Capítulo 1 — Mina Virtanen
El día cerró sus ojos, la noche envuelve la ciudad de Moscú ese primero de agosto, pero dentro de un camerino el tiempo quedaba suspendido entre el aroma a lirios blancos y metal.
Mina Virtanen está descalza, hundiendo los pies en la densa alfombra oscura aterciopelada mientras ignora el bullicio amortiguado que vibraba a través de las paredes: cientos de personas gritando su nombre. Mina contemplaba frente a ella, apoyado sobre un caballete de hierro, un lienzo del pintor Franz Kline. Los trazos de la pintura negros cortaban el blanco con una agresividad que a Mina le fascinaba de una manera retorcida.
Ella extendió sus largas uñas oscuras sobre los trazos negros. Imaginó que sus dedos tallaban aquellas marcas, mientras recordaba las veces en que esos mismos trazos se pintaron sobre la piel humana: desgarrando, cortando. Una sonrisa complacida permanecía inmóvil en sus labios; una mueca que no lograba ocultar sus expuestos y puntiagudos colmillos.
—Esto, Cassandra... es perfecto —sentenció Mina.
Apoyó el lienzo en el caballete y tomó distancia de él.—Llevas mirándolo casi toda la noche, Mina.
La voz de Cassandra Rosensverd llegó desde el tocador. El tintineo del cristal fino se fundió con el susurro de su vestido de seda al deslizarse por la habitación. Mina la observó sobre su hombro, complacida por el obsequio.—Gracias, Cassandra. Tú nunca me has decepcionado. —Lysander también lo ansiaba... pero cuando supo que era para ti, dejó de pujar.
Cassandra se acercó con dos copas de contenido carmesí, denso y opaco. Se detuvo al lado de su sire o, como dicen los hombres, su creadora vampírica.
—Lástima que no tengamos vino para celebrar —sonrió Cassandra al ofrecerle la copa con una inclinación de cabeza.
Mina aceptó el cristal y bebió mientras sostenía la mirada de su compañera; un par de ojos cargados de historias y siglos compartidos. Cassandra la observaba con admiración. Era más baja que ella, pero sus rasgos resultaban hermosos: el rostro de un ángel de labios gruesos y facciones aguzadas.
Mina se sentó frente al espejo. Cassandra tomó un cepillo y comenzó a trabajar en su largo cabello.
—¿Crees que Newart peine así a Grisella?— ¿Dices que te peino como a una hija?— Contesto Cassandra.
Mina sonrió. Sostuvo la copa con ambas manos y buscó los ojos de Cassandra en el reflejo.
—No. Me refiero a si la peina como si se sintiera obligado a hacerlo.
El cepillado continuó, pero las manos de Cassandra se tensaron por una irritación contenida.
—¿Qué te hace pensar que me obligo a darte mi atención? —Sé cuándo estás enojada conmigo. — Afirmó Mina sin despegar sus ojos de ella — Siempre ocurre en esta fecha, cuando decidimos que este día es mi cumpleaños.
Cassandra esbozó una mueca y acomodó el cabello de Mina para colocarle una peluca negra azabache.
—Sabes que no es tu cumpleaños. Se extendió el silencio entre ambas, los gritos al unísono se agolpaban en las paredes del camerino gritando: Mina! ,Mina! ,Mina!.—Lo sé... pero permíteme darte ese alivio.—No lo menciones —Respondió fríamente Cassandra con rapidez.
La Vampira Virtanen contempló la belleza de su creación: ojos carmesí, cabello castaño rojizo cortado hasta el mentón y un cuerpo más imponente y sensual que el suyo propio.
—Me alegro de que la peste no te haya llevado. Te di la eternidad para que no reclamara tu inteligencia —La Vampira subió la mano para rozar la de Cassandra—. No me odies..
—Debes salir y cumplir tu parte… No te demores más —sentenció Cassandra, recuperando la distancia profesional.
Mina sonrió; una curva de labios lenta que no alcanzó a iluminar su mirada. Se volvió hacia el espejo, se colocó las lentes de contacto verdes y se puso en pie.Antes de cruzar el umbral, se giró hacia Cassandra.
—Espero que compartamos un “pastel” cuando esto termine.
Cassandra que se miraba al espejo contestó.
—Eso es un hecho.El estadio de Moscú rugía bajo los gritos eufóricos de cientos de fanáticos. Cuando las luces se apagaron para luego encenderse de golpe, la estrella del dark pop, Mina Virtanen, ya estaba allí, imponente sobre el escenario. La melodía comenzó a llenar cada rincón del recinto y su voz hipnotizó a los oyentes; una sensualidad oscura que mantenía a miles de personas expectantes, atrapadas en ella. Mientras tanto, Mina les devolvía una mirada falsa, observándolos desde las alturas como si no fueran más que ganado.A su costado, protegida por la penumbra, Cassandra observaba al público sintiendo el ruido blanco de miles de mentes entrelazadas. Su conciencia se filtraba entre la multitud, rastreando con sus sentidos vampíricos hasta que se detuvo en una vibración distinta: una chica que parecía extranjera.Indagó en su mente como si leyera sus propios pensamientos. Efectivamente, provenía de los Estados Unidos y venía siguiendo la gira de Mina. Cassandra pudo sentir un dolor reciente y agudo; la joven había terminado con su novio hacía apenas unos días y cargaba con una soledad desesperada que intentaba ahogar en la adoración por su ídolo.—Es perfecta —susurró Cassandra para sí misma.
Cuando los últimos ecos del sintetizador se apagaron y el ruido de la multitud comenzó a filtrarse hacia las frías calles de Rusia, la joven norteamericana permanecía aún en su sitio. Sus dedos tecleaban con furia la pantalla del teléfono, escribiendo un mensaje lleno de rabia hacia el novio que le insistía en volver. De pronto, Cassandra apareció al lado de la chica, materializándose de la nada. La joven se asustó por un instante, hasta que la escuchó hablar con aquella voz aterciopelada.—Mina te ha estado observando desde el escenario —dijo Cassandra—. Dice que tienes una energía que no ha visto en toda la gira. Me mandó a decirte que le gustaría conocerte... —¿Vienes con amigos o alguien que pueda acompañarte? —preguntó Cassandra, aunque ya conocía la respuesta.—¡Me encantaría! —contestó rápidamente la chica, al ver el pase VIP que colgaba del cuello de la sensual mujer.—Entonces sígueme —sonrió CassandraLa guio por el laberinto de cables y estructuras metálicas mientras los guardias de seguridad les abrían paso. La chica no podía creer que conocería a su ídolo; sostenía el teléfono con fuerza para sacar fotos, pero sus dedos no reaccionaban debido a la emoción. Al llegar a la puerta del camerino, Cassandra la abrió lentamente, permitiendo que el aroma a lirios se escapara hacia el pasillo.
—Mina, aquí está tu invitada —anunció.
La joven entró y el mundo pareció detenerse para ella. La famosa cantante Mina Virtanen estaba recostada en un sofá de terciopelo, todavía ataviada como la estrella oscura que acababa de deslumbrar a miles.—¡Oh, Dios! ¡Eres tú, Mina! —la joven se exaltó, incapaz de contener su asombro. —Gracias por venir, querida. Ven, pasa y toma asiento —dijo Mina Virtanen en un inglés impecable, suave y seductor.La chica se dejó caer sobre el sofá, frente a Mina. En pocos minutos se derrumbó: confesó estar emocionada y, a la vez, rota por lo de su novio. Lloró en su hombro mientras Mina le acariciaba el cabello, arrullándola contra su piel. Los ojos de la cantante buscaron a los de Cassandra, quien ya se acomodaba en un diván frente a ellas.—Dime, jovencita, cuéntame todo. Aquí estoy para escucharte —susurró Mina, mientras le acariciaba el rostro con el dorso de la mano—. Saca todo ese dolor... Déjame aliviarlo para ti.
La joven sonrió con una risa complacida que asomó entre sus labios temblorosos. Relató cómo el engaño de su novio con su mejor amiga en España la había alejado de su grupo y cómo, al estar allí junto a Mina, sentía que toda esa pena desaparecía. Cassandra asentía en silencio; se acercó, tomó una de las piernas de la chica y comenzó a quitarle el zapato para masajearle los pies con lentitud.
—¿Y qué le dijiste cuando te enteraste de su infidelidad? —preguntó Cassandra.
La chica se mostró un poco incómoda por el contacto, pero ahogó ese sentimiento rápidamente al responder a la mujer que la había traído hasta allí:
—Le dije que era un miserable... y... —¿Y? —insistió Mina. —Y precoz... —soltó la joven.
Mina soltó una carcajada vibrante junto a Cassandra, y la chica, por fin, se sintió acogida. Comenzó a soltar todo su veneno contra aquel muchacho hasta que Mina le puso un dedo sobre los labios, sellando sus palabras.
—Shh... —susurró Mina, acortando la distancia entre ambas—. Él ya no importa, ¿cierto? Ahora solo estamos nosotras... aquí y ahora.
La chica sonríe, pero un extraño calor empieza a invadir su cuerpo. Trago saliva, intentando comprender esa emoción invasora que conocía bien, pero que no debería estar ahí sin razón alguna. Era el poder vampírico de Mina: un sometimiento seductor y absoluto. Mina se acercó tanto que podía sentir el perfume barato de la joven fundiéndose con su propia piel.—Dime, pequeña... ¿estarías dispuesta a olvidarlo por mí?
La joven volvió a tragar saliva. Sus labios temblorosos y traicioneros se abrieron, dejando escapar un jadeo imposible de contener.
—Sí... por ti, lo que sea.
En ese momento, las garras de Cassandra rasgaron la tela de la pierna que sostenía. La chica desvió la mirada hacia ella, asustada, pero Mina la obligó a regresar sujetándola con firmeza del mentón.
—Entonces, demuéstramelo.
Mina le cerró los labios con un beso apasionado, profundo y posesivo, que le arrebató definitivamente el aliento.
La chica abrió los ojos asombrada, pero el beso y el poder de Mina terminaron sometiéndola. Desvió la mirada hacia Cassandra, quien besaba su muslo interno haciéndola agitarse. Un gemido alto escapó de los labios de la joven repentinamente ; al sentir la voracidad de Cassandra en la entrepierna de ella, respondió al beso con más deseo, perdiendo la mirada tras sus párpados.Mientras Cassandra bebía de la femoral, Mina desvió sus besos posesivos hacia el cuello de la muchacha. La estancia se llenó de gemidos que, poco a poco, comenzaron a perder la intensidad del principio, volviéndose débiles y erráticos.—Es tan dulce —murmuró Cassandra entre tragos, con la voz ahogada por la sangre.
Se separó mirando a Mina, que aún bebía con ansia. Cassandra se secó la comisura de los labios y tomó a Mina para apartarla, aunque una parte de ella no quería hacerlo.
—Suéltala, Mina, o la matarás —sentenció Cassandra, sujetándola con firmeza por la mandíbula.
Mina se separó, aunque su lengua aún buscaba el rastro de calor en el cuello de la joven.
—Que fastidiosa eres Cassandra—No seas obsesiva… no quiero que todo lo que tenemos se desmorone por un capricho tuyo.
Mina suspiró con un lamento cargado de frustración.
—Extraño aquellos días. —No, no lo haces —contestó Cassandra. Se levantó y tocó la frente de la chica, borrando su memoria con un rastro de poder.
—Me tomaré un descanso de esto. Estoy aburrida de seguir las reglas, Cassandra... ya lo he hecho todo en esta vida… Me siento atrapada.
Cassandra la observó un momento más mientras Mina se desparramaba en el sillón, apartando con desdén el brazo de la chica que aún descansaba sobre ella.
—Volvamos a casa,. a Finlandia. Allí veré cómo complacerte.
La diva del pop le devolvió la mirada con curiosidad, pero no preguntó; quería ser sorprendida.
—Está bien. Haré lo que me pides… Me daré un descanso aprovechando el momento —decía mientras se ponía en pie y se despojaba de su disfraz de estrella.
Cassandra caminó hacia el umbral del camerino cargando el cuerpo desmayado de la joven en sus brazos. Antes de salir, se giró hacia su Sire..
—Feliz cumpleaños, Mina.
Mina Virtanen le sonrió.
—Fastidiosa…
La luz del primer amanecer nació en Moscú, deslizándose como una lengua de fuego frío sobre las cúpulas de la ciudad, pero no se detuvo allí. El sol emprendió su viaje hacia el oeste, persiguiendo la sombra de las dos mujeres que dejaban atrás el ruido del estadio.
La claridad bañó los muros... acarició la frontera...
De entre los primeros rayos de sol que se colaban en el humilde hogar de un joven a Kilómetros de Moscú, Valo Omena se deslizaba por la pequeña cocina mientras esperaba que el café comenzará a hervir. Sus dedos jugueteaban buscando el calor de su propio cuerpo. Observó cómo la luz asomaba por la ventana empañada y se acercó para recibirla; su reflejo melancólico apareció como un hermano gemelo en el vidrio, devolviéndole la imagen de su cabello desordenado, sus facciones delgadas y su piel pálida. Sus ojos eran claros como la miel y en sus labios finos vivía esa clásica sonrisa torcida que lo acompañaba desde que tenía memoria.
Valo escuchó la tapa de la cafetera saltar.
—Ya te oí —dijo en la soledad fría de su hogar.
Se sirvió una taza Alcanzó el estante superior sin esfuerzo — ventaja de tener el cuerpo de alguien que nunca dejó de crecer. Su vida asi como su entorno no eran refinados , sino melancólicos; su existencia es como caminar sobre una cuerda floja suspendida entre la locura y la depresión, resistiéndose a caer.Mientras el café amargo se deslizaba por sus labios, el teléfono vibró contra la mesa. No quería verlo pero al final lo tomó. «¿Acaso los vendedores llaman tan temprano?», pensó. Al levantar el dispositivo, un pequeño empujón en esa cuerda floja lo hizo tensarse y recuperar el equilibrio de golpe.
“Necesito dinero, Valo... el maldito de Brad se robó mis cosas. Supe que te dieron el dinero de una beca, me llegó una carta de aviso a mi casa”.
Era un mensaje de su tía Ingrid; un pésimo recuerdo para una mañana tan acogedora. Comenzó a teclear con lentitud, pero con saña. Mientras castigaba la pantalla, la memoria lo azotaba con la misma crueldad que su tía empleaba en su infancia.
Qué pena. También a mí me robaron — mi moto, para ser exactos. Tu Brad. Reconocí su estuche de herramientas, tiene su nombre bordado en hilo. Genio total. Pídeselo a él. Y si me escribes otra vez, la policía va a tener una historia muy interesante que escuchar.
Al enviar el mensaje, Valo casi pudo oler el ginebra barato, escuchar los gritos de Ingrid y sentir el ardor del cigarrillo de Brad apagándose en su hombro cuando apenas tenía siete años. Ahora, diez años después de aquella quemadura, la marca permanecía en su piel como un recordatorio de la crueldad de quienes debieron protegerlo de la escoria del mundo.Encendió un cigarrillo y se protegió del silencio con sus audífonos; la música de M83-wait le borró cualquier rastro de su pasado.Cuando Valo salió de su casa para ir a la escuela, se encontró con aquel cotidiano perro callejero que parecía estar hecho de restos de otros perros. El animal ya comenzaba a acercarse a él, meneando la cola y agachando la cabeza, como si mendigara el afecto de aquel humano alto como los abetos que rodeaban la ciudad.
Valo se arrodilló ante él y le rascó la oreja mientras le susurraba su apodo: —Hola, Chaleco, ¿cómo estás? Sabes que no te puedo meter en casa, si no la casera nos echaría a ambos a la calle y tendría que mendigar galletas como tú —dijo Valo, mientras sacaba un premio para perro de su chaqueta y se lo entregaba.
Se separó del animal mientras Chaleco llevaba su botín a otro lugar. Valo caminó hacia la Ressun Lukio, la secundaria donde estudiaba para forjarse un futuro todavía incierto.El cigarrillo se consumió antes de llegar a la preparatoria, donde saludó al portero con la misma rutina de siempre; ninguno sabía el nombre del otro, pero mantenían intacta esa tradición silenciosa. El instituto se asentaba casi en el centro de Helsinki. Sus estudiantes vestían con estilos propios, algo que Valo agradecía, pues no se imaginaba utilizando un uniforme escolar.
Entró en su salón y vio que nadie había llegado aún. Se sentó en su lugar favorito —junto a la ventana, en la última fila.Valo Omena miró el cielo de la madrugada de Helsinki. Era un azul profundo, oscuro, pero hermoso. La música seguía.
A veces se preguntaba por qué debía seguir ahí. ¿Por qué levantarse temprano todos los días? ¿Por qué no perder el equilibrio en esa cuerda floja de una vez por todas y dejarse consumir? Quizás... ¿porque ya no podría probar el café? ¿Porque Chaleco ya no recibiría galletas? ¿Porque el portero ya no tendría a quién saludar?
Se cuestionó la razón de que su vida tuviera un inicio tan miserable y cruel. Nunca hubo una caricia de madre, nunca un abrazo de padre. Rio. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios, como de costumbre. “No hay luz”, pensó. “La vida es así”. Aún recordaba esas palabras, dichas por un extraño mientras él se congelaba en el escalón de una calle, tras haber huido de la casa de Ingrid.
Quizás esta vida tenía algo que ofrecerle por última vez. Quizás por eso no había saltado. Valo miró hacia abajo, midiendo la altura de la resu. Luego regresó al cielo azulado, hermoso, y observó a las aves volar lejos, perdiéndose en el horizonte.
El día avanzó lentamente hasta abrir los ojos.
Al otro lado de la ciudad, el ambiente era distinto. El sol de la mañana ya se hacía presente sobre los tejados, y con él, el ruido sordo de Helsinki despertando: motores, gaviotas, el tranvía raspando los rieles.
Una alarma llevaba más de veinte minutos sonando.Veronica Petrova no la oía.
Estaba en algún lugar entre el sueño y la inconsciencia, en esa fase profunda donde su cerebro había decidido, con toda la convicción del mundo, que era una cantante aclamada. El escenario era enorme. El público, entusiasta. El único detalle fuera de lugar era que todos eran gatos. Gatos con bufandas, gatos agitando pancartas, gatos aullando con lo que, en el sueño, sonaba perfectamente como una ovación.
Entonces uno de ellos levantó un cartel que decía: OBJECIÓN.Veronica abrió los ojos de golpe.
Su mano salió disparada hacia el teléfono por puro instinto, barriendo de camino la lámpara del velador, una figura de Mina Virtanen, dos lapiceras y una torre de libros de derecho que había estudiado hasta las dos de la madrugada. Cuando sus ojos lograron enfocar la pantalla, el número la golpeó como agua fría.
7:35
—¡Mamá! —bramó hacia la puerta, mientras se escuchaba su cuerpo caer de la cama peleando contra las sábanas enredadas —. ¡¿POR QUÉ NO ME DESPERTASTE?!
Desde la cocina, la voz de Anya llegó con esa calma exasperante que solo dominan las madres cuando sus hijas están al borde del colapso:
—Te llamé tres veces.—¡¿Y?!—Respondiste con un ruido de foca.
Veronica se detuvo un segundo, con un zapato en la mano.—¿Qué ruido de foca?—No lo sé, dímelo tú. Yo solo escuché un “mrghghgh” muy convincente.—¡Voy a llegar tarde, mamá!—Ya estás bastante crecidita para que te estén despertando —sentenció Anya, sin alzar la voz ni un decibel.
Veronica no respondió. No había tiempo. Sacó toda la ropa del clóset de una sola pasada, evaluó el desastre en medio segundo y tomó lo primero que encontró: una falda negra, un jersey verde tres tallas más grande y unos botines que, en su prisa, parecían pertenecer a personas distintas. Se miró al espejo un instante. Su cabello castaño claro era un nido en el sentido más literal — un gorrión habría podido formar una familia allí sin que nadie lo notara.
Salió de la habitación como un ave asustada.Cruzó la cocina a la velocidad del rayo con el cepillo de dientes en la boca y una nube de espuma cubriéndole los labios. En un movimiento coordinado de puro instinto animal, le arrebató una tostada de la mano a su madre, escupió la pasta en el fregadero y se enjuagó en un solo segundo.
En el caos, el cepillo de dientes aterrizó dentro del frasco de orégano.Desde la puerta, Anya le recordó que tenía ropa que lavar a la vuelta, que los platos del desayuno no se lavaban solos y que la semana pasada había dejado las llaves dentro del congelador. Veronica asintió a todo con la cabeza mientras iba de aquí para allá recogiendo su mochila, sus apuntes y un destino incierto.
—¡Te quiero, mamá, gracias! —dijo, y le plantó un beso sonoro en la mejilla.
Anya le puso una segunda tostada en la mano casi por reflejo. La puerta se cerró de golpe.
El apartamento quedó en silencio. Anya soltó un suspiro largo, de esos que no son de molestia sino de algo más parecido al cariño resignado. Sabía que el padre de Veronica era estricto — demasiado — y que no le concedía muchas pausas. Quizás por eso ella la había dejado dormir un poco más de lo necesario. Quizás por eso, incluso, que faltara a clases ese día no le parecía una idea tan descabellada.
Afuera, frente al ascensor, Veronica apretaba el botón con la frenética devoción de alguien que cree que pulsarlo más veces lo hace llegar más rápido. Cuando las puertas no se abrieron en los primeros cuatro segundos, tomó una decisión ejecutiva y corrió hacia las escaleras.La puerta del ascensor se abrió en ese instante.
Veronica tuvo que volver corriendo. Entró. Tecleó el número 1 con tal urgencia y tantas veces que el ascensor, con toda la dignidad de un sistema electrónico confundido, intentó procesar en qué piso quedaba el 11.111.111.111.Tardó un momento en recalibrarse.Veronica se comió la tostada mientras esperaba.
Cuando las puertas se abrieron en el lobby, ella ya llevaba el teléfono en la mano comprando el boleto del bus hacia Ressu. Cruzó el vestíbulo a trote ligero, con la mochila rebotando en la espalda como si tuviera vida propia.—Que tenga buen día, señorita Veronica —dijo el recepcionista desde su mostrador.—¡Ghciags, Pavierg! —respondió ella, con el pan entre los dientes y una mano alzada a modo de despedida.
El recepcionista llamado Javier asintió como si aquello fuera una respuesta perfectamente normal. Probablemente ya estaba acostumbrado.
Por suerte, el bus seguía en el paradero.
Veronica subió de un salto, escaneó el boleto y se hundió en el primer asiento disponible mientras el vehículo arrancaba. Con el pulso todavía acelerado, abrió el chat con su amiga y escribió:
“Sofia, dile a Magnus que me deje entrar. Distráelo. Eres como una cotorra, solo usa tus habilidades para algo bueno por una vez en tu vida”
El mensaje se envió. Tres segundos después llegó la respuesta: un dedo levantado y tres palabras.
“Cotorra tu abuela”
Veronica sonrió por primera vez en toda la mañana, se puso los audífonos donde la playlist empezó con Misery Business - Paramore
Verónica bajó del bus de un salto y salió corriendo por las calles de una Helsinki que recién amanecía. El sol brillaba luminoso en el cielo. Al cruzar la plaza, las palomas salieron volando en estampida a su alrededor.
“¡Sofía, dile a Magnus! ¡Dile a Magnus!”, tecleaba rápido en su teléfono mientras se movía.
Esquivó a un par de turistas y, de pronto, se topó de frente con una anciana que se movía exactamente hacia el mismo lado que ella, bloqueándole el paso en un baile incómodo. Justo cuando logró esquivarla y retomar la carrera, su teléfono vibró con un mensaje:
Sofía: “¡Vero, la clase está llena y Magnus está mirando el reloj en la puerta! Le hablé, pero me dijo que ojalá mi oratoria fuera tan buena como mis notas... ¡Me humilló frente a todos, gracias!”
Verónica soltó una carcajada mientras seguía a trote rápido. Estuvo a punto de tropezar, pero logró aferrarse a tiempo de un paradero que tenía un anuncio de la película Suzume, salvándose de caer al suelo. La Resu ya se veía a lo lejos, lo que la obligó a acelerar aún más el paso.
—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Esto me pasa por no hacer ejercicio! ¡Ahhh! —se decía a sí misma, jadeando por el esfuerzo
El portón estaba a punto de cerrarse cuando Veronica lo cruzó de un salto.
El conserje ni siquiera levantó la vista del registro.
—¿Petrova otra vez?
—¡Lo sé, lo sé! —jadeó ella sin detenerse—. ¡Me pondré un recordatorio!
—Ya tiene veinte, señorita Petrova.
—¡Me pondré veintiuno! —gritó mientras desaparecía por el pasillo escaleras arriba.Magnus ya estaba cerrando la puerta del aula cuando un pie se interpuso en el marco.
—¡Alto! —exclamó Veronica, apoyándose en el dintel para recuperar el aliento—. Llegué a tiempo!.Magnus la miró por encima de sus gafas de lectura con esa expresión de paciencia infinita que solo reservaba para ella, por la pura costumbre de la situación.
—Señorita Petrova —dijo, con la calma de quien lleva años practicando—, su puntualidad sigue siendo un concepto abstracto. Mi reloj marca las 8:01.
—Cierto, profesor, pero usted sabe que hago lo posible. —Veronica juntó las manos en un gesto de súplica pura—. ¿Por favor?
Magnus resopló, ocultando media sonrisa detrás del gesto severo, y se hizo a un lado.
Veronica Petrova llegó a clases en su día veintiuno. Puntual, a su manera.
Pero ese día algo era distinto.
La sala estaba llena como pocas veces — como nunca, de hecho. Cada silla ocupada, cada rincón tomado. Ella buscó su lugar de siempre con la mirada. Sofía le devolvió una encogida de hombros desde su asiento: a su lado había alguien que no era Veronica, y no había mucho que hacer al respecto.
Recorrió el aula con los ojos. Una silla. Una sola silla disponible.
Al lado de “el Conde”.
Valo Omena. El chico de “no me hables porque soy inalcanzable”. El que llegaba antes que nadie, se sentaba solo, miraba por la ventana y hacía que el silencio a su alrededor pareciera intencional. El que jamás había dirigido la palabra a nadie en esa sala, o al menos no que Veronica hubiera visto.
Caminó hacia la silla casi arrastrando los pies
Valo seguía mirando por la ventana, la vista perdida sobre los tejados grises de Helsinki. No escuchó los pasos ni tampoco notó la mochila que aterrizó con un golpe sordo en el suelo de al lado.
Desconocía, en ese momento, que el “Tornado Petrova” o “la bocina” como él le nombraba, acababa de sentarse a su derecha.Veronica se acomodó en la silla con toda la dignidad que le quedaba, que no era mucha, y abrió el cuaderno fingiendo prestar atención a Magnus. Bajo la mesa, su teléfono vibró.
“estás para una foto vero, tu cara lo dice todo jajaj”
Veronica lanzó una mirada rápida a Valo por el rabillo del ojo y respondió sin alzar la vista del cuaderno:
“gracias por guardarme un espacio, ‘amiga mía’”
Luego miró a Lucas. Lucas estaba completamente absorbido por su teléfono, los pulgares moviendose con la concentración de alguien que estaba, evidentemente, en una batalla de vida o muerte en Clash of Clans. Su incomodidad no le llegaba ni de lejos.
Veronica suspiró y le texteó a Lucas:
Verónica: “Gracias por guardarme un asiento, Lucas... Parece que tu jueguito es más importante”.
Lucas levantó la vista hacia Verónica y le sonrió mientras escribía su respuesta:
Lucas: “Magnus me tiene en la mira, no quiere que me distraiga. Además, si me castiga no podré participar en la final, Vero. ¡Nos jugamos las semifinales!”
Verónica leyó el mensaje y volvió a escribir, piconeándolo:
Verónica: “¿Ah, y por eso juegas tu jueguito? ¿Es algún tipo de entrenamiento de concentración?”
Al recibirlo, Lucas levantó de nuevo la vista, le dedicó una sonrisa y negó con la cabeza antes de teclear el remate:
Lucas: “Eso te pasa por dormilona... ‘abogada musical’“.
Ella Volvió la vista hacia Valo Omena, que reposaba el mentón sobre una mano y miraba al frente con esa expresión suya de estar en otro lugar sin molestarse en disimularlo. Veronica evaluó la situación un segundo. Luego tomó la peor decisión posible.
—Hola, Omena —dijo, en voz baja—. Parece que seremos compañeros de trincheras hoy.
Valo giró la cabeza apenas. La miró un instante — solo un instante — y esbozó algo que, con buena voluntad, podría llamarse sonrisa.
Veronica lo tomó como una apertura.
—¿que escuchas? —preguntó.
Valo se enderezó despacio. Se quitó los auriculares, los enrolló con cuidado y los guardó en la mochila. Luego la miró de frente por primera vez.
—¿Qué te importa?
Lo soltó sin crueldad aparente, sin alzar la voz. Solo cortante.
Veronica abrió los ojos como platos.
La irritación le subió desde algún lugar profundo de las entrañas, directamente al rostro. Su teléfono vibró.
“jajajajajaj”
Sofía. Por supuesto.
Veronica tecleó con los dedos temblando de una indignación que ya rozaba lo artístico:
“no te rías, estúpida. maldito conde, lo odio. te juro que estoy por golpearlo”
Al otro lado de la trinchera, Valo había captado el tecleo furioso. Había captado también el rubor que le trepaba por las mejillas a su nueva compañera de asiento. Y esta vez sí sonrió — de verdad, con algo que no tenía nada que ver con la expresión neutral que usaba como máscara cada mañana.
A las afueras del edificio, un Bentley negro se había detenido silenciosamente junto a la berma. Sus vidrios polarizados no dejaban pasar ni la curiosidad.
En el interior, el lujo era absoluto: cuero cosido a mano, madera oscura y el aroma persistente de los lirios que Mina tanto amaba. El olor de Helsinki se filtraba apenas por la ventilación — frío, limpio, con algo antiguo debajo.
—Oh, Cassandra... —murmuró Mina, cerrando los ojos un instante con algo que en otra criatura podría haberse llamado nostalgia—. Hay algo en el aire de este país que me abre el apetito de una forma distinta. ¿Tú qué crees?
Cassandra no levantó la vista de su tableta. Sus dedos deslizaban por la pantalla con la concentración de alguien que busca algo específico.—Ajá... sí. Pienso lo mismo.Mina endureció la mandíbula y clavó sus ojos carmesí en el perfil de Cassandra.
—Ya veo. ¿Con que así nos llevaremos?
—No exageres, Mina. Estoy haciendo algo para ti. —Cassandra giró la tableta y se la mostró. En la pantalla aparecía el edificio que tenían justo al lado—. Pensé en lo que me dijiste en Moscú... y me pregunté: ¿qué tal si encuentras algo que puedas hacer todas esas cosas que acostumbras a hacer... pero que no se rompa tan fácilmente , romperiamos algunas reglas pero como tu puedes someter a cualquiera el o ella podría terminar diciendo que fue bajo su propia voluntad.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a tener tu propio juguete, Mina.
—Pero tú eres mi juguete, Cassandra —contestó Mina, con una sonrisa lenta y levemente fastidiosa.
—Qué graciosa. —Cassandra no sonrió—. Me refiero a esos momentos que aún no han sido manchados por la eternidad. Cuando la juventud está en su clímax.La sonrisa de Mina se transformó en algo más cercano a la curiosidad.
—Vaya, Cassandra... estás tan distinta.
Cassandra la ignoró. Deslizó la pantalla y le mostró una invitación formal.—Ressu Lukio celebra su aniversario el veintiuno de septiembre. Será en la Iglesia Vieja de Vanha Kirkko, justo detrás de este edificio. Habrá muchos estudiantes. Si no te interesa, no importa — de todas formas habrá opciones de sobra. Pero si tú estás ahí…—¿Quieres que convierta a alguien lleno de hormonas?
—Mina, piénsalo. —Cassandra apoyó la tableta en su regazo—. Primero juegas. Lo torturas un poco. Le das la esperanza de que viva contigo por siempre. Lo conviertes cuando alguien sospeche de que estas haciendo travesuras — si quieres — y que sea tuyo para que juegues todo lo que tu quieras , lo haces sufrir lo muerdes un poco aqui un poco por haya … complaces todas esas necesidades oscuras y retorcidas que tienes y que tanto me gustan porsupuesto…— Cassandra se acomodo acercandose a Mina— , Vamos mina aprovecha esa oportunidad, al fin y al cabo solo los de tu sangre pueden convertir y cuando sea un simple lacayo… A los Vigilantes no les importará si descuartizas a alguien que quiso ser tu esclavo para darte en el gusto… será perfectamente legal.Mina dejó que la idea tomara forma despacio, como saborear algo antes de tragarlo.
—Tienes razón, Cassandra... —dijo finalmente, y la sonrisa que fue dibujándose en su rostro no tenía nada de inocente—. Podría jugar todo lo que quisiera. Hacer que me desee tanto, que esté dispuesto a darlo todo a cambio de mi atención. Y si me aburro... sin consecuencias. Qué maravilla. ¿Por qué no lo pensé antes?
—Porque siempre estás pensando en tragar y no en masticar —respondió Cassandra, y esta vez sí soltó una risa breve, genuina, que contagió a Mina.Ambas volvieron la vista hacia las ventanas del edificio. Los jóvenes se movían por los pasillos con esa energía particular de quien aún cree que sus problemas son enormes — esas preocupaciones fugaces por sueños simples. Mina los observó con la misma calma con que un gato observa una pajarera llena de canarios.—Con su permiso, señorita Virtanen, señorita Rosenverd — dijo Alfred desde el asiento delantero, sin girar la cabeza—. Los Vigilantes podrían ocultarse incluso entre los estudiantes.
—Ya lo sabemos, Alfred. No seas mojigato. —Cassandra no alzó la vista.
—Sí, Alfred... además solo estamos... observando. —Mina completó la frase con suavidad, sin apartar los ojos de las ventanas.—¿Entonces aceptamos? —preguntó Cassandra.
—Acepto. Aunque... —Mina hizo una pausa—. Cassandra, yo me conozco bien. Quizás me aburra en tres años.
—Creo que lo estás sobreanalizando. —Cassandra tecleaba de nuevo—. Solo piénsalo: Newart tiene juguetes. Lucy... bueno, a Lucy no le duran mucho. Pero ¿sabes quién no tiene ninguno? Tú. Y Enrichetta.
Mina desvió la mirada hacia ella.
—¿La zorra de Italia no tiene juguetes?
Cassandra apretó los labios, asintiendo sin levantar la vista de la pantalla.
—Como bien sabes, Enrichetta sabe dónde está todo y cierra pactos mejor que nadie. Ademas de que no es sangre pura y es una simple “estandarte” , no es parte del consejo como tu, Lleva la eternidad sola y para que alguien le de un compañero, tú o cualquiera de la mesa tendrían que permitirselo...pero eso está muy lejos de ser posible.—¿Estás segura de eso? — preguntó Mina.Me ofendes…lo sé porque leo sus mentes querida Mina—Cassandra hizo una pausa breve, y cuando habló de nuevo su voz era casi un susurro—. Aunque Enrichetta tenga esas habilidades únicas... sigue siendo una plebeya… una simple “Estandarte”... Como yo.
Mina volvió los ojos hacia ella.—No me gusta que hables así. Nadie puede hacer lo que tú haces. Eso te pone muy por encima de Enrichetta.
Nadie puede hacer lo que Grosella hace— Susurro para sí Cassandra y sostuvo su sonrisa. Ambas volvieron la vista hacia la escuela.
—Ya me desanimé —dijo Mina finalmente—. Creo que me dejé llevar por el impulso.
Pero antes de apartar la mirada, algo la detuvo.
En una de las ventanas del edificio, un joven la miraba.
Mina lo observa.
¿Cómo? Los vidrios estaban polarizados. Era imposible que pudiera verla. Y sin embargo algo en él — la forma en que sus ojos se habían detenido exactamente ahí, exactamente en ese punto — le provocó algo que llevaba décadas sin sentir. Algo parecido a la adrenalina cuando se ve a una presa.—Cassandra... ese de ahí.
Cassandra siguió su mirada.
La sonrisa de La vampira plateada comenzó a crecer, lenta, como una marea.
—Me está mirando... Siento que me mira. —Cerró los ojos un segundo—. Escucho su pulso…Está un poco acelerado.
Cassandra miró al joven. Luego miró a su Sire.—Creo que te estás sugestionando —dijo finalmente.
—No, Cassandra. —Los ojos de la Vampira se abrieron lentamente, y las palabras salieron casi jadeantes entre sus labios—. Él lo siente. Está alerta. Como si supiera que su cazadora está aquí, acechándolo.— Lo dijo ella casi ronroneando.
—Estás loca. En serio. —Rió en voz baja Cassandra, pero no desperdició ese instante: era poco frecuente que su Sire luciera esa expresión, tan extrañamente hermosa para una criatura tan antigua.
—Iré —dijo Mina al fin.
—Ya lo había hecho. Sabía que esto llamaría tu atención.
—¿Debo agradecerte, entonces? —preguntó Mina, volviéndose apenas hacia ella.
—Obvio. — enarcó ella una ceja—. Y cuando llegue el momento... quiero que me lo prestes para jugar también... porque me lo merezco ¿Te parece?
Mina Virtanen sonrió y asintió.El Bentley comenzó a avanzar.
Valo siguió con la vista el movimiento del vehículo. Había algo extraño en él: una inquietud que no podía nombrar, que no venía de ningún pensamiento concreto sino de algo más primitivo, más profundo.