Comienzos
El sótano no era el típico lugar lúgubre cubierto de telarañas y polvo abandonado, aunque seguía siendo oscuro y lo bastante inquietante como para incomodar a cualquiera. Entre los empleados circulaban rumores sobre fantasmas y ruidos extraños durante la noche, pero nadie parecía tomárselos demasiado en serio. Mientras avanzaba por uno de los pasillos estrechos cargando las bandejas que habían olvidado preparar, escuchó un sonido extraño a la distancia, un croar áspero y húmedo, parecido al de un sapo.
Por un instante se detuvo.
“Seguro algún niño haciendo bromas”, pensó Andy, sin darle demasiada importancia. No tenía tiempo para perderse en tonterías. Si tardaba demasiado, Selina iba a explotar. Cuando regresó a la cocina, Selina ya lo esperaba junto a la mesa de trabajo, con los brazos cruzados y una expresión capaz de perforar paredes.
—¿¡Dónde estabas!? —le gritó apenas lo vio entrar.
Él dejó las bandejas sobre la mesa con un golpe seco antes de responder.
—No me grites. Tú eres la que las olvidó. Yo solo soy el ayudante… o algo así. Aunque, sinceramente, ya me siento más un esclavo.
Selina resopló con fastidio, pero no siguió discutiendo. No había tiempo. Ambos comenzaron a lavar y acomodar las bandejas a toda velocidad, moviéndose de un lado a otro entre vapor, platos y órdenes cruzadas. Después empezaron a llenarlas con comida mientras el ruido de la cocina seguía creciendo a su alrededor.
Sorprendentemente, lograron terminar justo a tiempo.
La tensión se disipó un poco y ambos terminaron apoyados cerca de la mesa, conversando con tranquilidad por primera vez en horas. Pero la calma duró apenas unos segundos.
Un estruendo brutal sacudió el edificio entero.
Los platos vibraron. Algunas bandejas cayeron al suelo. Las luces parpadearon violentamente.
Sin pensarlo, salieron corriendo hacia el exterior, convencidos de que había ocurrido un accidente… o quizá un atentado.
Pero lo que encontraron afuera era algo imposible.
En el cielo flotaban enormes naves de formas extrañas, silenciosas y deformes, como si no pertenecieran a ese mundo. Y sobre ellas, lo más aterrador de todo: el cielo mismo parecía estar rompiéndose.
Grandes grietas oscuras se extendían entre las nubes como cristal quebrado, abriendo huecos vibrantes que dejaban escapar destellos de una oscuridad imposible. El aire temblaba. La realidad parecía doblarse sobre sí misma.
Y, por primera vez en su vida, comprendió lo que era sentir verdadero miedo.
Antes de que pudiera decirle a Selina que debían volver a la cocina para refugiarse, una de aquellas naves descendió violentamente del cielo y se estrelló a pocos metros del edificio.
La explosión fue brutal. El impacto destrozó gran parte de la cocina en una tormenta de fuego, metal y concreto. El calor lo golpeó de lleno, seguido por un ruido ensordecedor que pareció arrancarle el aire de los pulmones. Después de eso… nada.
Cuando recuperó la conciencia, todo estaba cubierto por una nube de polvo espeso. Tardó varios segundos en comprender dónde estaba. Apenas podía escuchar un pitido agudo en sus oídos mientras apartaba fragmentos de madera y metal de encima suyo. La cocina había quedado reducida a ruinas: comida desparramada, bandejas retorcidas y escombros cubrían cada rincón.
Entonces la vio. Selina yacía inmóvil a unos metros, parcialmente cubierta por restos del techo.
Tropezando entre los escombros, corrió hacia ella. El corazón le latía con fuerza mientras la sacudía ligeramente.
—Lina… Lina…
Ella soltó un quejido ahogado antes de abrir los ojos con dificultad. Estaba aturdida, llena de polvo y pequeños cortes, pero viva.
Sintió un alivio inmediato, la ayudó a incorporarse mientras ambos intentaban recuperar el sentido de la realidad. Pero antes de que pudieran decir una palabra más, comenzaron a escucharse disparos a la distancia.
Y gritos, muchos gritos. Ambos se quedaron en silencio, con cuidado, se asomaron entre los restos destruidos del edificio… y lo que vieron les heló la sangre.
Criaturas humanoides con apariencia de sapos recorrían las calles. Eran altas, encorvadas y llevaban armaduras extrañas cubiertas de símbolos brillantes. Sus enormes ojos negros parecían moverse de forma inquietante mientras patrullaban entre los cuerpos y los vehículos destruidos.
Cada paso estaba acompañado por sonidos guturales y croares graves que resonaban en el ambiente como una lengua imposible.
Retrocedieron lentamente, pero entonces ocurrió. Sin darse cuenta, pisó una bandeja metálica enterrada bajo el polvo. El ruido resonó demasiado fuerte, dos de las criaturas giraron la cabeza al mismo tiempo. Lina lo sujetó del brazo y ambos se lanzaron detrás de una montaña de escombros, conteniendo la respiración mientras escuchaban los pasos acercarse lentamente.
Los sonidos húmedos y pesados de aquellas cosas parecían cada vez más cerca. Uno de los sapos emitió un croar áspero. El otro respondió, por un momento, creyó que todo había terminado.
Pero un croar mucho más profundo resonó desde la distancia, como una orden. Las criaturas se tensaron y, tras intercambiar unas palabras incomprensibles, se alejaron rápidamente.
No esperaron ni un segundo más. Salieron de su escondite intentando no hacer ruido. Decidieron que el sótano probablemente sería el lugar más seguro para ocultarse mientras todo aquello pasaba.
Sin embargo, apenas comenzaron a avanzar, algo extraño ocurrió. Los escombros alrededor comenzaron a elevarse lentamente del suelo, fragmentos de concreto, utensilios y trozos de metal flotaron en el aire como si la gravedad hubiese desaparecido. Quedaron completamente expuestos, antes de que pudieran reaccionar, una de las naves emitió un rayo brillante desde su parte inferior. La luz los envolvió de inmediato y ambos fueron levantados violentamente del suelo. Lina gritó, Andy intentó soltarse, pero era imposible moverse dentro de aquella energía.
—¡Espías! —croó una de las criaturas, señalándolos con un bastón oscuro, y retorcido, adornado con piedras luminosas.
Entonces apareció otro. Un enorme sapo de porte imponente avanzó entre las ruinas. Su túnica oscura rozaba el suelo y sostenía un cetro retorcido cubierto de símbolos brillantes. Sus ojos amarillentos irradiaban desprecio mientras observaba a ambos humanos suspendidos en el aire. La criatura levantó lentamente el cetro.
—Los espías serán alimento para el gran…
Nunca terminó la frase. Una figura cruzó detrás de él a una velocidad imposible. Hubo un destello metálico, y la hoja de una espada atravesó el cuerpo del enorme sapo de lado a lado.
—Qué tragedia… —dijo la criatura con un tono burlón y teatral—. El rey ha caído a manos de humanos… y los humanos, a manos de su nuevo rey.
El enorme sapo herido intentó responder algo, pero apenas logró emitir un croar ahogado antes de desplomarse pesadamente contra el suelo. El cetro escapó de sus manos y rodó entre los escombros.
Su asesino avanzó de inmediato y lo tomó con ambas manos, levantándolo por encima de su cabeza.
—¡El cetro de poder es mío! —gritó con una voz áspera y eufórica.
Y entonces comenzó el caos. La criatura soltó una carcajada desquiciada antes de disparar orbes de energía en todas direcciones. Los proyectiles explotaban al impactar, destruyendo paredes, vehículos y parte del edificio que aún seguía en pie.
Lina y Andy apenas lograron refugiarse detrás de unos restos metálicos. Uno de los orbes golpeó una bandeja cercana.
Pero, en lugar de atravesarla o destruirla, el metal se endureció instantáneamente, volviéndose gris y pesado, como piedra sólida.
Él observó aquello apenas un segundo antes de entender.
Tomó una bandeja y la usó como escudo improvisado justo cuando otro orbe salió disparado hacia ellos. El impacto fue brutal, pero la bandeja resistió.
—¡Usa las bandejas! —gritó a Lina.
Ambos comenzaron a avanzar entre las ruinas, desviando como podían los proyectiles mientras buscaban sobrevivientes. Finalmente encontraron a un grupo de estudiantes atrapados dentro de varias aulas parcialmente derrumbadas. Muchos estaban heridos. Otros ni siquiera podían moverse del miedo, había chicos llorando, temblando, incapaces de reaccionar mientras el sonido de explosiones seguía resonando afuera. Aun así, lograron organizarlos y guiarlos hacia el sótano.
El trayecto fue una pesadilla, cada paso estaba acompañado por gritos, polvo y el estruendo constante de los orbes destruyendo todo alrededor. Selina ayudaba a caminar a los heridos mientras él intentaba mantener al grupo unido.
Finalmente alcanzaron la entrada al sótano, y entonces ocurrió.
Uno de los chicos, presa del pánico, tomó un objeto del suelo y lo lanzó desesperadamente contra uno de los orbes que se aproximaban. Por un instante, todos creyeron que se convertiría en piedra al contacto. Pero no ocurrió eso, el orbe rebotó violentamente. Salió disparado hacia un costado e impactó contra dos estudiantes que estaban detrás.
No hubo gritos, no hubo tiempo. Sus cuerpos se endurecieron de inmediato frente a todos, transformándose en estatuas de piedra gris en apenas segundos. El silencio que siguió fue aterrador, nadie supo qué hacer. Y entonces el nuevo rey los vio.
La criatura giró lentamente la cabeza hacia ellos. Sus enormes ojos se llenaron de furia mientras avanzaba entre los escombros disparando orbes sin detenerse. Cada paso destruía más el lugar, había demasiados chicos detrás de ellos, demasiados heridos.
Él miró a Selina, ella entendió inmediatamente lo que estaba pensando.
—No… ni se te ocurra… —dijo sujetándolo del brazo.
Pero Selina estaba herida y apenas podía mantenerse en pie. Él logró soltarse, retrocedió varios pasos mientras buscaba algo alrededor. Entonces encontró un palo de amasar entre los restos de la cocina destruida.
Y, honestamente, en ese momento le pareció una idea excelente.
—¡Oye, horrendo! —gritó con todas sus fuerzas.
La criatura apenas reaccionó. Así que lanzó el palo, el objeto giró por el aire y golpeó al sapo directamente en la cabeza con un ruido seco y contundente. Por un segundo, incluso él se sorprendió de haber acertado, no sabía si había sido buena suerte… o la peor de su vida. La criatura quedó inmóvil, después giró lentamente hacia él. Sus ojos irradiaban una furia indescriptible, y el siguiente orbe salió disparado directamente en su dirección.
El monstruo olvidó por completo a los estudiantes, ahora lo estaba persiguiendo a él.
El sapo se movía de una forma inquietante, antinatural. Por momentos parecía caminar lentamente, arrastrando sus patas con una calma aterradora. Pero, sin previo aviso, daba saltos violentos que lo impulsaban varios metros hacia adelante. Esa combinación irregular hacía imposible predecirlo. Nunca sabía cuándo avanzaría despacio… y cuándo aparecería prácticamente encima suyo.
Cada movimiento de la criatura transmitía una sensación de amenaza constante.
Pero lo peor no era eso, eran las esferas. Pequeños orbes de energía brotaban del cetro una y otra vez, zumbando por el aire antes de impactar contra todo lo que encontraban. Bandejas, sillas, paredes y columnas explotaban o se endurecían como piedra al contacto. El escondite que habían improvisado estaba siendo destruido poco a poco. Estaban acorralados, entonces vio a dos chicos ocultos detrás de unos restos metálicos.
Tal vez por instinto. Tal vez porque pensaron que estar cerca de él aumentaba sus posibilidades de sobrevivir, lo cierto era que lo estaban siguiendo. Sus rostros pálidos y sus manos temblorosas dejaban claro que no soportarían mucho más tiempo escondidos allí. La decisión recaía sobre él. Respiró profundamente mientras observaba alrededor, evaluando las pocas opciones que tenían. Ninguna era buena.
—Cuando dé la señal… corran —susurró.
Los chicos asintieron de inmediato, aunque el terror en sus ojos seguía siendo evidente. Él tomó todo lo que encontró cerca: bandejas dobladas, cubiertos, trozos de metal y pequeños objetos que pudieran servir para distraer a la criatura aunque fuera unos segundos, después salió de su escondite. El sapo reaccionó apenas lo vio, un croar agresivo resonó en el pasillo y, al instante siguiente, una ráfaga de esferas salió disparada hacia él.
Corrió. Esquivó los proyectiles como pudo mientras lanzaba los objetos en dirección a la criatura. No esperaba lastimarla. Solo necesitaba llamar su atención, y funcionó. El monstruo concentró toda su furia en él, sin notar que los dos chicos escapaban en dirección contraria. Entonces comenzó la persecución, él corría entre los restos destruidos del edificio mientras el sapo avanzaba detrás dando aquellos saltos monstruosos que reducían la distancia rápidamente. Cada vez que aterrizaba, el suelo se agrietaba y comenzaba a corroerse bajo sus patas, como si la misma energía del cetro contaminara todo lo que tocaba.
Las esferas seguían disparándose sin descanso. Algunas destruían paredes, otras convertían objetos enteros en piedra.
El ruido era ensordecedor, finalmente, sus piernas comenzaron a fallar.
El cansancio lo golpeó de lleno. Se detuvo junto a una pared parcialmente destruida, jadeando con desesperación. El corazón le martillaba el pecho tan fuerte que sentía que iba a explotar. Sus pulmones ardían y apenas podía mantenerse de pie. Sabía perfectamente que detenerse era un error, pero su cuerpo simplemente ya no respondía, el sapo lo alcanzó pocos segundos después. La criatura quedó a varios metros de distancia observándolo en silencio. Sus enormes ojos brillaban con una mezcla de desprecio y diversión cruel. Entonces emitió un sonido grotesco, algo entre un croar profundo y una risa enfermiza.
—¿Humano…? —dijo con voz grave y burlona—. ¿De verdad pensaste que podrías escapar?
Avanzó lentamente otro paso.
—Ninguno de tu especie sobrevivirá hoy. Yo me aseguraré de eso.
El croar de la criatura comenzó a resonar por todo el pasillo, rebotando contra las paredes como un eco siniestro.
El miedo lo paralizó por un instante, pero algo dentro suyo se negó a quedarse quieto. Miró desesperadamente alrededor buscando cualquier cosa que pudiera usar, entonces vio un objeto metálico tirado cerca de los escombros.
Lo tomó sin pensar, y lo lanzó con todas sus fuerzas, el objeto golpeó al sapo directamente en el pecho.
No le hizo daño. Ni siquiera pareció molestarlo realmente, pero sí logró enfurecerlo todavía más.
La criatura soltó un croar salvaje, y él volvió a correr. Corrió ignorando el dolor en las piernas y el fuego que sentía en los pulmones. Detrás de él resonaban los saltos del monstruo, sus croares burlones y el zumbido mortal de las esferas impactando contra las paredes a centímetros de distancia. Entonces vio una puerta abierta, no dudó. Se lanzó al interior de la habitación y empujó una mesa contra la entrada justo cuando un nuevo impacto sacudía el pasillo del otro lado.
Se dejó caer al suelo apenas logró bloquear la puerta, el agotamiento lo golpeó de inmediato.
El sudor corría por su rostro mientras intentaba recuperar el aliento. Su respiración era irregular, dolorosa, como si cada bocanada de aire le desgarrara los pulmones. Sentía el corazón descontrolado y una presión insoportable en el pecho, como si su propia alma estuviera escapando de su cuerpo con cada jadeo. Apoyó la espalda contra la pared e intentó ordenar sus pensamientos, pero era imposible. Las imágenes se atropellaban en su mente: las naves rompiendo el cielo, las explosiones, las personas convertidas en piedra, aquel sapo monstruoso disparando esferas de energía como si estuviera jugando con vidas humanas.
¿Qué eran esas criaturas?
¿Por qué estaban atacándolos?
¿El gobierno sabía algo sobre esto?
¿Era una invasión?
¿Habían estado ocultándose todo ese tiempo?
Las preguntas aparecían una tras otra sin darle espacio para respirar, y ninguna tenía respuesta. Entonces escuchó el primer golpe contra la puerta, la mesa se sacudió violentamente, él levantó la vista de inmediato. Otro impacto, la madera crujió.
El sapo lo había encontrado, y esta vez no había salida. La habitación era pequeña, apenas un antiguo salón de almacenamiento lleno de muebles rotos y cajas destruidas. No había ventanas, no había otro acceso. Solo esa puerta, los golpes comenzaron a repetirse con más fuerza. Cada embestida hacía temblar el suelo y resonaba dentro de su pecho como un martillo.
El miedo comenzó a consumirlo lentamente, estaba atrapado, iba a morir allí. Las grietas comenzaron a extenderse por la madera mientras la mesa retrocedía unos centímetros con cada impacto. Sus manos temblaban tanto que apenas podía mover los dedos. Entonces sacó el teléfono, la pantalla estaba rota, pero aún funcionaba, abrió lentamente los mensajes y comenzó a escribir. No sabía si alguien llegaría a leerlo, tal vez el edificio explotaría antes, tal vez nadie sobreviviría. Pero era lo único que podía hacer.
Los golpes se volvieron ensordecedores, la puerta estaba cediendo. Respiró hondo intentando prepararse para lo inevitable, y entonces ocurrió. La madera explotó hacia adentro, el sapo irrumpió en la habitación con un salto pesado que hizo vibrar el suelo. Fragmentos de la puerta salieron despedidos mientras la criatura aterrizaba frente a él, sus enormes ojos reptilianos brillaban con crueldad. Y después vino esa risa, un croar grave y ronco que resonó por toda la habitación.
—¿Esto es todo? —dijo la criatura mientras avanzaba lentamente— ¿Un humano insignificante?
Su voz era profunda, cargada de desprecio.
—¡Patético!
Sin previo aviso, el sapo lo golpeó con el dorso de la mano. El impacto lo lanzó violentamente contra la pared, un dolor agudo atravesó su espalda y por un instante sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Cayó al suelo jadeando, incapaz de respirar correctamente. La criatura se acercó sin ninguna prisa. Confiada, dominante. Entonces dejó el cetro a un lado, el objeto quedó flotando apenas unos centímetros sobre el suelo, vibrando con una energía extraña, como si estuviera vivo y esperando órdenes.
—Ni siquiera necesito esto para acabar contigo —dijo el sapo señalando el cetro—. Podría aplastarte con mis propias manos.
Él intentó levantarse. Apenas logró apoyarse sobre un brazo antes de que la criatura lo empujara brutalmente contra el suelo otra vez. El golpe le arrancó un gemido de dolor, el sapo soltó otra carcajada grotesca mientras lo observaba luchar por respirar.
—¿Ves? —croó acercando lentamente el rostro—. Los de tu especie son débiles.
Sus ojos brillaron con satisfacción enfermiza.
—Es un placer exterminarlos como moscas.
Buscó desesperadamente algo con lo que defenderse.
Sus manos recorrieron el suelo entre polvo, vidrios rotos y restos de muebles destruidos hasta tropezar con una maceta quebrada. Sin pensar demasiado, la tomó y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el sapo. La criatura apenas reaccionó, con un movimiento rápido de la mano, desvió la maceta como si fuera una simple hoja arrastrada por el viento. Los fragmentos se hicieron añicos contra la pared mientras el monstruo soltaba otra de sus desagradables carcajadas.
—¿Eso es todo? —croó burlonamente—. ¿Eso es lo mejor que puedes hacer?
Las palabras golpearon más fuerte que cualquiera de sus ataques, sintió la humillación mezclarse con el miedo y la impotencia, y entonces lo vio. El cetro seguía flotando cerca de la criatura, vibrando levemente en el aire. Había algo extraño en él. Algo vivo, como si no fuera simplemente un arma, sino una entidad observándolo silenciosamente. El sapo levantó nuevamente su enorme brazo dispuesto a aplastarlo.
Pero él reaccionó por puro instinto, rodó hacia un costado evitando el golpe y extendió la mano hacia el cetro. Apenas sus dedos tocaron la superficie del arma, una descarga brutal recorrió todo su brazo.
Un pulso de energía atravesó su cuerpo de golpe, sintió calor, electricidad. Una fuerza desconocida expandiéndose bajo su piel como si algo estuviera despertando dentro suyo. El sapo se quedó inmóvil, por primera vez desde que lo había visto, el monstruo parecía realmente aterrado. Sus enormes ojos se abrieron de par en par.
—¡No te atrevas a tocarlo! —gritó desesperadamente.
Pero ya era demasiado tarde, sin comprender realmente lo que hacía, levantó el cetro y lo apuntó hacia la criatura. El movimiento surgió de forma natural, instintiva, como si el arma supiera exactamente qué debía hacer. Entonces lo golpeó en el pecho con todas sus fuerzas. El impacto lanzó al sapo varios pasos hacia atrás, la criatura soltó un croar agudo de dolor y sorpresa mientras intentaba recuperar el equilibrio. Él soltó el cetro inmediatamente después.
El brazo le temblaba y el dolor de los golpes anteriores seguía recorriendo todo su cuerpo, apenas podía mantenerse en pie. Sin embargo, algo extraño comenzó a ocurrir. El sapo se detuvo de golpe, sus movimientos se volvieron rígidos. La piel húmeda de su cuerpo comenzó a endurecerse lentamente mientras profundas grietas se extendían por sus brazos y cuello.
La criatura intentó hablar, pero ya era tarde, en cuestión de segundos, todo su cuerpo quedó completamente petrificado.
La expresión de burla permaneció congelada en su rostro para siempre, convertida en una estatua grotesca de piedra agrietada, el silencio invadió la habitación. Él apoyó la espalda contra la pared mientras intentaba respirar con normalidad. Estaba agotado, cada músculo de su cuerpo dolía, pero seguía vivo. Y eso ya parecía un milagro.
Aunque no podía quedarse allí, Lina y los demás seguían afuera, todavía estaban en peligro, entonces escuchó la voz.
—Eliminación exitosa.
La frase resonó directamente dentro de su cabeza, no provenía de ningún lugar específico. Era tranquila, calculada, artificial. Él levantó la vista de inmediato y observó alrededor de la habitación. No había nadie.
—¿Estoy… alucinando? —murmuró con la voz temblorosa. Intentó avanzar hacia la salida.
Pero apenas dio unos pasos, el cetro apareció flotando frente a él, como si tuviera voluntad propia, retrocedió instintivamente y trató de apartarlo con la mano. Sin embargo, en lugar de alejarse, el cetro comenzó a brillar intensamente.
—Portador aceptado. Comenzando transformación.
La voz resonó dentro de su cabeza con una claridad imposible. Andy dio un paso hacia atrás, confundido y todavía agitado por todo lo que acababa de ocurrir.
—¿Transfor… qué? —preguntó en voz alta, incapaz de ocultar el miedo en su tono.
El cetro reaccionó inmediatamente, la superficie gris y opaca comenzó a cambiar frente a sus ojos, como si metal líquido recorriera lentamente toda su estructura. El color apagado desapareció hasta convertirse en un brillante tono plateado que iluminó tenuemente la habitación destruida.
Entonces la voz volvió a hablar, esta vez no sonaba distante. La sentía directamente dentro de su mente.
—Gracias por liberarme. Los anteriores portadores no eran dignos… pero tú eres diferente.
El brillo del cetro aumentó apenas un poco.
—Más fuerte. Más noble.
Andy frunció el ceño mientras intentaba procesar aquello.
—¿Noble? ¿De qué estás hablando? —preguntó tratando de mantener la calma, aunque el nerviosismo seguía apretándole el pecho.
La voz ignoró por completo la pregunta.
—Soy un bastón místico. Fui creado para proteger, enseñar y acompañar a los dignos. Pero los Anuribios me esclavizaron. Usaron mi poder para conquistar mundos, destruir civilizaciones y someter razas enteras.
Apenas escuchó aquel nombre, algo extraño ocurrió, imágenes comenzaron a invadir violentamente su mente. Mundos ardiendo, ciudades enteras reducidas a ruinas, criaturas encadenadas. Ejércitos de seres anfibios avanzando sobre paisajes devastados mientras enormes cetros brillaban sobre el cielo.
Sintió dolor, miedo, desesperación. Vio especies enteras siendo exterminadas sin piedad, y en medio de todo aquello, comprendió algo aterrador: Los Anuribios no negociaban. Ellos tomaban, invadían, destruían, y jamás pedían permiso. Andy cayó de rodillas sujetándose la cabeza mientras las imágenes desaparecían lentamente. Respiraba con dificultad.
—¿Qué… qué esperas de mí? —preguntó finalmente, todavía desconfiado.
La voz respondió de inmediato.
—Libertad.
El cetro flotó lentamente frente a él mientras el brillo plateado pulsaba como un corazón vivo.
—Ayúdame a liberar a mis hermanos. Encuentra portadores dignos antes de que los Anuribios los esclavicen nuevamente.
Hubo un breve silencio.
—A cambio… te protegeré y compartiré mi conocimiento.
Anderson abrió la boca para responder. Pero un croar ensordecedor resonó desde el otro extremo del pasillo, giró de inmediato. Otra de aquellas criaturas acababa de aparecer entre las sombras. Era más pequeña que la anterior, aunque igual de grotesca. su piel húmeda estaba cubierta de cicatrices y sostenía un cetro similar… aunque notablemente más pequeño y menos elaborado. Sus enormes ojos se clavaron en Andy.
Y luego en el bastón plateado flotando frente a él, la criatura soltó un croar agudo y furioso. Como si acabara de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Andy observó al nuevo sapo avanzar lentamente por el pasillo mientras el cetro plateado flotaba a su lado emitiendo un tenue resplandor. La criatura levantó su arma y soltó un croar agresivo, él tragó saliva.
—¿Alguna idea brillante? —preguntó mentalmente al bastón, ya demasiado resignado a escuchar voces dentro de su cabeza como para sorprenderse.
La respuesta llegó de inmediato.
—Usa su propia arma en su contra. Calcula el rebote de sus esferas de energía. Yo te guiaré.
—Claro… porque eso suena fácil —murmuró Anderson.
El sapo no esperó más. Levantó el pequeño cetro y disparó una esfera de energía directamente hacia él, todo ocurrió en segundos. Andy sujetó el bastón por puro instinto y lo movió frente a sí. Entonces lo vio, un destello atravesó su mente mostrando líneas brillantes que marcaban trayectorias exactas, rebotes posibles y puntos de impacto como si el tiempo se hubiera ralentizado por un instante.
Su cuerpo reaccionó solo, golpeó la esfera con el bastón. El proyectil salió desviado hacia una pared lateral y rebotó violentamente en el ángulo exacto que había visto en aquella visión mental, el sapo apenas tuvo tiempo de reaccionar, la esfera impactó directamente contra su pecho. La explosión sacudió el pasillo entero.
La criatura salió despedida hacia atrás mientras soltaba un croar desgarrador. El pequeño cetro escapó de sus manos y cayó al suelo completamente apagado, cuando el humo comenzó a disiparse, el sapo ya no se movía. Andy quedó inmóvil varios segundos, respirando agitadamente mientras intentaba comprender lo que acababa de hacer. Entonces la voz volvió a sonar en su mente.
—Buen trabajo, portador. Este es solo el comienzo.
Andy soltó una risa nerviosa entre jadeos.
—Genial… porque claramente quería una vida más complicada.
El bastón emitió un brillo suave y descendió lentamente hasta flotar junto a él. De alguna forma extraña, la presencia del arma ya no se sentía amenazante. Se sentía… leal.
Andy observó el reflejo plateado recorriendo la superficie del bastón antes de hablar nuevamente.
—¿Por qué yo? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué confiar en mí?
Hubo un pequeño silencio, luego la voz respondió con una calma casi solemne.
—Porque, Anderson… eres el primer portador en siglos cuya mente no ha sido corrompida por el poder. El brillo del bastón pulsó lentamente.
—En ti hay algo más. Algo que ni siquiera yo puedo comprender completamente.
Andy bajó la mirada unos segundos, todo aquello era absurdo; invasiones alienígenas, sapos conquistadores, bastones parlantes.
Y ahora, aparentemente, él era parte de todo eso, soltó un largo suspiro antes de asentir lentamente.
—No sé si esto es una buena idea… pero acepto el trato.
Levantó la vista nuevamente.
—Liberar a tus “hermanos” salvará mi mundo… ¿verdad?
La voz respondió sin dudar.
—Noble de tu parte.
El bastón flotó un poco más cerca.
—Sí. Sin nosotros, los Anuribios perderán el poder que utilizan para conquistar y esclavizar. No solo liberarás este mundo… liberarás incontables mundos sometidos por ellos.
Andy permaneció en silencio un instante. Después extendió lentamente la mano, aceptando el trato. El bastón reaccionó inmediatamente. Una intensa luz plateada envolvió toda la habitación mientras el arma comenzaba a cambiar de forma. Su estructura se volvió más estilizada y ligera, adoptando un diseño elegante donde una serpiente metálica parecía enroscarse alrededor del cuerpo del bastón.
La energía recorrió el brazo de Anderson y se expandió por todo su cuerpo como una corriente cálida, entonces la voz susurró una última vez:
—El traje que ahora llevas ocultará tu identidad y amplificará tus habilidades.
La luz comenzó a envolverlo parcialmente, extendiéndose sobre su ropa como una segunda piel.
—Ahora eres algo más que un humano.
Andy respiró hondo, podía sentirlo. La energía, la fuerza, la claridad en sus pensamientos. Afuera, el caos continuaba, gritos, explosiones, croares monstruosos. Y sin embargo, por primera vez desde que todo había comenzado… ya no sentía únicamente miedo. Sujetó con firmeza el bastón renovado y salió corriendo hacia el desastre dispuesto a enfrentarlo.
—Mi poder, combinado con el traje, evitará que los tuyos te reconozcan —explicó el bastón con calma—. Solo conocerán tu identidad aquellos en quienes decidas confiar. Para todos los demás, serás un completo desconocido mientras lo lleves puesto.
Andy bajó la mirada hacia su cuerpo. La energía plateada seguía recorriendo su ropa como finas líneas luminosas antes de desaparecer bajo la tela, integrándose de forma casi invisible. Sentía el traje adherido a él como una segunda piel, ligero y cálido, pero increíblemente resistente. Todavía le costaba aceptar que estaba hablando con un bastón.
—¿Y qué hay de mis habilidades? —preguntó mientras avanzaba por el pasillo destruido—. Porque sigo intentando procesar que esto habla más que yo.
El bastón pareció ignorar el comentario.
—Por ahora, puedes usarme para petrificar a quienes golpees con mis esferas de energía. El efecto puede ser temporal o permanente dependiendo de tu intención.
El bastón flotó ligeramente a su lado.
—Además, te he otorgado una velocidad y flexibilidad superiores a las humanas.
Andy iba a preguntar qué significaba exactamente “superiores a las humanas”. Pero no tuvo tiempo, salió disparado hacia adelante. Literalmente, en un parpadeo cruzó el pasillo entero como si el espacio se hubiera comprimido frente a él. El cambio fue tan abrupto que casi perdió el equilibrio.
—¡¿Qué demonios…?!
Entonces el bastón habló de nuevo.
—Disparo a la izquierda.
Andy reaccionó por puro instinto. Su cuerpo se inclinó hacia atrás en un ángulo imposible justo cuando una esfera de energía atravesaba el lugar donde había estado su cabeza un segundo antes, el movimiento era absurdo. Ningún ser humano debería poder doblarse así sin romperse la columna.
Y sin embargo, su cuerpo respondió con naturalidad, la esfera impactó contra la pared detrás de él mientras Andy recuperaba el equilibrio. Se quedó inmóvil unos segundos, después sonrió. Una sonrisa genuina y nerviosa mezclada con adrenalina.
—Oh… esto va a gustarme.
El bastón permaneció flotando junto a él mientras continuaban avanzando entre los restos destruidos del edificio. Entonces la voz volvió a sonar con un tono mucho más serio.
—Anderson, los Anuribios son solo señuelos. Debemos ir tras el verdadero objetivo de los Cocodrilianos.
Él parpadeó confundido.
—No necesitas llamarme Anderson todo el tiempo. Andy o Ander están bien.
Esquivó otro pedazo de concreto caído antes de continuar.
—Y… ¿cuál es el objetivo? ¿Qué es un coco… lo que sea?
—Cocodriliano —repitió el bastón con paciencia—. Son la verdadera amenaza.
Hubo una breve pausa.
—Piensa en los Anuribios como un ejército… y en los Cocodrilianos como sus gobernantes.
Apenas terminó la frase, nuevas imágenes invadieron la mente de Andy. Pero esta vez no eran simples destellos. Era como si estuviera viendo recuerdos ajenos, sintiendo memorias que no le pertenecían. Entonces lo vio, la figura gigantesca de un Cocodriliano emergiendo entre humo y ruinas.
Era monstruoso, su tamaño hacía que los Anuribios parecieran insignificantes. Su presencia irradiaba una sensación aplastante de dominio y brutalidad.
La comparación apareció sola en la mente de Anderson, era como poner un T-Rex al lado de una gallina. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y qué buscan exactamente? —preguntó finalmente.
El tono del bastón se volvió más grave.
—Un cristal.
La palabra resonó con un peso extraño.
—Existe uno en cada dimensión. Son núcleos de estabilidad entre mundos. Si los Cocodrilianos obtienen el cristal de esta dimensión, será imposible expulsarlos.
Las imágenes continuaron, vio mundos enteros consumidos por oscuridad. Portales abiertos permanentemente, civilizaciones esclavizadas bajo enormes estructuras reptilianas.
—Pero si tú logras dominar el cristal… sus planes fracasarán.
Andy guardó silencio unos segundos mientras intentaba procesar toda aquella información absurda. Finalmente soltó un suspiro.
—Entonces… lo destruyo y asunto resuelto.
Se encogió apenas de hombros mientras avanzaba.
—Suena sencillo.
—¡No! —interrumpió el bastón con una firmeza tan intensa que la voz resonó en toda la mente de Andy—. Si destruyes el cristal, este mundo colapsará. La fractura dimensional atraerá todavía más invasores. Tu tarea es protegerlo a toda costa.
Andy parpadeó varias veces.
—De acuerdo… nada de destrucción. Anotado.
El bastón flotó a su lado mientras comenzaban a avanzar nuevamente entre las ruinas de la ciudad. Guiado por las indicaciones del arma mística, Andy empezó a correr.
Y correr ya no significaba lo mismo que antes, su cuerpo atravesaba calles enteras en segundos. Saltaba vehículos volcados, esquivaba escombros y cambiaba de dirección con movimientos imposibles para cualquier humano normal.
Durante el trayecto ayudó a todas las personas que pudo. Sacó a un grupo atrapado bajo restos de concreto, rescató a una mujer acorralada por dos Anuribios usando las esferas del bastón para petrificar temporalmente a las criaturas. Incluso ayudó a un hombre herido a cruzar una avenida destruida mientras los disparos de energía impactaban alrededor. Y algo curioso comenzó a ocurrir, la gente seguía asustada, pero ya no parecía aterrorizada por él. Tal vez era porque siempre aparecía justo antes de salvar a alguien.
O tal vez porque, incluso oculto bajo el traje, su forma de actuar transmitía algo diferente a las criaturas invasoras, entonces dobló una esquina y encontró otra escena caótica. Una pareja de ancianos protegía a varios niños detrás de un automóvil destruido mientras un pequeño grupo de soldados intentaba contener a los Anuribios cercanos.
Sin pensarlo, Andy corrió hacia ellos. Los niños reaccionaron inmediatamente, al verlo acercarse con aquel traje extraño y el bastón flotando a su lado, comenzaron a llorar aterrados. No podía culparlos, probablemente él también se asustaría si viera aparecer a alguien así en medio de una invasión alienígena.
Uno de los soldados levantó su arma apuntándole directamente al pecho, la tensión era evidente en su mirada.
—¿Quién eres? —preguntó con firmeza.
Andy abrió la boca.
—A…
—¡No digas tu nombre! —interrumpió el bastón telepáticamente.
Él improvisó de inmediato.
—Asper.
El soldado no bajó el arma.
—¿De dónde vienes? ¿Por qué nos ayudas?
Asper desvió la vista hacia los Anuribios que seguían aproximándose entre el humo y los edificios destruidos. No tenían tiempo para interrogatorios.
—Escucha —dijo rápidamente—. Todo esto es una distracción. Los Anuribios… esos sapos gigantes… son solo soldados.
El soldado frunció el ceño.
—Existe otra raza mucho más peligrosa —continuó Asper—. Los Cocodrilianos. Son más grandes, más fuertes y están buscando algo importante. Si lo encuentran, estamos acabados. El militar dudó apenas un instante.
—¿Más grandes y peligrosos? ¿Y cómo sé que tú no eres uno de ellos?
Asper iba a responder. Pero en ese momento aparecieron más Anuribios avanzando hacia el grupo. No había tiempo, se lanzó contra ellos. Las esferas de energía salieron disparadas desde el bastón una tras otra mientras Asper corría entre las criaturas usando aquella velocidad imposible. Algunos Anuribios quedaron convertidos en piedra tras recibir impactos directos; otros fueron derribados por rebotes calculados con precisión absurda. Y aunque la situación seguía siendo aterradora… No pudo evitar disfrutarlo un poco.
La adrenalina, la velocidad. la sensación de poder. Todo aquello era completamente absurdo… y aun así funcionaba. Cuando el combate terminó, el soldado finalmente bajó un poco el arma, respiraba agitado mientras observaba las estatuas de piedra esparcidas alrededor.
—Uno de nuestros escuadrones reportó haber visto algo parecido a un cocodrilo gigante a unos diez kilómetros de aquí.
Su expresión se oscureció.
—Perdimos contacto con ellos poco después.
—Cocodrilianos —corrigió Asper automáticamente.
El bastón brilló tenuemente.
—Debe estar cerca del cristal. Vamos.
El soldado se sobresaltó al escuchar aquella nueva voz. Retrocedió de inmediato apuntando otra vez hacia Asper.
Incluso él se sorprendió. Hasta ese momento había asumido que solo podía escuchar al bastón en su mente.
—Eso… eso habló —murmuró el soldado.
—Sí, bueno… larga historia —respondió Asper.
El bastón ignoró completamente la tensión.
—La distancia es demasiado grande. Necesitarás alas.
Anderson giró la cabeza lentamente.
—¿Alas? —preguntó incrédulo—. ¿Qué estás sugiriendo exactamente?
—No muy lejos de aquí hay un Anuribio portando un objeto místico —explicó el bastón—. Puedo sentirlo.
Su tono se volvió ligeramente más intenso.
—Ese objeto nos dará lo que necesitamos.
Anderson frunció el ceño. Eso le llamó inmediatamente la atención. ¿Otro objeto místico? Creía que el bastón era algo único. Que sus “hermanos” eran otros bastones dispersos por distintas dimensiones.
Sin embargo, decidió dejar las preguntas para después, comenzó a seguir las indicaciones del bastón atravesando calles destruidas y edificios parcialmente colapsados. Aunque, honestamente, terminó sin necesitarlas.
Porque a lo lejos distinguió claramente a un Anuribio gigantesco con enormes alas membranosas extendidas sobre la espalda. Y si eso no era lo que estaban buscando… Entonces no quería imaginar qué otra cosa podía ser.
—Bien, lo encontramos —dijo el bastón mientras ambos observaban desde lo alto de un edificio parcialmente destruido—. No será fácil, pero con una buena estrategia podrás conseguir el brazalete.
Anderson entrecerró los ojos mirando a la criatura alada que sobrevolaba las calles.
—¿Brazalete?
—Sí. Otra invención de mis creadores. No poseen el mismo nivel de poder que nosotros, los bastones, pero eso no los hace menos peligrosos.
Anderson observó con más atención al Anuribio. Las enormes alas membranosas se abrían majestuosamente detrás de su cuerpo mientras patrullaba desde el aire como un depredador seguro de sí mismo. “Oh, esas alas se ven increíbles”, pensó inevitablemente.
Entonces la criatura giró bruscamente la cabeza en dirección a él. Asper se agachó de inmediato detrás de los escombros.
—Cuidado, Asper —advirtió el bastón—. El brazalete le otorga visión de trescientos sesenta grados.
El nombre le provocó una pequeña sonrisa involuntaria. Asper, no sabía por qué había improvisado aquel nombre, pero mientras más lo escuchaba… más le agradaba.
—¿Y cómo se supone que consiga el brazalete si puede verme desde todos lados? —preguntó en voz baja.
El bastón emitió un brillo tenue.
—Los Anuribios se creen sabios y poderosos, pero sus mentes son limitadas. No comprenden realmente el poder que sostienen en sus ancas.
Asper todavía no se acostumbraba a que describiera sus manos como ancas.
—Su percepción es deficiente. Lánzale objetos por encima de la cabeza y verás cómo pierde el ritmo intentando seguirlos.
Asper parpadeó confundido.
—¿Espera… objetos? ¿No quieres decir tus esferas?
—No.
El tono del bastón se volvió inmediato y firme.
—Podrías dañar el brazalete. Y entonces perderíamos las alas.
—Buen punto.
Durante los siguientes minutos elaboraron un plan improvisado, y mientras lo hacían, Asper llegó a una conclusión importante:
Necesitaba dejar de llamarlo simplemente “bastón”. Sonaba extraño. Sobre todo considerando que conversaba con él como si fuera un compañero de toda la vida, aunque dejó ese problema para después. El arma le explicó que podía desplazarse libremente siempre que él lo permitiera, además de regresar automáticamente a su mano cuando lo invocara.
El plan era simple, y probablemente peligroso. Asper distraería al Anuribio mientras el bastón se acercaba oculto entre los escombros para atacarlo directamente.
—¿Atacarlo cómo exactamente? —preguntó Asper.
—Morderé a la criatura.
Asper giró lentamente la cabeza.
—…¿Perdón?
—Cuando muerdo a un objetivo, el efecto petrificador se activa de manera distinta a las esferas. Más lenta. Más invasiva. Vale la pena intentarlo.
Eso no sonaba tranquilizador en absoluto, pero no tenían mejores opciones. Además, había personas importantes que necesitaban ser protegidas. Y Andy haría cualquier cosa por ellas. Cuando el bastón comenzó a deslizarse silenciosamente entre los restos destruidos de la calle y estuvo lo suficientemente lejos, Asper respiró hondo y salió de su escondite. El Anuribio alado estaba a punto de atacar a un grupo de civiles atrapados. Perfecto.
—¡Oye! ¡Rana fea! —gritó Asper con todas sus fuerzas—. ¿Por qué no vuelves a tu pantano?
El efecto fue inmediato, y mucho más intenso de lo esperado. La criatura giró violentamente hacia él.
—¡¿RANA?! —rugió con una furia descomunal—. ¡¿ME ACABAS DE LLAMAR RANA?!
Las alas se extendieron completamente mientras descendía varios metros.
—¡Soy la Anuribio más hermosa que existe, inútil humano!
Anderson parpadeó sorprendido.
—¿Eres hembra?
Hubo un silencio absoluto. Incluso el bastón pareció quedarse callado en su mente.
—¡¿QUÉ CLASE DE PREGUNTA ES ESA?!
“Bueno… esto salió distinto a lo planeado”, pensó Asper. Su intención era distraerla, no provocar una crisis existencial. Pero al menos había captado toda su atención, y eso era lo importante.
La Anuribio comenzó a perseguirlo con una furia descontrolada.
Tal como el bastón había advertido, no tenía puntos ciegos. Disparaba esferas de energía desde el aire mientras descendía en picada una y otra vez. Asper esquivaba como podía usando la velocidad y flexibilidad que le entregaba el traje.
Entonces decidió arriesgarse con algo todavía más estúpido y suspiro antes de decirlo.
—¡Oye! ¡Rana miedosa! —gritó mientras corría—. ¿Tanto me temes que solo vuelas? Seguro que las hembras, además de feas, son débiles.
El resultado fue inmediato.
—¡¿QUÉEEEE DIJISTE?! —rugió ella mientras parecía incendiarse de ira—. ¡HUMANO INSOLENTE! ¡Estas alas son un símbolo de prestigio y solo los dignos pueden portarlas!
Asper sonrió apenas.
—¿Dignos? Más bien débiles. Seguro alguien pagó para que te las dieran. No pareces lo suficientemente fuerte para ganártelas sola.
Eso terminó de destruir cualquier resto de autocontrol que le quedaba. La Anuribio soltó un chillido de furia mientras las personas cercanas incluso comenzaban a reír nerviosamente al escuchar la discusión. Y eso solo empeoró todo.
—¡HUMANOOOOOOOO! ¡VAS A MORIIIIIIIIIR!
La criatura se lanzó directamente hacia él cegada por la rabia. Exactamente lo que necesitaban. Justo cuando descendió lo suficiente, el bastón salió disparado desde su escondite. Y la mordió.
Los colmillos metálicos se hundieron directamente en el cuerpo del Anuribio, ella soltó un croar desgarrador y golpeó violentamente al bastón, enviándolo lejos. Pero apenas Asper levantó la mano, el arma regresó volando inmediatamente hacia él.
—Bien hecho, Asper —dijo el bastón con evidente satisfacción—. Los Anuribios son extremadamente temperamentales. Lo que dijiste anuló por completo su capacidad de pensar.
Asper soltó una pequeña risa nerviosa.
—Sí… bueno. El ego suele ser bastante frágil. Y supongo que tengo cierta habilidad para leer emociones.
La Anuribio comenzó a tambalearse. Su respiración se volvió errática.
—¿Qué… me hiciste…? —preguntó aterrada—. ¿Qué ocurrió con el cetro de poder? ¿Dónde está el rey?
Giró desesperadamente hacia el bastón.
—¡Cetro de poder! ¡Como comandante de alto rango te ordeno que respondas!
El bastón emitió un brillo frío.
—Ya no obedezco a los Anuribios, tonta.
Hubo una breve pausa.
—Pero responderé esto: el rey murió a manos de las ancas de su propio consejero.
La criatura abrió los ojos horrorizada.
—¡Mientes! ¡El humano te obliga a mentir! ¡Es obvio que él asesinó al rey!
Asper sintió una punzada incómoda de culpa. Porque técnicamente… sí había participado bastante en eso.
—El humano no me obliga a nada —respondió el bastón—. A diferencia de ustedes, su corazón no alberga maldad.
La Anuribio intentó responder.
—No… pudo… no…
Nunca terminó la frase, su cuerpo comenzó a petrificarse lentamente desde las extremidades. Pero no era como las esferas. Era peor, mucho peor.
La piedra avanzaba lentamente mientras la criatura todavía podía moverse y sentir. Luego partes de su cuerpo recuperaban movilidad apenas para volver a endurecerse otra vez en un ciclo aterrador. Anderson dio un paso hacia ella, horrorizado, el bastón lo detuvo inmediatamente. Y menos mal que lo hizo.
Porque segundos después, el cuerpo entero de la Anuribio comenzó a alternar violentamente entre piedra y carne hasta que finalmente se quebró por completo. Y se desintegró en una nube de polvo gris arrastrada por el viento.
—¿Esto pasa cada vez que muerdes a alguien? —preguntó Asper mientras observaba el montón de polvo gris que antes había sido la Anuribio alada.
Todavía le costaba creer lo que acababa de presenciar. El bastón flotó lentamente a su lado.
—Solo ocurre de esa forma con especies como los Anuribios. El efecto cambia dependiendo del organismo afectado.
Anderson decidió no profundizar demasiado en eso, por el momento. Entre los restos dispersos encontró un objeto metálico parcialmente enterrado bajo el polvo. Era un brazalete delgado y brillante, cubierto por pequeños grabados que parecían alas estilizadas.
—El Brazalete de Libélula —explicó el bastón—. Te otorgará velocidad aérea y visión completa de tu entorno.
Asper lo observó con curiosidad.
—Suena útil.
Aunque había un problema evidente. El brazalete parecía enorme comparado con su muñeca. Sin embargo, apenas lo colocó sobre el brazo, el objeto comenzó a ajustarse automáticamente. El metal se contrajo suavemente hasta encajar perfectamente.
—Eso es… bastante conveniente.
El brazalete brilló intensamente. Un cosquilleo recorrió todo su cuerpo, parecido al que había sentido cuando aceptó el vínculo con el bastón. Entonces aparecieron unos lentes translúcidos cubriendo sus ojos. Y algo surgió detrás de su espalda, Asper se giró de inmediato alarmado.
—Bastón… ¿qué es lo que siento en mi espalda?
—Las alas de libélula —respondió tranquilamente.
Anderson abrió los ojos horrorizado.
—¡¿QUÉ?! ¡Dime que esas cosas se pueden ocultar!
Lo primero que cruzó por su mente no fue el peligro. Fue su ropa, sus camisetas favoritas. Y el pequeño detalle de tener que explicarle a la gente por qué ahora tenía alas gigantes. El bastón respondió con total naturalidad.
—Claro que pueden ocultarse. El brazalete, igual que yo, responde a tus pensamientos. Solo imagina que desaparecen.
Anderson lo intentó, las alas desaparecieron inmediatamente. Volvió a concentrarse y reaparecieron.
—Oh… esto definitivamente es extraño.
Le tomó varios intentos acostumbrarse, pero una vez logró estabilizarse en el aire… Todo cambió. Las alas eran increíblemente rápidas. El viento golpeaba su rostro mientras sobrevolaba la ciudad destruida y los lentes especiales le permitían observar prácticamente todo a su alrededor con una precisión absurda.
No existían puntos ciegos. Era como ver el mundo completo al mismo tiempo. Mientras volaba, el bastón continuó explicándole más sobre las especies invasoras.
Los Sauronantes.
Los Anuribios.
Los Cocodrilianos.
Y otras razas todavía peores.
Según el bastón, los Cocodrilianos eran los más grandes y poderosos de todos. Solo imaginarlo le provocó un escalofrío, entonces algo cruzó el cielo a centímetros de él. Asper reaccionó por puro instinto y esquivó un misil girando bruscamente en el aire.
—¡¿Qué demonios?!
Miró hacia abajo rápidamente. Gracias a los lentes pudo distinguir soldados enfrentándose contra varios Anuribios entre calles destruidas y vehículos incendiados.
No estaba claro quién había disparado el misil. Y honestamente, tampoco importaba demasiado, seguía en medio de una guerra.
—Debemos continuar —insistió el bastón—. Otros podrían encontrar el cristal antes que nosotros.
Anderson observó el combate debajo suyo, los soldados estaban perdiendo terreno, los civiles seguían atrapados. Y aunque entendía la importancia del cristal… No podía simplemente ignorarlo. Tomó una decisión, descendió volando entre los edificios mientras disparaba esferas de energía desde las alturas para distraer a los Anuribios y permitir que los militares recuperaran ventaja.
El bastón protestó varias veces, pero Asper ignoró las quejas. Además, si realmente iba a enfrentarse a un Cocodriliano… Necesitaba práctica, y rápido. Finalmente, el bastón proyectó una ruta luminosa sobre los lentes.
—El Cocodriliano está cerca.
Asper siguió la dirección… y luego se detuvo abruptamente.
—¿El museo? —preguntó confundido—. ¿La cosa más peligrosa del universo está en el museo que visito una vez al mes?
Miró el enorme edificio parcialmente dañado frente a él.
—Pensé que algo así estaría oculto en una instalación secreta del gobierno o algo parecido.
—No diría que es lo más peligroso del universo —respondió el bastón—. Pero sí es el Cristal Dimensional.
Anderson frunció el ceño.
—¿Eso es exactamente lo que estamos buscando? ¿Cómo se supone que se ve?
Hubo una breve pausa.
—Es difícil de definir. Su apariencia cambia dependiendo de la dimensión. Puede ser enorme… o tan pequeño como una semilla.
Eso no ayudaba en absoluto.
—Pero no te preocupes —continuó el bastón—. Reconoceré su energía cuando estemos cerca. Es imposible ignorarla.
Asper no se sintió más tranquilo después de escuchar eso. Entró cuidadosamente al museo, cada sombra parecía esconder algo, cada sonido lo hacía tensarse. Sabía perfectamente que el cristal no podía estar solo, alguien más estaba buscándolo. Y entonces escuchó el gruñido, profundo, gutural, pesado.
Seguido por pasos que hacían vibrar el suelo, Asper se asomó lentamente desde una puerta destruida.
Y lo vio, la criatura medía al menos cuatro metros y medio.
Su cuerpo musculoso apenas cabía entre las exhibiciones del museo y una enorme cola destruía vitrinas y esculturas accidentalmente mientras avanzaba. Asper sintió el estómago hundirse.
—¿Qué… qué es eso? —pensó intentando no entrar en pánico.
—Un Cocodriliano —respondió el bastón—. Y afortunadamente solo enviaron uno. No consideran peligrosa a la humanidad.
Asper abrió los ojos.
—¡¿SOLO UNO?! ¡Esa cosa podría matarme cien veces antes de que podamos petrificarla!
—Su piel es extremadamente resistente y la armadura complica la petrificación —admitió el bastón—. Pero no es invencible.
Asper observó cómo la criatura recorría torpemente el museo buscando algo. Lo extraño era que no había alarmas, ni luces. Probablemente la energía estaba cortada, el bastón explicó que el mismo Cristal parecía interferir con la búsqueda del Cocodriliano.
Era una carrera contrarreloj, entonces propuso un plan.
—Puedo cargar un disparo capaz de atravesar su piel… pero necesitaré tiempo.
Asper no tuvo que preguntar qué significaba eso.
—Y mientras tanto yo debo distraerlo —murmuró.
—Correcto.
Asper respiró profundamente. Y luego hizo algo que ni él mismo pudo justificar; tal vez eran los nervios, tal vez el estrés. O tal vez simplemente era idiota.
—¡Oye, lagartija fea con esteroides! —gritó desde el otro extremo del museo—. ¿Qué haces en mi dimensión?
El Cocodriliano giró lentamente la cabeza. Sus enormes ojos reptilianos se clavaron en él con absoluto desprecio.
—¿Lagartija? —gruñó con voz monstruosa—. Endeble humano… disfrutaré masticarte lentamente.
La criatura avanzó inmediatamente. Era lenta, pero su tamaño y fuerza hacían que incluso moverse torpemente resultara aterrador. Asper tomó varias armas decorativas de las exhibiciones: lanzas, espadas antiguas, cualquier cosa que pareciera útil. Las arrojó, intentó cortar, golpear. Nada funcionó, las escamas del Cocodriliano eran prácticamente impenetrables.
Entonces notó algo, los ojos, ahí no había escamas.
Corrió hacia otra sala y encontró varias latas de pintura usadas en una restauración, fue perfecto. Comenzó a lanzarlas; una explotó directamente contra la cara del monstruo. Otra se estrelló sobre su mandíbula, pintura roja y azul comenzó a cubrirlo completamente.
—¡BASTA, HUMANO! —rugió furioso—. ¡DEJA DE ENVENENARME CON TUS TRUCOS!
La pintura claramente no le hacía daño, pero sí lo enfurecía. Y eso era suficiente, la criatura comenzó a perseguirlo destruyendo vitrinas, estatuas y columnas enteras a su paso. Asper corrió tan rápido como pudo. Y justo cuando sintió que el Cocodriliano estaba a punto de atraparlo… Las alas aparecieron nuevamente detrás de su espalda.
Con un salto desesperado, Asper se impulsó hacia arriba. Las alas de libélula vibraron a una velocidad absurda y lo elevaron por el aire justo cuando el enorme brazo del Cocodriliano intentaba atraparlo.
La criatura rugió furiosa. Acto seguido comenzó a arrancar objetos del museo para lanzárselos, una estatua pasó girando peligrosamente cerca de su cabeza, otra impactó contra una pared explotando en pedazos.
—¡Esto definitivamente no estaba en mis planes! —pensó mientras esquivaba por centímetros un enorme fragmento de mármol.
Entonces ocurrió algo extraño, una figura apareció volando junto a él. Asper giró sobresaltado… Y se encontró observándose a sí mismo. Era una copia exacta, misma ropa, mismo movimiento. Incluso replicaba sus expresiones. La ilusión se desplazaba por el aire como si hubiera estado allí desde el principio.
—¡Eso fue nuevo! —exclamó sorprendido.
El bastón respondió inmediatamente.
—Las alas poseen funciones avanzadas de distracción y percepción. Tu estrés activó una de ellas.
—Claro. Porque aparentemente ahora desbloqueo habilidades bajo presión.
Aun así, la idea comenzó a gustarle rápidamente. Voló hacia el otro extremo del salón principal mientras el Cocodriliano intentaba decidir cuál de las dos figuras era real.
—¿Qué pasa, gigantonto? —gritó Anderson desde el aire—. ¿No eres lo suficientemente listo para atraparme?
La criatura se detuvo confundida, sus ojos iban de una figura a otra, era exactamente la apertura que necesitaban. Entonces el bastón habló con urgencia.
—¡Ahora, Asper!
La voz resonó en su mente con intensidad.
—También detecto el cristal. Está cerca… una de las gemas de esa corona.
Anderson dirigió la vista rápidamente hacia el pedestal central del museo. Allí descansaba una antigua corona adornada con múltiples piedras brillantes. El Cocodriliano también la había detectado. Y reaccionó de inmediato.
—¡NO PUEDES TOCARLO! —rugió abalanzándose hacia el pedestal.
Asper descendió en picada. En el último segundo dejó una ilusión en el aire y cambió de dirección violentamente. El Cocodriliano destruyó la copia falsa de un golpe mientras Asper aterrizaba junto al pedestal. Tomó la corona inmediatamente, era pesada. Más de lo esperado. Las gemas brillaban tenuemente bajo las luces de emergencia del museo. Pero había un problema, no tenía idea de cuál era el Cristal Dimensional.
—Genial… una corona llena de piedras brillantes. Súper específico.
Murmuró mientras volvía a elevarse. El Cocodriliano parecía completamente fuera de sí, agotado, furioso. Y ahora desesperado, comenzó a lanzar absolutamente todo lo que encontraba: vitrinas, esculturas, columnas enteras arrancadas del suelo.
—¿Cómo puede un simple humano ser tan molesto? —gruñó con odio.
Asper esquivó otra columna girando en el aire.
—¿Simple? —respondió con una sonrisa nerviosa—. Tal vez deberías preguntarle a mi bastón.
La criatura apenas tuvo tiempo de reaccionar. Un rayo cegador atravesó el museo, el impacto golpeó directamente el pecho del Cocodriliano. La explosión hizo temblar todo el edificio, el monstruo rugió con un sonido tan brutal que las vitrinas restantes se hicieron añicos. Entonces comenzó la petrificación, la piedra se extendió lentamente por su cuerpo monstruoso mientras enormes grietas recorrían sus escamas. El bastón descendió flotando frente a Anderson, y volvió a transformarse. Esta vez adoptó la forma de una espada plateada cubierta de símbolos luminosos.
—Termínalo —dijo con calma.
En ese mismo instante el ejército irrumpió dentro del museo. Disparos, gritos, órdenes.
Las balas impactaban contra el Cocodriliano petrificándose lentamente mientras los soldados intentaban contener algo que claramente no comprendían.
Asper aprovechó la distracción, descendió en picada sosteniendo la espada con ambas manos y atacó directamente la enorme grieta que el rayo había abierto en el torso de la criatura.
La hoja atravesó la abertura, el Cocodriliano soltó un último rugido congelado a mitad del sonido. Y finalmente quedó convertido por completo en piedra. Silencio… El museo entero quedó inmóvil. Solo el eco de la respiración agitada de Asper rompía la quietud. Habían ganado, al menos esa batalla.
Pero afuera… La guerra apenas comenzaba. Entonces escuchó el sonido metálico de armas cargándose, levantó lentamente la mirada. Decenas de soldados lo rodeaban apuntándole directamente, tensos, preparados para disparar.
La espada en su mano vibró apenas, como esperando una orden, Asper evaluó rápidamente sus opciones. Podía atacar, podía escapar. Y honestamente, probablemente era lo más seguro. Pero antes de que decidiera, una voz autoritaria resonó entre los militares.
—¡Suficiente!
Todos se detuvieron inmediatamente. Un hombre avanzó entre los soldados mientras observaba la gigantesca estatua del Cocodriliano.
—Bajen las armas y formen un perímetro. Que nadie entre al museo.
Se cruzó de brazos observando el desastre alrededor.
—Esto va a causar un revuelo enorme… aunque probablemente no tanto como las ranas gigantes.
Asper reconoció la voz enseguida. Era el mismo soldado que había encontrado antes, solo que ahora todos respondían al unísono:
—¡Sí, general!
Asper parpadeó sorprendido. General, eso explicaba muchas cosas. El hombre se acercó lentamente mientras los demás obedecían las órdenes, había cansancio en su rostro, pero también cierta curiosidad. Y algo parecido al alivio.
—Gracias por salvarnos de esa cosa —dijo finalmente con una sonrisa que mezclaba ironía y sinceridad—. Cuando escuché los reportes sobre un enorme cocodrilo siendo atacado… supuse que estarías aquí.
Su mirada se dirigió brevemente hacia la espada plateada. Luego volvió a Asper.
—¿Cómo dices que te llamas?
Asper permaneció inmóvil varios segundos, sabía perfectamente lo que el general estaba intentando hacer, y también sabía que el hombre no era ningún idiota.
—Asper —respondió Anderson sin rodeos—. Así me conocen. Y gracias por no disparar.
El general soltó una pequeña carcajada cansada mientras observaba la enorme estatua petrificada del Cocodriliano.
—Bueno, el ejército quedaría como enemigo público si atacáramos al gran salvador de la ciudad.
Señaló discretamente a algunos soldados que grababan con sus teléfonos a escondidas.
—Además, eres tendencia en internet. Los jóvenes de hoy prefieren grabar monstruos gigantes antes que escapar de ellos.
Asper sintió varias miradas incómodas sobre él. Algunos soldados seguían apuntándole con evidente desconfianza. Otros parecían demasiado confundidos para decidir si debía considerarse una amenaza o un aliado. Entonces el general volvió a hablar, esta vez mucho más serio.
—Dime algo, Asper… ¿qué tanto sabes realmente sobre este ataque?
Anderson dudó apenas un instante. Luego fingió ignorancia.
—No demasiado. Solo sé que esas criaturas estaban buscando algo aquí en el museo.
Miró brevemente la corona que sostenía.
—Pero no sé exactamente qué era.
Antes de que el general pudiera continuar interrogándolo, un soldado apareció apresuradamente entre los restos del museo.
—¡General! Ya aseguramos al cocodrilo mutante.
Anderson hizo una mueca. “Cocodrilo mutante” probablemente era la explicación más simple que el ejército podía dar por ahora.
—¿Qué hacemos con las personas petrificadas? —preguntó el soldado.
Asper bajó lentamente la mirada hacia el bastón. El arma vibraba suavemente en su mano, entonces escuchó nuevamente aquella voz dentro de su mente.
—Puedes revertirlo.
El tono del bastón casi parecía divertido.
—Los humanos petrificados por mis rayos o por las armas derivadas de mi energía pueden ser liberados. Los Anuribios utilizaron fragmentos de mi poder para crear esas armas.
Asper observó a los soldados convertidos en piedra, algunos estaban atrapados en posiciones defensivas. Otros parecían haber intentado huir.
—¿Seguro que esto no liberará también al cocodrilo gigante? —preguntó el general con evidente escepticismo.
Asper improvisó una mentira con mucha más confianza de la que realmente sentía.
—Descuide. Solo los humanos serán liberados.
Levantó ligeramente el bastón.
—Las criaturas permanecerán petrificadas… hasta que yo decida lo contrario.
La frase sonó muchísimo más intimidante de lo que pretendía. Y probablemente eso ayudó, se acercó al soldado petrificado más cercano y apoyó una mano sobre la superficie de piedra. Una luz tenue recorrió inmediatamente el cuerpo inmóvil, por un instante no ocurrió nada. Luego pequeñas grietas comenzaron a extenderse lentamente. La piedra se quebró, y finalmente el soldado inhaló aire violentamente mientras recuperaba la movilidad. Cayó de rodillas jadeando, vivo. Los demás militares observaron la escena en absoluto silencio. Uno por uno, Asper fue liberando a cada persona petrificada. Todos regresaban desorientados, agotados y extremadamente deshidratados, pero vivos. Cuando terminó con el último soldado, respiró profundamente intentando ocultar su propio agotamiento.
—Estarán bien con descanso e hidratación —explicó—. Pero esto todavía no termina.
Miró hacia el cielo visible a través del techo destruido del museo, el enorme portal seguía abierto.
—Voy a cerrar eso.
El general pareció querer detenerlo para seguir interrogándolo, pero Asper ya había decidido marcharse. Las alas aparecieron detrás de él con un brillo metálico, y antes de que alguien pudiera reaccionar, múltiples ilusiones idénticas a él surgieron en distintas direcciones y salieron volando simultáneamente.
Los soldados quedaron completamente confundidos, desde las alturas, Asper alcanzó a escuchar parte de una conversación debajo.
—¿Por qué no lo arrestamos cuando tuvimos oportunidad? —preguntó uno de los soldados—. Es obvio que sabe mucho más de lo que dice.
El general tardó unos segundos en responder.
—Porque es mejor no hacerlo enojar.
Observó la estatua gigante del Cocodriliano.
—Nos salvó hoy. Y honestamente… me tranquiliza saber que existe alguien capaz de enfrentarse a estas cosas.
Asper regresó discretamente a la escuela, necesitaba mantener las apariencias. Encontró un aula vacía y creó una barricada improvisada para que pareciera que había permanecido escondido allí durante todo el ataque. Solo entonces volvió a mirar la corona, o lo que quedaba de ella.
—¿Esta cosa causó tantos problemas? —preguntó sosteniéndola con evidente desdén.
El bastón respondió inmediatamente.
—Parece que, de alguna forma, la corona misma era el Cristal Dimensional.
Anderson frunció el ceño.
—¿Cómo que “era”?
—El cristal fue pulverizado y mezclado durante la fundición de la corona.
Eso hizo que el estómago de Anderson se hundiera.
—¿Estás diciendo que no podemos cerrar el portal?
—No. Cerrarlo será sencillo.
El bastón flotó lentamente más cerca de la corona.
—Pero necesitarás utilizarla.
Anderson miró nuevamente el objeto.
—Genial. Porque claramente combina perfecto con mi outfit.
Suspiró pesadamente.
—¿Se supone que debo llevar una corona robada del museo a todos lados? ¿Cómo explico eso exactamente?
El bastón respondió con total naturalidad.
—La corona está compuesta principalmente de metal. Puedo absorberla.
Anderson parpadeó.
—…¿Perdón?
—Así no tendrás que cargarla físicamente. Aunque necesitarás mi ayuda para abrir y cerrar portales.
Anderson soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso suena sospechosamente conveniente.
Sin responder, el bastón se acercó lentamente a la corona, y entonces comenzó. El metal empezó a derretirse como cera líquida. Las gemas brillaron intensamente antes de fragmentarse en pequeños destellos luminosos que fueron absorbidos uno por uno dentro del bastón. La transformación fue fascinante, y algo aterradora. Nuevos patrones aparecieron grabados sobre la superficie plateada del arma. Líneas complejas y símbolos antiguos comenzaron a pulsar con energía propia. El bastón ya no parecía simplemente poderoso, ahora parecía algo ancestral, algo peligroso. Asper observó todo en silencio. Todavía sentía que estaba atrapado dentro de un sueño absurdo del que no lograba despertar.
—¿Eso es todo? —preguntó finalmente, aunque una parte de él sospechaba que nunca era “todo”.
—No exactamente —respondió el bastón—. Ahora sosténme y conéctate con el portal.
Andy tragó saliva.
—Cuando sientas la energía, imagínala como una puerta. Después… ciérrala.
Él sujetó el bastón firmemente. Una descarga eléctrica recorrió inmediatamente todo su brazo, el aire pareció vibrar a su alrededor, cerró los ojos. Y entonces sintió el portal, era gigantesco. Un remolino de energía caótica rugiendo a kilómetros de distancia. Salvaje, violento, hambriento. Andy respiró profundamente e intentó visualizarlo de otra forma.
No como una tormenta, ni como una grieta dimensional. Solo una puerta, una enorme puerta abierta, al principio no ocurrió nada. Pero luego algo cambió, como si el bastón hubiera sincronizado su mente con aquella energía descontrolada. Entonces escuchó un pequeño chasquido, y el rugido desapareció, quedando en silencio.
Andy abrió los ojos sobresaltado. A través de la ventana vio cómo el enorme portal comenzaba a cerrarse lentamente en el cielo.
Había funcionado. Además, pudo ver cómo los Anuribios restantes eran arrastrados violentamente hacia el interior antes de desaparecer.
—¿Efecto del cristal? —preguntó jadeando.
—Algo parecido —respondió el bastón.
Asper apenas tuvo tiempo de relajarse antes de escuchar nuevamente la voz en su mente.
—La destransformación será lo más difícil que harás hoy.
Él soltó una risa cansada.
—Por favor. Peleé contra un ejército de ranas gigantes, un cocodrilo monstruoso y cerré un portal dimensional.
Miró el traje.
—Creo que puedo quitarme un traje.
El bastón guardó silencio un instante.
—El problema es que utilizaste mi energía sin entrenamiento. Para destransformarte deberás devolver parte de esa energía.
Andy comenzó a sospechar hacia dónde iba aquello.
—…¿Y eso significa?
—Que probablemente te desmayes durante el proceso.
Hubo un pequeño silencio.
—Pero no moriré, ¿verdad? —preguntó inmediatamente.
—No.
El bastón sonó demasiado tranquilo para su gusto.
—Aunque durante unos minutos sentirás que sí.
Andy cerró los ojos lentamente.
—Estupendo…
Y justo después, el bastón comenzó el proceso. El traje comenzó a deshacerse lentamente, primero las placas del pecho, luego los guantes, después las botas.
Cada fragmento se convertía en pequeñas partículas luminosas que eran absorbidas nuevamente por el bastón, como si la energía regresara a su origen. Al principio, Andy sintió alivio, ligereza. Pero apenas unos segundos después, el agotamiento cayó sobre él como un edificio entero.Las piernas dejaron de responderle, su cuerpo perdió fuerza de golpe. Terminó sentado en el suelo del aula improvisada, respirando con dificultad mientras sentía cada músculo arder.
—Oye… por cierto… —murmuró con voz arrastrada—. ¿Cuál es tu nombre?
El bastón permaneció flotando frente a él.
—¿Nombre? —preguntó confundido—. ¿Para qué necesitaría uno?
Andy soltó una risa débil.
—Porque llamarte “bastón” es… aburrido…
Dejó caer la cabeza contra una silla cercana, otra vez la voz respondió tras unos segundos de silencio.
—Nunca tuve uno. Fui creado para servir, no para ser nombrado.
Por primera vez desde que lo conocía, Anderson percibió algo extraño en el tono del arma, melancolía.
Como si aquella idea jamás hubiera cruzado su mente, él cerró lentamente los ojos mientras el cansancio seguía aplastándolo.
—Pues… te llamaré… Zerp…
El bastón guardó silencio.
—Me gusta Zerp…
Su voz apenas era un murmullo ya.
—¿Te gusta Zerp? Porque Zerp será…
No terminó la frase, el sueño lo venció antes. Todo se volvió confuso después de eso, escuchaba voces, pasos. Gente moviéndose cerca suyo. Reconocía algunas voces, pero no lograba entender dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado.
Intentó abrir los ojos, lo que fue mala idea, había demasiada luz.
—Mira, el bello durmiente despertó.
Andy hizo una mueca automáticamente. Conocía esa voz demasiado bien.
—¿Dónde estoy? —gruñó todavía aturdido—. Thiago… más te vale no haber usado mi celular para sacarme fotos.
Una risa inmediata respondió cerca suyo.
—Tranquilo, no pude usarlo. Cambiaste la contraseña otra vez, tramposo.
Andy finalmente logró enfocar la vista. Y sí, ahí estaba. Thiago, su mejor amigo, el ser humano más insoportable, despreocupado y ridículamente confiable que conocía. La clase de persona capaz de hacer chistes durante un apocalipsis, y honestamente… Probablemente eso era lo que lo hacía soportable. Thiago había estado allí cuando Andy tuvo problemas años atrás. Cuando prácticamente todos desaparecieron de su vida, era uno de los pocos que realmente se había quedado.
—Ya déjalo —intervino otra voz—. El pobre fue convertido en piedra por salvarme y a otros.
Lina apareció junto a la cama con los brazos cruzados, aunque claramente aliviada.
—¿Estás bien, Andy? ¿Cómo te sientes?
Thiago soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a Andy.
—Oh, Lina, exageras demasiado. Es Ander. Seguro pasó por cosas peores que convertirse en decoración de jardín.
—¿Decoración de…? —murmuró Anderson todavía procesando todo.
Como nadie respondía directamente sus preguntas, comenzó a unir piezas por su cuenta. Hospital, petrificación, despertar. Probablemente lo encontraron inconsciente después de que volvió a la normalidad, eso significaba que… Sus cosas, el bastón, el brazalete. La sangre se le heló de golpe, no recordaba haberlos ocultado antes de desmayarse.
¿Y si el ejército los tenía? ¿Y si ahora mismo estaban desmontando a Zerp en algún laboratorio secreto? Intentó incorporarse inmediatamente.
—Oye, cuidado —dijo Thiago empujándolo suavemente de regreso a la cama—. Todavía estás débil.
Andy ignoró el comentario.
—¿Dónde estamos exactamente? ¿Qué pasó en la escuela?
Intentó sonar neutral. Pero conocía demasiado bien a Thiago, mentir nunca había sido su fuerte. Siempre le aparecía un pequeño tic nervioso cerca del ojo cuando intentaba ocultar algo. Y sinceramente, Andy encontraba eso divertidísimo.
—Estamos en un hospital provisional —explicó Thiago—. Después del ataque quedaron pocos hospitales funcionando.
Eso explicaba por qué no reconocía el lugar, el ambiente era extraño, improvisado. Demasiada gente moviéndose, demasiado silencio incómodo entre conversaciones. Thiago siguió hablando mientras Andy intentaba ordenar todo mentalmente. El ejército había tomado el control de varias zonas, la ciudad seguía parcialmente destruida. Y un “héroe misterioso” se había vuelto viral después de salvar civiles durante el ataque. Andy sintió una incomodidad inmediata al escuchar eso.
—Ah, y tu familia está bien —añadió Thiago—. Aunque estuviste inconsciente bastante tiempo.
Anderson frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo?
Thiago sonrió, demasiado lento. Eso era mala señal.
—Tres años.
El mundo se congeló.
—¿¡QUÉ!? —gritó Andy tan fuerte que probablemente medio hospital lo escuchó.
Lina apareció inmediatamente otra vez.
—¡THIAGO!
Le dio un golpe en el brazo antes de mirar a Andy.
—No le hagas caso, idiota. Solo pasaron tres horas.
Anderson sintió un alivio brutal atravesarle el cuerpo. Cerró los ojos soltando el aire lentamente.
—Voy a matarte algún día… —murmuró mirando a Thiago.
Thiago sonrió orgulloso.
—Pero admitelo. Por un segundo te lo creíste.
Y lo peor era que sí. Después de pelear contra ranas gigantes, cocodrilos interdimensionales y cerrar un portal en el cielo… Tres años inconsciente ya no sonaba tan imposible.
—Tranquila, Lina, solo era una pequeña broma —dijo Thiago mientras levantaba las manos en señal de inocencia.
Selina lo fulminó con la mirada.
Y luego comenzó a dedicarle una serie de insultos tan creativos que Andy estuvo bastante seguro de que algunos deberían considerarse arte moderno. Prefirió no intervenir, la doctora apareció poco después, acercándose a la cama con una tableta en las manos y expresión profesional. A diferencia de Thiago y Lina, ella no parecía interesada en hacer bromas.
Comenzó a hacer preguntas con la precisión de una detective, cómo se sentía, qué recordaba, cómo había sobrevivido, si había estado expuesto directamente a las criaturas. Andy respondió con cuidado. Omitió completamente la parte de las alas, el bastón, el Cocodriliano y la batalla dentro del museo.
Simplemente explicó que recordaba muy poco después del caos inicial y que posiblemente uno de los “sapos gigantes” había atacado accidentalmente a otro durante el combate.
Y, sorprendentemente, varios testigos parecían respaldar algo parecido. Después de todo, más de una persona había visto a un Anuribio matar a otro.
La doctora no pareció completamente convencida, pero tampoco tenía pruebas para cuestionarlo. Le realizaron varias pruebas adicionales y finalmente tomaron una muestra de sangre.
—Queremos estudiar posibles efectos secundarios de la petrificación —explicó ella—. No sabemos exactamente cómo funciona ese fenómeno.
“Yo tampoco”, pensó Andy. Aunque técnicamente conocía a alguien que sí. Finalmente le entregaron una botella de agua y le informaron que podía retirarse después de cambiarse. Thiago apareció poco después sosteniendo una bolsa con su ropa.
—Mira qué buen amigo soy.
Andy abrió la bolsa mientras bebía agua. El brazalete seguía ahí, eso hizo que una enorme tensión abandonara su cuerpo. Pero también encontró otra cosa. Un anillo plateado que definitivamente no recordaba haber visto antes, lo observó confundido.
Tal vez Thiago lo había puesto allí, era exactamente el tipo de cosa rara que haría.
Siempre le daba vergüenza entregarle regalos directamente, así que prefería esconderlos en mochilas, bolsillos o cajones para que Andy los encontrara después. Cuando terminó de cambiarse, salió al pasillo y encontró a Lina esperándolo.
—Thiago irá por tu auto —explicó ella.
Andy soltó una risa inmediata.
—¿Cómo dejaste que Thiago buscara mi auto? ¿Te besó o algo para convencerte?
Lina casi se atragantó.
—Cállate, Anderson… o te dejaré caminando.
Andy sonrió apenas.
Solo lo llamaba “Anderson” cuando estaba molesta o avergonzada. Y por cómo evitó mirarlo… Definitivamente había tocado algún nervio. Caminaron por los pasillos improvisados del hospital mientras alrededor suyo seguían atendiendo heridos.
Algunas personas todavía permanecían petrificadas parcialmente. Otras estaban siendo liberadas lentamente, Andy observó cada estatua humana con creciente inquietud.
Tendría que preguntarle a Zerp por qué algunos seguían convertidos en piedra. El camino continuó en silencio durante varios minutos, pero no era incómodo. Al menos no para él, su mente estaba demasiado ocupada imaginando escenarios imposibles. El ejército, los portales, los Sauronantes, los otros bastones.
Todo giraba dentro de su cabeza como una tormenta imposible de detener. No se dio cuenta de que Selina había cambiado de dirección hasta que vio calles desconocidas.
—Eh… eso no es camino a mi casa.
Lina apretó un poco el volante antes de responder.
—Tu barrio está rodeado por el ejército.
Andy la miró inmediatamente.
—¿Qué?
—Una nave cayó cerca de tu casa. Están retirando restos y acordonaron toda la zona.
Su voz bajó ligeramente.
—No dejan entrar a nadie. Así que… te quedarás con Thiago unos días.
Hubo un pequeño silencio. Entonces Lina respiró hondo.
—Lo siento.
Andy parpadeó confundido. ¿Eso era lo que realmente le preocupaba? No el ejército, no las naves, no las ranas gigantes. Sino disculparse, el auto siguió avanzando lentamente mientras las luces de la ciudad destruida se reflejaban sobre las ventanas. Finalmente Lina volvió a hablar, casi en un susurro.
—Andy… yo… perdón.
Andy giró hacia ella.
—¿Por qué?
Y realmente no lo entendía. Lina mantuvo la vista fija al frente.
—Es mi culpa que te convirtieras en piedra.
Sus manos se tensaron sobre el volante.
—Si yo no hubiera…
—Basta.
La interrumpió inmediatamente.
Su voz fue firme y seria esta vez.
—No me obligaste a hacer nada, ¿ok?
Lina guardó silencio.
—Yo tomé esa decisión.
Andy apoyó el brazo sobre la puerta mientras la miraba.
—Decidí salvarte a ti… y como a trescientos estudiantes más.
—Solo eran unos doscientos cincuenta y siete… —murmuró ella automáticamente.
Luego suspiró.
—Pero entiendo el punto.
Desvió la mirada hacia la ventana.
—Gracias.
Andy notó cómo sus ojos evitaban verlo. Era evidente que seguía reviviendo el caos de aquella tarde.
—Cuando el último estudiante me dijo que habías corrido hacia el otro lado y esa horrible rana gigante te perseguía…
Su voz tembló apenas.
—Solo podía pensar en JJ y CJ. Pensaba qué les diría si tú no regresabas.
Eso golpeó distinto. Andy suavizó la expresión inmediatamente.
—Oye…
Apoyó suavemente una mano sobre la de ella.
—Lo que sea que hubieras tenido que decirles… Thiago habría estado contigo.
Lina soltó una pequeña risa cansada.
—Aunque sea un desastre ambulante.
—Exacto —respondió Andy sonriendo apenas—. Pero sin él y sin ti… JJ, CJ y yo no seríamos quienes somos.
Por primera vez desde el ataque, Lina pareció relajarse un poco. Andy intentó abrazarla desde el asiento. Y ambos olvidaron completamente los cinturones de seguridad, el tirón los devolvió bruscamente a sus lugares. Hubo un segundo de silencio, se miraron. Y terminaron estallando en carcajadas. Finalmente bajaron del auto y se abrazaron correctamente esta vez.
Un abrazo sincero, pesado, lleno de alivio. El momento duró exactamente cinco segundos antes de que una bocina sonara detrás de ellos, Andy giró lentamente. Y sintió cómo parte de su alma abandonaba el cuerpo. Su auto avanzaba tambaleándose por la calle. O lo que quedaba de él, la parte frontal estaba abollada. Una puerta parecía ligeramente hundida, y había raspones extraños por todas partes.
Thiago bajó la ventanilla lentamente.
—Eh, Ander… te juro que así estaba cuando lo encontré.
Andyobservó el vehículo en absoluto silencio.
—…Mi auto.
Se acercó lentamente como alguien presenciando una tragedia nacional.
—¡Mi auto!
Pasó la mano por una abolladura enorme.
—Ni siquiera sé qué produjo esto…
Suspiró profundamente.
—Bueno, al menos nadie estaba dentro.
Luego se quedó pensando unos segundos.
—¿Mi seguro cubrirá invasión alienígena?
Thiago bajó finalmente del auto con las manos en los bolsillos.
—¿Y yo qué?
Andy lo miró.
—¿Tú qué?
—Soy el taxista. ¿Dónde está mi propina?
Andy entrecerró los ojos.
—Tu propina será que no te golpee si descubro que chocaste mi auto.
Thiago sonrió inmediatamente.
—Entonces sí hay propina.
Andy se congeló.
—…Espera.
Lo señaló acusadoramente.
—¡O sea que sí chocaste!
—No, no, no. “Chocar” es una palabra muy fuerte.
Thiago levantó las manos dramáticamente.
—Digamos que rocé ligeramente una cosa.
—¿¡Qué cosa!?
—Bueno… técnicamente varias cosas.
Lina, todavía apoyada contra su auto, soltó un largo suspiro mientras negaba lentamente con la cabeza.
—Definitivamente ninguno de ustedes debería sobrevivir solo. La próxima vez, yo iré por el auto —dijo Selina antes de encender el motor.
Thiago apoyó un brazo sobre la ventanilla del vehículo de Andy.
—¿No te quedas? Hay espacio en mi casa hasta que despejen el barrio.
Lina negó suavemente.
—No puedo. Luna preparó una habitación para mí apenas se enteró de todo esto. Sería cruel decirle que no.
Thiago sonrió de inmediato.
—Oh, genial. Envíale saludos a Celene.
Andy, todavía apoyado contra su auto maltratado, levantó una mano.
—Imagino que Elio también estará ahí. Dale saludos de mi parte.
Lina asintió con una pequeña sonrisa antes de acelerar y desaparecer calle abajo. El silencio duró apenas unos segundos. Thiago giró lentamente la cabeza hacia Andy.
—¿Quién es Elio?
Andy soltó una risa automática.
—Ja. Buen chiste.
Thiago siguió mirándolo con total seriedad, la sonrisa de Andy desapareció poco a poco.
—…No estás bromeando.
Thiago parpadeó confundido.
—¿Debería?
—¡Elio! —repitió Andy alzando las manos—. ¡E-li-o! ¡El hermano de Selina! Lo conoces desde hace años.
Thiago frunció el ceño mientras intentaba pensar.
—No recuerdo ningún Elio.
—¿Qué tanto te golpeas la cabeza diariamente?
Thiago señaló el auto destrozado.
—Menos que tú, aparentemente.
Andy soltó una carcajada tan fuerte que terminó doblándose un poco del cansancio. Todavía le costaba creer que Thiago pudiera olvidar personas. Aunque, siendo honestos, tampoco era tan sorprendente, Elio era casi un fantasma. Entraron finalmente a la casa, y apenas Andy cruzó la puerta, el olor a comida caliente lo golpeó de lleno. Después de pelear contra alienígenas anfibios y cerrar portales dimensionales, ese aroma casi logró emocionarlo más que seguir vivo. La señora Julia apareció desde la cocina limpiándose las manos con un repasador.
—¡Ay, mírenlos! —exclamó apenas los vio—. Pensé que iban a tardar más.
Como siempre, tenía esa presencia cálida que hacía sentir la casa más segura que cualquier refugio militar. Andy apenas alcanzó a saludarla antes de que dos pequeños proyectiles humanos chocaran contra él.
Los gemelos prácticamente se le colgaron encima. JJ abrazó su cintura mientras CJ se aferraba a uno de sus brazos como si hubiera regresado de la guerra… Técnicamente, había regresado de una, y cuando Thiago entro, comenzaron las preguntas.
—¿Supiste sobre el héroe desconocido? —preguntó JJ con emoción.
—No es desconocido —corrigió CJ inmediatamente—. Se llama Asper.
Andy casi se atragantó con su propia saliva.
—¿Creen que sea humano? —continuó JJ.
—¿Cómo obtuvo poderes?
—¿Podemos tener poderes también?
—¿Las alas eran reales?
—¿Puede lanzar rayos por los ojos?
—¿Tiene guarida secreta?
Las preguntas comenzaron a dispararse tan rápido que Andy apenas lograba procesarlas. Doña Julia apareció detrás de ellos y les coloco la mano en la cabeza a ambos.
—¡Ya, niños! Dejen que su padre coma. Sobrevivió a un ataque y ayudó a mucha gente —dijo doña Julia desde la cocina, cruzándose de brazos mientras observaba el caos alrededor de la mesa.
—Gracias, mamá —respondió Thiago con una sonrisa orgullosa, llevándose una mano al pecho como si acabara de recibir una medalla.
—Me refería a tu amigo Anderson —corrigió ella sin cambiar la expresión, clavándole una mirada severa.
La mesa estalló en carcajadas. Incluso los niños rieron, aunque probablemente no entendieran del todo el chiste. Andy soltó una risa cansada, llevándose una mano al rostro mientras negaba con la cabeza. Doña Julia tenía un talento especial para mantenerlos humildes sin importar la situación. Las preguntas de los pequeños continuaron durante la cena. Querían saber cómo había sido el ataque, si los “sapos gigantes” eran reales, si Andy había peleado como en las películas y por qué Thiago tenía una venda en el brazo. Entre curiosidad y emoción, apenas lo dejaban comer.
Pero, por primera vez en días, Andy no sintió el peso del agotamiento aplastándolo. El ruido de los niños, las discusiones absurdas en la mesa y el olor de comida casera le daban una sensación de normalidad que había creído perdida.
Cuando finalmente los niños se quedaron dormidos en el sillón, agotados después de tantas emociones, Andy los cargó con cuidado y los llevó a la habitación de huéspedes. Los acomodó bajo las mantas lentamente, procurando no despertarlos.
Se quedó observándolos unos segundos. Sus hijos, la razón de su existencia… y también de varios de sus dolores de cabeza. Una calidez silenciosa le llenó el pecho. Había pasado por demasiadas cosas desde que nacieron: noches sin dormir, trabajos imposibles, miedo constante, cuentas que no cerraban y decisiones que lo consumían. Pero mirarlos dormir bastaba para recordarle que valía la pena. Haría cualquier cosa por ellos.
—Oye, si usurparon toda la cama, usa la otra habitación de huéspedes —susurró Thiago desde la puerta.
Anderson giró apenas la cabeza. No lo había escuchado acercarse.
—Sí, gracias. Pensé en dormir en el sillón, pero esos dos son capaces de lanzarme al suelo mientras duermen.
Thiago soltó una risa baja y comenzó a caminar junto a él por el pasillo. Durante unos segundos ninguno habló. Sin embargo, Anderson notó enseguida esa expresión extraña en el rostro de su amigo. Esa mezcla de admiración, culpa y duda. Sabía que quería decir algo.
—Pregúntalo, amigo. No voy a morderte… solo te golpeare si es algo tonto.
Thiago desvió la mirada un instante antes de hablar.
—Es que… cuando pasó el ataque, pensé algo horrible.
—Eso no reduce mucho las opciones.
—Pensé: “Si Andy estuviera aquí, dominaríamos a esos sapos tan fácilmente”.
Andy guardó silencio.
—Y mientras yo apenas podía sacar gente del edificio… tú salvaste a cientos de alumnos —continuó Thiago, frotándose la nuca con incomodidad—. No entiendo cómo haces todo. Eres padre soltero, trabajas, tienes como tres títulos, hablas más idiomas de los que puedo recordar… y todavía encuentras tiempo para salvar personas. Yo con suerte hablo español y apenas estoy terminando la carrera.
Anderson lo observó unos segundos antes de soltar una pequeña risa incrédula.
—¿De qué hablas? Eres un tarado.
Thiago parpadeó, confundido.
—Te lo digo en serio. Si no fuera por Lina, sus hermanas, su hermano, tu madre y tú… no sé dónde estaría ahora mismo con mis hijos.
Las palabras hicieron que Thiago bajara la vista. Porque sabía que era verdad.
Andy había llegado a sus vidas roto, agotado y completamente perdido. Y aun así, aquella familia lo había recibido sin hacer preguntas. Le habían dado comida cuando no tenía dinero, ayuda cuando no sabía qué hacer y compañía cuando el silencio comenzaba a destruirlo.
No era algo que Andy olvidara.
El ambiente volvió a relajarse poco a poco. Hablaron unos minutos más, hicieron bromas absurdas y terminaron riéndose de anécdotas universitarias hasta que el cansancio venció finalmente a Thiago.
—Voy a dormir antes de que mamá me obligue a limpiar algo mañana temprano —murmuró él.
—Sabia decisión.
Thiago levantó una mano en despedida antes de desaparecer por el pasillo. La casa quedó en silencio.
Andy entró en la habitación de huéspedes y cerró la puerta con suavidad. Sabía que debía dormir, pero simplemente no podía. Había descansado demasiado en el hospital, y ahora su mente volvía a funcionar demasiado rápido. Ideas, preguntas, hipótesis.
Todo giraba una y otra vez dentro de su cabeza.
Se acostó sobre la cama, tomó su viejo cuaderno y comenzó a escribir rápidamente bajo la tenue luz de la lámpara. Garabatos, símbolos, palabras mezcladas entre varios idiomas y dibujos incompletos comenzaron a llenar las páginas. Estaba tan concentrado que no notó la presencia a su lado hasta que una voz habló de repente.
—Interesante… pero el nombre está mal escrito.
Andy soltó un pequeño grito ahogado y dio un salto sobre la cama, cerrando el cuaderno de golpe. Su corazón comenzó a latir violentamente, giró la cabeza de inmediato. La figura estaba sentada junto a él con absoluta tranquilidad.
—¿Sigues aquí? —preguntó Andy, intentando recuperar la compostura—. Creí que el ejército te había encontrado cuando desapareciste. Pensaba actuar normal por si alguien me vigilaba.
La criatura inclinó ligeramente la cabeza.
—El gobierno aún no sabe de mi existencia. Cuando te desmayaste, cambié de forma para adaptarme. Me has llevado contigo todo este tiempo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Andy, porque, de pronto, entendió algo. Andy observó el anillo en su mano y, finalmente, lo entendió. No era un simple regalo, era él. El bastón… ahora convertido en un anillo. La realización le cayó encima de golpe, haciéndolo sentir estúpido por no haberlo notado antes. Aunque, siendo justos, suponía que era difícil pensar con claridad después de luchar contra sapos gigantes y cocodrilos antropomórficos.
Sí, definitivamente ese tipo de situaciones alteraban las prioridades mentales de cualquiera. Levantó la vista hacia el baston.
—¿Cómo lograste que los sapos se fueran? —preguntó, intrigado desde que había despertado en el hospital.
La voz de Zerp resonó con calma.
—No lo hice. Cuando recibieron la noticia de que el cocodriliano había sido derrotado, huyeron como la especie cobarde que son. Pero volverán. Eso es seguro.
Las palabras hicieron que el cansancio regresara al rostro de Andy.
—¿Y cómo evitamos eso? Apenas pude derrotar a uno. ¿Qué haremos si envían un ejército?
Y no era falsa modestia. Había vencido al cocodriliano más por desesperación, suerte y caos absoluto que por habilidad real. Si aparecían diez criaturas similares, probablemente terminaría convertido en una mancha irreconocible contra una pared.
Zerp, sin embargo, parecía mucho menos preocupado.
—No temas. Ahora que poseemos el cristal dimensional, somos nosotros quienes controlamos los portales. Sabremos cuándo alguien intente cruzar hacia la Tierra.
El baston emitió un leve brillo azulado. Una pequeña gema emergió lentamente desde el centro metálico, flotando apenas unos centímetros antes de caer suavemente en la palma de Anderson.
Él la observó entre sus dedos. Era diminuta, demasiado pequeña para algo que, aparentemente, decidía el destino entre dimensiones.
Aunque, pensándolo bien, los virus también eran pequeños, y la humanidad ya había comprobado lo problemáticos que podían ser.
—Sin embargo… el cristal no está completo —continuó Zerp.
Anderson frunció el ceño.
—¿Cómo que no está completo? ¿Está roto?
—Técnicamente, esto es solo un fragmento del cristal original. Podremos detectar cuándo alguien atraviese un portal… pero no sabremos qué hay del otro lado.
Anderson dejó escapar un suspiro largo y pesado. Perfecto, porque claramente su vida no podía limitarse a monstruos interdimensionales. Ahora también tenía que buscar piezas perdidas de artefactos cósmicos.
—¿Y cómo se supone que encontremos el resto? —preguntó.
Antes de que Zerp respondiera, la puerta de la habitación se abrió lentamente.
—Papá… ¿con quién hablas?
Zerp desapareció de inmediato, ocultándose dentro del bolsillo de Anderson con una velocidad absurda. Andy giró la cabeza rápidamente. JJ estaba parado en la puerta, despeinado, medio dormido y abrazando una manta contra el pecho. La imagen era tan inocente que contrastaba violentamente con toda la conversación interdimensional que acababa de ocurrir.
—Con nadie, hijo —respondió Andy con naturalidad, señalando el cuaderno abierto sobre la cama—. Solo estaba pensando qué hacer con este personaje.
JJ entrecerró los ojos con sospecha infantil, pero terminó aceptando la explicación.
—¿Qué haces despierto? —preguntó Andy.
—Tuve una pesadilla… y tengo hambre.
Eso hizo sonreír a Andy de inmediato.
Su hijo siempre encontraba una excusa para comer algo después de una pesadilla. Honestamente, Andy empezaba a sospechar que a veces fingía los sueños malos solo para conseguir comida nocturna. Guardó el cuaderno y se levantó en silencio.
—Ven. Vamos a buscar algo antes de que doña Julia descubra que invadimos su cocina.
JJ sonrió apenas y lo siguió. Ambos avanzaron por la casa intentando no hacer ruido. La oscuridad del pasillo apenas era interrumpida por la tenue luz de la cocina. Después de revisar un poco, encontraron unas magdalenas cubiertas con un paño.
Doña Julia, sin duda. Esa mujer parecía capaz de hornear incluso mientras dormía.
Tomaron un par y regresaron a la habitación. JJ se acomodó junto a Andy en la cama mientras comía lentamente y le contaba su pesadilla con absoluta seriedad. Había monstruos, sombras gigantes y, por alguna razón, un pingüino malvado con sombrero.
Andy escuchó cada detalle como si fuera el informe más importante del mundo.
No pasó mucho tiempo antes de que la voz de JJ comenzara a apagarse lentamente. Sus párpados empezaron a cerrarse, y finalmente se quedó dormido, apoyado contra él.
Andy observó a su hijo unos segundos, sintiendo cómo el agotamiento también comenzaba a vencerlo. Pensó en llevarlo de vuelta a su cama… pero sinceramente ya no tenía energía para moverse. Entonces la voz de Zerp resonó nuevamente dentro de su mente.
—Este mini humano es muy similar a ti.
Anderson sonrió apenas, acomodando la manta sobre JJ.
—No es un mini humano —pensó en respuesta—. Es uno de mis hijos.
Su mirada se suavizó.
—Lo mejor de mi vida.
Por el rabillo del ojo, Andy vio movimiento en la puerta. CJ apareció arrastrando los pies, todavía medio dormido, abrazando un peluche aplastado contra el pecho. Sin decir una sola palabra, miró a su hermano dormido junto a Andy y simplemente se metió bajo las cobijas con él, acomodándose como si aquello fuera lo más natural del mundo. Anderson no pudo evitar sonreír.
Era impresionante cómo ambos niños siempre parecían saber cuándo el otro no estaba cerca. Como si existiera una conexión invisible entre ellos que funcionaba incluso dormidos.
CJ soltó un pequeño suspiro satisfecho apenas encontró calor bajo la manta, acercándose automáticamente a JJ hasta quedar prácticamente pegados. Andy se acomodó con cuidado para cubrirlos mejor. Durante unos segundos solo observó a sus hijos dormir, escuchando sus respiraciones tranquilas en medio del silencio nocturno. Y en algún momento, sin siquiera notarlo… él también se quedó dormido.
Cuando abrió los ojos, supo de inmediato que algo estaba mal. O diferente, ya no estaba en la habitación.
Se encontraba de pie en medio de un bosque inmenso. Árboles gigantescos se elevaban hacia un cielo cubierto por una neblina azulada. El aire era húmedo y fresco, impregnado de olor a tierra mojada y hojas antiguas. Todo se veía demasiado real, demasiado nítido. El sonido del viento entre las ramas, el crujido de las hojas bajo sus pies, incluso la sensación del aire sobre su piel… nada tenía la lógica difusa de un sueño.
—Aquí hablaremos sin perder tiempo.
Andy giró de inmediato. A unos metros de él se encontraba una enorme serpiente de escamas oscuras y brillantes. Su cuerpo era casi tan grande como el suyo, y sus ojos emitían un leve resplandor dorado. Pero reconoció la voz enseguida. Zerp. O, mejor dicho… el bastón.
—¿Dónde estamos? —preguntó Andy, todavía intentando comprender qué demonios estaba viendo.
La enorme serpiente levantó ligeramente la cabeza.
—Esta es tu mente. Muy ordenada, debo admitir. Nada caótica y todo en su lugar.
Andy observó el bosque nuevamente.
—¿Mi mente? ¿Y por qué demonios parece un bosque?
—Porque este es el bosque Kadak —respondió Zerp con calma—. Mi último recuerdo antes de ser corrompido. Me pareció un buen lugar para entrenar.
Andy frunció el ceño.
—¿Entrenar? ¿Aquí?
—Mientras tu cuerpo descansa, puedes entrenar dentro de tu propia mente. Así, cuando vuelvas a enfrentarte a los Anuribios, tendrás algo de ventaja.
La serpiente comenzó a deslizarse lentamente entre los árboles mientras hablaba.
—Además, el entrenamiento mental será crucial si deseas controlar mejor los poderes sin depender del traje.
Eso hizo que Andy levantara la vista de golpe.
—¿Puedo usar los poderes sin el traje?
—El traje solo oculta tu identidad y absorbe parte del daño físico. Los poderes provienen de nuestra conexión.
Anderson dejó escapar un largo suspiro.Perfecto, porque claramente su vida no era lo suficientemente complicada ya. Con dos niños, empleo, el nuevo caos de la guerra… y ahora también tenía poderes interdimensionales vinculados a un baston de serpiente ancestral en forma de anillo… Fantástico.
Aun así, si aquello aumentaba sus posibilidades de sobrevivir, no pensaba quejarse demasiado.
—¿Y el cristal? —preguntó finalmente, regresando al tema que realmente le preocupaba.
Los ojos de Zerp brillaron levemente entre la niebla.
—No temas. Sentiré si un portal se abre.
—Sí, pero seguimos teniendo solo una parte —insistió Andy—. ¿Cómo encontraremos el fragmento faltante?
Zerp guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Mientras entrenas aquí… yo intentaré localizar su energía.
La voz de la criatura cambió apenas entonces. Ya no sonaba tan solemne ni distante.
—Por cierto, Asper… gracias.
Andy parpadeó.
Aquello sí logró sorprenderlo.
—¿Gracias? ¿Por qué?
La enorme serpiente inclinó apenas la cabeza.
—Por darme un nombre. Uno digno de mí.
Andy quedó inmóvil unos segundos. Había algo extrañamente sincero en esas palabras. Y entonces una duda apareció en su cabeza. Porque él… no recordaba haberle dado un nombre.
Zerp.
Simplemente había comenzado a llamarlo así. Como si, en algún momento que no lograba recordar, el nombre hubiera aparecido solo dentro de su mente.
—Eh… de nada. ¿Te gusta? Dime, ¿qué clase de nombre te di? —preguntó Andy con genuina curiosidad.
Zerp levantó apenas la cabeza. Era extraño pensar que un objeto místico pudiera verse emocionado, pero de alguna manera lo lograba.
—Considerando que durante siglos solo fui llamado “Cetro de Poder”… “Zerp” es una mejora extraordinaria.
Andy soltó una risa.
—Vaya, tus estándares están peligrosamente bajos.
—Además —continuó Zerp—, espero que no te moleste, pero mientras permanecías en el hospital accedí a tu dispositivo móvil y leí tus historias.
Andy abrió los ojos.
—¿Mi celular?
—Tus medidas de seguridad son lamentablemente simples.
—Oye.
—Tus relatos son impresionantes —añadió Zerp ignorando la queja—. ¿Realmente viajaste a todos esos lugares?
Eso hizo que Andy terminara riéndose de verdad.
—¡No! Ninguno de esos lugares existe.
La enorme serpiente inclinó ligeramente la cabeza, confundida.
—¿No existen? Pero describías todo con tanto detalle…
—Son historias, Zerp. Ese es el punto. Hacer que quien las lea sienta que estuvo allí. Que sienta el miedo, la alegría, el dolor… incluso si nada ocurrió realmente.
Zerp guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces… creas mundos falsos para provocar emociones reales.
Andy sonrió apenas.
—Supongo que sí, algo asi.
Y, sorprendentemente, la conversación continuó durante horas. O al menos eso pareció dentro del bosque mental. Andy terminó explicándole conceptos como ficción, simbolismo, construcción de personajes y narrativas. Hablar sobre escritura con una reliquia mística ancestral era absurdamente divertido.
Aunque Zerp compensó toda esa diversión torturándolo después con entrenamiento, mucho entrenamiento.
Resultó que “aprender a controlar poderes” incluía esquivar árboles que explotaban, criaturas hechas de sombra y, por alguna razón completamente injustificada, atravesar un río de lava imaginaria.
—¿Por qué hay lava? —gritó Andy mientras saltaba desesperadamente entre rocas ardientes—. ¿Planeas que pelee dentro de un volcán?
—Es una simulación de estrés extremo.
—¡Pues funciona demasiado bien!
Y lo peor era que, aunque todo estuviera dentro de su mente, el calor se sentía completamente real. Zerp, al menos, demostró ser respetuoso en ciertos aspectos. Antes de acceder a recuerdos específicos para recrear escenarios o mejorar el entrenamiento, siempre pedía permiso.
Explicó que no podía leer pensamientos directamente sin autorización consciente de Andy. Eso ayudó un poco a disminuir la incomodidad. Solo un poco.
Porque seguía siendo extraño tener una serpiente interdimensional revisando fragmentos de su memoria como si navegara archivos
Cuando Andy despertó, sintió inmediatamente la diferencia.
Su cuerpo se sentía ligero, descansado. Como si hubiera dormido durante días completos en vez de solo una noche. Incluso respirar parecía más sencillo. Abrió los ojos lentamente y observó a JJ y CJ todavía dormidos junto a él, completamente enredados entre mantas y almohadas. Uno tenía un brazo sobre la cara del otro, y CJ prácticamente estaba usando el estómago de su hermano como almohada. Andy sonrió con cansancio afectuoso.
Se levantó con cuidado para no despertarlos y salió de la habitación en silencio. Apenas llegó al pasillo, el aroma a café lo golpeó de lleno.
—Ah, mira quién decidió despertar finalmente —dijo Thiago desde la cocina, sosteniendo una taza.
Andy bostezó mientras entraba.
—¿Siguen durmiendo los niños? —preguntó doña Julia inmediatamente, entrecerrando los ojos con sospecha—. Me asusté cuando no los vi en su habitación… y además noté que algunas magdalenas desaparecieron.
Esa mirada, Andy conocía esa mirada. Era la mirada de una mujer que ya sabía exactamente quién era el culpable y solo esperaba una confesión.
—Bueno… tal vez hay ratones —respondió con falsa inocencia antes de señalar a Thiago—. Él parece sospechoso. Thiago, sé un buen hijo y ayuda a tu madre con la investigación.
Thiago soltó una carcajada.
—Buen intento, amigo, pero esta vez ya estás condenado.
Le entregó una taza humeante.
—Te hice té. Porque sigues siendo incapaz de apreciar el café como una persona normal.
Doña Julia negó con la cabeza mientras servía más café para ella.
—Nunca entenderé cómo alguien sobrevive sin café.
—Con dignidad y menos taquicardia —murmuró Andy antes de beber.
El desayuno transcurrió entre conversaciones absurdas y discusiones todavía más absurdas. En algún momento, Thiago y doña Julia comenzaron un debate ridículamente intenso sobre fotosíntesis, metabolismo y “cuál era la fuente de energía más eficiente de la naturaleza”. Andy dejó de intentar entender la conversación después de escuchar la frase “las plantas son paneles solares arrogantes”.
Mientras ellos discutían, aprovechó para analizar cómo se sentía, Zerp tenía razón. Sus reflejos parecían más rápidos, sus movimientos más naturales. Incluso cosas simples, como girar la taza o levantarse de la silla, parecían fluir sin esfuerzo.
Claro que aquello no evitó su castigo más severo. Doña Julia le prohibió tocar las magdalenas restantes, y honestamente, eso dolió más que la lava mental. Horas después, recibió la llamada confirmando que la casa ya estaba lista para que regresaran.
Así que empacaron sus cosas, agradecieron la hospitalidad de doña Julia y subieron al auto. Antes de partir, Andy descubrió que JJ y CJ habían escondido dos magdalenas en sus mochilas “para compartirlas en secreto con papá”. En ese momento decidió oficialmente que tenía a los mejores hijos del mundo.
Al llegar a casa, lo primero que hizo fue darse una ducha. El agua caliente cayó sobre sus hombros como un alivio absoluto después de todo lo ocurrido durante los últimos días, por unos minutos logró relajarse de verdad. Hasta que escuchó un golpe fuerte en la sala… Luego otro.
Y después un susurro infantil claramente culpable, Andy salió rápidamente todavía secándose el cabello con una toalla.
Lo que encontró fue casi cómico. CJ estaba completamente rígido sosteniendo el bastón detrás de la espalda como si eso lo volviera invisible. Mientras tanto, JJ intentaba fingir inocencia al lado de un pequeño mueble claramente desplazado varios centímetros.
Ambos niños lo miraron con expresiones de absoluto pánico. Andy intentó mantenerse serio, de verdad lo intentó. Pero sus caras eran demasiado adorables, justo cuando iba a hablar… Zerp habló primero.
—Esto es incómodo.
CJ soltó el bastón como si acabara de descubrir que sostenía una granada activa. Al mismo tiempo, JJ se arrancó el brazalete de la muñeca con una rapidez impresionante.
—¡Esa cosa…! —balbuceó CJ, retrocediendo un paso.
—¡Habló! ¡Yo lo escuché! —gritó JJ señalando el bastón con absoluta traición en la mirada.
Ambos giraron hacia Andy buscando respuestas inmediatas. Él suspiró lentamente, bueno, claramente ya no había forma elegante de ocultarlo.
Levantó una mano y tanto el bastón como el brazalete flotaron suavemente hasta él. Eso no ayudó en absoluto a tranquilizar a los niños. JJ abrió la boca como si acabara de ver al mismísimo Santa Claus lanzando rayos láser. Andy los hizo sentarse en el sofá antes de acomodarse frente a ellos.
Y entonces explicó todo. O, al menos, una versión resumida y menos traumática de todo. Les habló de los Anuribios, de Zerp, del cristal dimensional y del ataque. Evitó cuidadosamente ciertos detalles que probablemente provocarían pesadillas durante los próximos diez años. Cuando terminó, dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—…Y bueno, creo que eso es todo. No planeaba que se enteraran así.
Soltó un suspiro frustrado.
—Tenía preparado algo mucho más dramático para contárselos en su cumpleaños, pero supongo que ya no importa.
El efecto fue exactamente el contrario al esperado.
—¿¡Qué!? —CJ prácticamente saltó del sofá—. ¡Hazlo igual, papá! ¡Haz la presentación!
—Sí, sí —añadió JJ con entusiasmo—. Nosotros fingimos sorpresa. Somos muy buenos actuando.
Andy los miró con una mezcla peligrosa de ternura y diversión.
—No sería lo mismo. Aunque admito que ustedes dos son actores profesionales cuando rompen algo.
JJ evitó mirarlo. Eso ya era confesión suficiente, antes de continuar, Anderson se aseguró de cerrar puertas, revisar ventanas y confirmar que nadie más estuviera cerca. Luego los miró con total seriedad.
—Escuchen bien. Nadie puede saber esto. Nadie. Ni amigos, ni compañeros, ni profesores. Absolutamente nadie.
Los niños dejaron de bromear de inmediato, porque eran inteligentes, y entendían perfectamente lo que aquello significaba.
Si las personas equivocadas descubrían lo ocurrido… podían separarlos. Ese pensamiento bastó para que ambos asintieran en silencio. Aunque, por supuesto, aprovecharon la situación.
—Entonces queremos una promesa también —dijo CJ cruzándose de brazos.
Andy entrecerró los ojos.
—¿Eso fue chantaje emocional?
—Sí —respondieron ambos al mismo tiempo.
Y honestamente, ni siquiera parecían avergonzados. Al final terminó aceptando concederles “un pequeño deseo” a cambio de mantener el secreto. Sus hijos eran peligrosamente inteligentes para su edad, y él tenía demasiada debilidad por ellos. Se prepararon para salir ya que Lina los habia invitado a una pequeña reunion. Cuando llegaron a la casa, Lina ya los esperaba afuera.
Apenas el auto se detuvo, JJ y CJ bajaron disparados y corrieron hacia ella como si llevaran años sin verla.
—¡Tía Lina!
Ella apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de quedar atrapada en un abrazo doble. Lina rió mientras intentaba mantener el equilibrio.
La “Tía Lina” era una figura enorme en sus vidas. Siempre había estado presente, incluso en los momentos más difíciles, la madre de Andy también era importante para los niños, claro… pero vivía demasiado lejos.
Y su suegra… Bueno. Eso era un campo minado emocional que Andy prefería no tocar.
Bajó del auto todavía pensando en eso cuando, de pronto, unos brazos lo atraparon con violencia.
—¡Ander! —gritó una voz masculina—. ¡Me enteré del incidente! ¿Cómo se siente ser de piedra? ¿Tenías ganas de ir al baño? ¿Qué tan feas eran esas ranas?
—E… Eli… no… puedo… respirar… —logró decir Andy aplastado por el abrazo.
—¡Elio! ¡Vas a matarlo! —exclamó Lina entre preocupada y exasperada.
Elio soltó a Andy de inmediato.
—Oh. Perdón. Me emocioné.
Aunque por su tono claramente no estaba tan arrepentido. Andy respiró profundamente intentando recuperar oxígeno.
—Sobrevivir a un ataque interdimensional para morir por un abrazo… sería un final excelente para una novela.
Eso hizo reír a Lina. Elio, mientras tanto, parecía orgulloso de casi haberlo asesinado accidentalmente. El hermano de Lina era un caso especial. Ser el único varón entre tantas hermanas lo había convertido en el consentido oficial de la familia. Hasta que JJ y CJ aparecieron, desde entonces había descendido varios puestos en la jerarquía afectiva.
—Miren eso —dijo entonces una nueva voz—. La estatua camina.
Andy giró lentamente con una sonrisa peligrosa.
—Solo hasta que vuelva a ver a Medusa… Ah, mira. Ahí estás.
El comentario golpeó exactamente donde quería.
—¡Lina! ¡Tu amigo me llamó fea! —protestó Luna indignada.
Antes de que Lina pudiera responder, Elio habló casualmente:
—Pero si tu peinado sí está horrible.
Silencio absoluto. Andy sintió cómo el aire mismo se tensaba. Lina levantó lentamente la cabeza.
—Elio…
—¿Qué? —preguntó él, todavía confundido.
—Corre.
Y Elio corrió, no preguntó, no dudó.
Simplemente salió disparado por puro instinto de supervivencia segundos antes de que Luna intentara lanzarse sobre él como una depredadora furiosa.
—¡VUELVE AQUÍ!
—¡FUE UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA!
—¡TE VOY A CONSTRUIR UNA TUMBA!
Anderson terminó riéndose mientras ambos desaparecían alrededor de la casa.
Dentro, saludó al resto de la familia de Lina. Había demasiadas personas hablando al mismo tiempo, demasiados niños corriendo y demasiadas miradas sobre él después del incidente.
Incómodo, decidió refugiarse donde menos daño podía causar: la cocina.
—¿Cómo sobreviviste aquí, Elio? —preguntó mientras picaba verduras.
La pregunta quedó flotando porque nadie parecía tener una respuesta real. O tal vez todos asumían que Elio había desarrollado resistencia evolutiva. El bullicio de la casa terminó envolviendo todo. El aroma de la comida, las conversaciones cruzadas y las risas infantiles creaban una sensación extrañamente cálida, en algún momento Thiago llegó a la cocina luciendo agotado.
—Tus tías dan miedo —murmuró.
—Te encontraron, ¿verdad?
—Me interrogaron como si estuviera entrando a un programa de protección de testigos.
Intentó ayudar a cocinar… pero rápidamente quedó claro que requería supervisión constante para no provocar accidentes diplomáticos y culinarios al mismo tiempo. Poco después apareció Aurora, la hermana más tranquila de Lina, a diferencia del resto, su presencia siempre transmitía calma. Aprovechando un raro momento de silencio, ella y Andy salieron a buscar a los niños.
Los encontraron en el patio, las niñas dormían juntas en una manta bajo la sombra, completamente agotadas después de jugar toda la tarde. Y cerca de ellas, CJ y JJ luchaban desesperadamente contra el sueño mientras intentaban “hacer guardia”.
CJ sostenía un palo como si fuera un arma legendaria. JJ estaba sentado con los brazos cruzados… aunque claramente cabeceaba cada pocos segundos. Aurora sonrió con ternura al ver la escena.
—Tus hijos son unos ángeles, Anderson.
Él soltó una pequeña risa. Aurora era la única persona que lo llamaba “Anderson” completo. Y aunque seguía pareciéndole extraño, había dejado de corregirla hacía tiempo.
Porque, honestamente… escuchar ese nombre en su voz hacía que sonara menos pesado.
—Gracias —respondió Andy con una sonrisa cansada pero sincera—. Aunque he tenido ayuda. Lina y Thiago son los mejores… y mis hijos los adoran.
Aurora lo observó unos segundos antes de sonreír con suavidad.
—Sí, seguro serán todavía mejores cuando finalmente admitan lo que sienten el uno por el otro.
Andy giró la cabeza de inmediato.
—¿Lo notaste?
Aurora soltó una pequeña risa.
—Creo que todos lo notamos. Menos ellos.
Eso hizo reír también a Andy. Porque era verdad, la tensión entre Lina y Thiago era tan evidente que probablemente hasta los muebles de la casa lo habían notado ya. Ambos actuaban como si fueran simples amigos, pero luego se preocupaban demasiado el uno por el otro, se buscaban constantemente con la mirada y discutían con la confianza absurda de una pareja casada desde hacía veinte años. Era dolorosamente obvio… y aun así, seguían completamente ciegos.
Andy iba a responder algo más cuando un olor a quemado interrumpió el momento. Aurora y él se miraron en silencio, luego ambos corrieron hacia la cocina. El panorama que encontraron era… preocupante.
—¡Thiago! —gritó Andy mientras agarraba rápidamente un trapo para intentar apagar una pequeña llama cerca de la hornalla.
—¡Ella fue! —se defendió Thiago señalando a Lina con indignación inmediata.
—¡Mentira! ¡Tú dijiste que sabías cocinar esto!
—¡Porque pensé que tú estabas vigilando!
—¡Yo estaba evitando que incendiaras la cocina!
Aurora observó la escena con una mezcla de resignación y diversión mientras Andy revisaba la comida. Milagrosamente, todavía podía salvarse.
Un poco más tostada de lo planeado, sí. Pero técnicamente comestible, Lina y Thiago salieron de la cocina todavía discutiendo entre risas nerviosas y acusaciones cruzadas. Aurora se acercó apenas a Anderson y susurró conteniendo la risa:
—Creo que dejar a los tórtolos solos en la cocina fue un error estratégico.
Andy soltó una carcajada baja.
—Estoy empezando a creer que el fuego no fue accidental.
Ambos intentaron contener la risa para no empeorar la vergüenza de los otros dos. Afortunadamente, media hora después todo estuvo listo. O, al menos, lo suficientemente listo como para que nadie muriera intoxicado. Y apenas Andy pronunció las palabras mágicas:
—La comida está lista.
JJ y CJ aparecieron de la nada. Literalmente, un segundo no estaban ahí y al siguiente ya ocupaban sus sillas como entidades invocadas por el aroma de comida casera. Andy los miró entre divertido y derrotado.
A veces estaba convencido de que sus hijos poseían un radar sobrenatural exclusivamente dedicado a detectar comida. Y lo peor era que él había sido exactamente igual de niño.
Elio y Luna, quienes aparentemente ya habían hecho las paces, o Luna simplemente había olvidado por qué quería asesinar a su hermano, ayudaron a llevar platos y vasos a la mesa.
Poco después, las hijas de Aurora despertaron de su siesta y se unieron también. La casa se llenó rápidamente de ruido, conversaciones cruzadas y risas. Era caótico, pero del tipo bueno.
Ese caos cálido que solo existe en reuniones familiares donde todos hablan al mismo tiempo y nadie realmente quiere silencio, aunque, curiosamente, los más problemáticos de la mesa no eran los niños.
Eran Luna y Elio, que seguían discutiendo por absolutamente todo.
—¡Eso no fue lo que dije!
—¡Claro que sí!
—¡Estás tergiversando mis palabras!
—¡Porque tus palabras eran tontas!
Sandra, la madre de Lina, ya iba por aproximadamente el quinto regaño de la noche.
—¡Dejen de pelear en la mesa!
Cinco segundos después estaban discutiendo otra vez. Andy ya sospechaba que ambos respiraban únicamente para molestarse mutuamente. En medio del caos, Sandra miró hacia Andy con una sonrisa divertida.
—Dime, Ander… ¿cómo lograste que tus hijos sean unos angelitos?
Las niñas de Aurora también estaban tranquilas, entretenidas hablando bajito entre ellas. Sandra negó con dramatismo.
—Mis nietas son adorables, claro… pero con tanta gente aquí ya ni sé a quién debo regañar primero.
La mesa estalló en pequeñas risas. Andy levantó las manos con falsa modestia.
—Bueno, tienen al mejor padre del mundo… y a los mejores tíos que encontré.
Hizo una pausa mirando a Lina y Thiago.
—Aunque sinceramente creo que pude buscar mejor.
No llegó a terminar la frase. Lina y Thiago, sentados estratégicamente a ambos lados de él, le dieron un golpe en la cabeza exactamente al mismo tiempo.
—¡Oye! —protestó Andy sobándose la nuca.
La sincronización fue tan perfecta que toda la mesa estalló en carcajadas. Incluso Sandra terminó riéndose mientras negaba con la cabeza, Andy miró a ambos sospechosamente. Porque estaba completamente seguro… de que habían planeado ese ataque con anticipación. El resto del día transcurrió con una tranquilidad casi absurda.
Tanta, que por momentos Andy llegaba a olvidar que apenas un tiempo atrás la ciudad había sido atacada por criaturas interdimensionales.
Los niños jugaban afuera junto a las demás niñas, corriendo por el patio mientras inventaban reglas imposibles para juegos que solo ellos parecían entender. Dentro de la casa, en cambio, las conversaciones comenzaron a adquirir un tono más serio.
Los adultos hablaban del ataque, de las ranas gigantes, el ejército, de las explosiones. Y, inevitablemente, del misterioso sujeto que había aparecido durante el caos.
“Asper”.
El nombre surgía una y otra vez entre comentarios admirados y teorías improvisadas.
—Dicen que apareció de la nada.
—Mi compañera del trabajo juró que vio cómo golpeaba una de esas ranas enormes contra un edificio.
—Escuché que el ejército intentó detenerlo al principio.
—¿Y vieron las criaturas? Eran como… ranas raras gigantes mutantes.
Cada vez que escuchaba eso, Andy sentía que una parte de su alma moría lentamente. Ranas raras. Ranas mutantes. Tenía unas ganas insoportables de corregirlos. ¡Se llaman Anuribios y Cocodrilianos, gente! ¡Tengan algo de respeto por la taxonomía del horror interdimensional!”
Pero logró contenerse. Apenas, después de un rato decidió escapar unos minutos del ruido y se dirigió al baño. Cerró la puerta detrás de él y apoyó ambas manos sobre el lavabo mientras soltaba un largo suspiro. El reflejo del espejo le devolvió una imagen agotada pero más viva que días atrás.
Y entonces notó movimiento detrás suyo, giró de golpe levantando el puño por puro reflejo. Se detuvo a centímetros de golpear a Zerp, la serpiente retrocedió apenas.
—…Eso habría sido incómodo.
Andy respiró profundamente intentando bajar el ritmo de su corazón.
—¡¿Qué demonios haces apareciendo así?!
—Perdón por el susto, Anderson, pero tengo información importante —respondió Zerp con su habitual tono solemne.
Andy se llevó una mano al rostro.
—¿No podías hablarme mentalmente como siempre?
—No. Esto requiere que el vínculo permanezca inactivo.
El cambio en la voz de Zerp hizo que Andy dejara de bromear casi al instante. Algo en su tono era distinto, más serio. Más… cuidadoso.
—Necesitas pensar con claridad —continuó la criatura—. Porque debes tomar una decisión importante.
Andy sintió un nudo incómodo en el estómago. Lo último que quería escuchar era otra emergencia.
—¿Otro ataque? —preguntó intentando mantener la calma.
—No. Los portales permanecen inactivos por ahora.
Eso alivió un poco la tensión. Solo un poco.
Entonces Zerp hizo levitar frente a ellos un pequeño fragmento cristalino que emitía una luz tenue y azulada.
—Sin embargo… encontré algo interesante.
Andy observó el fragmento. La energía que desprendía era extraña. Familiar y desconocida al mismo tiempo.
—Este fragmento puede guiarnos al último lugar que recuerdo con claridad.
La serpiente levantó lentamente la mirada.
—Mi… hogar.
El cerebro de Andy tardó unos segundos en procesar las palabras.
—…Espera.
Parpadeó.
—¿Estás diciendo que podemos viajar a otra dimensión?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que resultó todavía peor. Andy soltó una pequeña risa nerviosa. Porque claro. ¿Por qué no?
Su vida ya incluía monstruos anfibios, bastones conscientes y poderes dimensionales. Viajar entre universos era el siguiente paso lógico.
—Aunque existe un problema —añadió Zerp.
Por supuesto que sí. Siempre había un problema.
—Como el cristal está incompleto, no puedo garantizar la dilatación temporal entre dimensiones. Andy lo miró completamente perdido.
—Eso… sonó inteligente, pero no entendí nada.
Zerp pareció suspirar.
—El tiempo entre mundos no fluye igual. Si cruzamos el portal, podríamos regresar en unas pocas horas…
Hizo una breve pausa.
—O en varios días.
La mirada de Andy se tensó apenas. Pero Zerp todavía no había terminado.
—También existe la posibilidad de que transcurran años.
El silencio llenó el baño. Andy dejó de respirar por un instante.
Años, su mente fue inmediatamente hacia JJ y CJ. Hacia sus hijos creciendo sin él. Hacia volver y descubrir que ya eran adultos. O peor, no volver en absoluto.
—Además —continuó Zerp con una calma que resultaba ofensiva en ese momento—, una vez crucemos, la gema necesitará tiempo para recargarse antes de abrir otro portal.
Andy lo observó fijamente. Luego apoyó lentamente ambas manos sobre el lavabo otra vez, y soltó una risa corta, agotada e incrédula.
Porque de alguna manera… su vida acababa de complicarse todavía más. Zerp tenía razón, era una decisión mucho más complicada de lo que parecía.
Por un lado, aquella podía ser una oportunidad única. Un viaje al lugar de origen de Zerp quizás significaba respuestas: información sobre los Anuribios, sobre los portales, sobre el cristal dimensional y sobre todo aquello que estaba comenzando a destruir lentamente su vida normal.
Pero, por otro lado… el riesgo era aterrador. Andy bajó la mirada lentamente hacia sus propias manos. Si algo salía mal, podía perder años enteros, podía regresar y descubrir que JJ y CJ ya habían crecido… o peor.
Que pensaran que los había abandonado, la sola idea le revolvió el estómago. Porque había muchas cosas que Andy podía soportar: monstruos, dolor, heridas, incluso el miedo constante de morir.
Pero no podía soportar convertirse en el tipo de padre que desaparecía. El silencio se extendió dentro del baño mientras permanecía inmóvil, atrapado en sus pensamientos.
Y entonces unos golpes suaves en la puerta lo sacaron abruptamente de ellos.
—¿Ander? ¿Estás bien? —preguntó la voz de Elio desde afuera.
Andy parpadeó varias veces antes de responder.
—Sí. Salgo en un momento.
—Bien, porque estamos por servir el postre.
Eso logró arrancarle una pequeña sonrisa cansada. Claro, el mundo podía estar al borde de una invasión interdimensional, pero la familia de Lina jamás permitiría que alguien se perdiera el postre.
Eran prioridades, Andy levantó la vista hacia Zerp. La serpiente lo observaba en silencio, comprendiendo perfectamente el peso de aquella indecisión.
Y por primera vez desde que se conocían, la voz de Zerp sonó menos solemne.
Más… comprensiva.
—No tienes que decidir ahora.
Andy guardó silencio.
—Podemos esperar —continuó Zerp—. Si conseguimos más fragmentos del cristal, la estabilidad entre dimensiones aumentará. El riesgo será menor.
Aquello ayudó un poco. No solucionaba el problema, pero al menos convertía aquella decisión imposible en algo que podía posponerse.
Y sinceramente, Andy necesitaba tiempo. Asintió lentamente.
—Sí… creo que esperar es lo mejor.
Porque, al final del día, había algo mucho más importante que dimensiones desconocidas o secretos ancestrales. Su familia estaba al otro lado de esa puerta. Sus hijos estaban riendo afuera. Y por ahora… eso era suficiente.
Zerp inclinó apenas la cabeza antes de desaparecer nuevamente transformandose en anillo. Andy respiró hondo una última vez y se miró en el espejo. Seguía cansado, seguía confundido. Y definitivamente seguía muy poco preparado para todo lo que estaba ocurriendo. Pero cuando escuchó las risas lejanas de JJ y CJ desde el comedor, una pequeña calma regresó a su pecho. Abrió la puerta y salió del baño, por ahora, las dimensiones podían esperar.
El postre… no