El Grabado en la Pared
Prólogo:
El taller de carpintería de Marten Vaneve olía a resina fresca y queroseno. El año era 1997, pero dentro de esas paredes de madera tosca, el tiempo parecía avanzar con la lentitud de un muelle desgastado.
Elena Vaneve escribía a toda prisa sobre un cuaderno de cuero viejo. Sus dedos ya mostraban la rigidez del cuento: los extremos se habían aplanado en bloques pálidos, perdiendo las líneas de la piel. A su lado, su esposo Marten intentaba sujetar un engranaje de hierro. El esfuerzo era agonizante. La enfermedad de la madera ya le había subido por las rodillas, fusionando sus piernas en un solo bloque macizo con los maderos inferiores de su mecedora.
—Tienes que esconderlo, Marten —susurró Elena, deslizando el cuaderno bajo la manta que cubría las piernas de su esposo. Sus ojos avellana, de una nitidez demasiado humana para ese mundo, brillaron con urgencia—. La Reina sabe lo que descubrí en las fundiciones. Sabe que las cenizas del huso son su forma de tallarnos a todos hasta dejarnos sin alma.
—Elena... —la voz de Marten fue un lamento ahogado—. Déjame usar el hierro. Déjame pelear.
Marten estiró su mano tosca hacia el estante superior, donde descansaba un revólver antiguo rodeado de relieves de espinas negras: El Latido. Un arma pesada de pólvora real, forjada antes de que la corona decidiera que los bordes del mundo debían ser rectos.
—No —lo detuvo Elena—. Guarda el hierro para Alisa. El diario es para ella. Cuando su rol empiece a fallar, el libro le dirá a dónde ir.
Un sonido pesado aplastó los adoquines de la calle exterior.
Clank... clank... clank.
Las ventanas del taller vibraron. Una luz lila pálida se filtró por las rendijas, tiñendo las herramientas de una atmósfera enferma. La puerta no se abrió; simplemente cedió ante la figura del Gran Condestable Vael. El soldado de plomo gigante, con su uniforme rojo de pintura fija y su rostro de loza sin párpados, bloqueó la salida. Detrás de él, dos Titiriteros de la Guardia alzaron sus varas de hierro, dejando caer hilos rígidos sobre el suelo.
—Elena Vaneve —dijo Vael. Su voz no brotó de sus labios pintados, sino del aire mismo, plana y sin eco—. Tu rol como archivista ha terminado.
Elena no corrió. Dio un paso hacia atrás, pegando la espalda contra los tablones de la pared, al lado de la chimenea. Antes de que los hilos la tocaran, desvió la mirada hacia un montón de madera acumulada en el rincón más oscuro del taller. Sabía que su hija estaba allí, escondida.
Elena estiró una mano hacia el frente, moviendo los dedos en un último y suave arco que desafiaba la geometría del reino.
—No olvides dibujar curvas, Alisa... —susurró.
Los hilos de los Titiriteros se tensaron. No hubo sangre, ni gritos. Cuando las varas de hierro tiraron, el cuerpo de Elena perdió su relieve. Sus formas tridimensionales comenzaron a aplanarse contra la madera de la pared, estirándose y perdiendo el color, hasta convertirse en una silueta negra y vacía. Un espacio hueco con forma humana recortado de la realidad.
Vael se giró con la rigidez de un juguete de cuerda, saliendo del taller sin mirar atrás. El carruaje de la Reina se alejó por la calle empedrada, dejando que el silencio volviera a cerrarse sobre la habitación.
Marten Vaneve, atrapado para siempre en su mecedora, apretó los puños de madera contra sus muslos rígidos. Sus ojos pintados miraban fijos e impotentes la silueta de su esposa grabada en los tablones. En el rincón oscuro, una pequeña Alisa de diez años parpadeó tras la madera. Sus ojos avellana se inundaron de lágrimas humanas que no hacían ruido al caer.