El juicio de Sangre

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Summary

En Vhal-Zaeth, la Orden de la Daga entrena asesinos para contener a los demonios que cruzan al mundo humano. Allí, el Juicio de Sangre no es solo una competencia anual: es una prueba de poder, supervivencia y lealtad. Eleara ya lo ganó una vez. Y eligió al hombre equivocado. Un año después, Tristan, su esposo, y Selene, su prima, la traicionan durante el Juicio y la abandonan frente a un demonio. Pero la muerte no es su final: el Oráculo la devuelve al día exacto de su elección. Esta vez, Eleara rechaza al hombre que la matará y elige al cazador de linaje bajo que siempre la desafió. Pero cambiar una elección no basta para escapar del destino. Porque las grietas están siendo invocadas. Y los traidores aún no han terminado.

Genre
Fantasy
Author
EugeMD
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El juicio de Sangre

La primera campana no anuncia la prueba. Anuncia a los traidores.

— Voz del Oráculo

Eleara

El olor a hierro mojado siempre se quedaba pegado en las paredes del coliseo subterráneo dentro de la fortaleza Vhal-Zaeth. Lo respiré en silencio mientras avanzaba por el corredor central, con las botas golpeando la piedra negra al mismo ritmo que el resto de mi equipo.

A ambos lados, las antorchas encerradas en jaulas de metal brillaban con una luz sucia que no alcanzaba a secar la humedad del lugar.

El agua resbalaba por las grietas del techo y caía en pequeños charcos que reflejaban las antorchas con un temblor rojizo. Entre las juntas de la piedra se acumulaba un barro oscuro que los sirvientes jamás alcanzaban a limpiar del todo entre una prueba y otra, y el resultado era ese brillo sucio, casi orgánico, que hacía parecer el recinto herido antes incluso de que comenzara la primera prueba.

Tristan caminaba a mi izquierda. Llevaba la chaqueta oscura cerrada hasta la garganta, el cabello rubio peinado hacia atrás y esa serenidad impecable que tantas veces había sostenido también por mí.

Conocía sus gestos: el mentón en alto cuando quería parecer inalcanzable, el roce distraído en la muñeca cuando estaba inquieto.

Aquella noche no mostraba impaciencia. Sonreía lo justo para que cualquiera pensara que estaba tranquilo, exactamente lo que la Orden esperaba de él: el hombre fuerte destinado a caminar al lado de la heredera de la daga. Mi esposo.

Selene caminaba delante de nosotros, con el cabello rojo cayéndole sobre la espalda. La luz arrancaba chispas cobrizas de algunos mechones y endurecía otros, más oscuros, cerca de la nuca, un rasgo que mi prima heredó de su linaje materno. Mantenía la cabeza erguida y los hombros rectos, con una confianza que no había visto antes.

No miró atrás ni una sola vez. Buena señal, pensé. Que se dedicara a brillar para los demás y me dejara el camino libre. Estaba en mi equipo, sí. Pero nadie podía decir que hubiera sido mi elección.

El Juicio de Sangre empezaba siempre con el desfile ceremonial de los equipos, una costumbre que Octavio se negaba a abolir pese a las protestas de medio consejo.

Decían que alargaba innecesariamente la apertura, que convertía una prueba de jerarquía en teatro para las gradas, pero mi padre nunca cedía en eso. Sostenía que no había examen más útil que obligar a los participantes a marchar juntos bajo la mirada de toda la Orden, porque en ese trayecto se revelaba casi todo: quién marchaba con orgullo, quién intentaba ocultar el miedo, quién observaba demasiado, quién dejaba que otro marcara el paso y quién ya calculaba a quién traicionar.

El corredor desembocó en el anillo central del coliseo y el murmullo de la multitud me golpeó en el pecho.

Las gradas se elevaban en círculos de piedra y metal hasta perderse en la sombra.

Miembros de la Orden, instructores, cazadores veteranos, aprendices autorizados, sangre noble y linajes menores se mezclaban bajo el mismo techo, aunque no del todo revueltos: los rangos altos ocupaban los sectores más próximos al estrado, los aprendices se apretaban unos sobre otros en los niveles intermedios y los linajes menores llenaban los bordes con una atención ansiosa que jamás se confundía del todo con la de los demás. Todos estaban inclinados hacia el centro con esa avidez que siempre despertaba el Juicio.

Todavía no gritaban, se limitaban a observar, a murmurar apuestas, a declarar a los muertos antes de comenzar.

—La heredera vuelve a la arena y Vhal-Zaeth sigue sin heredero.

—Octavio necesita un varón, no otra victoria de ella.

—Tal vez Tristan consiga poner orden en eso.

—Debería estar de rodillas ante Serael, no aquí abajo.

Apreté la mandíbula. Odiaba cuando hablaban del dios de la fertilidad, como si parirle un hijo a Tristan fuera más útil para la Orden que tener una heredera legítima que demostrara su valía en el campo. Levanté el mentón y seguí caminando.

Una plataforma de obsidiana ocupaba el corazón del recinto, el emblema de la Orden, una daga cortando un círculo perfecto en el centro del suelo, pintada con la sangre de los participantes, y detrás, sobre un estrado elevado, esperaba Octavio.

Mi padre vestía de negro, por supuesto. El cuello alto de su abrigo le enmarcaba el rostro severo y la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda parecía más profunda bajo la luz de las llamas.

Desde donde yo estaba alcanzaba a verle las manos apoyadas en los brazos del asiento, inmóviles, y la rigidez de espalda que exhibía cuando quería recordar a todos que seguía siendo la autoridad máxima entre esas paredes.

No aparté la vista, pero sonreí al ver cómo apretaba los dientes. Nunca le gustó que lo desafiara frente a los demás.

Los equipos se fueron ubicando alrededor de la plataforma según el orden asignado.

Nosotros ocupamos el flanco izquierdo. Tristan dio un paso por delante de mí para dejar en claro la alineación. Fue apenas un movimiento inocente, suficiente para que varias miradas se desviaran hacia él con un interés que conocía demasiado bien.

Lo dejé hacerlo, porque aquella clase de movimientos importaba más para quienes miraban desde fuera que para quienes ya conocíamos la distribución real del poder. Desde las gradas, ese paso por delante podía leerse como liderazgo compartido o incluso como una cortesía concedida al esposo de la heredera. Yo sabía exactamente qué parte de esa escena era gesto y qué parte mando.

A la derecha, otro grupo terminó de acomodarse entre murmullos. Dos puestos más allá apareció el equipo de Lance.

Lo reconocí antes de verle la cara, no por el uniforme oscuro ni por el emblema plateado en el hombro, sino por esa manera suya de ocupar el espacio: los pies bien plantados, la espalda recta, la presencia intacta sin necesidad de buscar el centro para hacerse notar. La gente seguía despreciando su nombre y aun así siempre terminaban mirándolo.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos encontraron los míos de inmediato.

El tiempo que sostuvimos esa mirada fue demasiado breve para que alguien alrededor lo notara, pero a mí me dejó una tensión familiar en la nuca.

Lance tenía el cabello negro, más corto en los costados y revuelto arriba, con un desorden persistente que ni la quietud conseguía domesticar. La barba oscura le endurecía la mandíbula y le sumaba años que tal vez no tenía, o tal vez sí; con él siempre costaba adivinar dónde terminaba la edad y empezaba el desgaste.

Su atención se desvió un segundo hacia Tristan. Después volvió a mí.

El rostro le cambió apenas. Hizo una mueca con los labios, entre una sonrisa y un movimiento mínimo en la boca suficiente para que me ardiera la sangre.

Apreté la mandíbula.

Lance me juzgaba así desde la academia. Y por más que me repitiera que su opinión era basura, el cuerpo todavía me traicionaba y respondía.

Una campana profunda resonó en las bóvedas del coliseo y cortó de raíz los murmullos.

Octavio se puso de pie.

No tuvo que ordenar silencio porque la Orden entera se plegó a él con la obediencia instintiva que había construido durante décadas.

—Esta noche comienza la nueva edición anual del Juicio de Sangre.

Su voz descendió por las gradas con una firmeza seca, entrenada para imponerse incluso en los rincones más altos del coliseo.

—Ocho equipos entrarán. Cuatro sobrevivirán a la primera etapa. Los nombres de quienes no merezcan seguir quedarán fuera, y el descenso de rango será lo menos doloroso que recuerden de esta noche.

El eco de sus palabras vibró bajo mis costillas. Bajar de rango dentro de la Orden no era una humillación cualquiera: suponía perder mando, respeto y acceso. A veces bastaba una sola caída para no recuperar el sitio jamás.

Octavio dejó que el silencio hiciera su trabajo y continuó.

—Conocen las reglas. Primera etapa: combate por equipos. Ningún miembro de la Orden puede matar a otro dentro del círculo. Quien rompa esa ley responderá ante mí.

Varias cabezas se inclinaron. Algunos por respeto. Otros para ocultar la ansiedad.

Yo no me moví.

El Juicio no me intimidaba; lo conocía demasiado bien: la piedra resbaladiza bajo las botas, el olor a sudor mezclado con cera y metal, los cánticos de los rituales previos, la sangre limpiada a medias entre una prueba y la siguiente, esa forma en que el coliseo jamás terminaba de borrarlo todo.

Precisamente por eso mi cuerpo nunca confundía aquel lugar con una ceremonia vacía. Cada músculo se me iba tensando sin pedir permiso, con la memoria de otras noches despertando debajo de la piel antes que yo. Allí dentro no bastaba con ser mejor; había que resistir lo suficiente para demostrarlo frente a toda la Orden.

Había crecido viendo esos mismos escalones llenarse de rostros expectantes, había entrenado para este lugar desde antes de tener edad para entender lo que significaba perder aquí, y aun así una electricidad incómoda me recorrió la espalda.

La sentí mucho antes de comprender por qué.

Fue una sensación inquietante pero breve, apenas un roce bajo la piel, suficiente para advertirme que alguien me estaba observando. Busqué el origen con la mirada y encontré a Selene. Mi prima escuchaba a Octavio, pero sus dedos se habían cerrado demasiado sobre la empuñadura de una de sus dagas y la piel de los nudillos se le había puesto blanca, una reacción extraña para alguien que había estado tan tranquila un instante antes. Aun así, no le di más vueltas. Tenía la cabeza puesta en Tristan.

Él también la vio. Le rozó el codo con un toque que tuvo algo de caricia y Selene aflojó la mano al instante.

—Los participantes que ingresan esta noche ya fueron sellados y registrados —continuó mi padre—. No se aceptará ninguna solicitud de cambio. Quien no pueda sostener a sus aliados dentro del círculo no merece llevar el emblema de esta Orden.

Un murmullo tenue se extendió entre las primeras filas y murió enseguida.

Tristan giró la cabeza hacia mí.

—Todo irá bien —murmuró sin apartar la vista del frente.

Su voz tenía esa calidez serena que siempre conseguía aflojarme la tensión, incluso cuando no quería reconocerlo.

Asentí una sola vez.

Podría haberle recordado que ya había superado el Juicio antes, pero no lo hice. Una parte de mí agradeció, aunque fuera en silencio, que intentara darme calma justo entonces.

A su derecha, Selene enderezó los hombros con lentitud. Un mechón rojo le rozó la clavícula y se quedó allí.

—Deberías disfrutarlo —dijo, sin mirarme—. No todos tienen el privilegio de entrar como campeona vigente.

No tenía que estar aquí. Como campeona, mi sitio estaba en las gradas, intocable. Pero Tristan había insistido: necesitábamos entrar juntos, marcar territorio, acostumbrar a la Orden a la imagen del poder futuro. No era solo competir. Era teatro político. Y yo, por mucho que pesara, seguía siendo la pieza central del tablero.

Yo sabía perfectamente lo que eso significaba, no solo para él, sino para la posición que esperaba reclamar a mi lado.

—Es tu primera vez —repuse, dejando claro que no era un cumplido—. Y la arena tiene formas muy crueles de despojar de su calma a cualquiera.

Se giró despacio. Esos ojos verdes, de un verde que parecía cálido a distancia, tenían el filo de una piedra afilada.

—Cierto —admitió ella, recostando el hombro casi con posesividad contra el brazo de él—. Pero yo tengo la suerte de saber exactamente a quién aferrarme para no tocar el suelo.

No añadió nada más. Con Selene las palabras raramente eran más importantes que sus gestos.

La campana sonó por segunda vez.

Varias compuertas de hierro comenzaron a elevarse alrededor del anillo central con un chirrido grave. El aire cambió de golpe. Llegó una corriente helada desde los túneles internos, arrastrando olor a humedad, cadenas y algo más espeso que reconocí de inmediato.

Sangre demoníaca.

El olor acre se quedó suspendido entre los participantes y algunos aprendices en las gradas se removieron en sus asientos. A nadie se le escapó un sonido.

Octavio levantó una mano.

—Pueden entrar.

Las puertas del primer círculo se abrieron del todo.

Del otro lado nos esperaba la arena de la primera prueba.

Las runas grabadas en el suelo empezaron a encenderse una detrás de otra con una luz roja apagada, revelando por tramos la geometría mortal del terreno. Un semicírculo brilló junto a la pared norte: zona de expulsión, donde terminaban los que caían primero y desde donde los jueces determinaban si un combatiente quedaba fuera o todavía podía incorporarse.

Más allá, entre dos columnas, el aire tembló apenas sobre uno de los puntos ciegos, esos pliegues de visibilidad imperfecta que servían para desaparecer un segundo y atacar con cobertura. Las barreras temporales todavía no habían subido, pero ya se sentía la magia acumulada bajo la piedra, esperando la tercera campana para cerrar el recinto y obligarnos a permanecer dentro.

Tristan dio el primer paso.

Selene lo siguió.

Yo avancé detrás de ellos.

Al pasar junto al equipo de Lance sentí su mirada clavarse en mí otra vez. No giré la cabeza. No habría sabido decir si fue orgullo o simple costumbre lo que me lo impidió. O tal vez ambas cosas.

La voz de uno de los jueces resonó desde las alturas para anunciar el inicio formal de la primera etapa, pero apenas registré las palabras.

Toda mi atención estaba concentrada en el terreno que se abría frente a mí, en las rutas posibles entre columnas, en las plataformas laterales, en la forma en que Tristan dejó escapar el aire al entrar al círculo, en el modo en que Selene llevó la mano a la daga larga de la cintura sin darse cuenta.

Algo estaba fuera de lugar. No era miedo, lo conocía bien. Era un aviso silencioso clavado en la nuca, la certeza fría de que, esta noche, las reglas estaban escritas en sangre... y no eran las nuestras.

A unos metros de distancia, Lance cruzó el umbral con su equipo y bajó la vista hacia la arena, estudiándola con esa concentración feroz que siempre le endurecía el rostro.

Una parte de mí quiso observarlo un segundo más. La otra recordó que no debía distraerme y seguí caminando.

Las rejas cayeron detrás de nosotros con un estruendo seco y el coliseo entero pareció contener la respiración al mismo tiempo. Yo apreté la empuñadura de mis dagas y levanté la vista hacia el otro extremo del campo, donde aguardaban nuestros primeros rivales, justo cuando sonó la tercera campana.

El Juicio de Sangre comenzó.