Sangre de Código

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Summary

Ambientado en Kaparban, una ciudad de estética ciberpunk, Sangre de Código es la historia de Marx, un mercenario que deberá cumplir un encargo y solucionar sus errores del pasado antes de que sea demasiado tarde.

Genre
Scifi
Author
Derhed
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Encargo

¿Tienes el dinero?—la voz resonaba en mi cabeza, perdida entre cavilaciones internas—. Eh colega, te he dicho que si tienes el dinero. Sin dinero, no hay elektro.

Unos cuantos golpecitos al marco de la ventanilla del coche con la culata de la B-18 fueron suficientes para devolverme al mundo real. De pronto tomé conciencia de nuevo de donde me encontraba, y con qué propósito.

—Claro que lo tengo joder. No me tomes por uno de esos nom de por ahí.—Abrí la puerta del coche y, una vez fuera, me encontré con el percal al completo. Además del Radki con el que había hablado desde el coche y su acompañante, que se encontraba erguido junto a él como si le hubieran metido un palo por el culo, un grupo de más de quince Radkis me observaban. Con sus particulares expresiones de pocos amigos, y las manos bien sumergidas en los interiores de las chaquetas con hombreras, supe que no eran muy amigos de la paciencia.

No dejé que la sorpresa se manifestara en mi rostro, y me dirigí al maletero del vehículo. Apreté suavemente la placa de presión y el maletero se abrió en unos pocos segundos, que dieron lugar a un silencio cargado de sonido. Saqué los dos maletines, perfectamente acoplados uno al lado del otro. Con el revestimiento interior de difusión de escáner, traerlos hasta aquí había resultado sencillo.

Anduve hasta una mesita de cristal, donde deposité los dos maletines, pesados como dos cadáveres, y los abrí con un escáner de chip. Cuando terminaron de leer mis datos biométricos, se abrieron de par en par, mostrando todo el interior y lo que contenían.

El elektro se almacenaba en pequeños frascos de fibra de carbono, con una aguja lista para conectarse al puerto de conexión bajo la nuca.

—Aquí está el fix. Podéis revisar que esté todo, no me importa.—El mismo Radki que había hablado conmigo comenzó a andar a grandes zancadas hacia el producto. Levanté una mano en dirección al que parecía al mando de la operación. Ojos de un iris negro como el carbón que acompañaba a la pupila. El último grito en el negocio de los Intradatas, y caro de cojones—. Mientras tanto, yo iré revisando el dinero.

El comentario no le tomó por sorpresa. Ladeó la cabeza y, en menos de cinco segundos, tenía un buen chip de metas dentro de mi puerto de conexión. Se desplegó ante mi la cifra completa que contenía el chip.

—Está todo.

Dijo el hombre de sendos ojos negros.

Asentí en gesto de aprobación, me extraje el chip y esperé a que el Radki terminara de examinar el fix.

—Aquí también está todo, jefe.

Por como funcionaban todos, parecían casi profesionales.

—Está bien. Entonces, trato cerrado. Un placer hacer negocios con Dakota.

Me di la vuelta en dirección hacia mi coche, satisfecho por el trabajo bien hecho, y me subí.

Dejé atrás a la turba de malhumorados, acompañado del traqueteo constante que producía mi avejentado coche, que me hacía bambolearme constantemente.

Un bache pronunciado anunció la entrada a la autovía, torpemente asfaltada. Los Bajos de Kaparban se presentaban tan animados como siempre. La luz de los potentes neones se filtraba entre las manchas de suciedad fosilizadas en la luna del coche, anunciando peculiares servicios.

Pasé rápido, ignorando los tumultos diarios de las aceras y los sonidos estrambóticos de las discotecas, que como todas las de la ciudad, reproducían punkapop a todo trapo.

De pronto, la minipantalla del salpicadero, rota y sucia, comenzó a brillar débilmente. Descolgé, y frente a ella apareció el holograma de una mujer, negra, maquillada con sombra de ojos de un morado intenso y unos caros y para nada disimulados implantes en los ojos, que remplazaban su aspecto normal por uno más robótico. La pupila había desparecido, oculta tras una pantalla en la que no dejaba de sucederse información. Aunque la calidad del holograma era pésima, pude distinguir sin dificultad que se trataba de Dakota, la mujer encargada de controlar todos los trapicheos de Kaparban este, donde se concentraban la mayor cantidad de bandas de la ciudad.

Dakota era seria e implacable, ascendió a Gestora Cardinal hace ya unos veinticinco años, cuando Mateo Fabrin fue asesinado por la banda de los japoneses, los Kaemerin, tras una disputa por el control de los territorios. Dakota sucedió a Mateo, y tan solo dos meses después los Kaemerin desaparecieron de Kaparban, y no se ha vuelto a saber nada más de ellos.

—¿Has cerrado ya el trato?

La voz metálica y chirriante de las llamadas holográficas me irritaba, y la mala cobertura de los Bajos no ayudó a estabilizar el sonido

—Si, nonna, hace unos cinco minutos que entregué el elektro.

—¿Representaron un problema alguno de esos capullos?

—Para nada. Dóciles como cachorritos, tan solo un par de miradas ceñudas, lo típico. Hablé con el que parecía ser el líder del grupo.

—Buen trabajo. Cuando puedas pásate por mi oficina, creo que puedo tener otro trabajo disponible.

—¿Ya? No imaginaba que fuera tan rápido.

—¿Supone un problema?

—Para nada, el dinero siempre viene bien. Mañana a primera hora estaré allí.

Haciendo gala de su reputación, Dakota colgó la llamada al momento, casi dejándome con la palabra en la boca.

Dejé atrás los Bajos, y entré en la zona más residencial de Kaparban este. Los edificios se alzaban hacia el cielo, desafiantes, con sus estructuras imposibles. Los carteles holográficos que se proyectaban en sus fachadas parecían presumir una elegancia de la que carecían sus contrapartes de los Bajos, aunque la mayoría de veces la calidad no mejoraba en lo más mínimo. Mierda con purpurina y perfume, es como llamamos a los anuncios de las coproraciones.

Me desplazé entre las calles como una hormiga en una selva, con el sol dando ya los últimos retazos de luz antes de quedar oculto tras el edificio de la Organización, tan ancho como alto, y tan temible como admirable.

Aparqué el coche en mi plaza correspondiente, que ostentaba mi nombre como un estandarte, sobre el pavimento recubierto de aceite de motor y marcas de neumáticos, y subí por el ascensor hasta la planta veintidos, donde me esperaba la puerta que me separaba del cuartito que desde hace unos meses cumplía la función de hogar.

El interior, tan destartalado como siempre, apestaba a alcohol y sacik, una combinación tan buena como un puñal en manos de un psicópata.

Me desnudé casi por completo, y aunque mi cuerpo pedía a gritos una ducha, el agotamieno ganó la batalla. Me desplomé sobre las sábanas, y pocos segundos después ya soñaba.

Cuando desperté a la mañana siguiente todo me daba vueltas, y tuve que esperar unos minutos hasta que pude plantar los pies en el suelo y enderezarme sin caer al momento. Aunque no se muy bien que pudo producir tal efecto, pues no había bebido nada la noche anterior, mi cita con Dakota apremiaba, y rápidamente descarté la preocupación y comenzé a prepararme.

La ducha revitalizó mis sentidos, y tan solo diez minutos después ya estaba montado en el coche, de camino a la oficina de Dakota.

La oficina de Dakota era una espacio muy peculiar para una Gestora Cardinal. Oculta tras un basto mercado, rebosante de gente a todas horas, en un pequeño edificio al que se accedía mediante el callejón que conectaba la plaza con el resto de la ciudad. En aquel mercado, que tenía por nombre el Desgüace, es donde se movía la inmensa mayoría de tecnología ilegal del más alto nivel de Kaparban Este, y parte del sur.

Como es de esperar por los productos ofrecidos, las gentes que frecuentaban este lugar pertenecía al más alto bajo del oficio. Sicarios, ladrones de coches de lujo, espías, mercenarios y altos cargos de diferentes bandas eran la clientela habitual del Desgüace, e incluso muy de vez en cuando algún que otro agente oficial de Kurasec se asomaba por allí.

Volviendo a mi visita, me revolví entre la muchedumbre, abriéndome paso hasta la entrada en el callejón. El olor a quemado, propio de las torpes soldaduras que se llevaban a cabo en ciertos puestos, se impregnaba en mis ropas e indundaba mis fosas nasales. Me revolví aún más conciencudamente, buscando la salida más próxima o algún lugar apartado donde deshacerme de mi nuevo perfume.

Una vez dejado atrás ese tsunami, me posicioné frente a la puerta, asegurándome de que la cámara colocada justo en la parte superior del marco tuviera una buena imagen de mi persona. Nadie quiere perturbar la seguridad de un Gestor Cardinal, y menos cuando se trata de Dakota.

Me quedé un tanto embotado observando la celosía de la puerta, tan enrevesada como hipnótica, mientras el escáner integrado de la cámara me repasaba de arriba a abajo, y viceversa.

Finalmente, tras la exhasutiva revisión, un pitido casi imperceptible emergió de la cámara, y la propia puerta, tan firmemente cerrada segundos antes, ahora dejaba entrever una rendija de luz amarillenta y débil, que titilaba sin cesar.

Abrí la puerta, arrancando de las bisagras un estridente chirrido que sin duda hizo volverse las cabezas de todos los perros en un amplio radio, y una fuerte oleada de olor a cerrado y  polvo antiguo me abatió al momento. Me recordó a las bibliotecas que acostumbraba a frecuentar durante mi formación en materias medicinales sintéticas.

Justo frente a la puerta, como una irónica bienvenida, una escalera ascendía durante una docena de escalones, hasta desembocar en otra puerta, esta vez abierta, desde la que provenía la mayor fuente de luz del lugar.

Los azulejos que flanqueaban la subida se encontraban en un estado deplorable, casi como si se tratara de un edificio abandonado. Y tal vez así era. Los Gestores Cardinales no tienen buena relación con Kurasec, y deben moverse con frecuencia, pues aunque estos son permisivos, más por sobornos que por caridad, se ven en la obligación de actuar cuando resulta demasiado obvio.

Los escalones tampoco estaban mucho mejor. Había visitado varias veces aquél lugar, y en todo momento subía con precaución, tratando de no depositar todo mi peso de golpe, por miedo a un derrumbe.

Tras mi pequeña peripecia escalonal, me asomé al interior de la habitación, y, en efecto, allí se encontraba Dakota, tan impasible y fría como un témpano de hielo. Su mirada, depositada en mi, era seria, y podía resultar amenazante para cualquiera que no estuviera acostumbrado a tratar con semejante mujer, pero los años me habían enseñado que aquella mirada era más una bienvenida firme que una amenaza velada.

—Buenos días, Marx.

Movió el brazo, indicándome una silla negra, algo raída, donde poder sentarme. Se ve que la charla iba para rato.

—Buenos días, nonna. He venido tan pronto como he podido.

Dije mientras me sentaba en la silla, que emitió un leve chasquido cuando terminé de asentarme. Probablemente venía incluída en el edificio cuando Dakota llegó aquí.

—Me alegro. Lo que tengo entre manos requiere cierta urgencia. Pero antes, debemos hablar de un asunto.

—¿De qué se trata?

—¿Recuerdas a los radkis de ayer?—no me dio tiempo a articular palabra—. Bien, pues resulta que mientras abandonaban el lugar de vuestra reunión, un grupo de integrantes desconocidos les atacaron, o bueno, sería más correcto decir que los masacraron. Los berserker no han encontrado rastro alguno del elektro, solo amalgamas de carne y vísceras por toda la autovía.

Aunque traté de disimular mi sorpresa, fue un impulso tan repentino que apenas pude evitar enarcar una ceja.

—Ya imagino que tú no tienes nada que ver, solo me preguntaba si viste u oíste algo.

Me detuve unos momentos, esforzándome en hacer memoria, en rebuscar en pequeñas sensaciones de aquel preciso momento en el que, la noche anterior, había recorrido los Bajos. Con la ayuda de mis implantes de memoria sensorial pude acceder al recuerdo en tan solo algunos segundos.

—Nada. No recuerdo nada.

Dakota relajó la mirada de forma casi imperceptible.

—Está bien. Tampoco es tan importante. Al fin y al cabo, nuestra parte estaba hecha, lo que les pasara después es asunto suyo, y de Doce Dedos, pero ya sabes, para una Gestora Cardinal nunca está de más mantenerse informada, aunque sea sobre asuntos que conciernen a otros Gestores.

Asentí seriamente, aún extrañado y pensativo sobre lo que me acababa de contar. ¿De verdad alguien había logrado perpetrar una hazaña como esa en plena vía pública, y yo no me había enterado? Curioso.

Dakota recuperó mi atención con un silencio, y entonces continuó hablando.

—Volvamos a los que nos atañe personalmente. Hace unos días se presentó aquí uno de mis informantes de la zona corporativa. Escuchó una conversación entre unos doctores, y resulta que estos hablaron sobre un transporte planeado para dentro de tres días. Un transporte de algo valioso, muy valioso. No preguntes el qué, no lo sé, tampoco me hace falta. He mandado al mismo informante a tratar de averiguarlo, pero en caso de que no lo logre, no supondrá un impedimento.

Había escuchado con interés, pero la mención de los doctores había disparado todas mis alarmas.

—¿Doctores, dices? ¿Quieres que asalte un convoy que transporta un objeto propiedad de Medika? Sabes perfectamente que la seguridad de los transportes relacionados con material de las grandes corporaciones corre a cargo de Kurasec, y contra varios berserker ni el mercenario más prolífico de todo Kaparban tiene ninguna oportunidad.

Dakota me miró seriamente, considerando mis palabras. No tardo mucho en resolver mis dudas acerca de que le pasaba por la cabeza.

—¿Quién ha hablado de un solo mercenario? El plan es atacar el convoy con un grupo de unos cuatro o cinco. Según mis fuentes, el convoy solo contará con dos vehículos de Kurasec, cada uno cargado con tres berserkers y una torreta de fusión.

Dejo el reclutamiento del equipo a tu cargo, evidentemente esto aumentará la remuneración tras la entrega y venta del objeto.

Tardé en asimilar lo que acababa de escuchar, mientras mi mirada se perdía entre las motas de polvo que flotaban por la habitación, puestas al descubierto gracias a la luz de la lámpara posicionada en el escritorio tras el que Dakota había estado parcialmente oculta durante toda nuestra conversación.

El trabajo que me proponía era extremadamente peligroso, y podía salir mal por muchos factores, pero hice de tripas corazón y, recurriendo a toda mi profesionalidad, hablé.

—Está bien, dame un par de días. Creo que sé de donde puedo sacar a los integrantes restantes para completar el equipo.

—Gracias, Marx. Puedes irte, te comentaré los detalles por llamada.

Me levanté, pensativo, divagando entre los detalles y preparaciones que debería tener en cuenta para que todo saliera lo menos mal posible, y la manera en que iba a lograr convencer a los candidatos para el reclutamiento, cuyos nombres resonaban en mi cabeza, como viejos recuerdos que, tal vez, no deberían desempolvarse.

Me despedí de Dakota y comencé a bajar las escaleras.

"Espero que al menos nuestros nombres queden bonitos en las lápidas", me dije a mi mismo mientras me disponía a atravesar de vuelta la multitud del Desgüace, camino a mi coche.