Capítulo 1 — “El miedo no está en el enemigo”
10 de junio, año 2165 a las 11:00 p.m. — Edificio en construcción, zona abandonada de la ciudad
Dos figuras avanzaban por el esqueleto oxidado de lo que alguna vez fue un centro financiero. Ahora, solo quedaban vigas torcidas, concreto resquebrajado y el silbido del viento filtrándose como un lamento entre los huecos.
La farola más cercana parpadeaba, lanzando destellos pálidos sobre sus siluetas. Trajes sobrios, cómodos, diseñados para no morir ahogados en formalidades.
*Ejem, ejem*
— ...Y así es como la gente normalmente nos imaginaría: héroes silenciosos en la noche, cazando peligros.
Pero vamos... no podía dejar que te tragaras una presentación tan aburrida.
Hola, soy Wise. El tipo que arruina la seriedad de estas escenas, pero que —para mi desgracia— sigue siendo el protagonista de esta historia.
Mejor te presento yo mismo, a los locos que tendrás que soportar en esta historia.
Empecemos con Belle.
Lo primero que salta a la vista son sus ojos: plateados, intensos… como si en lugar de mirar, analizaran. Siempre parecen encendidos, como si vieran algo que yo no. A sus 25 años mide 1.75 —sí, sigue siendo bastante alta, aunque eso no le impide usar botas con suela gruesa para tener ventaja en las discusiones.
Lleva el cabello corto, estilo bob, siempre ordenado. No tengo idea de cómo lo logra. Corre, pelea, se lanza sobre explosivos... y aún así, ni un pelo fuera de lugar. Es emocional, sí, pero no en el mal sentido. Es de las que siente todo... y aun así, actúa como si nada la tocara. Una combinación peligrosa.
Y por algún motivo que escapa a toda lógica, yo soy el único que logra sacarla de quicio. A veces pienso que es un don. O una maldición.
En fin, ahora me toca.
Ser serio no es lo mío, aunque creo que eso ya se noto. Con mis 22 años mido 1.80, tengo el pelo un poco largo, normalmente peinado hacia atrás (salvo cuando el viento o una explosión deciden arruinarme el estilo), y casi siempre dejo barba. No por estética, sino porque afeitarme es un castigo que no merezco.
No voy a mentirte: mi cara no detiene el tráfico. Pero el resto del paquete... digamos que el entrenamiento hizo lo suyo. O eso quiero creer. Mis ojos son café claro, Nada raro, pero al menos no dan miedo.
Ahora sí, los dejo con la parte donde casi nos matan.
La noche se espesaba sobre el edificio como un velo húmedo y opresivo. Los pasos de Wise y Belle resonaban apagados sobre el concreto resquebrajado, mientras el viento hacía crujir las vigas oxidadas, que gemían como fantasmas viejos.
Un farol solitario, medio muerto, lanzaba destellos débiles que apenas lograban cortar la penumbra. Las sombras se estiraban y contraían con cada ráfaga, como si respiraran.
De pronto, Belle detuvo el paso. La luz de su linterna tembló al enfocar algo entre los escombros: un cuerpo inerte, medio oculto por las sombras.
Wise tensó los hombros al instante. El silencio se volvió tan denso que casi podía escucharse.
—Subterráneo —susurró Belle, su voz apenas un hilo en la oscuridad.
Bajaron con cautela por una escalera oxidada que crujía bajo su peso, descendiendo a un sótano donde el aire olía a humedad rancia y metal viejo. Cada paso parecía alejarlos del mundo real y hundirlos en un silencio espeso.
Wise soltó un suspiro leve.
—Irónico, ¿no? —murmuró con la voz baja pero aún con su tono habitual—. volvió a ser el gato el que caza al ratón.
Belle lo miró de reojo, más concentrada que molesta.
—Concéntrate. No es momento de tus frasecitas.
Entonces Belle frenó en seco. La linterna temblorosa iluminó un rincón, revelando una delgada línea metálica que cortaba el aire como un hilo de araña.
Wise lo vio al mismo tiempo y apoyó su mano en el hombro de ella con firmeza.
—¡Alto! Mira... trampas.
Belle tragó saliva, retrocediendo con extremo cuidado. Pero el destino tiene su humor cruel.
El leve roce de su bota contra un hilo casi invisible activó el mecanismo.
Click.
El sonido fue apenas un susurro, pero suficiente para helarles la sangre.
—¡Al suelo! —gritó Wise, arrojándose sobre ella sin pensar.
La flecha silbó como un latigazo y se incrustó en el hombro de Wise con un golpe seco. El dolor lo atravesó como un rayo helado, robándole el aliento.
—¡Wise! —La voz de Belle tembló, apenas por un instante.
Sin perder tiempo, cayó a su lado. Sus dedos, firmes pero temblorosos, desgarraron la manga de su camisa y rodearon la flecha con cuidado quirúrgico. Wise apretó los dientes. No podía ceder ahora.
—Uno, dos... —susurró ella, más para sí que para él.
Y tiró.
El dolor le atravesó el cuerpo como fuego líquido, pero él solo dejó escapar un gruñido seco. La sangre tibia manchó las manos de Belle, que, sin detenerse, improvisó un vendaje con un trozo de tela.
La tensión se espolvoreaba en el aire como polvo suspendido.
Entonces, Wise alzó la cabeza con dificultad.
—Shh... escucha.
Pasos. Lejanos, veloces, resonando por las paredes del sótano como ecos de algo que huía.
Ambos se pusieron de pie, espalda contra espalda, armas listas, respiraciones contenidas. Sabían que el silencio no duraría mucho.
Una sombra ascendía por las escaleras de emergencia.
Wise la miró un instante. Belle iba a decir algo, pero él negó con la cabeza. No había tiempo para discusiones.
—Tú por las principales —susurró—. Yo cubro la salida.
Ella dudó una fracción de segundo.
—Cuida ese hombro, idiota.
Wise sonrió, dolorido.
—Prometo no dejarlo tirado.
Se separaron sin más palabras.
El viento nocturno golpeó su rostro cuando abrió la puerta de emergencia. Subió con sigilo, el pulso martilleándole el oído.
Y entonces lo vio.
Una silueta fugaz lo observó desde lo alto, apenas un segundo, antes de desaparecer entre las sombras.
Wise no dudó. Lo siguió.
Al llegar al primer piso, el silencio era un cuchillo afilado. Se acercó despacio a la puerta principal, con los músculos tensos y el arma lista.
Empujó la puerta.
Click.
Y allí estaba.
El frío cañón de una pistola, apuntando directo a su frente.
Una semana antes — 11:40 p.m. — Bar "Midnight Cross"
El "Midnight Cross" estaba en silencio, pero no de esos que calman. Era el silencio pegajoso que queda después del desastre. El aire olía a pólvora, alcohol derramado y sangre fresca.
Díez cuerpos cubrían el suelo, rodeados de casquillos y vidrios rotos. Las luces parpadeaban, lanzando destellos irregulares que hacían temblar las sombras como si el lugar aún respirara.
Desde el baño, agachado junto a un cadáver corpulento, Wise revisaba la escena, concentrado, aunque con esa expresión suya de que nada lo tomaba en serio.
—¡Belle! Ven un segundo —llamó, sin apartar la vista del cuerpo.
—¡Voy! —respondió ella desde la barra, donde examinaba una mancha de sangre.
Al entrar, cruzó los brazos y escaneó el caos con frialdad.
—Mira esto —dijo Wise, señalando al muerto—. Hombre corpulento, acribillado como para asegurarse de que no vuelva a levantarse.
Belle frunció el ceño, cansada de la escena.
—Vaya.
Wise ladeó la cabeza, con esa media sonrisa tan suya.
—Este tipo vino con hambre.
Belle suspiró, sin perder la compostura.
—No deberías burlarte del físico de un muerto.
Wise levantó una ceja, divertido.
—No lo decía por su peso. Lo digo porque fue el que más balas se comió.
Ella lo miró con desaprobación, pero no pudo evitar que la comisura de sus labios temblara apenas.
—Un chiste más así y te unes a su festín —advirtió, llevándose la mano a la funda de su arma.
Wise levantó las manos, rindiéndose.
—Bueno, bueno... No lo prometo.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, sin molestarse en mirarlo.
—Nada, nada... —sonrió él, sabiendo que la había hecho sonreír por dentro.
Salió del baño directo a la barra, tomó una botella de vodka y le dio un trago sin pensarlo mucho.
Belle apareció detrás suyo, ya anticipando el espectáculo.
—Deja eso donde estaba. Ahora mismo.
Wise se encogió de hombros y bebió otra vez, desafiante.
—Qué lástima... —dijo Belle, girándose—. Te quedarás sin mi comida casera por una semana.
La botella dejó de moverse en su mano.
—Nooo... —Wise bajó la cabeza y colocó el vodka sobre la barra, derrotado—. No me hagas eso, por favor…
—Está bien —cedió ella, con una pequeña sonrisa que trató de ocultar.
—Por eso eres la única persona que respeto —susurró él, más para sí que para ella.
Belle bajó la mirada, sonrojada, frotándose el puente de la nariz para que no la viera.
La puerta del bar se abrió con un chirrido largo.
—Ya empezaron con sus dramas otra vez... —dijo Homura, jefe del departamento de investigaciones, con los brazos cruzados.
Se acercó sin perder la compostura.
—¿Avances?
Wise alzó una ceja, sin perder su tono burlón:
—Sí, las diez víctimas están bien muertas, fíjese.
Homura cerró los ojos y suspiró largo.
No lo despido solo porque es irremplazable, pensó.
Volvió su mirada a Belle y le preguntó, en voz baja:
—¿Cómo trabajas con este idiota?
Belle lo miró, luego a Wise, que balanceaba los pies como un niño aburrido. Encogió los hombros, resignada.
Wise bajó de la barra, se estiró como si estuviera en casa y adoptó su tono de “profesor sabiondo”.
—Muy bien, déjenme explicar qué pasó:
La primera víctima está en el baño. Nueve impactos. Calibre 5.7x28 mm. ¿Qué nos dice eso? —se giró con teatralidad—. Una Five-seveN con silenciador. Solo fuerzas especiales usan eso.
Belle, cruzando los brazos, murmuró por lo bajo a Homura:
—Se transforma en Sherlock cada vez que tiene público.
Homura reprimió una sonrisa cansada.
Wise fingió indignación sin dejar de sonreír.
—Escuché eso, Belle. Y agradece que no traje mi pipa de burbujas.
Belle rodó los ojos con suavidad, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa mientras lo veía agacharse a recoger una bala del suelo.
Fue entonces cuando notó algo. Un rasguño leve, casi invisible, en el cuello de Wise.
Su expresión se endureció por un instante.
—¿Y eso? —preguntó, intentando sonar neutral.
Wise llevó la mano al cuello, casi sorprendido.
—¿Eh? Ah, me raspé con una botella en la escena. Nada grave.
Belle desvió la mirada, incómoda, ajustándose la chaqueta como excusa para ocultar su preocupación.
Wise señaló hacia la barra.
—Segunda víctima, aquí. El asesino apuntó a la cabeza a través de la chaqueta... pero erró. Le voló media oreja.
—Clase básica de sigilo: si vas a matar a alguien en un bar, mínimo apunta bien —ironizó.
—Clase básica de humor: deja los chistes para momentos menos serios —le interrumpió Belle, firme pero sin dureza.
Aun así, seguía escaneando a Wise como quien busca algo que no quiere encontrar. Él lo notó, pero decidió callarlo.
Wise continuó señalando con gestos amplios:
—Después aparecen tres hombres. Uno, policía fuera de servicio. Los otros dos, pandilleros o idiotas armados. Se arma la balacera. Resultado: mueren los tres, junto a siete civiles.
Homura lo miró, impasible.
—¿Y cómo diablos ganó el asesino?
Wise sonrió como si esa fuera la mejor parte.
—La Five-seveN atraviesa casi todo. Y el asesino usó este pilar como cobertura. Mira.
Lo llevó hasta un montón de vidrios rotos junto a un bloque de concreto.
—Ese vidrio de ahí está lleno de sangre. Del atacante. El idiota se cortó.
Homura asintió, llamando a un asistente.
—Recojan muestras para análisis de ADN.
Wise se giró hacia Belle, sonriendo como un niño que muestra su dibujo.
—¿Ves? Yo también hago mi parte.
—Sí. Justo antes de romper las reglas, beber en la escena del crimen y hablar como si esto fuera una película —respondió Belle, cruzando los brazos.
Pero esta vez no sonó molesta. Era más bien una queja cariñosa, resignada.
Homura suspiró por última vez.
—Buen trabajo. Pueden retirarse.
Wise levantó los brazos como si hubiera ganado un maratón.
—¡Al fin! ¡Comida casera de Belle, allá vamos!
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo, sin fuerza real.
—¡Cierra la boca! —le dijo entre dientes... pero no pudo evitar sonreír.
Salieron del bar y el aire nocturno los envolvió con su frío denso. Las calles estaban casi vacías, salvo por el rumor lejano de un motor que rompía el silencio como un zumbido molesto.
Caminaron varias cuadras en silencio. Wise iba adelante, manos en los bolsillos, con el paso relajado de quien parece pasear por su barrio. Belle lo seguía de cerca, mucho más alerta, su mirada revisando cada sombra y cada esquina como si fueran trampas esperando activarse.
Las farolas parpadeaban de forma intermitente. Algunos tramos estaban sumidos en una oscuridad absoluta, donde el viento arrastraba basura y papeles como ecos de un mundo que ya no dormía tranquilo.
De pronto, Wise frenó en seco.
—Belle —susurró, sin girarse—. ¿Ves eso?
Ella se acercó, alerta, ya con la mano cerca de su arma.
—Sangre fresca… —murmuró, bajando la voz.
El rastro irregular, todavía húmedo, se extendía como una herida abierta hacia un callejón estrecho. Ambos intercambiaron una mirada rápida: no había dudas. Tenían que seguirlo.
Los pasos se volvieron más lentos, más silenciosos. Cada sonido parecía amplificarse en la quietud de la madrugada.
El callejón desembocaba en un edificio a medio construir. El concreto gris, agrietado y cubierto de manchas de óxido, parecía llevar años abandonado. Junto a la entrada, una vieja camioneta oxidada dormía como un esqueleto olvidado.
El viento silbaba entre las vigas expuestas, arrastrando un olor a humedad y metal viejo.
Wise avanzó despacio, escaneando el entorno. Algo no cuadraba. Demasiado silencio.
Belle lo seguía de cerca, aún más atenta.
Y entonces, él lo sintió.
No un ruido, ni una sombra. Solo ese vacío incómodo, ese momento en que el instinto grita antes que la razón.
Sin pensarlo, la empujó con fuerza hacia un lado.
¡PUM!
Un disparo cortó el aire.
La bala rozó la mejilla de Belle, dejando una línea roja delgada y caliente. El ardor fue inmediato, como una quemadura.
Ella se llevó la mano a la cara, sorprendida y frustrada por haberse distraído.
Wise se posicionó delante de ella al instante, su arma ya en alto.
—¡¿Estás bien?! —preguntó, por una vez sin rastro de sarcasmo.
Belle asintió, con la respiración agitada.
—Solo me rozó… estoy bien.
Pero su tono temblaba. No de miedo, sino de rabia contra sí misma.
Wise no bajó la guardia. Miró rápido a su alrededor, buscando el origen del disparo.
¡Otro disparo!
La bala impactó contra el marco de la camioneta oxidada. Ambos se refugiaron detrás del vehículo, cubriéndose.
Wise rebuscó rápido en su chaqueta y sacó la botella de vodka, sin perder un segundo. Sus gestos eran precisos, casi automáticos.
Belle lo miró, aún con la respiración agitada, pero no dijo nada. Sabía que, cuando tenía esa expresión, Wise ya estaba en otro modo: puro instinto.
Rasgó un trozo de tela de su propia camisa y lo empapó con el vodka, haciendo una mecha improvisada. Con movimientos tensos, sacó su encendedor y lo prendió.
Sin mirar atrás, lanzó la botella encendida hacia la ventana del segundo piso.
El impacto fue inmediato. El alcohol ardió rápido, llenando el interior con llamas cortas y humo espeso. El fuego iluminó la sala por un instante, revelando una silueta que se movía entre las sombras, forzada a abandonar su escondite.
Desde lo alto, se escuchó un ruido abrupto, seguido de pasos que se alejaban a toda prisa.
Wise no esperó confirmaciones.
—Vamos —ordenó, con la voz baja y cortante.
Belle asintió, aún tocándose la herida en la mejilla, y ambos salieron de la cobertura.
Ascendieron por las escaleras, con las armas listas, los sentidos en alerta máxima y la rabia latiendo bajo la piel.
El segundo piso estaba casi vacío, salvo por las llamas que morían poco a poco contra la pared. Vidrios rotos crujían bajo sus botas, y manchas de sangre marcaban un rastro irregular hasta una ventana rota.
Belle avanzó primero, atenta, con el arma firme. Wise la seguía, más relajado por fuera, pero sin bajar la guardia. Sus ojos no dejaban de recorrer el entorno, protegiendo sus flancos, como siempre hacía cuando ella iba delante.
El lugar estaba vacío. Solo quedaban huellas apresuradas de alguien que había escapado más rápido de lo que esperaban.
Wise llegó hasta la ventana, se asomó y soltó un suspiro frustrado.
—Y ahí va el premio mayor... otra vez huyendo —dijo, con su tono habitual, entre resignado y burlón.
Belle bajó el arma despacio, pero su cuerpo seguía tenso.
—No pudo llegar lejos —dijo, más para convencerse a sí misma que a él.
Wise la miró un momento, notando el leve temblor que aún quedaba en su respiración.
—¿Estás bien? —preguntó, esta vez sin sarcasmo. Su voz fue suave, casi un susurro.
Belle apartó la mirada, incómoda con la pregunta.
—Estoy bien. —Su tono fue firme, aunque su mejilla todavía ardía por el disparo.
Wise se acercó un poco más, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su presencia.
—Me debes un susto menos para la próxima —dijo con media sonrisa cansada.
Belle esbozó una sonrisa breve, casi imperceptible, y negó con la cabeza.
—Tú también me debes unos cuantos.
Wise soltó un suspiro leve, mirando hacia la ventana.
—Siempre empatamos en lo malo, ¿no?
Ella guardó el arma, relajando los hombros apenas.
—Voy a llamar a Homura.
Sacó su teléfono mientras él seguía mirando al exterior, el viento nocturno agitando su cabello.
—Dile que trajimos fuego y drama, como siempre —murmuró Wise, más para él que para ella.
Belle sonrió apenas mientras marcaba, sabiendo que, pese a todo, él siempre encontraba una forma de suavizar el peso de la noche.
Wise seguía agachado, observando cómo el fuego consumía el último resto del vodka derramado.
Belle colgó el teléfono y dio un paso hacia él.
Cuando la escuchó acercarse, levantó apenas la cabeza. La expresión cansada, pero tranquila.
—Al menos no necesitamos esas porquerías del Barrio Alto para seguir en pie... todavía —dijo, forzando una media sonrisa.
Belle se detuvo a poca distancia, cruzó los brazos con aparente calma, pero sus hombros aún temblaban levemente, imperceptible salvo para quien supiera mirar.
—Todavía —repitió ella, su voz apenas más baja, como si le costara sostener el peso de la palabra.
El silencio que siguió fue breve. Suficiente.
Wise se incorporó, dio un paso adelante... y la abrazó. Sin pedir permiso. Torpe, directo. Como si necesitara comprobar que seguía allí.
Belle se quedó rígida, el cuerpo tenso como si la hubieran sorprendido a mitad de una orden. Su espalda se mantuvo recta, los brazos atrapados entre el impulso de apartarlo y el temor de que soltara primero.
Sus dedos temblaron, apretados contra sus costados, sin saber si empujarlo o aferrarse.
Su respiración, que hasta entonces había sido controlada, se quebró en un solo instante, temblorosa, como si el aire ya no bastara.
Wise no dijo nada. No intentó retenerla más de lo necesario. Solo se quedó quieto, esperando.
Y entonces Belle, con un gesto corto, casi involuntario, levantó un brazo y lo apoyó sobre su espalda. No lo rodeó por completo, ni lo sostuvo. Solo lo tocó. Como quien reconoce una presencia más que abrazarla.
El temblor de sus dedos tardó un segundo más en desaparecer.
Después, con la misma rapidez con que llegó el gesto, retiró el brazo, carraspeó suavemente y dio un paso atrás, recuperando el espacio.
—Esperemos a Homura… —dijo, su voz firme, aunque un poco más baja de lo normal.
Se giró de inmediato, ocultando la tensión que aún no lograba borrar del todo.
Detrás de ellos, la sirena de un vehículo policial comenzó a acercarse, llenando el vacío con su sonido metálico.
— 01:10 a.m. — en casa de Belle
Belle no dijo nada cuando sucedió. Ni cuando lo empujó. Ni cuando él la protegió. Solo sintió el calor del roce en su mejilla y ese cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con miedo… Si no, con todo que ver con él.
Wise había vuelto a salvarla.
Y eso la molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El sonido de los vidrios bajo sus botas todavía resonaba en su cabeza. Esa camisa empapada de alcohol y sangre, abandonada en el piso del edificio, era todo lo que quedaba del sospechoso. Pero para Belle, la verdadera preocupación estaba en la forma en que Wise la miró después del disparo. No fue su típico chiste rápido ni esa mirada descarada… fue otra cosa. Algo que no pudo identificar. O tal vez no quiso.
Ahora estaban en su casa. La pequeña cocina estaba impregnada con el aroma de arroz recién hecho, y él, sentado en la encimera, tenía una venda improvisada en el cuello y una expresión de cachorro regañado.
—Deja de moverte o la gasa no va a hacer efecto —dijo ella, limpiando la herida con cuidado.
—No es mi culpa, tu mano está fría… —Wise intentó esquivar su toque, pero el dolor lo hizo contener un quejido.
Belle sonrió por lo bajo.
—¿Quieres que me ponga guantes quirúrgicos también, señor sensible?
—Quiero que no te pongas a limpiar como si estuvieras lijando una mesa… —respondió él con los dientes apretados.
Belle soltó una leve risa. Una que no planeaba dejar escapar.
—Mira el lado bueno, todavía tienes tu vodka favorito... en forma de esquirlas en el piso de un edificio.
Wise la miró como si acabara de insultar a un familiar querido.
—Aún lloro por eso en silencio, ¿sabes?
—Yo también —respondió ella—, pero por razones más prácticas… como que casi muero esta noche.
El silencio se volvió denso por unos segundos. Wise bajó la mirada. La herida en su cuello seguía sangrando un poco. Belle, al notarlo, presionó con más firmeza.
—¿Y ahora por qué el silencio? —preguntó ella, como si intentara sonar casual.
—Me da miedo que te lastimen —dijo él, sin rodeos.
Belle se detuvo un segundo, con la venda aún entre las manos. El comentario le golpeó más fuerte de lo que esperaba. Sintió un nudo en el estómago y el corazón acelerándose, pero se obligó a mantener el rostro tranquilo.
Apretó un poco más la venda, tal vez con más fuerza de la necesaria, y desvió la mirada antes de que él notara algo.
Cuando terminó, dio un paso atrás, recuperando el control, su expresión tan serena como siempre, aunque por dentro seguía luchando por volver a respirar con normalidad.
—Listo —dijo.
Wise bajó de la encimera y la miró, frotándose la nuca.
—¿Sabes qué es lo peor de esta noche?
—¿Que te quedaste sin el vodka? —respondió ella de forma sarcástica, para relajar la tensión del ambiente, mientras bajaba los brazos.
—No. Que el bastardo sigue suelto —replicó él, serio esta vez. Muy serio.
Un escalofrío le recorrió la espalda, frío y seco. La amenaza no era una posibilidad lejana; estaba ahí, rondando cerca, demasiado cerca.
Belle apretó los labios, buscando mantener la calma. No podía dejar que el miedo le ganara terreno.
—Va a cometer un error —dijo al fin, con una voz serena, demasiado serena, como si así pudiera mantener todo bajo control.
Pero Wise, como siempre, fue directo donde dolía.
—Lo sé. Pero no quiero que tú pagues por ese error.
Sus palabras la desarmaron por dentro. Sintió el peso de una preocupación que no estaba dispuesta a cargar, no porque no la sintiera, sino porque sabía lo que significaba admitirlo.
Sin responder, desvió la mirada, buscando una excusa para romper ese momento. Caminó hacia el refrigerador, abrió la puerta con más brusquedad de la necesaria y sacó una botella de cerveza.
Se la arrojó sin mirarlo. Wise la atrapó con una mano, sin perderle el ritmo.
—Ve a sentarte. Te hice arroz con omelette— comentó Belle con un tono ahogado, que trata de mostrarse calmada.
—¿Con ese aliño especial que le echas siempre? —preguntó él con esperanza, olvidando casi al instante la tensión que había.
Ella alzó la mirada, al ver que logro distraerlo, liberó un suspiro de alivio.
Lo que le permitió sonreírle más tranquila, pero aún tensa por dentro, para luego responder.
—Sí. Pero si hablas mientras masticas, lo retiro del menú.
Wise sonrió y fue a sentarse como un niño obediente. Belle, al mirarlo, notó cómo la luz cálida de su lámpara se reflejaba en sus ojos cansados… pero vivos.
Y por un segundo, sólo un segundo, pensó: “Estoy feliz de que sigas aquí.”
Pero como siempre, lo mantuvo para sí misma.
La noche seguía avanzando Cuando terminaron, Belle sacó un par de mantas del armario del pasillo y las dejó sobre el sofá.
—Aquí tienes. No te quejes, están limpias.
Wise tomó las mantas con una sonrisa leve.
—Jamás me quejaría de tu hospitalidad, agente Belle.
—Si rompes algo, duermes afuera.
Sin más, Belle desapareció por el pasillo. Su silueta se perdió tras la puerta de su habitación, que quedó entreabierta, como siempre.
Wise se quedó solo, sentado en el sofá, con las mantas sobre las piernas. Cerró los ojos un momento, dejando que el silencio lo envolviera.
Pero la tranquilidad no trajo descanso.
Volvió la imagen, clara y nítida:
La bala cruzando el aire.
La mejilla de Belle siendo rozada por el disparo.
El frío que le recorrió el cuerpo en ese instante.
Apretó los dientes, el puño cerrándose sin darse cuenta sobre la manta.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Se recostó de lado, cubriéndose sin mucha ceremonia.
Mañana seguirían. Como siempre.
Pero esta noche, aunque el cuerpo descansara, la mente no iba a callarse tan fácil.
En la habitación
Belle dejó el arma sobre la mesa de noche y se sentó al borde de la cama.
Pasó los dedos por su mejilla, sintiendo el leve ardor. La piel no sangraba, pero el calor seguía ahí.
Cerró los ojos, y la imagen volvió.
Wise abrazándola, sin avisos, sin palabras.
El calor breve de sus brazos.
El temblor involuntario que la recorrió cuando no pudo apartarse a tiempo.
Frunció el ceño, bajó la mirada y respiró hondo, buscando control.
Se recostó sin más, apagó la lámpara y dejó que el silencio llenara el espacio vacío.
Mañana sería otro día.
Y seguiría ocultando el miedo donde nadie pudiera encontrarlo.
Ni siquiera ella.