Please, I've been on my knees (change the prophecy)
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La luz dorada del amanecer se filtraba siempre a través de las cortinas beige del salón, tiñendo de miel los recuerdos que colgaban en las paredes, fotos de bodas, viajes, besos robados. Cinco años de matrimonio y la casa aún olía a ellos; a vainilla y café por las mañanas, a la colonia fresca de Louis por las noches, al suave aroma del champú de Harry que se quedaba impregnado en las almohadas y a su crema de lavanda que se aplicaba en la piel cada noche.
Se habían conocido en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común, en un pequeño departamento de Londres donde la música sonaba demasiado alta, Louis lo vio primero.
Harry con su cabello largo recogido en un moño desordenado, riendo con la cabeza echada hacia atrás, con esa risa ronca y luminosa que parecía iluminar la habitación entera, haciendo que Louis se quedara atrapado en ella. Harry, en cambio, se perdió en la intensidad de aquellos ojos azules que lo miraban como si ya lo conocieran de toda la vida. Una conversación en la cocina llevó a otra en el balcón, y antes de que terminara la noche, ya habían intercambiado números con las manos temblorosas y las mejillas rojas.
Los meses siguientes fueron profundos e inevitables, se querían con una certeza que asustaba y dos años después, de rodillas en una cena romántica organizada por el ojiazul, le pidió matrimonio con una voz que apenas salía, el ojiverde lloró tanto que apenas pudo decir que sí. Se casaron en una ceremonia íntima rodeados de flores silvestres y promesas susurradas, porque sabían desde el fondo de su alma que eran el uno para el otro.
Pasaron el primer año en viajes improvisados a Italia, donde se besaban bajo la lluvia, y en Roma con mañanas perezosas en la cama. Compraron una casa que amueblaron juntos, pintando paredes que serían de sus futuros hijos y discutiendo sobre el color del sofá.
Adoptaron a un perro callejero que después llamaron Clifford, y a una gata gris y elegante llamada Olivia y poco a poco, llenaron la casa de plantas, de música y de pequeños rituales, como las mañanas en que Harry enseñaba a Louis a preparar panqueques con forma de corazón, las noches en que Harry le leía en voz alta mientras el contrario apoyaba la cabeza en su regazo y las citas imperdibles cada domingo.
Fue un año después en una noche de lluvia ligera con la chimenea encendida, cuando Harry pronunció por primera vez en voz alta aquello que le llevaba meses ardiendo en el pecho, ambos estaban en el sofá y llevaban pensándolo por un tiempo ya, Olivia dormía a sus pies y él se giró hacia Louis con los ojos brillantes y la voz temblorosa.
“Lou, quiero ser mamá.”
Lo dijo con tanta ternura y anhelo que Louis sintió que algo se le rompía y se reconstruía al mismo tiempo dentro del pecho, esa noche hablaron durante horas con lágrimas, risas nerviosas y un millón de planes. Decidieron que lo intentarían, y ese deseo se convirtió, poco a poco, en el centro de sus vidas durante los próximos cinco años.
Empezaron con la ilusión intacta y casi arrogante; compraron libros sobre paternidad, descargaron aplicaciones de fertilidad, hicieron listas de nombres que escribían y tachaban en servilletas de papel. Lo intentaron tradicionalmente siguiendo cada mito y remedio de internet y de sus madres, pero ese positivo nunca llegó.
Fue cuando la primera inseminación artificial llegó con una esperanza que les desbordaba, Harry guardó reposo con las piernas elevadas, Louis le preparó caldos siguiendo tutoriales cuidadosamente y le leyó cuentos infantiles en la cama para hacerlo reír. Cuando nuevamente el test dio negativo, el menor lloró sobre la almohada y Louis le prometió que el siguiente sería distinto.
Pero pasaron al segundo intento y luego al tercero, las paredes de la clínica de fertilidad se volvieron familiares, ese olor a desinfectante de vainilla, el zumbido de las lámparas y las revistas gastadas en la sala de espera. Aprendió a contener la respiración durante las ecografías de control y a medir su esperanza.
Después vinieron las fecundaciones in vitro, el primer ciclo fue una montaña rusa de pinchazos, analíticas y embriones que se dividían con una lentitud angustiosa. Harry se inyectaba hormonas frente al espejo del baño mientras Louis le sostenía la mano y le susurrabaeres tan valiente, amor. Cuando transfirieron el mejor embrión ambos sintieron que el universo les debía esa victoria, pero no.
Aquel intento terminó en una llamada que Louis atendió en el coche y que lo dejó con la frente apoyada en el volante llorando en silencio antes de secarse los ojos y entrar en casa con una tranquilidad falsa para abrazar a su esposo mientras le daba la noticia.
Louis se convirtió en un pilar, pero las grietas hay estaban, a veces al volver del trabajo aparcaba el coche a una cuadra de la casa y se quedaba cinco minutos con la radio apagada y los puños cerrados, sintiendo una rabia sorda que no sabía dónde poner, otras veces en la ducha, dejaba que el agua arrastrara unas lágrimas silenciosas que jamás le contaría a nadie. Louis se había hecho la promesa de ser fuerte por los dos, y la cumplía incluso cuando el alma le pesaba como una losa.
Harry, mientras tanto, no hablaba mucho de su dolor, pero se le escapaba por los gestos. Se quedaba absorto mirando los carritos de bebé en el parque; seguía con la mirada a las madres que paseaban con sus hijos por la acera de la panadería, en pestañas de incógnito en su teléfono que luego borraba con cuidado, miraba ropa de maternidad, bodies diminutos o cojines de lactancia.
Una tarde se sorprendió a sí mismo en la sección infantil del centro comercial acariciando una manta color menta con orejas de conejo y tuvo que salir casi corriendo porque sentía que se ahogaba, lloraba en la bañera con el grifo abierto para que Louis no lo oyera y cada noche antes de dormir, apoyaba una mano sobre su vientre vacío anhelando tanto que su deseo se cumpliera pronto.
El primer día de las madres después de empezar a intentarlo, Harry compró una prueba de embarazo casi sin pensarlo y a medianoche cuando las felicitaciones ya habían cesado y el mundo dormía, se encerró en el baño y la hizo.
El resultado no cambió, pero no lloró esa vez; solo se quedó mirando la única rayita con una sonrisa triste y melancólica, lo envolvió en papel higiénico y lo tiró a la basura del baño donde Louis no lo vería. El segundo año lo repitió por inercia y al tercero ya era un secreto sagrado, nadie lo sabía pues esa era su forma privada de honrar ese sueño que aún no se cumplía, un pequeño acto de rebeldía contra la desesperanza.
Esa noche en la víspera del día de las madres, Harry estaba despierto, la habitación estaba en penumbras iluminada solo por la suave luz de la luna que se colaba entre las cortinas, Louis dormía plácidamente a su lado boca abajo con el brazo estirado sobre su cintura como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que estaba ahí.
Harry observaba el perfil sereno de su marido, las pestañas largas proyectando sombras suaves en sus mejillas, la respiración tranquila y sintió una oleada de amor tan grande que le dolió, pasó los dedos con delicadeza por su cabello castaño memorizando cada detalle.
Pensó en el ritual de la noche siguiente, en los tests que guardaba al fondo del armario del baño, en la caja metálica donde también escondía un frasco de perfume vacío y una entrada de cine de su primara cita, no esperaba nada pues lo sabía con la misma certeza con que sabía que el sol saldría mañana y, sin embargo, algo en su interior lo empujaba a repetirlo cada año.
Suspiró despacio para no despertar a Louis y cerró los ojos, mañana sería un día largo; las llamadas, las felicitaciones, las fotografías ajenas. Pondría su mejor sonrisa y Louis le apretaría la mano bajo la mesa, luego, cuando todo terminara, volvería al baño y cumpliría con su delicado ritual.
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La mañana siguiente llegó envuelta en una luz suave y dorada que se colaba por las rendijas de las cortinas pintando rayas cálidas sobre las sábanas arrugadas, la cama olía a ellos y sus cuerpos estaban enredados como siempre, las piernas de Harry entre las de Louis, mientras este llevaba un brazo posesivo rodeando su cintura y la nariz del rizado estaba enterrada en el hueco del cuello de su esposo.
La respiración de Louis era profunda y constante, un ritmo que Harry había aprendido a reconocer incluso en la oscuridad.
Louis despertó primero, abrió los ojos lentamente y, casi de inmediato, el peso del día cayó sobre su pecho. Sabía qué fecha era, se quedó unos segundos quieto observando el rostro relajado de Harry, las pestañas largas descansando sobre sus mejillas y el leve frunce entre sus cejas incluso dormido. Con delicadeza, se inclinó y depositó un beso largo en su frente dejando los labios allí un momento más de lo necesario, como si pudiera transmitirle fuerza a través de la piel.
“Buenos días, sol.” Susurró contra su frente con la voz ronca por el sueño y cargada de ternura. El menor se removió parpadeando despacio hasta abrir los ojos verdes, aún nublados.
Sonrió o al menos lo intentó, esa sonrisa que Louis conocía tan bien, dulce, pero que no llegaba del todo a sus ojos.
“Buenos días, amor.” Respondió Harry con la voz suave y un poco rasposa. Louis no dijo nada más, en su lugar, se levantó, se puso una camiseta vieja y desapareció hacia la cocina.
Minutos después regresó con una bandeja que tenía tostadas crujientes y huevos revueltos exactamente como a Harry le gustaban, un vaso de jugo de naranja recién exprimido, y un pequeño ramo de peonías rosadas. El rizado se incorporó contra las almohadas, aceptó el beso que le dio en los labios, lento y cuidadoso, y murmuró ungracias, Louque sonó sincero, pero frágil.
Louis se sentó al borde de la cama con una mano descansando sobre la rodilla de su esposo, y lo miró, era esa mirada que contenía la pregunta que nunca formulaba en voz alta.¿Cómo estás hoy?
Harry desvió la vista hacia la encimera del pasillo donde descansaba una tarjeta bonita y un regalo envuelto con lazo para su propia madre, un recordatorio físico ahí inocente y punzante. Otro año en el que él felicitaría, sonreiría y, en el fondo, sentiría el hueco enorme en su propio pecho.
Después del desayuno vinieron las llamadas, sus madres se encontraban de viaje en un crucero justamente para celebrar aquel día y Harry no pudo estar más aliviado al no tener que verlas a los ojos todo el día como era costumbre. Primero Anne fue la que apareció en la videollamada y su voz cálida llenó la habitación a través del altavoz. “Feliz día, mamá” dijo genuinamente feliz.
“Gracias, mi vida. Algún día tú también lo celebrarás como se debe, ya verás y todo va a ser tan bonito.” Harry tragó saliva.
Louis, sentado a su lado en el sofá, apretó su mano con fuerza bajo la manta que los cubría y no dijo nada, solo entrelazó sus dedos y los sostuvo con firmeza en un ancla silenciosa.
La pantalla en un segundo viajó a la madre de Louis, Johannah fue más cuidadosa con las palabras, pero aún así, entre risas y anécdotas, soltó uncuando sean papás van a entender todo. Harry asintió aunque ella no se dió cuenta y Louis cambió hábilmente de tema contando una anécdota tonta de Clifford para hacer reír a todos.
Cuando colgaron, Louis besó el dorso de la mano de Harry y se quedó allí, con los labios pegados a su piel unos segundos más. En un momento en que Louis se levantó a preparar más café, Harry no pudo resistirse, tomó su teléfono y abrió Instagram, su feed era un torbellino de pancitas redondas con huellas de manitas pintadas, ecografías enmarcadas como obras de arte, desayunos sorpresa en la cama, bebés dormidos sobre los pechos de sus madres o padres, madres sonrientes con lágrimas de felicidad.
Cada foto era un pinchazo dulce y cruel al mismo tiempo, por un instante se permitió sentir toda esa felicidad ajena, la envidia que odiaba admitir, la imagen de sí mismo con una barriguita, con un bebé de ojos azules como los de Louis en brazos y sus ojos se llenaron de lágrimas, haciendo que parpadeara rápido, respirara hondo y bloqueara el teléfono.
Se limpió las esquinas de los ojos con discreción antes de que Louis regresara de la cocina. Cuando su esposo apareció con dos tazas humeantes, Harry ya tenía la sonrisa puesta otra vez, pequeña, pero presente. No quería preocuparlo.
Louis dejó las tazas sobre la mesa y se acercó rodeándolo desde atrás en un abrazo que duró más de lo normal, apoyó la barbilla en el hombro de Harry y suspiró contra su cuello, inhalando su aroma.
“Te amo.” Murmuró, como si fuera la única verdad que importaba en ese día.
Y Harry, con el corazón apretado pero lleno de ese amor inmenso, respondió en un susurro.
“Yo más, Lou.”
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Después de otra breve siesta, el mayor se despertó con el cuello algo rígido y un sabor pastoso en su boca, parpadeó hacia el sofá y encontró a Harry con el teléfono boca abajo sobre el muslo y la mirada perdida en el ventanal. No hacía falta preguntar nada; el aire denso de la habitación ya lo decía todo.
Se desperezó con un quejido teatral, restregándose la nuca.
“Vale, no me he olvidado” anunció incorporándose del sillón con la energía forzada de quien decide darle la vuelta a un día difícil. “Tenemos una cita pendiente.”
Harry giró la cabeza, confundido.
“¿Una cita?”
“Es domingo, vamos al museo, esta la exposición de fotografía que querías ver. Llevamos semanas diciendoel finde que vieney el finde que viene nunca llega, bueno hoy es el finde que viene.”
Louis ya estaba buscando las llaves metiéndose la cartera en el bolsillo trasero, moviéndose por el salón con un dinamismo contagioso, Harry lo observó con una ternura cansada pues sabía exactamente lo que Louis estaba haciendo. Estaba construyendo una burbuja, un paréntesis de luz en un día que se le hacía cuesta arriba y aunque una parte de él quería quedarse en el sofá con las persianas bajadas, otra parte (la que amaba profundamente a aquel hombre) decidió seguirle la corriente.
“Okay” cedió esbozando una media sonrisa. “Pero antes ponte algo decente, no voy a salir contigo viéndote así.”
Louis se miró la camiseta arrugada y las marcas de la siesta en la mejilla, y soltó una carcajada.
“Te recuerdo que soy tu marido.”
“Y por eso te lo digo” replicó Harry, y por un instante la dinámica fue la de siempre, con ellos dos, el uno contra el mundo y la ironía como lenguaje secreto.
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Llevaban ya un rato en el museo cuando Harry se paró frente a una fotografía de una mujer embarazada sumergida en una bañera con el vientre emergiendo del agua como una isla pálida, la luz de la sala caía sobre la fotografía con una suavidad estudiada y él se quedó quieto con las manos en los bolsillos de la chaqueta y los labios entreabiertos. No era tristeza lo que sintió, más bien, era una especie de reverencia silenciosa, como si estuviera visitando un templo de algo que aún no le pertenecía.
Louis lo observó desde un banco cercano, vio la forma en que Harry inclinaba la cabeza, el modo en que su pulgar acariciaba el borde del bolsillo, ese gesto inconsciente que hacía cuando algo le estaba dando vueltas en la cabeza. Se levantó, se acercó por detrás y le rodeó la cintura con ambos brazos apoyando la barbilla en su hombro.
No dijo nada, sintió que las palabras sobraban y el reflejo de ambos se superponía débilmente sobre el cristal que protegía la fotografía. Dos figuras abrazadas que flotaban sobre la imagen de aquella madre y su vientre.
“Es preciosa” murmuró Harry al fin.
“Lo eres” respondió Louis contra su oreja y no hablaba de la fotografía.
Siguieron recorriendo las salas. Louis le robó un beso en la mejilla frente a una imagen de gatos callejeros, y otro en los labios, un beso breve, casto y casi infantil, junto a una fotografía de flores de cerezo cayendo sobre un río, Harry se rió por lo bajo y le empujó el hombro con suavidad.
“Estamos en un museo.”
“¿Y qué? Eres mi esposo, puedo besarte donde quiera.”
“Es una exposición sobre la maternidad, Lou, ten un poco de decoro.”
“¿Y si te beso más fuerte? A ver si ella nos escucha y nos concede un milagro.”
Era una broma, pero Harry no se rió, en su lugar se quedó callado mirando a su marido con los ojos brillantes, y Louis supo que había pisado terreno delicado sin querer. Antes de que pudiera disculparse, Harry le tomó la mano y se la llevó a los labios.
“No hace falta que me conceda nada” dijo. “Ya me concedió a ti.”
Louis sintió que el corazón se le subía a la garganta, apretó los dedos alrededor de los de su esposo y se quedaron así, tomados de la mano en medio de la sala vacía, envueltos en el aroma a madera encerada y a papel fotográfico.
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Salieron del museo cuando el sol ya empezaba a dorarse, descendiendo perezoso hacia los tejados. La ciudad olía a panadería y a tierra mojada, y una brisa tibia los despeinaba mientras caminaban sin prisa, hombro con hombro. Louis le había prometido ir a una cafetería nueva, era un local diminuto de estética japonesa que servía matcha latte y pasteles de azuki.
En una esquina, Harry se detuvo de golpe, en la acera de enfrente una mujer paseaba un cochecito azul marino del que asomaban dos piececitos con calcetines de lunares, el bebé dormía ajeno al mundo y la mujer avanzaba con ese balanceo cansado de las madres primerizas. Harry la siguió con la mirada.
Louis lo notó, se paró a su lado y permaneció en silencio sin tirarle del brazo, le dio su espacio, pero cuando la mujer desapareció tras la esquina y Harry seguía quieto, Louis le rozó la cadera con la palma.
“¿En qué piensas?” preguntó en voz baja.
Harry tardó en responder y cuando habló, su voz era un hilo que se rompía.
“En que me siento roto, Lou.”
La palabra quedó flotando entre ellos, áspera y cruda, Louis no se movió pues conocía a Harry lo suficiente para saber que a veces las confesiones necesitaban espacio, que, si lo abrazaba demasiado pronto, Harry se replegaría como una flor asustada.
“A veces siento que mi cuerpo no sirve para lo único que quiero” continuó Harry, sin mirarlo. “Como si hubiera algo mal en mí, como si te estuviera fallando a ti. Cinco años y todavía no he podido darte la familia que tanto soñamos, perdóname. Algo dentro de mí no funciona y no sé arreglarlo. No sé cómo ser suficiente”
Las palabras se le quebraron al final, bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y vio el anillo de boda brillando bajo la luz suave del atardecer. Louis giró el cuerpo hacia él, tomó el rostro de su esposo entre sus manos con ternura y apoyó su frente contra la suya sintiendo el olor de su champú y el calor de su piel.
“Mírame, amor” susurró y cuando Harry levantó los ojos verdes, continuó. “No hay nada que perdonar, absolutamente nada. Tú no me has fallado, eres todo lo que siempre quise y más, eres mi hogar. El que me abraza cuando tengo pesadillas y el que me mira como si yo hubiera colgado la luna.” Harry cerró los ojos, una lágrima solitaria escapó por su mejilla y Louis la besó “Eres valiente, eres generoso, eres el hombre con el que me casé hace años y cada día encuentro una razón nueva para enamorarme, no eres insuficiente, eres mi todo ¿Me oyes? Mi todo.”
“Vamos a seguir intentándolo mientras tú quieras” continuó Louis con la voz ronca por la emoción. “Pero incluso si nunca llega, yo ya tengo la familia más hermosa del mundo, te tengo a ti.”
Se besaron allí en medio de la calle silenciosa, fue un beso largo, húmedo y cargado de años de amor, de promesas, de dolor compartido y de una devoción que no necesitaba palabras. Las manos de Louis se deslizaron hasta la nuca de Harry atrayéndolo más cerca y este se aferró a la camiseta de su esposo respondiendo con la misma intensidad, como si quisiera fundirse con él.
Cuando se separaron, jadeantes y con los labios enrojecidos, Louis apoyó su frente contra la de Harry otra vez.
“Tamo tanto que a veces me asusta.” Susurró el mayor.
“Yo también te amo” respondió Harry con la voz temblorosa pero llena. “Más de lo que te imaginas. Vamos a por ese café” dijo al separarse, con una sonrisa que esta vez sí le llegó a los ojos.
La cafetería era un rincón escondido al fondo de un callejón con una puerta de madera desgastada y un gato atigrado durmiendo en la ventana. Dentro olía a café tostado, a azúcar quemada y a cedro, Louis pidió un té y Harry un matcha latte y un tiramisú que compartieron con cucharas pequeñas mientras se miraban desde lados opuestos de la mesa como dos adolescentes en una primera cita.
“¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos de nombres?” preguntó Louis de repente lamiendo la cuchara.
Harry sonrió contra su taza. Fue en la bañera, tres meses después de empezar con las inseminaciones, el agua estaba demasiado caliente, el baño lleno de vapor y Louis había salido con un¿y si se llama Atlas?que a Harry le pareció la mayor estupidez del mundo.
“Dijiste Atlas, como si fuera un titán griego y no un bebé de tres kilos.”
“Y tú dijiste que parecía nombre de agencia de viajes. Era un nombre precioso y lo sigue siendo.”
Harry alargó la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de Louis.
“Sí” concedió en voz baja. “Lo sigue siendo.”
Se quedaron un momento de esa manera, enredados en la mesa mientras el gato de la ventana ronroneaba y el camarero tarareaba una canción. Louis apretó los dedos de Harry.
“¿Te acuerdas de Ivy y Noah? Los dos nos gustaban.”
“Siempre intentando encontrar algo con significado.”
“Noah significa descanso, paz.” Respondió en cambio.
Harry bajó la mirada, tenían cinco años de nombres guardados en un cajón invisible, y no poder ocuparlos. Pero ese día en aquella cafetería escondida, con la mano de Louis en la suya, se permitió sentir algo parecido a la esperanza. No la esperanza de un bebé suyo, sino la de saber que, pasara lo que pasara, él tendría a Louis y eso ya era un hogar completo.
“Descanso y paz” dijo al fin y le sonrió a Louis con una dulzura quebrada. “Es bonito.”
Louis se llevó los nudillos de Harry a los labios y los besó, uno por uno, sin prisa.
“Todo lo que construyamos juntos es bonito” susurró contra su piel.
Harry sintió que el pecho le estallaba de amor, se levantó un poco de la silla para inclinarse sobre la mesa y besó a su esposo con la profundidad de quien necesita devolverle a alguien todo lo que le ha dado, el beso cayó sobre sus labios como una lluvia fina, largo y pausado, con la cadencia de las cosas que no necesitan prisa porque ya han llegado a donde querían estar.
Cuando se separaron, el camarero había desaparecido discretamente.
“Te amo.” Dijo Harry.
“Yo también te amo.”
Salieron de la cafetería con las manos entrelazadas y la noche pintando el cielo de azul y morado. Harry se sentía sostenido y recordó, mientras caminaban, una tarde de invierno dos años atrás cuando la tercera inseminación falló y él se pasó tres días sin querer salir de la cama. Louis le llevaba sopa en tazones que apoyaba en la mesilla y no le obligaba a levantarse, pero tampoco le dejaba hundirse del todo. Una noche, entre llanto Harry le preguntó¿Tú cómo lo llevas?y Louis, después de un silencio largo, respondióLo llevo queriéndote.
Ahora entendía que el secreto de Louis no era que no sufriera; era que había decidido transformar el sufrimiento en amor y Harry, que se había pasado la mañana disimulando su tristeza para no arruinar el día que su marido le había preparado, se dio cuenta de repente de que no necesitaba fingir. Louis no le pedía que estuviera bien, solo le pedía que estuviera.
Así que, al llegar a casa, cuando Clifford los recibió con saltos y ladridos y Olivia pasó rozándole los tobillos con su cola, Harry se giró hacia Louis.
“Gracias por hoy.”
Louis sonrió acariciándole la mejilla antes de dejarle un casto beso.
“Voy a darles de cenar” dijo Harry agachándose para rascarle las orejas a Clifford.
“Yo preparo la ducha.”
Se separaron con la naturalidad de las rutinas compartidas, Harry llenó los cuencos de sus mascotas, mientras escuchaba a Louis abrir el grifo del baño, el sonido del agua corriendo amortiguado por la puerta entreabierta, sirvió agua fresca, acarició el lomo de Olivia que había bajado de un salto para restregarse contra sus tobillos y se quedó un momento de rodillas en la cocina sintiendo el peso del día sobre los hombros.
Clifford lamió su mano haciéndolo soltar una sonrisa.
“Lo sé, chico, yo también te quiero.”
Cuando entró al baño Louis ya estaba dentro, el vapor empezaba a empañar el espejo y el aroma a sándalo del jabón se mezclaba con la humedad caliente, el ojiazul se había desnudado ya y estaba de espaldas ajustando la temperatura del agua con una mano bajo el chorro. Harry lo miró desde la puerta, vio la curva de sus hombros, la curvatura de su cintura y el modo en que los músculos de su espalda se movían bajo la piel, años de matrimonio más tarde y todavía se le aceleraba el pulso al verlo así.
“¿Te quedas ahí plantado o vas a entrar?” preguntó Louis sin girarse, pero Harry podía oír la sonrisa en su voz.
Se desnudó despacio dejando que la ropa cayera al suelo y entró en la ducha, el agua le dio en el pecho, caliente y Louis le cedió el sitio bajo el chorro mientras cogía el jabón.
“Ven” dijo, y Harry obedeció.
Se turnaron bajo el agua en una coreografía ensayada, Louis le enjabonó la espalda con las palmas abiertas dibujando círculos lentos sobre sus omóplatos, bajando por la columna, demorándose en la hendidura de la cintura. Harry apoyó las manos contra los azulejos fríos y dejó escapar un suspiro largo liberando una tensión que no sabía que llevaba. Devolviendo el gesto, Harry extendió el jabón sobre los hombros de Louis, sobre su pecho y sus brazos, con una lentitud casi reverencial.
Se miraron bajo el agua y fue Harry quien se inclinó primero buscando sus labios. El beso fue húmedo y lleno de los años que llevaban amándose, Louis le rodeó la cintura con los brazos y lo atrajo hacia sí hasta que sus cuerpos encajaron bajo el chorro.
Cuando salieron envueltos en toallas, el frío del pasillo les erizó la piel así que se pusieron los pijamas y se metieron en la cama, Clifford se enroscó a los pies del colchón con un quejido satisfecho, y Olivia se instaló en la almohada libre.
Louis se recostó contra el cabecero y encendió la tv buscando algún documentsl, Harry se tumbó a su lado apoyando la mejilla sobre su pecho y escuchando el latido pausado de su corazón, pronto se incorporó un poco y lo besó. Fue un beso distinto al de la ducha, este era más largo y hondo, con la cadencia de los que piden algo sin pedirlo. Louis le acarició la mejilla profundizando el contacto, rodaron un poco sobre el colchón, entre risas bajas y sábanas revueltas haciendo que Clifford y Olivia saltaran de la cama con un resoplido ofendido.
Louis giró hasta quedar encima besando el cuello de Harry mientras sus manos bajaban por su torso acariciando la piel suave y cálida. Harry arqueó la espalda cuando Louis le bajó la ropa interior con lentitud liberando su erección ya dura, los dedos de Louis lo rodearon, acariciándolo con movimientos firmes y conocidos, arrancándole un gemido bajo y entrecortado.
Louis abrió el cajón de la mesita y sacó el lubricante, Harry separó las piernas sin vergüenza mirándolo con los ojos brillantes de deseo y amor, el mayor preparó sus dedos con cuidado y los deslizó dentro de él, uno a uno, curvándolos justo donde sabía que lo volvía loco.
Harry jadeaba agarrando las sábanas y moviendo sus caderas para encontrarse con cada embestida de sus dedos. Cuando Louis finalmente se posicionó entre sus piernas y entró en él, lo hizo despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado.
Ambos soltaron un gemido largo y profundo, se quedaron quietos un momento, frente contra frente respirando el mismo aire, hace tiempo que no tenían una intimidad como aquella. Empezaron a moverse lenta y profundamente, no buscaba ser desesperado, sino una danza conocida, cada embestida era unte tengo, cada beso en el cuello, en el pecho y en los labios, era un recordatorio de que seguían juntos en esto.
Harry rodeó la cintura de Louis con las piernas atrayéndolo más cerca y Louis deslizó una mano entre sus cuerpos para masturbarlo al mismo ritmo. Los gemidos se volvieron más roncos, los movimientos más precisos y Harry arqueó la espalda cuando Louis golpeó ese punto dentro de él una y otra vez susurrando su nombre como una plegaria.
Terminaron casi al mismo tiempo, el rizado se corrió entre ellos con un sollozo ahogado, apretando alrededor de su marido, quien lo siguió segundos después, enterrando la cara en su cuello mientras se vaciaba dentro de él con espasmos largos y profundos.
Cuando terminaron, Louis se quedó dentro unos segundos más, besando suavemente los labios hinchados de su esposo, su mandíbula y sus párpados cerrados. Luego salió con cuidado, limpiaron un poco con una toalla que había junto a la cama y se dejaron caer exhaustos.
Louis se durmió casi al instante, su respiración siendo profunda y acompasada, con una mano posesiva apoyada sobre el vientre plano de Harry. El rizado esperó y no se dejó vencer por el sueño, no podía dejar pasar la noche sin completar aquello que le falta, así que contó sus respiraciones, una por una, acariciando distraídamente el cabello castaño de su esposo.
Cuando estuvo completamente seguro de que dormía profundamente, besó su frente con ternura y, con un sigilo casi litúrgico, se deslizó fuera de la cama.
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El pasillo estaba en penumbra, las baldosas del baño estaban frías bajo sus pies descalzos. Cerró la puerta con un clic mínimo, apenas un susurro en la noche, y se quedó un momento de pie frente al espejo empañado mirando su propio reflejo difuso. Llevaba la camiseta de Louis y el pelo todavía húmedo, tenía los labios hinchados por los besos, marcas de mordidas y chupetones, y el corazón le latía en una mezcla de melancolía.
Con manos temblorosas, abrió el armario del baño, apartó los productos de limpieza, la caja de tiritas, el frasco de perfume vacío y al fondo, escondidas detrás de un envase de lejía que nunca usaban, estaba una caja metálica. Dentro, tres pruebas de embarazo, las había comprado tres días antes en una farmacia alejada de su barrio, pagando en efectivo por una superstición que ni él mismo entendía.
Sacó una y la sostuvo en la palma, la miró un minuto entero acariciando el plástico con el pulgar, no sentía esperanza y tampoco desesperación, era una melancolía serena, la costumbre de un corazón que se negaba a rendirse aunque la razón ya hubiera tirado la toalla.
“Vamos” murmuró para sí mismo y su propia voz le sonó rara en el silencio del baño.
El proceso era mecánico después de tantos años haciéndolo, que su cuerpo se movía solo. Cuando terminó, apoyó el test boca abajo sobre el lavabo y programó el temporizador del móvil.
Tres minutos y esperó. No pensaba en nada, llevaba años entrenándose para no pensar durante la espera, para dejar la mente en blanco y simplemente existir, el segundero del móvil avanzaba con una lentitud exasperante, y Harry, sentado en el borde de la bañera, se descubrió tarareando con una sonrisa, una canción que Louis le había susurrado esa tarde al oído para hacerlo reír.
El temporizador sonó con un pitido suave, así que se levantó, tomó el test con dos dedos, sin mirarlo todavía, y respiró hondo. Luego, con los ojos casi cerrados, lo giró, esperando encontrar una sola línea, como siempre.
Pero no, esa noche había dos líneas nítidas e inconfundibles, dos trazos rosados que brillaban bajo la luz tenue del baño como un amanecer diminuto.
Harry parpadeó una vez y luego otra y luego otra, acercó el test a la luz, girándolo, pero las líneas seguían allí tercas y reales.
“No...” la voz se le quebró en un hilo. “No puede ser.”
La mano libre le subió hasta la boca ahogando un gemido que le nacía en el pecho, sintió que el aire se le escapaba, que los pulmones se le encogían y de prontp el baño empezó a dar vueltas lentas haciendo que tuviera que apoyarse en el lavabo con las dos manos y el test cayera sobre la porcelana con un repiqueteo seco.
Para dejar de hiperventilar, empezó a respirar profundo,cálmate, cálmate, cálmate, se dijo mentalmente, pero las lágrimas ya rodaban por sus mejillas, calientes y a cascadas.
Tengo otras dos, tengo que hacer las otras por seguridad.
Se obligó a calmarse con una disciplina que no sabía que tenía, con las manos más que temblantes abrió los otros tests, repitió el proceso y cuando terminó, dejó las tres pruebas alineadas sobre el lavabo como quien dispone ofrendas sobre un altar.
Los tres minutos siguientes fueron más rápidos y los tres tenían dos líneas cada uno.
Las piernas le fallaron, tuvo que dejarse caer hasta quedar sentado en el suelo, su espalda quedó contra el borde frío de la bañera y lloró con un llanto distinto al de otras veces, era uno liberador y profundo que le sacudía los hombros y le arrancaba hipidos desde el fondo del pecho. Cinco años de pérdidas, de negativos, de tratamientos y esperas y desesperanzas, todo eso se deshizo en lágrimas que le corrían por la cara, por el cuello y por las manos con las que intentaba cubrirse la boca.
Era incredulidad y miedo, era una alegría tan inmensa que no le cabía en el cuerpo, que le desbordaba por los ojos y por la piel.
“Lou” susurró, pero la voz le salió tan baja que apenas la oyó. Tragó saliva entre hipidos, se limpió la nariz con el dorso de la mano e intentó de nuevo.
“Louis.” Repitió pero seguía sin ser suficiente, necesitaba que Louis lo supiera, que viera, que pudiera por fin derrumbarse con él de felicidad.
“¡LOUIS!” El grito le salió del alma, atravesó la puerta del baño, rebotó en las paredes del pasillo y llegó al dormitorio como un trueno.
Louis despertó de golpe, el corazón se le desbocó antes de que el cerebro entendiera qué pasaba, vio el hueco vacío en la cama, escuchó el eco de su nombre en la voz rota de Harry y el miedo le mordió las entrañas.Algo malo, a Harry le pasó algo.Con ese pensamiento saltó de la cama y corrió al baño descalzo.
“¡Harry! ¡Harry, ¿qué pasa?!”
Al empujar la puerta, lo encontró en el suelo sentado contra la bañera, la camiseta mojada de lágrimas y el rostro contorsionado por los sollozos, Louis se arrodilló frente a él con el pánico latiéndole en las sienes.
“¿Qué pasó? ¿Te lastimaste? Harry, bebé, sol, mírame, ¿estás bien?”
Le sostuvo el rostro entre las manos buscando sangre, golpes o alguna herida visible, le palpó los brazos, los hombros, las costillas con dedos frenéticos mientras Harry negaba con la cabeza intentando hablar, pero solo le salían hipidos y sílabas rotas.
“Mírame, por favor” suplicó Louis, y su voz ya se estaba quebrando también al no saber qué más hacer. “Dime qué hago. bebé, por favor.”
Entonces Harry abrió las manos y allí estaban los tres tests sujetos en su regazo como un puñado de estrellas, las líneas rosadas brillaban bajo la luz del baño, y los ojos azulados por fin las vieron.
Primero no las entendió, su cerebro se sentía atontado por el sueño y el miedo, tardó unos segundos en procesar lo que tenía delante y luego miró a Harry, bajo la vista otra vez a los tests y luego otra vez a Harry, que lloraba y reía al mismo tiempo en un nudo de emociones imposibles de desatar.
Louis finalmente se quedó congelado.
“¿Es...?” la voz se le rompió antes de llegar a la última palabra. “¿Son...?”
Harry asintió, fue un movimiento desesperado, con la cabeza subiendo y bajando repetidamente mientras nuevas lágrimas le surcaban las mejillas.
“Positivas” logró articular al fin, y su voz no parecía la suya. “Los tres, Lou, los tres son positivos.”
Entonces Louis se rompió tras cinco años tragándose las lágrimas, guardándose la rabia y sosteniendo a su esposo mientras él mismo se desmoronaba en silencio en el coche, en la ducha y en las madrugadas insomnes, todo eso se vino abajo en un instante, como una presa que cede ante un río demasiado grande. Un sollozo le salió desde el fonde su garganta y lloró con toda el alma haciendo que sus hombros se sacudieran sin poder respirar, sin importarle nada más que el hombre que tenía delante que no dejaba de hipar y las pruebas que temblaban en sus manos.
“¿Vamos a ser papás?” preguntó, y la pregunta sonó tan frágil como un cristal a punto de romperse.
“Sí” dijo el contrario riendo entre lágrimas. “Sí, Lou. Cariño, vamos a ser papás.”
Louis lo envolvió en un abrazo tan fuerte que casi lo tira al suelo, lo estrechó contra su pecho enterrando la cara en su cuello, mojándole la piel con sus propias lágrimas. Harry se aferró a su espalda, a sus hombros y a todo lo que pudo agarrar, y se quedaron así, fundidos en el frío suelo del baño, meciéndose.
“Te amo” sollozó Louis contra su oreja. “Te amo, te amo, te amo.”
“Yo también te amo, Lou. Lo conseguimos.”
Louis se apartó un poco para mirarlo, le tomó el rostro entre las manos temblorosas y lo besó, le besó la frente, los párpados, la mejilla, la comisura de los labios, eran besos salados, húmedos, imperfectos, llenos de amor, de espera y de victoria, luego soltó una risa nerviosa que era casi un hipido, y Harry le devolvió otra igual, y de repente los dos estaban riendo y llorando a la vez, abrazados en el suelo del baño.
“Vas a ser mamá” dijo Louis, y la palabra resonó en las paredes como una campanada.
Harry rió más fuerte, era una risa quebrada y liberadora. “Voy a ser mamá” repitió saboreando cada sílaba. “Voy a ser mamá y tu vas a ser papá.”
“Y yo voy a ser papá” repitió esta vez el mayor con lágrimas corriendo por sus mejillas mientras hablaba. “Seremos padres, amor. Tú y yo.”
Se besaron otra vez entre risas, llantos y promesas susurradas. Harry tomó uno de los tests y lo miró de nuevo comprobando que las dos líneas seguían allí como si después de todo aquello lo que vio fuera un espejismo de su mente cansada y desesperanzada. Luego con una lentitud casi ceremonial, se llevó las manos al vientre todavía plano, todavía igual que ayer, pero que de repente le parecía el lugar más sagrado del mundo.
Louis apoyó su mano sobre las de Harry, la palma abierta sobre el vientre plano, como si pudiera sentir lo que aún no se veía, se miraron. Tenían la cara hinchada, estaban despeinados y descalzos en el suelo de un baño en mitad de la noche y sin embargo, era el momento más perfecto de sus vidas.
“Te prometo” dijo Louis, y su voz era un hilo firme. “Que voy a estar a tu lado en cada segundo, en cada ecografía, en cada análisis, en cada madrugada de náuseas y en cada antojo absurdo. Te prometo que voy a cuidar de los dos y te prometo que este bebé va a saber, desde el primer día, lo mucho que lo hemos esperado.”
Harry no pudo responder con palabras, solo pudo besar a Louis con toda la gratitud del mundo, tomó el rostro de su esposo entre sus manos temblorosas, como si temiera que todo esto desapareciera si no lo sujetaba con fuerza y Louis respondió con la misma intensidad, una mano en la nuca de Harry atrayéndolo más cerca, la otra rodeando su cintura.
Sus bocas se movían juntas con una cadencia lenta y reverente, luego Harry inclinó la cabeza y profundizó el beso deslizando su lengua contra la de Louis con un gemido bajito que vibró entre los dos. Sabía a sal y a victoria después de años de derrota.
Louis suspiró dentro de su boca en un sonido roto y hermoso y lo besó con más fuerza, casi devorándolo, sus lenguas se enredaron cálidas y húmedas explorando con una familiaridad que seguía siendo emocionante. Harry mordisqueó suavemente el labio inferior de Louis arrancándole un pequeño jadeo antes de volver a hundirse en él, más lento y profundo, como si quisiera fundir sus almas a través de ese beso.
Se separaron solo lo necesario para tomar aire con las frentes pegadas y sus narices rozándose, sus alientos se entremezclaban, calientes y agitados. El ojiazul acarició con el pulgar la mejilla mojada de Harry, limpiando una lágrima nueva, y este volvió a besarlo, esta vez más suave y tierno, una serie de besos cortos y repetidos que hablaban sin necesidad de palabras.
Al fondo del pasillo, Clifford ladró quedamente y Olivia apareció en la puerta del baño parpadeando con su indiferencia habitual. La vida seguía, pero para ellos dos, abrazados en el suelo, acababa de empezar una nueva.
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Louis fue el primero en levantarse ayudando a Harry a incorporarse con un cuidado casi exagerado, como si de repente se hubiera vuelto de porcelana.
“A partir de ahora te trato como a un tesoro nacional” dijo, y Harry se rió.
“Eso ya lo hacías antes.”
“Ah, ¿sí?, mírame hacerlo el doble.”
Se sentaron juntos en el borde de la cama con las tres pruebas sobre la mesilla como un pequeño santuario, Clifford, finalmente calmado, se acurrucó a sus pies y Olivia se instaló sobre el cojín de la silla vigilando la escena con sus ojos de cobre.
Harry se tumbó de lado y Louis hizo lo mismo cubriéndolo con su cuerpo, alargó la mano y la posó nuevamente sobre el vientre del contrario.
“Feliz día de las madres” susurró por último Louis en su pelo, cuando ya casi dormían.
Harry no respondió con palabras, solo apretó la mano de Louis contra su vientre y dejó que el silencio lo envolviera todo. Por primera vez en cinco años, el día de las madres no terminaba con un nudo en la garganta ni con una prueba envuelta en papel higiénico en el fondo de la basura.
Terminaba con un corazón latiendo junto al suyo, con una promesa diminuta creciendo en su interior y aún con el hombre que amaba respirando quedamente contra su nuca.
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Algo chiquito, por que no quería dejar pasar la fecha.
Teamoo mami Harry por siempre, mi alma esta conectada a la tuya.
Prometí que ya me iba a poner al corriente aquí y estoy tratando, nunca me acostumbré a escribir aquí, es por eso es que tardo tanto. Mis historias en wattpad estan más avanzadas, así que voy a tardar un poco en subir algo nuevo e igual, gracias por leer.
Esta historia tendrá extras ;)








