluta.

Ahora, las guardias eran un ritual silencioso. A veces era Mikey quien se sentaba en el rincón más oscuro de la habitación. No hablaba; solo observaba a la niña, que parecía perdida en un sueño sin fin, rodeada de tubos y el siseo constante del respirador artificial. Rindou solía patrullar el pasillo, con la vista fija en la puerta, mientras Ran, sorprendentemente delicado, revisaba las bolsas de suero o acomodaba las mantas con una parsimonia que jamás habrían mostrado en una pelea.

-Es tan pequeña... -susurró Ran una tarde, viendo cómo el pecho de la niña subía y bajaba rítmicamente por la máquina-. Se rompió como si fuera de cristal.

-No digas eso -respondió Rindou, sin quitar la vista de la entrada-. Si Sanzu te escucha, te abre en canal ahí mismo.

El suspenso en el hospital era una cuerda tensa a punto de estallar. Cada vez que el monitor cardíaco emitía un sonido fuera de lo normal, el aire en la sala se volvía irrespirable. Los Haitani sabían que Mikey estaba observando, y que Sanzu estaba "cazando" fuera. Si la pequeña moría bajo su vigilancia, la purga que Sanzu estaba llevando a cabo en las calles no sería nada comparada con lo que ocurriría dentro de esas paredes.

Mientras tanto, en las sombras de la ciudad, Sanzu era un espectro. No buscaba justicia; buscaba el silencio absoluto de todos los que habían osado arrebatarle su paz. Los hombres caían uno tras otro, marcados con sangre en su memoria, pero cada vez que sus dedos apretaban el gatillo, su mente regresaba a esa habitación blanca, al pitido rítmico y a la posibilidad de que, al regresar, solo encontrara el silencio definitivo.

El hospital era una jaula de oro y muerte. Y mientras la niña luchaba por aferrarse a la vida, el mundo exterior se desmoronaba bajo la ira de un padre al que ya no le quedaba nada que perder.

La ciudad ya no era un lugar para los vivos; era un escenario de ejecución. Sanzu caminaba bajo la lluvia ácida de la noche, con el traje de gala ahora una sombra oscura por la sangre ajena que lo cubría. Ya no interrogaba, ya no buscaba explicaciones; simplemente borraba existencias, y el silencio que dejaba a su paso era la única respuesta que importaba.

Pero esa noche, en el hospital, algo cambió.

Ran Haitani estaba sentado junto a la cama, mirando cómo la pequeña, en su sueño inducido y con el respirador dictando su ritmo, movía ligeramente los dedos; esos mismos dedos que días antes habían buscado la solapa de la chaqueta de su padre con un último resto de vida. De repente, el monitor cardíaco, que hasta entonces había mantenido un ritmo monótono, empezó a acelerarse. No era un pitido constante, era un galope errático, una señal de que el cuerpo estaba luchando contra algo invisible.

—¡Rindou! —bramó Ran, perdiendo su habitual compostura—. ¡El monitor!

Rindou saltó de su silla, pero antes de que pudiera tocar los botones, la puerta de la habitación se abrió de golpe. No fue un médico. Fue Sanzu.

La imagen de Sanzu era la de un demonio recién salido del infierno. Tenía un corte profundo en la mejilla que sangraba libremente y sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en el monitor. El aire se volvió irrespirable. La presión era tan alta que los cristales parecieron vibrar al unísono con el latido acelerado de la niña. Sanzu caminó hacia la cama arrastrando una pesada cadena de metal, un trofeo de su cacería, que golpeaba el suelo con un sonido metálico y terrorífico.

—¿Qué le han hecho? —preguntó con un susurro mortalmente bajo—. ¿Por qué su corazón grita mientras yo estoy fuera?

Mikey dio un paso hacia adelante, pero sus ojos estaban fijos en la mano de Sanzu, que se deslizaba hacia la empuñadura de su katana. El suspenso se volvió asfixiante. En ese preciso momento, el monitor emitió un pitido largo, agudo y constante. Una línea plana.

El tiempo se detuvo. El rostro de Sanzu se vació de toda humanidad, convirtiéndose en una máscara de piedra blanca. Los Haitani retrocedieron, sintiendo que la muerte acababa de entrar a la habitación no por la niña, sino por ellos.

Pero antes de que Sanzu pudiera desenvainar o que el grito de agonía saliera de su garganta, la puerta se abrió de nuevo. Una horda de médicos entró corriendo.

—¡Despejen! ¡Está entrando en shock neurogénico! —gritó el especialista, empujando a Sanzu, quien se quedó petrificado, viendo cómo cargaban el desfibrilador.

Fue un minuto eterno. Un susto que paralizó el alma de los hombres más crueles de Japón. Tras la descarga, el monitor volvió a emitir un beep débil, lento... pero presente. El corazón de la pequeña había regresado del borde, dejándolos a todos con el sabor amargo del terror en la boca. Sanzu cayó de rodillas al lado de la cama, no por devoción, sino porque sus piernas simplemente no podían sostener el peso de haberla perdido por un segundo.