Las cosas no dichas.
Las primeras veces eran solo miradas.
Tali llegaba a la iglesia y lo buscaba casi sin pensarlo, como si el lugar no estuviera completo sin encontrarlo primero.
Dai.
Arriba, en el grupo de alabanza, con el bajo colgado y esa calma que a ella le parecía injusta. Tocaba concentrado, serio, como si todo alrededor fuera ruido sin importancia.
Tali no le hablaba. Ni una palabra. Solo lo miraba desde lejos, como si eso fuera suficiente para no volverse loca.
Y él… ni idea.
Dai era baterista de la iglesia desde hacía años, de esos que siempre estaban ayudando en algo. Tali, en cambio, todavía ni se había bautizado. Se sentía fuera de lugar, como si la iglesia fuera una casa que no era completamente suya.
Gabi se sentó a su lado en silencio, mirando al frente como si nada.
Tali siguió con la vista fija en el altar.
Dai seguía tocando, ajeno a todo.
Gabi apoyó el codo en su pierna y habló sin mirarla.
—Dai está enamorado de mí.
Tali giró de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste. Ese man lleva rato en esas conmigo.
Silencio.
Uno de esos silencios que no necesitan explicación.
Tali volvió a mirar al frente. Dai habló con uno de los músicos y se rió un poco, normal, como siempre.
Y algo dentro de ella se quedó quieto.
No explotó. No dolió de golpe.
Solo se apagó despacio, como una luz que ya no tiene sentido mantener encendida.
—Ah… ya.
Y no dijo más.