La Noche de los Escudos Rotos
La tormenta devoró el sol, y Midgard cayó en una noche eterna y helada. Los reinos de Fyrland e Isgard quedaron sumidos en la oscuridad, mientras el fiordo que los separaba crujía bajo el peso del hielo, como si el mar mismo se quejara de su destino.
En el castillo de Fyrland, la orden del viejo rey Hakon ya se había cumplido. El palacio había olvidado el olor de la fiesta y ahora apestaba a grasa de ballena y brea, usadas para limpiar el óxido de las armaduras. Los yunques de los herreros cantaron sin descanso durante toda la noche.
Sin embargo, en los pasillos oscuros del ala oeste, lejos del ruido del acero, se movía una sombra.
Torstein, jefe de la guardia del rey, avanzaba en silencio, envuelto en una pesada capa de piel de lobo. Su corazón latía con fuerza… pero no era miedo lo que lo impulsaba, sino la ambición que Odín había sembrado en su pecho.
Llegó a las caballerizas reales, donde un jinete encapuchado lo esperaba, montado sobre un caballo de pelaje negro.
Torstein le entregó una pequeña bolsa de cuero que tintineó con peso: oro puro de las arcas del rey.
—Lleva esto al campamento de vanguardia de Isgard —susurró, con una sonrisa torcida—. Dile al capitán de Einar que las antorchas de la empalizada este de Fyrland se apagarán a la medianoche. El viento soplará desde el norte… el humo de las hogueras los cegará. Si atacan entonces, los barcos del rey Hakon arderán en sus muelles antes de que puedan tocar el hielo.
El jinete asintió en silencio. Espoleó su montura y la tormenta lo devoró en su blancura.
Torstein se quedó mirando la nieve.
Se limpió las manos.
En su mente, ya se veía sentado en el trono de Hakon, con la corona de roble sobre su cabeza y la princesa Signy a su lado. No le importaba cubrir el suelo con los cadáveres de sus propios hermanos de armas para lograrlo.
Mientras tanto, en las afueras de la fortaleza, Signy no dormía.
La doncella guerrera caminaba entre las filas de los berserkers, los guerreros sagrados de su padre que se preparaban para la marcha. Algo invisible le oprimía el pecho, como una advertencia de los dioses.
Se detuvo frente a la cabaña de la Völva, la anciana vidente del reino. Al entrar, el olor a hierbas quemadas y grasa de foca llenó sus pulmones. La mujer estaba arrodillada frente a un cuenco de piedra, lleno de sangre de sacrificio.
—Has venido tarde, hija de Hakon —dijo la anciana, sin volverse, con una voz que sonaba a tumba abierta.
—Mi padre marchará al amanecer para matar a su propia sangre —respondió Signy, apretando el puño—. Dime, vidente… ¿qué dicen las runas? ¿Venceremos a Isgard?
La anciana lanzó sobre la mesa un puñado de huesos de lobo tallados con símbolos antiguos. Los huesos tintinearon antes de quedar inmóviles.
La vidente los observó.
Sus ojos nublados se abrieron con horror.
—No hay victoria en el hielo, Signy —susurró, temblando—. Las runas sangran. El enemigo que buscas no llega en barcos desde el otro lado del mar… el enemigo ya duerme en tu propio salón. Y sostiene las llaves de tu casa. Si las antorchas se apagan esta noche… el fuego del inframundo devorará Fyrland.
Signy palideció.
Entendió.
Traición.
Antes de que pudiera decir una palabra más, un grito desgarrador partió la noche en dos, seguido por el choque brutal de espadas contra escudos.
—¡Fuego! ¡Los barcos están ardiendo! —gritaron los guardias desde las empalizadas—. ¡Nos atacan!