Chapter 1
Noche vulnerable: cuando la rutina se rompe
Me encuentro, quizás, un poco cansado de este trabajo, altas horas trabajando de seguridad. Ya van casi dos años y no sé si estoy preparado para esto. No porque no pueda desempeñar un papel eficaz en mi tarea, sino porque son muchas horas en la noche, mejor dicho, de las 22:00 a las 06:00 de la mañana, y en un lugar muy alejado: una fábrica abandonada. En realidad, estoy ahí para cuidarla, para que la gente no se meta y haga vandalismo y esas cosas. Pero sí, está muy alejada, hasta las calles son de tierra, así que es un lugar desolador. Pero no sé por qué me pongo a pensar esto, "quizás una pequeña reflexión de mi vida o algo más", quién sabe. Pero bueno, aquí comienza mi noche. Voy a hacer la primera recorrida alrededor de esta inmensa fábrica, por dentro primero, luego por afuera. A ver qué hora es. Ah, ya son las 12:00. Sí, voy a salir. Agarro mi linterna y me voy a dedicar a hacer mi trabajo.
Bueno, recorrí la fábrica entera; está tranquilo, no pasa nada. Se escuchan algunos ruidos, pero ya sé que son las ratas que están en el lugar al estar tan abandonado. Pero es el momento de salir afuera. Ahí es donde quizás siento yo esa forma de que el confort se despoja de mí, como que el confort se aleja, "como si afuera hubiera una manada de lobos esperándome a que yo saliera o a que falle la linterna".
Bueno, empiezo a girar la llave de la puerta de entrada, que parecía girar lentamente, "como si mi propia conciencia, mi propio ser, estuviera negándose a salir". Pero como dije, es mi trabajo, no voy a dejar de hacerlo. Pero bueno, "clic" hizo la cerradura y salí hacia afuera, a esa oscuridad que hay, porque lamentablemente no hay luces como en la Ciudad, como en CABA, que tenés faroles y todo eso que iluminan las calles; acá no hay nada de eso, solo una lamparita que ilumina la puerta de la fábrica.
Bueno, y lo primero que hago, como siempre, porque lo tengo en mi mente, porque ya es parte de mi rutina, es alumbrar con mi poderosa linterna de LED hacia enfrente de la fábrica, a ese pasto que cada vez parece más alto, que son hectáreas de pasto que habrá ahí o "que se esconderá ahí". "Eso es lo que me dice mi mente, tontamente. Quizás por un miedo, quizás de algo que no sé o quizás de algo que podría estar, uno no lo sabe". Uno sigue haciendo lo que tiene que hacer, no por el solo hecho de sentir un poco más de coraje, sino de tomarlo más con tranquilidad. Y mientras hago un paneo o un mapeo con la linterna, veo que todo, que los pastos están tranquilos y no corre el viento. Comienzo a caminar, la veo larga y eterna, porque esta calle es tan larga, por ser tan inmensa la fábrica, que es mucho más grande. En mi comparación, son cuatro manzanas juntas de lo que sería una Ciudad. Pero bueno, "sigamos el camino porque para eso estamos". De repente, sí, cargué la linterna, así que no tenía problemas de seguir caminando. Así que... "ah, no sé con quién hablo. Pareciera que trato de controlar mis nervios mientras estoy hablando y diciendo esto, tendría que pensarlo solamente, no hacerme notar de que estoy hablando como si estuviera hasta hablando con una persona, a ver si algo escucha y cree que le estoy hablando a eso".
Comienzo a acelerar el paso apuntando la linterna hacia adelante, no hacia atrás, por el solo hecho de no tener una impresión. "Si algo veo, sigo caminando, me falta poco, ya estoy detrás de la fábrica." "¿Qué fue ese ruido?" Eso sí lo escuché, pero no logré identificarlo. Me hizo recordar cuando visité a mi prima en la provincia, ese ruido que hacían las uñas de las gallinas al caminar sobre el cemento. Eso me hizo recordar, pero obviamente sé que no es eso.
"No quiero pensar estupideces en este momento, porque no quiero sentirme vulnerable." Pero esas eran uñas contra el piso atrás mío. No eran. Las sigo escuchando. Acelero un poco más mi paso porque no sé qué podría pasar. "Las noches fueron tranquilas hasta el día de hoy, como si esto estuviera marcando algo que detiene. La rutina me está destrozando. La rutina es lo que mi mente me dice."
"Necesito darme vuelta y ver esto para sacarme esta incertidumbre que tengo encima, como para saber por lo menos qué me depara o qué está sucediendo. No puedo seguir caminando mientras escucho eso." Cuando de repente giro para ver lo que era con la linterna, eso que venía detrás se va moviendo en la oscuridad, eludiendo la luz, y queda justamente atrás mío de nuevo, pero ahora en sentido contrario. "Estoy mirando hacia atrás." Me giré con todo el cuerpo y ahora eso se desplazó hacia atrás de mí.
Se me erizó toda la espalda al ver que eso se puso detrás mío de nuevo. En ese momento es cuando sentí esa mano enorme tomándome de la cabeza y la nuca. No llegué a ver sus dedos, no me dio tiempo. Me lanzó y caí con mis dos manos apoyadas en el piso. No sé a qué distancia me lanzó. "No sé si fueron dos metros". La cosa es que sentí cuando mis manos raspaban el piso. "Quizás algún vidrio, quizás algo. Algo había en la tierra." "¿Cómo verlo si la linterna se me cayó por allá lejos?" Cuando caí, se me escapó de la mano. Y eso no es lo peor. Ahora lo siento. Lo siento sobre mí, no apoyado en mí, a cierta altura, como si fuera yo una presa, como si fuera yo. "Sí, sí, una presa." Siento su respiración en mi nuca. Siento cómo me olfatea, no solo cómo me olfatea, sino cómo disfrutara, "como si sintiera que llegó el momento de comer."
Me quedé inmóvil. Por primera vez en mi vida, no sabía qué hacer, mi cuerpo no me respondía. Hasta ese momento, ese mismo momento en que escuché esa voz casi gutural, casi parecida al rugido de un león, pero hablando, y me dijo:
—¿Qué esperas? No me digas que me lo vas a hacer tan fácil.
Y eso fue un clic en mi mente. "La reacción: que esta cosa, sea lo que sea, me está dando la oportunidad de que yo escape de esta situación. No sé si será solamente momentáneo, pero no voy a perder el tiempo." Fue en ese momento en que no sé si gateé o intenté pararme, pero sé que alcancé la linterna. Y al alcanzar la linterna, corrí, pero corrí como jamás hubiera corrido. Pero eso que venía atrás corría más rápido que yo, porque no estaba tan lejos. Y esa voz de nuevo:
—¡Corre, corre, cabrito!
Ni siquiera me di cuenta para dónde corría, lo que sentí fue el pasto pegándome en la cara. No me di cuenta de que corría enfrente de la fábrica, hacia el pasto, hacia las hectáreas tan llenas de este pasto que no me dejaba ver nada. Solo intentaba correrlo para seguir, pero se me hacía imposible, "como si me agarrara el mismísimo pasto de las piernas y no me dejara avanzar."
"No puedo ir caminando, iré gateando, pero no me deja pasar este pasto de mierda. ¿Cómo puede ser tan alto?" Voy gateando. "Sí, iré gateando mejor. No sé con quién sigo hablando, mejor me tendría que quedar callado porque esto delata quizás mi posición o dónde estoy, haciéndome una presa fácil." Cuando ya estoy llegando a la salida, sí, veo la puerta de la fábrica justo enfrente, la lamparita puta esa que me está dando esperanzas de algo, "gracias a este momento y con solo verla. O quizás no, no lo sé". Cuando logro salir, cuando estiro mi mano fuera de este pasto, algo, algo toma mi muñeca.
Cuando miré, "prácticamente no quise mirar". Cerré los ojos, dije: "Acepto mi final. Quizás esto haya sido necesario para mi reflexión de hoy cuando entré al trabajo, quizás esto sea la respuesta a mi reflexión."
Le dije:
—Sí, soy el vigilador de la fábrica.
—Sí, creo que alguna vez te vi cuando iba pasando y por eso te reconocí y no sabía qué te estaba pasando. Te vi ahí muy alterado, muy... no quiero decir asustado, para que no pienses que quiero, mmm, decir otra cosa. Pero bueno, entonces, ¿estás bien?
—Sí —le dije, y me dirigí hasta la entrada. Giré la llave, que esta vez fue rápido, no fue eternamente larga, y me doy la vuelta y le digo:
—¿Cómo es su nombre?
—Ah, Juan, dime Juan, ¿y tú?
—Yo me llamo Marcelo. ¡Chau Juan, gracias por todo! —mientras iba girando la llave y cerrando la puerta, cerrando la puerta y girando la llave para dar como culminada esta noche aterradora. Cuando terminé de girar la llave, que le dije "chau Juan", estaba esperando un momentito antes de irme a la oficina que me dijera "chau Marcelo", pero me dijo:
—Nos vemos, cabrito —en una voz, en la misma voz gutural y horrenda.
Solo recuerdo porque me lo contó mi compañero, que me encontró acurrucado en una esquina de la oficina, diciendo en voz baja repetidamente: "Ayuda, ayuda, ayuda." Creo que en unos meses, un mes más, creo que ya estaré bien para poder salir del psiquiátrico y encontrarme con mi familia, que todo este tiempo no pude ver. "¿Por qué? Porque tenía miedo." Fin.