Hoja de Pasto

Un hombre, algo pequeño, caminaba por las calles de su pueblo mientras apenas amanecía. El aire olía a plantas húmedas y las pequeñas gotas de agua de la mañana quedaban suspendidas en el ambiente frío. A lo lejos se escuchaban las ovejas, y el pasto lucía de un verde hermoso. Apenas había llegado la primavera, pero esta primavera no sería como las otras.
El pueblo descansaba entre montañas altas y ríos delgados de agua helada. Las casas de adobe y piedra se alzaban unas junto a otras, con alfombras y telas bordadas colgando de las ventanas. El humo de los hornos comenzaba a elevarse lentamente hacia el cielo claro del amanecer.
Fue al establo por algo de leche y ordeñó a aquella cabra que había visto todos los días de su vida, a la que había visto crecer. Ambos eran jóvenes, aunque ella era mucho más grande que él.
El muchacho volvió alegre a su casa por ese mismo camino. Incluso parecía que el sol le sonreía apenas tocando su frente sobre las montañas que rodeaban el pueblo. Como siempre, esperaba encontrar a su madre con esa sonrisa que veía cada mañana y que tanto ansiaba, pero no estaba allí.
Su madre lo esperaba sentada. El velo que llevaba no dejaba ver demasiado de su rostro, pero aun así lucía devastada. Cuando se giró hacia su hijo, él pudo ver sus ojos hinchados por el llanto. Entre las manos, desgastadas por años de trabajo arduo y agujas de coser, sostenía una carta que parecía pesar más que una piedra.
Era un llamado de la capital, y necesitaban guerreros.
Pero él no parecía un guerrero, era solo un muchacho escuálido, de hombros estrechos, que amaba tocar su viejo saz de madera oscura, heredado de su padre, el único recuerdo que conservaba de él desde que se había ido.
Entonces vio a su madre temblar.
—Voy a estar bien, mamá.
Pero en su corazón sabía que era mentira, y ella, que lo había parido, lo sabía perfectamente porque lo conocía mejor que nadie. Veía esas manos hechas por el trabajo de campo y que tocaban las cuerdas , demasiado débiles para una espada. Veía a ese muchacho y solo podía pensar que moriría en el primer ataque.
Lo abrazó con fuerza, como si quisiera impedir que el mundo se lo llevara.
—Vienen por ti mañana, hijo...
Él no respondió, porque no había nada que decir. Si no iba, castigarían a su madre y, si lo encontraban escondido, sería mucho peor. La dejaría sola, a su pesar, pues no tenía hermanos, ni tíos, ni padre que pudiera acompañarla o cuidarla. Lo único que le quedaba era la esperanza.
Ya era la hora de la comida y el sol entraba por las ventanas, la casa se sentía vacía y llena al mismo tiempo. El adobe relucía bajo la luz tibia de la tarde, aquel muchacho moreno, de cejas gruesas y ojos ámbar, observaba los tejidos de colores colgados en las paredes, los mismos que veía hacer a su madre todos los días. Esto no pasó desapercibido por su madre, quien también observaba la pequeña casa de adobe.
Se sentía extrañamente tranquilo, aunque ya nada fuera era igual.
Su madre preparó esa sopa especiada que siempre le hacía cuando enfermaba, y también el pan plano que solía cocinar todos los días sobre la piedra caliente. Sacó el mejor queso de cabra que guardaba para vender y hasta puso sobre la mesa un poco de miel y hierbas secas. El joven, sabía cuanto costaba eso, el esfuerzo de esa comida...
Ambos comieron tranquilamente, como si quisieran que el momento durase para siempre. Él podía saborear cada especia, el cardamomo y el azafrán en su boca, y de reojo veía a su madre, porque simplemente no podían verse de frente.
Cuando el cielo se tiñó de naranja al terminar de comer, el chico por fin dirigió la mirada hacia los ojos de su madre, ocultos entre el velo y su cabello ondulado. Tocó su hombro y ella volteó, luego se tomaron de las manos y agradecieron en voz baja por la comida.
Su madre, que por fin había suavizado la mirada, le pidió:
—Hijo, ¿puedes tocar esa canción para mí?
Él asintió, sacó su saz y comenzó a tocar, aquel instrumento estaba desgastado por los años; la madera tenía pequeñas grietas y marcas que habían pertenecido antes a las manos de su padre.
la escena era: el chico tocando suavemente para su madre, pero también para sí mismo. Afuera, el viento movía las telas colgadas y las últimas luces del atardecer teñían la habitación de dorado. Y aunque sus dedos se movían con agilidad sobre las cuerdas, sentía cómo poco a poco comenzaban a temblarle, estaba a punto de terminar cuando comenzó a llorar.
Su madre se acercó rápidamente, tomó el saz y lo dejó a un lado antes de abrazarlo contra su pecho.
Esa noche se fueron a dormir temprano, aunque ninguno logró descansar de verdad. En su pequeña habitación, el frio de la noche se colaba por su ventana, mientras veía al techo, escuchando el agua de los ríos pasar, así menos pudo dormir, ignorando que su madre se encontraba en la misma situación.
Muy temprano, a la mañana siguiente, tocaron la puerta. Al muchacho se le hizo un nudo en la garganta y su estómago pareció querer salirse de su cuerpo, porque muy profundamente lo sabía, que eran ellos.
Hombres de armadura pesada y túnicas oscuras, cubiertos de polvo del camino. Algunos llevaban turbantes enrollados alrededor de la cabeza y otros cotas de malla que tintineaban al moverse. Eran altos, fornidos y curtidos por la guerra, a su lado, el chico no parecía nada.
Su madre lo abrazó una última vez, ella tenía las mejillas empapadas de lágrimas y aquello le rompió el corazón, pero no podía verse débil frente a ellos. Guardó algunas pocas cosas en un bolso: pan, una manta, un trozo de queso y, lo más importante, su saz, incluso salió con la frente en alto, pero aquellos hombres se rieron de él al verlo cargarlo.
—¿Piensas matar enemigos con canciones? —murmuró uno entre carcajadas.
Luego lo subieron al carruaje, donde ya había otros jóvenes como él. En sus rostros se veian emociones distintas, tenían la mirada triste, pero algunos sonreían como idiotas, creyendo que salvarían al reino y volverían convertidos en héroes.
Qué molestos, no entendían nada, quizá no volverían jamás
Y mientras el carruaje comenzaba a alejarse entre caminos de tierra y montañas cubiertas de neblina, solo podía pensar en su madre, ahora sola, cada vez más pequeña en la distancia...