REGLA NÚMERO UNO: Prohibido enamorarse.

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Summary

Neva Solange es la asistente perfecta: silenciosa, precisa, invisible cuando debe serlo. Zephan Wolfe es su jefe: frío, intocable, un hombre acostumbrado a dictar las reglas... y a que nadie las cuestione. En Edén & Wolfe, lo personal no existe. Y entre ellos, todo está prohibido. Pero el deseo no entiende de jerarquías. Se esconde en los silencios que se alargan, en las miradas que se sostienen un segundo más de lo permitido. Él controla cada movimiento. Ella se controla a sí misma. Hasta que lo prohibido deja de ser una advertencia y se convierte en una tentación imposible de ignorar. Porque cuando el poder y el deseo chocan, la regla número uno siempre es la primera en romperse.

Genre
Romance
Author
Magi
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo

ΝᎬᏙᎪ ՏϴᏞᎪΝᏀᎬ




Llegué a casa con los pies ardiendo y el corazón colgando de un hilo tan fino que sentía que podía romperse con solo respirar. No, ni siquiera respirando. Con solo existir. Con solo ser yo en un mundo que parecía empeñado en recordarme que no era suficiente.

Cada paso sobre el parqué de aquel edificio de lujo había sido una pequeña agonía, una metáfora demasiado evidente de cómo me sentía por dentro: dolorida, exhausta, con la certeza putrefacta de que cada intento por avanzar solo conseguía hundirme un poco más en el fango. Mis tacones, esos malditos aliados que prometían poder y solo daban tormento, volaron por los aires en cuanto crucé el umbral. El golpe sordo contra la madera fue mi única bienvenida. Suspendí un suspiro largo y roto, de esos que nacen en el vientre y suben desgarrando la garganta, y me dejé caer en el sofá como si el peso del mundo entero, con su indiferencia glacial y su cruel ironía, hubiera decidido descansar justo entre mis omóplatos.

Mi bolso, fiel compañero de derrotas, resbaló al suelo con un gemido apagado, desparramando su miserable contenido: unas monedas que no llegaban para un café, las llaves de este refugio temporal, un pintalabios gastado que alguna vez usé para fingir una sonrisa. No tuve fuerzas ni para mirarlo. Cerré los párpados con violencia, deseando que la oscuridad tras ellos me concediera un instante de paz, un alto el fuego. Pero los fantasmas estaban ahí, esperando. Las sonrisas falsas de los recepcionistas. Las miradas compasivas de los reclutadores que ya habían decidido mi destino antes de verme. Los labios que articulaban un "lo siento, buscamos otro perfil" mientras sus ojos coreaban un "no eres suficiente, nunca lo has sido". Solo quería silencio. Solo quería... dejar de ser yo por un minuto. Un respiro. Un alto en esta guerra unidireccional donde el único fuego amigo era el de mi propia conciencia.

—¿Otra ronda de rechazos?

La voz de Lore llegó desde la cocina. Serena. Imperturbable. Un témpano de calma en medio del incendio que rugía dentro de mí. No respondí. No hacía falta. Ella, mi mejor amiga desde los tiempos borrosos y esperanzadores de la universidad, conocía cada una de las inflexiones de mis silencios, y sabía que este, el de ahora, era un grito ahogado.

En cuestión de segundos apareció frente a mí, materializándose como un ángel laico con una caja de pizza en las manos. La abrió con un gesto experto y el olor a pepperoni y queso fundido, ese aroma que antes olía a hogar, a noches de estudio y complicidad, invadió el aire. Hoy, apenas logró arañar la superficie de mi hastío.

—Come, Neva. —Me ofreció una porción con su paciencia infinita, esa que a veces me sacaba de quicio y otras, como ahora, me sujetaba al borde del abismo. Su cabello negro, liso como una cascada de tinta, caía sobre sus hombros, un contraste brutal con su piel morena y esos ojos de azules que en este momento me escudriñaban con una mezcla de ternura y determinación de acero.

—No tengo hambre —murmuré, deseando que me concediera el permiso para ahogarme en mi propia miseria, para pudrirme en ella sin testigos.

—Sí, tienes. —Su tono era firme, el de quien conoce la verdad mejor que tú—. Solo que ahora estás orgullosa, frustrada y agotada. Una combinación letal para el apetito. Anda, come.

No había discusión posible. Lo supe por la forma en que sus palabras no pedían, ordenaban desde el cariño. Esbocé una sonrisa débil, derrotada, y tomé la porción. El queso quemaba, el pepperoni crujía, pero a mí me supo a ceniza, a polvo de ilusiones muertas.

—Creo que voy a buscar trabajo en lo que sea —solté, y las palabras salieron cargadas de una bilis negra que me abrasó la garganta—. Da igual. Fregar platos. Limpiar ventanas. En este punto... ¿qué más da?

—Nev... —Lore se sentó a mi lado, cruzando las piernas con la elegancia innata que la caracterizaba. Siempre perfecta. Siempre fuerte. Siempre mejor que yo gestionando el caos—. Si no fueras tan testaruda, me dejarías ayudarte.

—No quiero entrar a ningún sitio por un favor —la interrumpí, y mi propia aspereza me hirió. Pero no iba contra ella, iba contra el sistema, contra los murmullos, contra las miradas de reojo que susurran "está ahí por enchufe"—. No quiero deberle nada a nadie.

—No se trata de enchufes. —Me miró fijamente, como si quisiera transferirme su certeza por ósmosis—. Se trata de conseguirte una entrevista. El resto lo haces tú. Siempre lo has hecho. —Hizo una pausa, midiendo mi reacción—. Puedo hablar con Bruno... es amigo del señor Wolfe. Que diga una palabra. Solo una. La suficiente para que escuchen tu voz antes de juzgar tu expediente.

El mundo se detuvo. El nombre cayó en el silencio de la habitación como una piedra en un pozo profundo. Tragué saliva y sentí cómo se me cerraba la garganta, cómo un nudo de hielo y esperanza prohibida se anudaba en mi pecho.

—¿Zephan Wolfe?

—Él mismo. Eden & Wolfe sigue siendo tu meta, ¿cierto?

Mi corazón dio un vuelco silencioso, un eco lejano de la ambición que una vez me consumió. Esa ambición que iluminó mis noches de estudio, que justificó mis sacrificios, que puso una estrella en mi horizonte cuando todo lo demás era niebla. Ese nombre era más que una empresa. Era el símbolo de todo lo que anhelaba. La cima. Mi cima.

—Sí... —La voz se me quebró en un susurro, como si confesara un secreto inconfesable—. Pero por eso mismo no quiero llegar por la puerta de atrás. No quiero que piensen que no lo merezco.

—No lo harás. Solo necesito abrirla. Y créeme, esa empresa no se doblega. Tienen fama de ser justos. Despiadadamente justos. Si no vales, no te quedas, ni aunque el propio Wolfe te hubiera parido. —Su lógica era aplastante. Siempre lo era.

Apreté la servilleta entre los dedos hasta que el papel crujió, amenazando con rasgarse. Como si pudiera exprimirle las lágrimas que me ahogaban por dentro, convertirlas en algo tangible que pudiera controlar.

—Lo sé. Es solo que... todo esto es culpa de ese maldito trabajo. Solo quería experiencia antes de postularme. Nada más. Y ahora... —Callé. Las palabras se pudrieron en mi boca. Y ahora tengo una mancha en mi currículum..

—Ahora tienes que elegir con lo que te queda, cariño. —Su voz bajó, se hizo íntima, y su mirada era la de alguien que te ha visto en lo más alto y en lo más bajo, y aún así se queda—. Orgullo o futuro. Tú decides.

Suspiré. Largo. Dolorido. Un sonido primigenio que salió de lo más hondo, de esa cueva donde guardo todos los miedos. Y entonces lo solté, las palabras que llevaba días negándome a pronunciar, que sabían a derrota, a claudicación, pero también a la única tabla de salvación a la que podía agarrarme.

—Está bien. Habla con Bruno.

✧✧

Las siguientes dos semanas fueron un purgatorio en bucle. Catorce días. Trece rechazos. Y uno que dijo que sí. Un tipo en una oficina con olor a sudor rancia y ambición barata, que me recorrió con una mirada lenta, asquerosa, que me despellejó y me dejó temblando, sintiéndome como un trozo de carne en un mercado.

Intenté de todo. Cafés con humo de cigarro que se me adhería a la ropa, despachos impersonales en torres de cristal, empresas pequeñas con sueños de grandeza, medianas con egos descomunales. Hasta una firma de diseño donde supe, al instante de cruzar la puerta, que solo me habían llamado por la foto. El resultado era siempre el mismo: miradas que se desviaban, apretones de manos flácidos, y frases hechas como "te llamaremos". Que en Londres, como en cualquier ciudad del mundo, es la forma educada de decir: "olvidaremos que existes, olvida que viniste, olvida que tú misma existes".

Los últimos dos días ni siquiera salí. Me convertí en un mueble más del sofá, envuelta en mi pijama más viejo y mi manta de Netflix, refugiada en la mentira piadosa de que las comedias románticas no me afectan. Mentira. Cada declaración bajo la lluvia era un puñal. Cada final feliz, una burla. Aprovechaba para llorar en silencio cuando Lore se duchaba, para disimular que por dentro me estaba convirtiendo en una sombra, en un eco apagado de la chica que una vez creyó que podía con todo. Cada vez que abría el correo y solo encontraba el vacío azul de la bandeja de entrada, una parte de mí se desvanecía un poco más. Me hacía más transparente, más frágil, más cerca de desaparecer por completo en la indiferencia del mundo.

Y justo cuando creía que había tocado fondo, que ya no quedaba nada que pudiera hacerme más daño, mi teléfono vibró. Y ahí estaba. No era una empresa. No era un reclutador. Era él.

Papá: Nevada Solange, te doy una última oportunidad de regresar y cumplir con tu deber. Andrés sigue dispuesto a casarse contigo a pesar de todo. Tendrías un puesto en la fábrica. Espero tu respuesta. Papá.

Papá. La palabra me revolvió las entrañas. Me transportó de vuelta a aquella casa de Andalucía, con sus silencios de plomo y sus miradas frías como losas de mármol en invierno.

—Ni de coña... —resoplé, y la rabia me quemó los ojos, secándome cualquier lágrima pendiente—. Me cago en todo.

Andrés. El cretino con ínfulas, dueño de una sonrisa de plastilina y un aliento a colonia de mercadillo. ¿Creían de verdad que iba a atarme a ese interesado para "limpiar mi nombre"? Y papá... podía meterse su fábrica y su puesto por donde la espalda pierde su nombre honesto.

Pero en el fondo, en ese lugar blando y vulnerable que, a pesar de todo, aún sangraba por él, dolió. Porque no esperaba un "te quiero", no esperaba apoyo, pero recibir ese mensaje fue como una bofetada en la oscuridad. Otra prueba de que para ellos solo era un estorbo, una deuda, un apellido que manchaba su perfección. Suspiré, hundiéndome más en el sofá, deseando que los cojines me engulleran y me llevaran a un lugar donde los padres no fueran carceleros y los apellidos no pesaran como losas sobre el pecho.

¿Cuándo fue el punto de inflexión? ¿Cuándo se resquebrajó todo? Tal vez... cuando mamá murió. Hasta los nueve años, mi mundo fue cálido. Olía a galletas de canela y a su perfume de lavanda. Había risas, y sus manos, siempre suaves, peinaban mis rizos rebeldes mientras me llamaba su "obra de arte perfectamente imperfecta". Me encantaba esa frase. Porque, aunque mis hermanas presumían de su cabello lacio y dorado, de sus modales de porcelana, yo me sentía especial. Única. Sobre todo por mi mechón blanco. Ese pequeño capricho genético que nacía justo en mi frente, entre la maraña oscura, como un rayo de luna en una noche cerrada. Mamá lo besaba cada mañana. "Tu marca de valentía", susurraba.

Pero cuando ella se fue, el sol se apagó. Papá cambió. Las risas murieron con ella. La casa se llenó de reglas, de silencios elocuentes, de favoritismos descarados. Y yo, la pequeña, me convertí en la invisible. En la que sobraba. Mis hermanas, tan parecidas a él, tan "correctas", nunca perdían ocasión de recordarme lo diferente que era. "La cambiada", me llamaban. "Tu pelo parece una maldición, seguro que ni eres hija de papá". Y en la soledad de mi cuarto, a veces... También lo pensaba. Papá, castaño. Mamá, rubia. Y yo, con mi melena oscura como la noche y mis rizos indomables.

Pero había algo en mi rostro que sí sabía de quién era: la curva exacta de mi nariz, el arco de mi boca, y ese lunar diminuto, escondido tras la oreja, que solo mamá conocía. Yo era su reflejo. Su herencia viva. Y por eso, quizá, papá me apartaba. Porque ella me amó sin condiciones, y él... él nunca pudo perdonarme que le recordara a ella.

Suspiré de nuevo. En la tele, el protagonista declaraba su amor bajo la lluvia. Yo ya no veía nada. Mis ojos estaban secos a fuerza de contener el diluvio interior. Tomé el móvil con desgana, casi con asco. Y justo cuando el actor gritaba su "¡te amo!" en medio de la tormenta de mentira, mi móvil vibró otra vez. Un calambre eléctrico me recorrió la palma de la mano. Número desconocido. Prefijo de Londres. Lo abrí con el estómago en un puño, los dedos temblorosos, preparándome para otro portazo, para otra dosis de "gracias por tu interés, pero...".

Número desconocido: Buenas tardes, Neva. Soy Bruno, amigo de Lorena. Disculpa la demora. Mañana a las 09:00 tienes una entrevista en Eden & Wolfe. Te esperaré en la entrada principal. Un detalle importante: la entrevista será realizada directamente por el Director General, el Sr. Zephan Wolfe. No se otorgan segundas oportunidades. Mucha suerte.

Me quedé paralizada, mirando la pantalla como si estuviera escrita en sánscrito. Como si mi teléfono, de repente, se hubiera transformado en un oráculo y me hubiera lanzado una profecía imposible. Una entrevista. Con él. Directamente. Zephan Wolfe. El Lobo. El CEO más joven, más temido y más reverenciado de Londres. Un hombre del que solo circulaban leyendas de éxito, una frialdad absoluta y una capacidad de destruir rivales con una sola mirada. Y yo... yo era la chica que ya no podía permitirse un error. Ni una grieta. Ni un solo titubeo.

Tragué saliva. El corazón me latía tan fuerte contra el pecho que pensé que podía oírlo, un tambor de guerra que retumbaba en mis oídos y amenazaba con astillar mis costillas. Podía sentirlo en la garganta, en las sienes, en las yemas de los dedos. Un pulso acelerado de terror puro... y de algo más. Algo peligroso, algo eléctrico que no me atrevía a nombrar. Anticipación.

Mañana. Todo cambiaría. O terminaría de romperme para siempre. Y por primera vez en meses, no sabía qué opción me daba más miedo.