🌹El Perfume de las Rosas Rojas🌹
•|Rusia.
•|La lluvia en San Petersburgo no lavaba los pecados; solo los hacía brillar bajo la luz de los faroles. Vladimir Mordashov observaba la ciudad desde el ventanal de su penthouse, con una copa de vino tinto —un Château Margaux de 1982— descansando indiferentemente entre sus dedos largos y pálidos. A sus veinticinco años, había aprendido que el silencio era más aterrador que cualquier grito. Había heredado el imperio Mordashov a los veinte, cinco años cargando el peso de coronas invisibles hechas de huesos enemigos.
•|Esa noche, sin embargo, el silencio tenía un nombre: Kiyomi Sakamoto.•|La había visto por primera vez hacía tres días, en una subasta privada de arte contemporáneo en París. Mientras los demás pujaban por estatus, ella pujaba por emoción. Vestía un sencillo vestido color crema que contrastaba violentamente con la oscuridad opulenta de la sala. No miraba a los cuadros como inversiones, los miraba como si fueran ventanas a otras almas. Cuando sus ojos se encontraron, Vladimir sintió algo que no experimentaba desde que tomó el mando: curiosidad. No deseo carnal inmediato, sino la intrigante necesidad de saber qué escondía esa calma aparente.
—Señor Mordashov —la voz de su jefe de seguridad, Dimitri, rompió el trance—. El coche está listo. La señorita Sakamoto llega en diez minutos.
•|Vladimir no se giró. Solo asintió. Había "invitado" a Kiyomi a cenar. No era una pregunta, pero tampoco fue una orden brutal. Fue una sugerencia envuelta en terciopelo, acompañada de un ramo de rosas rojas tan perfectas que parecían artificiales, entregado por un mensajero anónimo junto a una tarjeta con solo una dirección y una hora.
•|Kiyomi llegó puntual. Al entrar al comedor, el aire cambió. El olor a cera de abejas, madera antigua y esas rosas inundó sus sentidos. Vladimir se puso de pie. Era más alto de lo que ella recordaba, y su presencia llenaba la habitación como una tormenta eléctrica contenida.
—Kiyomi —dijo él. Su voz era grave, suave, como piedra pulida por el río—. Gracias por venir.
—Sus rosas son... intensas —respondió ella, dejando su bolso sobre una silla. Sus manos, manchadas ligeramente de azul cobalto por su última sesión de pintura, temblaron apenas—. Nunca había recibido unas tan perfectas. Parecen sangrar.
•|Vladimir sonrió, una curva mínima en sus labios que no llegó a sus ojos grises.
—La belleza verdadera siempre requiere un sacrificio, Kiyomi. Siéntate. Hoy no hablaremos de negocios. Hoy solo quiero ver cómo comes.
•|La cena fue una coreografía exquisita. Plato tras plato, vino tras vino. Vladimir la observaba con una intensidad depredadora pero contenida. Le preguntó por sus pinturas, por esos "boletos" y manualidades que ella mencionaba como su refugio. Kiyomi, inicialmente tensa, comenzó a relajarse bajo la atención exclusiva de aquel hombre peligroso. Hablaron de la luz en Venecia, del frío en Kioto, de cómo el arte puede mentir para decir la verdad.
•|Por un momento, mientras ella reía ante un comentario irónico de él sobre el absurdo de la alta sociedad, Vladimir olvidó el sabor metálico de la sangre que solía perseguirlo. Por un momento, solo existían las rosas, el vino y la mujer que pintaba mundos donde él no podía entrar. Pero cuando la mirada de él bajó hacia el cuello de ella, Kiyomi sintió un escalofrío. No era miedo, exactamente. Era la sensación de estar parada al borde de un acantilado, admirando la vista mientras el viento amenazaba con empujarla.
•|Al final de la noche, él la acompañó a la puerta. No intentó besarla. Solo tomó su mano, la misma que manchaba de óleo, y la besó con una reverencia antigua.
—Hasta pronto, artista —murmuró.
•|Kiyomi salió a la noche lluviosa, con el corazón latiendo contra sus costillas como un pájaro atrapado. No sabía que, en ese momento, Vladimir ya había ordenado a Dimitri que averiguara cada detalle de su vida, desde su color de pintura favorito hasta el nombre de su primer amor. Las rosas eran solo el comienzo. 🌹🥀