EL LABERINTO

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Summary

Tras sobrevivir a un accidente automovilístico, Ana despierta en el hospital rodeada de amor y alivio. Sin embargo, su mente se ha quedado atrapada en una pesadilla recurrente: un laberinto asfixiante de muros grises gobernado por una sombra,un lugar del que logró escapar. Pero a medida que Ana intenta recuperar su vida normal, la perfecta y abrumadora devoción de su novio Damián empieza a sentirse extrañamente familiar. Cada abrazo, cada consejo y cada dulce restricción "por su seguridad" imitan la suavidad de la mano que la retenía en su pesadilla.Atrapada entre la lógica de la medicina y una paranoia que no deja de crecer, Ana deberá descubrir si el laberinto fue solo un sueño... o si la verdadera trampa acaba de comenzar.

Genre
Mystery
Author
aileen
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Portal de Vidrio

Vivir en una encrucijada no es tan idílico como los folletos del vecindario intentan aparentar.Mi ventana daba directamente a la pared gris de la casa de los Williams, a apenas dos metros de distancia. Si estiraba el brazo, casi podía tocar sus macetas llenas de flores. No había calles. Solo pasillos de piedra pulida que se bifurcaban infinitamente hacia el norte, el sur, el este y el oeste.

Para mis vecinos, la vida era perfecta: saludaban amablemente al doblar cada esquina ciega y decoraban los muros con enredaderas artificiales para simular un jardín inexistente. Para ellos, el cielo techado y los muros depiedra son lo natural.

Pero para mí el aire me sabía a encierro. Sentía los muros cerrándose sobre mi pecho cada mañana. ¿Cómo podían vivir así? ¿Cómo no les desesperaba saber que cada camino terminaba en otra curva? Parecía que si salía al pasillo y gritaba: «¡Hola! ¿A ustedes esto les parece normal?», nadie me prestaría la más mínima atención. Me tomarían por loca.

Nadie hablaba del arquitecto de este lugar. En los pasillos se le mencionaba apenas en un susurro: «El Jefe». No había anuncios con su rostro, pero el miedo era el cemento invisible que unía los ladrillos. Sabíamos que los giros del laberinto cambiaban de noche si alguien intentaba mapearlos. Él nos quería aquí. Vigilados. Estables. Atrapados.

—No puedo más —les dije a Sofía y a Danielle, mis mejores amigas, arrastrándolas al único pasillo muerto y oscuro que encontramos cerca del mercado—. Necesito que me ayuden a salir. Tiene que haber algo más que esto.

La desesperación raspaba en mi voz. Danielle me miró con los ojos abiertos por el pánico, mientras Sofía negaba con la cabeza de forma frenética.

—Ana, deja de decir eso, es una locura —susurró Danielle, mirando por encima de su hombro—. Todos debemos estar como estamos. Las cosas no se cambian. Si alguien te escucha...

Pero la desesperación te vuelve observadora. Cuando pasas todo tu tiempo buscando una grieta en un mundo de muros perfectos, terminas mirando hacia donde nadie más mira, aunque todo parezca igual.

Un martes por la tarde, estaba en la esquina de la habitación vacía del fondo de mi casa. Justo donde el techo se unía con las dos paredes principales, observe un espejo cuadrado. No tenía ningún sentido. Nunca había visto ese espejo. Un espejo en el techo, haciendo esquina justo en el borde de la pared. ¿Quién querría reflejar un rincón vacío? Para mis amigas era una excentricidad más de las constructoras del Jefe, pero a mí me quemaba la mirada cada vez que entraba al cuarto.

Los siguientes días la curiosidad no me dejaba en paz. Cuando el silencio del pasillo exterior era absoluto, arrastré la silla de madera. Me subí, balanceándome un poco sobre el asiento, y estiré las manos. Toqué el vidrio frío. Al empujar hacia arriba, mis dedos no encontraron la resistencia del concreto. El espejo cedió un milímetro. Se tambaleó. Un aire helado y con un olor extraño se coló por la rendija. Y entonces lo escuché: el murmullo distorsionado de unas voces que no pertenecían a la rutina de los pasillos.

Un repentino ruido de pasos en la entrada de mi casa me hizo bajar de un salto, devolviendo el espejo a su lugar a toda prisa. El corazón me golpeaba las costillas. No estaba pegado. Era una tapa. Y al otro lado había algo más.

Mi novio, Ethan, entró a la habitación y me encontró con las manos aún temblorosas.—¿Qué haces, cariño? Te puedes lastimar —me dijo, acercándose con una sonrisa cálida.

—Es que... no sé qué hace ese espejo ahí —respondí, señalando el techo con voz agitada—. ¿Quién coloca un espejo en una esquina tan alta?

—Pues sí que tienes razón, no tiene mucho sentido —admitió él, envolviendo mis hombros con sus brazos—. Pero no podemos cambiarlo, lo siento, cariño.

Se inclinó y me besó en los labios, de una forma tan dulce que sentí que el suelo se estabilizaba. Cada vez que Ethan me besaba, era como si pudiera escapar por unos segundos de este laberinto gris. Lo amaba; no creía que pudiera sobrevivir en este encierro sin él. Sin embargo, la sensación de no pertenecer a este lugar se colaba cada vez más profundo dentro de mí.

Tardé dos días enteros en convencer a mis amigas. Nos encerramos en la habitación y bloqueamos la puerta pesada empujando el armario contra ella. Las tres miramos hacia arriba.—Ana, si el Jefe se entera de esto... —susurró Danielle, con la voz rota por el miedo.

—El Jefe no mira hacia arriba —respondí con firmeza, subiéndome de nuevo a la silla—. Ayúdenme a sostenerla.Sofía y Danielle me sujetaron las piernas desde abajo mientras yo empujaba el espejo con todas mis fuerzas. El vidrio cedió por completo hacia un lado, revelando un agujero negro que devoraba la luz del cuarto.

—¡Oh Dios, qué hay arriba! —gritó Sofía en un susurro desesperado, apretando más mis pantorrillas.

Apoyé los codos en el borde del techo y alcancé a meter la mitad de mi cuerpo en ese pequeño espacio. El aire allí arriba no conducía a un pasadizo prohibido; era simplemente un hueco. Para cualquiera que mirara de reojo, habría parecido una simple solución arquitectónica, un detalle sin importancia en un mundo donde nadie cuestionaba el entorno.

Pero para mí era la libertad.El túnel era un laberinto oscuro, estrecho y helado. Me impulsé por completo, dejando atrás la habitación. El suelo de metal raspaba mis rodillas mientras avanzaba a gatas y a ciegas, guiada únicamente por la intuición de que el “afuera” debía estar al final. Dejé de escuchar los murmullos de mis amigas abajo. El silencio se volvió denso. Estaba a punto de alcanzar lo que parecía el final del conducto cuando sentí el contacto.

Una mano rodeó mi tobillo izquierdo. Solté un grito ensordecedor que se ahogó en la negrura del espacio.

No hubo un tirón violento. No hubo garras ni hostilidad. Fue un agarre firme pero sorprendentemente suave, casi una caricia protectora que pretendía retenerme con delicadeza, como quien sujeta a un niño para que no cruce la calle. Esa misma suavidad me congeló la sangre; era la forma sutil en la que el dueño de ese mundo te recordaba que no podías marcharte. Todo a mi alrededor pareció volverse gris.

No se escuchó ninguna voz. En su lugar, el túnel se llenó de un coro de susurros incomprensibles que se arrastraban por las paredes. Avanzar se volvió una tarea imposible, no por la fuerza física de la mano que me retenía, sino por la confusión mental que empezó a inundar el espacio. Los susurros mutaron. De pronto, escuché el eco distorsionado de un supermercado —el pitido de las cajas registradoras, el murmullo de la gente comprando—, que luego se mezcló con un bullicio caótico, con pasos apresurados y voces amortiguadas que daban órdenes.

El ruido creció hasta volverse un zumbido ensordecedor que me destrozaba la cabeza. Y de repente, como si cortaran un cable de golpe, se hizo el silencio puro. Un vacío absoluto.

El golpeteo rítmico y pausado de una ligera lluvia contra un cristal fue lo primero que regresó.A través de los párpados pesados, se filtró una luz grisácea y tenue. Era la ventana de un hospital que mostraba un día nublado, con las gotas deslizándose lentamente por el vidrio exterior.

Mis dedos se movieron primero, rozando las sábanas blancas, ásperas y tensas de una camilla, mientras mi mente intentaba asimilar que estaba despertando de una pesadilla eterna.

Mis párpados pesaban una tonelada. Abrí los ojos con mucha dificultad, quejándome cuando la fría luz blanca del techo me cegó temporalmente.

No había muros de piedra, ni laberintos infinitos, ni espejos en las esquinas. El sonido de la lluvia y un murmullo de voces queridas a mi alrededor me obligaron a mantenerme alerta.

Al enfocar la vista, descubrí que la habitación estaba llena. Mis padres me sostenían la mano izquierda con los ojos llenos de lágrimas, mis hermanos suspiraban de alivio al fondo de la cama, y justo al lado de la camilla estaban ellos dos: mi novio Damián y mi mejor amigo Ethan.

Todos me miraban como si hubiera regresado de la muerte.

—Tranquila, ya pasó —dijo una voz médica y suave a mi lado.

Al girar la cabeza hacia la derecha, vi a mi novio, Damián, mirándome con ojos enrojecidos por el llanto y una sonrisa de puro alivio. Me tomó la mano derecha con una delicadeza extrema.

—Por fin, mi amor —susurró Damián, acercándose para besar mi frente con una ternura infinita. Su mano acarició mi mejilla —. Nos pegaste un susto de muerte, pero el doctor dice que estás perfecta.

Intenté moverme en la camilla, desorientada, pero un dolor agudo y punzante en el pie izquierdo me hizo soltar un gemido de dolor.

—Cuidado con el pie —advirtió Damian, dando un paso al frente con una mirada llena de una preocupación que me pareció extrañamente intensa—. Te diste un buen golpe en la cabeza y te torciste el tobillo. Solo es un esguince y un traumatismo craneal que te dejó dormida dos días, pero estamos todos aquí.

-Estás a salvo, Ana- Me dice mi mejor amigo, Ethan

Miré el bulto blanco del vendaje en mi tobillo izquierdo. El dolor físico estaba ahí. Luego miré a Ethan y sentí un vuelco incómodo y arrollador en el estómago al recordar que, en el laberinto, él era mi novio, el hombre que se suponía que debía salvarme de la asfixia.

Paso un rato y cada uno se turno para abrazarme, cuando era el turno de Ethan y se acercó un poco más a la camilla, mi cuerpo se tensó de una forma que nadie más en la habitación notó. Me rodeó con fuerza, temblando de alivio, y su cercanía trajo un destello nítido y perturbador del laberinto a mi mente.

En mis recuerdos de hace unos minutos, él acababa de besarme en una esquina oculta del muro de piedra; en la cruda realidad del hospital, era solo el chico que conocía desde la universidad. Me sentí profundamente extraña, dividida entre dos mundos que no lograba encajar.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. El insomnio me devoraba. Pasaba las noches con los ojos abiertos, mirando fijamente la esquina del techo de mi habitación, esperando ver el reflejo de un espejo que no estaba ahí.Damián se despertaba al sentir mi agitación; me acariciaba la espalda con su suavidad de siempre

- Miamor, solo fue una pesadilla por el trauma, estás a salvo conmigo- Siempre me decia

Sin embargo, tras una revisión de control con el neurólogo debido a mis persistentes problemas para dormir, el doctor fue directo: «Físicamente tu cerebro está sanando, Ana, pero necesitas procesar el impacto emocional. Te sugiero ir a terapia».

—No tiene sentido —le dije a la psiquiatra pocos días después, hundiéndome en el diván mientras me frotaba las sienes con frustración— Algo en mi subconsciente me está volviendo loca. Siento que ese lugar era real.

La doctora anotó algo en su libreta, me miró con empatía y cruzó las manos sobre las rodillas.

—Háblame de lo último que recuerdas antes del golpe —pidió con voz pausada.Cerré los ojos, obligándome a regresar a esa fatídica noche.

—Íbamos en la carretera. Era muy tarde y llovía un poco. Yo estaba feliz, cantando a todo pulmón una canción increíble que sonaba en la radio. Recuerdo que él volteó a mirarme... con unos ojos llenos de un amor tan puro que me hicieron sonreír. Me sentía completamente a salvo. Y ya está. Mi memoria se detiene ahí. No recuerdo el impacto. Solo recuerdo despertar en esa encrucijada de muros grises, sintiéndome atrapada, sin saber dónde estaba.

La psiquiatra asintió despacio y tomó una carpeta médica de su escritorio.—Eso explica perfectamente la arquitectura de tu laberinto —dijo con calma profesional—. Según el informe de emergencias, el auto volcó tras patinar en el pavimento húmedo. Por la posición en la que quedó el vehículo, los rescatistas tardaron casi dos horas en poder sacarte del habitáculo. Tu pierna izquierda quedó completamente atrapada bajo el tablero deformado, bajo una presión constante pero firme. Te golpeaste la cabeza y perdiste el conocimiento casi de inmediato.

Me quedé helada en el asiento. Las dos horas reales atrapada en el metal retorcido se habían convertido en meses de rutina claustrofóbica dentro de mi cabeza.

—Tu cerebro —continuó la doctora— procesó los estímulos físicos exteriores mientras estabas inconsciente. La opresión en tu pierna se tradujo en tu mente como alguien sujetándote el tobillo para no dejarte ir. El tiempo que pasaste encerrada en el auto se transformó en un mundo sin salida. Y tu novio, al ser la última persona que viste antes del caos, fue el rostro que tu mente eligió para personificar el entorno que te retenía. Es un mecanismo de defensa completamente normal, adolorido y temporal debido al traumatismo craneoencefálico. Todo está bien ahora, Ana. Estás a salvo en la realidad.

Quise creerle. Anhelaba con todas mis fuerzas aferrarme a esa lógica médica.

Los días siguientes se pasaron entre un sinfín de consultas de seguimiento y extenuantes sesiones de rehabilitación.

Salir de la clínica siempre me dejaba físicamente agotada. La terapia para el esguince avanzaba bien, pero cada vez que el fisioterapeuta manipulaba la articulación y el dolor punzante regresaba, mi memoria esquivaba el accidente automovilístico. En su lugar, volvía directamente al conducto oscuro. Recordaba la textura de esa mano suave, firme e implacable. Se había sentido tan malditamente real que me parecía una locura total seguir dudando de mi propia cordura.

Al salir a la calle una tarde, el auto de Ethan ya estaba estacionado junto a la acera. Me había alejado un poco de él esas semanas; me sentía sumamente extraña a su lado y mi cabeza no tenía espacio para lidiar con la culpa de haberlo soñado como mi pareja en el laberinto. Aun así, él no me dejó sola e insistió firmemente en pasar por mí.

El trayecto a casa fue silencioso, pero al llegar, me ayudó a entrar y a acomodarme en el sofá con un cuidado extremo. Con mucha naturalidad, tomó un cojín de la poltrona, se inclinó y levantó mi pierna izquierda por la pantorrilla para elevar el tobillo herido. Su agarre fue firme, cálido y netamente fraternal. En ese microsegundo, mi cerebro hizo una comparación instantánea: el toque de mi amigo era completamente diferente al que sentí en el laberinto. Carecía de esa suavidad ensayada y fría.

Me quedé mirándolo fijamente, perdida en el análisis de mis propias sensaciones. Ethan notó mi mirada extraña mientras acomodaba el cojín, se enderezó y me observó con una mezcla de preocupación y fijeza.

-A ver, ¿qué ocurre? -preguntó de frente, cruzándose de brazos- Sé que has pasado por muchísimo con el accidente, pero estoy aquí para ti. Solo siento que estás a kilómetros de distancia de todo el mundo.

Intenté desviar la conversación, buscando febrilmente mi teléfono en el bolso para romper la tensión, pero su mirada insistente y honesta me venció. Solté un suspiro largo y, sin filtros, le conté todo el sueño del laberinto: la asfixia, el portal del espejo, las voces y el hecho perturbador de que mi mente lo había colocado a él como mi novio en ese mundo paralelo.

Al principio, vi una chispa de frustración reflejada en sus ojos. Le dolía ver las profundas secuelas psicológicas que el trauma del volcamiento me estaba dejando. Sin embargo, no pareció darle ninguna importancia romántica al detalle de nuestro noviazgo ficticio, lo cual me provocó un alivio inmenso. Se limitó a sonreír de lado y soltó una pequeña risa.

-Bueno -dijo en tono ligero, restándole peso al asunto para no incomodarme-, tiene todo el sentido del mundo. Tu cerebro diseñó un escenario postapocalíptico y destructivo. Supongo que un fin del mundo es la única manera en la que te fijarías en un tonto como yo.

Se dio la vuelta para ir a la cocina a buscarme un vaso de agua, dando por terminado el tema con absoluta naturalidad. La dinámica entre nosotros no se rompió, pero me quedé congelada en el sofá.¿Había sido genuinamente una broma para romper el hielo o una verdad oculta que siempre había estado ahí?