Entre las sombras

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Summary

Sumérgete en esta historia oscura y de misterio

Genre
Horror
Author
Uziel
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo


Prologo el eco del primer aliento

El pueblo de Niebla Eterna no recibía forasteros. Los recibía el mar, con sus olas grises y perezosas que lamían los acantilados como lenguas hambrientas, pero el pueblo, enroscado en sí mismo, los ignoraba. La niebla no era un fenómeno meteorológico, sino una residente más, una presencia húmeda y salina que se adhería a los adoquines y difuminaba los contornos de las casas de madera astillada.


En el acantilado más alto, donde el faro abandonado parpadeaba con una luz errática que ningún cuidador encendía, Él observaba. Su figura era una mancha más oscura contra el crepúsculo cobalto. No era alto ni imponente; su poder residía en lo opuesto, en la capacidad de parecer un espacio vacío, un olvido con forma humana. Sus ojos, del color del ámbar turbio, no reflejaban la luz del faro. La absorbían.


Abajo, la chica subía por el sendero. Se llamaba Elara, tenía diecisiete años y el corazón le latía con una emoción que, para Él, era un perfume embriagador. Había conocido al chico nuevo una semana atrás, en la polvorienta librería del pueblo. Le había hablado de poesía maldita y le había rozado la mano al entregarle un viejo ejemplar de Blake. Su nombre era un susurro que ella ya había olvidado, pero su sonrisa, esa promesa de secretos compartidos, la había arrastrado hasta allí.


—Sabía que vendrías —dijo Él cuando ella llegó a la cima, jadeante. Su voz no era grave ni profunda, sino curiosamente hueca, como el eco dentro de una caracola.


—Quería verte —respondió ella, sintiendo un vértigo que atribuyó al amor adolescente.


Él se giró. Bajo la luz espectral, su rostro era bello, de una belleza andrógina y desdibujada que incomodaba porque no se le podía fijar una edad. Lo único sólido en él eran sus ojos.


—Todos quieren —dijo, y dio un paso hacia ella—. Al principio.


Elara sintió un frío repentino, no en la piel, sino en algo más profundo, en la raíz de sus pensamientos. Él extendió la mano, no para tocarla, sino como si acariciase el aire a un milímetro de su mejilla. En ese gesto, el mundo se silenció. El murmullo del mar, el graznido de las gaviotas, incluso el pulso de su propia sangre en los oídos… todo se apagó.


Lo que siguió no fue un dolor. Fue una ausencia. Elara notó cómo el recuerdo del cumpleaños de su madre, con el olor a tarta de canela y las risas, se volvía borroso, como una acuarela bajo la lluvia. Luego, se desvaneció por completo. Ya no podía recordar el sonido de la risa de su madre.


Él cerró los ojos, saboreando. Un tenue hilo de luz, casi imperceptible, viajó del pecho de Elara a su mano pálida. Ella no gritó. Las víctimas del Vacío nunca gritan. Simplemente se vacían, desde dentro hacia afuera, perdiendo primero la infancia, luego los afectos, después las pasiones y, finalmente, la voluntad de respirar.


Cuando Él retiró la mano, Elara seguía de pie, con los ojos abiertos, idénticos a como eran. Pero su mirada ya no enfocaba nada. Era la cáscara perfecta de una chica. Respiraba, pero su alma era un desván saqueado.


—Gracias —susurró Él al cascarón que aún respiraba—. Tu eco me durará un mes.


Se dio la vuelta para contemplar el pueblo, un pesebre de luces mortecinas. Llevaba siglos haciendo lo mismo, recolectando ecos, robando lentamente lo que daba color al mundo. Se adaptaba, se mimetizaba entre los jóvenes, esperando el próximo corazón solitario, el próximo espíritu ardiente cuyo vacío fuera especialmente delicioso. Su naturaleza era un vacío insaciable.


Pero esa noche, mientras Elara, sin recuerdos, se desplomaba silenciosamente sobre la hierba húmeda, Él sintió algo nuevo. No provenía del pueblo. Era una vibración diminuta, una promesa lejana en la carretera que serpenteaba hacia el valle. Alguien especial se acercaba. Una luz que no solo brillaba, sino que podía ver. Una esencia que no sería un simple eco, sino una sinfonía.


Una sonrisa, la primera genuina en cien años, curvó sus labios.


—Por fin —murmuró—. Llegas,