El Parque
Era una mañana fresca, uno de esos días que no hacia tanto calor como para que uno se termina derritiendo en el piso. Iba corriendo de camino a la plaza de mercado, mi madre me seguía por atrás, gritándome que no me fuera tan lejos de ella mientras nos dirigíamos a la segunda entrada de la plaza.
Fui la primera en llegar, el olor a carne cruda y pescado llenaban mis sentidos, provocándome una mueca de asco y repulsión, retrocediendo para no entrar, sin embargo, mi hermosa y bella madre santa me arrastro con ella hacia ese repugnante lugar.
El olor a carne me hacia sentir nauseas, esa carne cruda, ese olor a pescado, solo Dios sabe cuanto odio esos olores. Daba vueltas de un lado a otro alrededor de mi madre, aburrida y sin nada que hacer mientras ella compraba carne de res para el almuerzo.
Luego, de lo que parece ser una miseria, por fin salimos de esa sección y caminamos hacia la sección de frutas y vegetales, pasando por la sección de desayunos y almuerzos, de esos que valen a diez mil el plato y te sirven como un rey. Luego pasamos por la sección de flores, y yo, como buena hija que soy, siempre me quedo en algunos de esos locales para robarme una flor y dársela a mi madre, aunque ella termina por devolverse para pagar la flor.
El camino hacia las frutas y verduras siempre se me hacía largo, pero es el único camino que me anima a seguir con ánimos, porque el premio mayor es ¡comerme un durazno! Son tan deliciosos y exquisitos que se me hace agua en la boca con solo imaginarlo, Dios, es mi fruta favorita.
La vendedora de frutas, donde mi madre y yo siempre pasamos, me saluda y, como es costumbre, me regalo un durazno, el más dulce, suave y jugoso que guarda para mi cada santo domingo que estamos en la plaza.
Escuche a mi madre y a la vendedora hablar de un nuevo chisme que paso hace dos días, pero para mí fue un ruido sordo, por lo que no le preste como que mucha atención. Miraba a mi alrededor, varios puestos de fruta y verduras, algunos de plantas, otros para la belleza de la piel, y como tres locales de esos de todo a cinco mil, sin embargo, lo que apenas había notado fue el parque que estaba al frente de la plaza en la entrada cinco.
¿Cómo es que nunca me había dado cuenta de que había un parque? Si desde que nací, o sea, hace seis años que nunca había notado que había un parque, por lo que todo este tiempo yo podría haber estado allí mientras mi madre hacia las compras del almuerzo. Mire a mi madre, mis ojos brillantes, mis mejillas llenas del zumo de durazno, mi vestido amarillo algo manchado por el durazno que me comía, y mi mano sosteniendo el durazno a mitad de comer. Di un paso hacia ella y tomé su mano, logrando captar su atención en un dos por tres.
–Mamita, quiero ir al parque–pedí, dulcificando mi voz para que mi madre me dejara ir.
Ella me miro, luego al parque y nuevamente a mí. Noté su mirada de duda y preocupación hacia mí, y por un momento, por un segundo, pensé que me iba a decir que no, pues ya se había tardado como dos minutos enteros en responderme, pero conocía bien los tipos de suspiros que ella daba, y el que acababa de salir era de una absoluta rendición. Una victoria para mí.
–De acuerdo–acepta–, en cuanto termines tu durazno, te dejo ir.
Di saltos de emoción y, mientras me sentaba en el suelo, comencé a comerme rápidamente mi dulce, delicioso y sagrado durazno. Al terminar, me levante y me acerque a ambas señoras. Me pare en medio de ellas y extendí mis manitas para que vieran que me comí toda la fruta.
–¡Ya terminé! –exclamé. La señora soltó una ligera risa al ver mi entusiasmo por ir al parque, mientras mi madre solo suspiro de agotamiento y se agacho para limpiarme la boca, mejillas y manos.
–Tu hija siempre esta emocionada, Lily–comenta la señora. Mi madre solo asintió con una sonrisa suave en respuesta.
Al terminar de limpiar, me deje colocar un collar y luego me sonrió con dulzura, acariciando mi mejilla con su pulgar izquierda.
–Ve con cuidado y donde yo te pueda ver–me dice con una nota de preocupación en su voz–, y no aceptes ni hables de nada con desconocidos.
Asentí y me fui corriendo, emocionada de ir al parque.
Allí me divertí con los demás niños que había, me emocionaba mucho estar ahí, jugaba demasiado, pero luego, llegó la hora de que cada quien se fuera, y ellos comenzaron a irse, y yo también estaba por irme, pero me alejé mucho de la plaza que no supe en donde estaba.
Estaba perdida, y cuando me di cuenta, ya estaba en el bosque. Pase saliva, mis manitas retorciéndose de ansiedad, mis ojos llenándose de lágrimas, cada paso que daba era lento, cuidadoso y dudoso, miraba para todos lados hasta que, choque por accidente contra un señor.
–Lo siento…–dije en un bajito balbuceo–Necesito llegar a la plaza–. El señor me miro, sus ojos inyectados de sangre, ropa vieja y sucia, y unos dientes deformes y super amarillos se asomaron en las comisuras de sus agrietados y pálidos labios.
–No te preocupes–responde con una voz rasposa, muy poco usada–estas perdida ¿Cierto? Pues, hoy es tu día de suerte, yo puedo llevarte a donde necesites ir–me ofrece con un intento de mostrar una expresión amable, pero es tan aterradora.