I. Oda al Mensajero de una Guerra Ajena
Me vistieron de infancia
para arrojarme a los pasillos como un proyectil mudo.
Fui el correo de sus bilis,
el niño chico que traducía insultos en la cocina,
temeroso de provocar el trueno con el que tanto amenazaban.
En su pedestal, cada uno aguardaba sin inmutarse:
el enterrado en la cama, ella blindada en la sala de estar.
Fui obediente a las promesas vacías
y, en mi inocencia, fui culpado por todos.
Pero el juez más cruel fui yo mismo, que jamás me perdoné.
Me moví como un soldado de plomo entre sus trincheras,
mientras ustedes fingían sordera.
Hoy el mundo los compadece, creyendo que han sufrido.
Pero solo sufrieron por su propia estupidez,
mendigando lástima por ideales que los demás veían como un sacrilegio.