HALO

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Summary

En Babilonia, un pequeño pueblo rodeado de silencios y secretos, Sebastian intenta reconstruir su vida junto a las personas que más ama. Pero lo que comienza como una historia sobre amistad, amor y heridas emocionales pronto se transforma en una espiral de paranoia, obsesión y manipulación psicológica. Cartas anónimas, cámaras ocultas, verdades a medias y un misterioso hombre dispuesto a destruirlo todo llevarán a Sebastian y a sus amigos a enfrentarse no solo a sus peores miedos, sino también a las partes más oscuras de sí mismos. Porque en Babilonia, algunas heridas nunca terminan de cerrar… y algunos secretos solo dejan cenizas.

Genre
Lgbtq
Author
RANCRUEL
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

17 años

No sé exactamente en qué momento entendí que yo no era alguien fácil de querer. No malinterpreten lo que digo, en algunos momentos he creído lo contrario, simplemente que no lo recuerdo muy bien.

Tal vez fue cuando tenía diez años y escuché a mi abuela decirle a una vecina que yo había salido “torcido”. O quizás mucho antes, cuando mis padres todavía estaban vivos, y mi madre apenas me miraba mientras hablaba orgullosa de Samanta, como si yo no estuviera sentado en la mesa.

No lo sé; supongo que hay cosas que uno simplemente aprende sin darse cuenta. Como aprender a guardar silencio, aprender a no estorbar, o aprender a existir ocupando el menor espacio posible. He aprendido a ser invisible, aunque desafortunadamente no pasara desapercibido para ciertas personas; es que claro, ¿cómo ser fugaz en alguien tan diferente al resto de este pueblo?

En Babilonia todo el mundo parece feliz, pero esto es una mentira que nadie se lo cree, o bueno, en realidad es algo que me digo para tratar de sobrevivir a mi existencia. Las casas son enormes, los jardines parecen sacados de revistas y las personas sonríen demasiado cuando saben que las están observando. Era uno de esos pueblos donde todos conocían el apellido de todos, cuánto dinero tenía y hasta con quién engañaban a sus esposos. Como dicen por ahí: pueblo chico, infierno grande. Se llama Babilonia por sus grandes verdes en todo el pueblo, era como si las casas estuvieran adentro de una selva con ríos en las afueras; es un contraste muy lindo si lo referenciamos con lo lujoso de sus espacios.

Elegante por donde se mire, sus casas no son lujosas por ser de estilos contemporáneos y modernos, sino más bien coloniales con grandes espacios y amplios antejardines. Babilonia contaba con grandes parques, hermosos lagos y una vida a mi parecer aburrida. Siento que es demasiado podrido en realidad, aunque su belleza fuera inalcanzable.

Llevábamos dos años viviendo ahí y todavía sentía que ese lugar me rechazaba igual que un cuerpo rechaza un órgano ajeno. Nosotros veníamos de Cali, una ciudad algo grande, y donde lograba pasar más desapercibido que nunca; por lo tanto, más libre me sentía. Y aunque mi abuela insistía en decir que ahora éramos “gente decente”, yo seguía sintiéndome un extraño entre las calles impecables, las familias perfectas y los chicos del Seminario PIO XII que llegaban al colegio manejando camionetas más caras que toda mi existencia.

Mi vida era simple: ir al colegio, soportar a mi abuela, ver series adolescentes hasta quedarme dormido, y sobrevivir lo suficiente para llegar al viernes y esperar a que Samanta volviera de Bogotá. Porque ella era lo único bueno que he tenido toda mi vida, la única persona que por primera vez me había mirado como si yo valiera algo; esa era ella.

—Sebastian, deja de tragarte la vida mirando ese teléfono —gruñó la voz de mi abuela entrando a mi habitación.

Ahí estaba Maria del Carmen, o Maca como se le decía. Incluso antes de verla podía sentir su presencia en toda la casa. Ella era como humedad en las paredes, como una tormenta que nunca terminaba de irse. Levanté la mirada lentamente desde el sofá pequeño que tenía en la habitación y traté de disimular mi desagrado porque era capaz de darme una bofetada si así lo quisiera. Ella apareció en mi recinto con su bata beige perfectamente acomodada, el cabello lleno de canas recogido con elegancia y esa expresión dura que parecía haberse quedado pegada a su cara desde hacía años.

Alta, imponente y poderosa de una manera aterradora.

—Buenos días para ti también —murmuré.

—Los buenos días son para la gente agradecida.

Claro, cinco minutos despiertos y ya quería morirme. Tomé el control remoto y apagué el televisor antes de que comenzara otra discusión inútil. Mientras tanto afuera, Babilonia amanecía como siempre: perfecta, limpia, silenciosa.

Odiaba ese pueblo.

—Hoy llega tu hermana —dijo Maca mientras se tomaba su café sin mirarme—. Y te quiero decentemente vestido cuando venga.

Solté una risa seca.

—Sí, porque Samanta podría morir si me ve usando una camiseta vieja.

La mirada que me lanzó pudo haber matado plantas.

—Algún día entenderás que das vergüenza, tu aspecto físico lo da completamente y no haces nada para tratar de arreglarte. Eres tan diferente a tu hermana y a todas las personas de esta hermosa ciudad.

Y ahí estaba otra vez esa sensación, la misma de siempre. Como si alguien me apretara algo dentro del pecho, pero ya me hubiera acostumbrado tanto que ni siquiera doliera igual. Me levanté del sofá sin responderle, aprendí hace tiempo que discutir con Maca era como intentar apagar un incendio soplando.

Ingresé al baño de mi habitación mientras escuchaba el sonido de sus tacones golpeando el piso mientras bajaba las escaleras. Mi cuarto era el único lugar de la casa que sentía mío, aunque ella se entrometiera sin ni siquiera tocar la puerta. No era grande, ni especialmente bonito, pero al menos ahí podía respirar.

Había posters de series y películas pegados en las paredes, como: ¨Diario de Vampiros, Pequeñas Mentirosas, I Love, Simón; entre otros¨. Tenía, ropa tirada sobre la silla del escritorio y una montaña de cuadernos acumulándose junto a la ventana que daba hacia la casa de al lado, donde vive uno de mis dos amigos; Pablo.

Me lancé a bañar sin ni siquiera percatarme que el agua no estaba fría, así que tiré un salto y cerré la ducha no sin antes quejarme. Diecisiete años sintiéndome insuficiente para prácticamente todo. A veces me preguntaba cómo era posible que Pablo y Esteban siguieran siendo mis amigos; honestamente, ellos parecían personajes sacados de una serie adolescente absurdamente guapa, algo tipo Riverdale.

Pablo era ridículamente atractivo. Rubio, ojos azules, sonrisa perfecta, el tipo de chico que podía enamorar a alguien solamente riéndose. Y Esteban… Bueno, Esteban parecía hecho para mirar a las personas como si pudiera descubrir todos sus secretos sin abrir la boca. Su cabello era negro, su piel pálida y sus ojos grises parecían iluminar a cualquiera que miraran; entre ellos dos no sabía exactamente elegir quién fuera más hermoso, así que todo se deducía a la personalidad, pues eran muy diferente.

Y luego estaba yo, Sebastian Valencia. Un chico afro de uno metro setenta y dos; y siendo sincero, no era ni guapo ni particularmente interesante.”Tenía cara de cansancio permanente y una habilidad impresionante para arruinarme la existencia solo con pensar demasiado, extremadamente torpe y siempre me estaba quejando de todo.

Mi celular vibró sobre la cama, era un audio de uno de ellos y lo reproduje.

Pablo: “Si hoy llegas tarde otra vez al entrenamiento de Esteban, voy a decirle a Samanta que estás enamorado de Britney Spears.” Sonreí sin querer, pues obviamente mi hermana sabe que yo la amo. Tal vez esa era mi realidad también, no todo estaba completamente roto. Mi celular vibró otra vez antes de que pudiera responderle a Pablo.

“Te estoy esperando afuera de tu casa, princesa sufrida.” Sí, Pablo es el amigo divertido que todos deseamos tener, y sinceramente me sacaba risas siempre. Solté aire por la nariz, ese idiota tenía el talento especial de arruinar cualquier momento depresivo.

Me terminé de bañar y me acerqué a la ventana. Desde el segundo piso podía ver parte de la calle principal de Babilonia; impecable como siempre, llena de árboles perfectamente podados y casas tan grandes que parecían hoteles silenciosos.

Y ahí estaba Pablo, recostado sobre el capó de su camioneta como si estuviera grabando un comercial para adolescentes ricos y desesperantemente felices. Rubio, alto y ridículamente atractivo.

A veces me sorprendía lo fácil que parecía existir para él. Incluso vestido con una sudadera negra cualquiera y unas gafas oscuras encima de la cabeza parecía una de esas personas que nacieron sabiendo exactamente cómo sonreír para que el mundo los adore. Una señora que paseaba a su perro redujo la velocidad solo para mirarlo. Claro, porque Dios definitivamente tenía favoritos.

—¡Sebastian! —gritó desde abajo y algo lejos apenas me vio en la ventana—. ¡Muévete o voy a entrar y decirle a tu abuela que escuchas canciones tristes pensando en hombres mayores!

Abrí más la ventana.

—¡Cállate, imbécil!

Su carcajada retumbó por toda la calle, y por primera vez esa mañana sonreí de verdad. Pablo tenía ese efecto en las personas, era imposible permanecer completamente miserable cuando él estaba cerca. Hablaba demasiado, se reía demasiado y actuaba como si la vida jamás pudiera romperlo; aunque supongo que todos escondemos cosas.

Tomé una sudadera gris del suelo, una camiseta, medias y tenis y me las puse rápido antes de bajar. Apenas pisé el primer escalón escuché la voz de Maca desde la cocina.

—¿Y ahora para dónde vas?

Ni siquiera levantó la mirada de su taza de café. Siempre hacía eso, como si yo no mereciera atención completa ni siquiera durante las discusiones.

—Con Pablo. Vamos al entrenamiento de Esteban.

—¿No se supone que deberías estar estudiando?

—Hoy no hubo clases.

Maca soltó un sonido seco, una mezcla entre burla y desaprobación.

—Claro. La juventud moderna siempre encuentra una excusa para perder el tiempo.

No respondí porque sinceramente estaba cansado.

Cansado de ella, cansado de mí, cansado de sentir que respirar dentro de esa casa era hacer algo equivocado. Tomé mis llaves rápidamente antes de salir, el aire fresco de la mañana golpeó mi cara apenas cerré la puerta detrás de mí. Y ahí estaba Pablo, sonriendo como si el universo entero le debiera atención.

—Wow —dijo quitándose las gafas lentamente—. Pareces emocionalmente devastado hoy. Más de lo normal.

—Buenos días para ti también.

Me lanzó una botella de jugo que atrapé apenas.

—Te traje comida porque eres dramático y seguro no desayunaste.

Lo miré unos segundos. Ese tipo de cosas eran exactamente las que me confundían, Pablo hacía actos de cariño tan naturalmente que a veces olvidaba que no todo el mundo era así.

—Gracias —murmuré.

—Lo sé, soy increíble.

Subí a la camioneta poniendo los ojos en blanco. El interior olía a perfume caro y papas fritas.

—¿Y Esteban? —pregunté mientras me acomodaba el cinturón.

—Ya está en el coliseo desde hace como una hora, aparentemente nació con cuarenta años y alma de entrenador militar.

Eso sonaba exactamente como Esteban. Pablo arrancó mientras una canción sonaba bajita desde la radio. Babilonia pasaba frente a nosotros impecable y brillante bajo el sol de la mañana. Cafetería elegante, parques absurdamente verdes, personas caminando con ropa deportiva como si estuvieran protagonizando una campaña publicitaria sobre vidas perfectas, hermosos lagos que rodeaban la ciudad. A veces odiaba tanto este pueblo que me daban ganas de romper algo, pero seguramente la multa que me daría sería tan cara como la casa donde vivía.

—¿Samanta llega hoy? —preguntó Pablo intentando sonar casual.

Sonreí apenas, ahí estaba él otra vez.

—Sí.

—Ah.

—Pablo.

—¿Qué?

Giré la cabeza lentamente para mirarlo.

—Llevas enamorado de mi hermana desde que llegamos aquí. Créeme que ya nadie necesita detectives para descubrirlo.

—No estoy enamorado.

—Claro.

—Solo admiro su existencia.

—Eso literalmente es estar enamorado.

Pablo fingió indignación llevándose una mano al pecho.

—Sebastian Valencia, jamás pensé que juzgarías mis sentimientos puros y sinceros.

Solté una pequeña risa. Por un instante todo se sintió normal, simple, como si mi vida realmente pudiera parecerse a las series adolescentes que veía escondido en mi habitación.

Hasta que llegamos al coliseo del Seminario PIO XII. Y ahí estaba Esteban en la cancha; incluso desde la entrada del coliseo llamaba la atención sin hacer absolutamente nada. El Seminario PIO XII tenía uno de esos complejos deportivos exageradamente elegantes que solo existían porque las familias ricas necesitaban convertir cualquier actividad escolar en una competencia de prestigio. El coliseo era enorme, brillante, con pisos pulidos y banderas del colegio colgando del techo como si aquello fuera una universidad estadounidense y no un pueblo pretencioso perdido en Colombia.

El sonido de los balones rebotando llenaba el lugar. Esteban corría por la cancha con la camiseta de color gris de entrenamiento pegada al cuerpo por el sudor. Su cabello oscuro estaba despeinado y la concentración en su cara hacía que pareciera incluso más serio de lo normal al punto de parecer enojado. Y sinceramente… el desgraciado jugaba demasiado bien, y al estar la puerta principal del coliseo totalmente abierto, desde el parqueadero se podía ver con algo de claridad.

—A veces creo que Esteban nació sabiendo jugar baloncesto —murmuró Pablo mientras estacionaba en un lugar que obviamente no era el estacionamiento, pero nos dejaba en la entrada exacta del coliseo.

—A veces creo que tú naciste enamorado de ti mismo.

—Eso también.

Abrí la puerta de la camioneta y bajé distraído mirando hacia la cancha. Grave error. Mi pie se enredó con la correa del bolso y, antes de poder reaccionar, tropecé horriblemente contra el borde de la acera. El golpe no fue fuerte, pero la humillación sí.

—¡Mierda! —solté intentando sostenerme.

Pero claramente el universo me odiaba porque terminé chocando contra un basurero metálico que hizo un ruido escandaloso al tambalearse. Hubo un segundo de silencio absoluto y luego escuché risas. Cerré los ojos lentamente, perfecto… simplemente perfecto.

—Sebastian… —la voz de Pablo salió entre carcajadas—. ¿Cómo vives diariamente?

—No lo hago, sobrevivo por pura ansiedad.

Levanté la mirada y vi a varios chicos del equipo observándome divertidos desde la entrada de la cancha, quise evaporarme. Y entonces vi a Esteban detenerse en medio del entrenamiento. Frunció el ceño apenas me vio en el suelo y corrió hacia nosotros botando el balón contra el piso. Ni siquiera parecía cansado, en serio odio a la gente atlética.

—¿Estás bien? —preguntó extendiéndome la mano.

Sus ojos grises se clavaron en mí con esa intensidad rara que siempre tenía, como si analizara cada pensamiento detrás de mi rostro.

Tomé su mano rápidamente.

—Sí —murmuré levantándome—. Solo decidí humillarme públicamente esta mañana.

Pablo seguía riéndose como un imbécil.

—Te juro que parecía una película en cámara lenta.

—Voy a matarte.

—Eso no arreglará tu equilibrio corporal.

Esteban negó apenas con la cabeza, aunque pude notar la sombra de una sonrisa en su boca, eso era básicamente una carcajada viniendo de él.

—Llegaron temprano —dijo mirando a Pablo.

—No hay clases y Sebastián estaba teniendo uno de sus episodios depresivos con la abuela así que vine a rescatarlo.

—No estaba deprimido.

—Me imagino que parecías el protagonista a punto de escribir poesía triste.

—Cállate.

—El entrenador dijo que hoy jugaríamos partido completo. Quédense.

Y claro que nos quedamos, porque, aunque yo jamás admitiría algo así en voz alta, me gustaba mirar esos entrenamientos. Me gustaba sentirme parte de algo, aunque fuera desde las gradas.

Ya luego, Pablo se dejó caer dramáticamente en el asiento junto a mí mientras el partido daba inicio. El sonido de los tenis chillando sobre la cancha llenó el coliseo y entonces Esteban empezó a jugar de verdad. Era raro verlo ahí abajo, fuera de la cancha parecía tranquilo, callado, contenido. Pero jugando se transformaba completamente; rápido, preciso, seguro. Se movía entre los demás compañeros como si supiera exactamente dónde iba a estar el balón antes que todos los demás. Daba órdenes, robaba pelotas, anotaba puntos y apenas hablaba; pero aun así todo el mundo parecía seguirlo naturalmente.

—Estoy convencido de que tiene problemas de control —dijo Pablo tomando una bebida energética de su bolso.

—Estoy convencido de que tú tienes problemas mentales.

—También.

Sonreí apenas mientras miraba la cancha. La luz de la mañana atravesaba las ventanas altas del coliseo iluminando el piso brillante. Por primera vez en toda la semana sentí algo parecido a tranquilidad. Y honestamente, eso era raro en mi vida.

El entrenamiento terminó casi dos horas después. O bueno, técnicamente terminó, porque Esteban seguía lanzando triples como si el descanso fuera un concepto ofensivo para él.

—Vas a desarrollar una enfermedad mental relacionada con el baloncesto —dijo Pablo apoyado contra las gradas.

Esteban atrapó el balón sin siquiera mirarlo.

—Y tú vas a morir joven por comer basura todos los días.

—Prefiero morir feliz.

—Prefiero que mueras callado —murmuré.

Pablo me lanzó una botella vacía, la esquivé apenas mientras bajábamos de las gradas, sin saber que no iba a mí sino a una canasta de basura que logró anotar. El aire afuera estaba fresco y el sol de la mañana comenzaba a reflejarse sobre un pequeño lago que quedaba detrás del coliseo del Seminario. Babilonia tenía demasiados lugares bonitos para ser un sitio tan emocionalmente insoportable.

La panadería quedaba justo frente al agua. Era uno de esos cafés elegantes al aire libre llenos de mesas blancas, plantas decorativas y compañeros de baloncesto de Esteban que fingían que sus vidas eran perfectas mientras tomaban café caro.

—Necesito azúcar o literalmente voy a desmayarme —anunció Pablo apenas llegamos.

—Eso explicaría muchas cosas sobre tu personalidad —dijo Esteban.

Nos sentamos en una mesa junto al lago. Desde ahí podía verse el agua moviéndose suavemente por el viento, algunos patos y otros animales que no reconozco dentro de él. Además de una familia que caminaba desde lejos como si estuvieran en un comercial de seguros de vida.

Pablo tomó la carta y sus ojos brillaron como si acabara de descubrir un tesoro nacional.

—Dios ama los carbohidratos y yo soy la prueba viviente.

—Tú eres la prueba viviente de que el metabolismo no es justo —dije.

Y era verdad. Pablo podía comer absolutamente todo lo que quisiera y seguir viéndose como modelo de ropa deportiva. Cinco minutos después ya había pedido: wafles, pan de bono, pan, croissants, jugo y café. Era algo que honestamente parecía alimentar una familia completa.

—¿Tienes pensado hibernar para el invierno? —preguntó Esteban.

Él, por supuesto, pidió lo más saludable posible: huevos, fruta, yogur y agua. Porque claramente había nacido con alma de nutricionista militar. Yo terminé pidiendo un poco de todo porque sinceramente nunca sabía escoger.

—Sebastian come como señora embarazada —comentó Pablo mientras untaba mantequilla exageradamente sobre un pan.

—Sebastian come como persona normal. —dijo Esteban.

—Exacto, usted mezclas comida como si estuvieras improvisando supervivencia. —dije yo.

—Y desayuna como camionero que lleva una semana de paro. —comentó Esteban.

Pablo sonrió orgulloso.

—Gracias.

El mesero dejó los líquidos sobre la mesa, y durante unos segundos solo se escuchó el ruido de cubiertos y el viento moviendo los árboles alrededor del lago. Hasta que vino a Pablo soltando una carcajada viendo su celular.

—Otra vez.

—¿Quién ahora? —pregunté.

Giró la pantalla hacia nosotros, una chica del colegio muy bonita, rubia, sonrisa perfecta. Exactamente el tipo de chica que siempre parecía interesarse en Pablo.

—Me invitó a una fiesta esta noche —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Y? —pregunté.

—Nada.

—¿Nada? —repetí—. Pablo, literalmente media ciudad quiere contigo.

—Exagerado.

Esteban levantó la mirada de su café.

—No está exagerando.

Pablo hizo una mueca incómoda. Porque claro, la verdadera tragedia de su vida era estar enamorado de una chica que apenas lo veía como “el amigo escandaloso de su hermano menor”. Y honestamente, empezaba a darme un poco de lástima.

—Simplemente no me interesa —murmuró tomando café.

—Porque estás obsesionado con mi hermana.

—No estoy obsesionado.

—Pablo —dije lentamente—. Una vez aprendiste a cocinar brownies porque Samanta dijo que le gustaban.

Esteban soltó una pequeña risa por la nariz. Pablo señaló amenazante con un pedazo de pan.

—Eso fue romanticismo estratégico.

—Eso fue humillación emocional.

Me recosté en la silla sonriendo apenas mientras ellos seguían discutiendo. Y entonces miré a Esteban.

—¿Y tú qué? —pregunté—. ¿Nunca te gusta nadie?

Él levantó una ceja lentamente.

—No tengo tiempo.

—Mentira —dijo Pablo—. Lo que pasa es que este hombre nació divorciado en el amor.

—Estoy concentrado en otras cosas.

—Claro. Porque los sentimientos afectan tu rendimiento atlético.

Esteban ignoró el comentario mientras tomaba agua. Pero tenía sentido, él era así con todo: disciplinado, controlado, meticuloso. A veces parecía que organizaba hasta sus emociones en carpetas mentales.

—Además —continuó Pablo— las chicas le tienen miedo.

—No les tengo miedo yo.

—No, idiota. Ellas a ti.

Eso me hizo reír porque era verdad. Esteban no era grosero ni antipático. Pero tenía esa intensidad silenciosa que hacía que la gente pensara demasiado antes de acercarse. Y, aun así, las chicas nos miraban constantemente; bueno, a él y a Pablo. Yo solo existía cerca de ellos como accesorio emocional con ansiedad incluida. Miré el lago otra vez mientras el viento movía suavemente las ramas sobre nuestras cabezas. Cuando de un momento a otro, mi celular comenzó a vibrar sobre la mesa justo cuando Pablo intentaba convencer a Esteban de que comer lechuga no era una personalidad. Ni siquiera necesitaba mirar la pantalla para saber quién era, Maca. El simple nombre bastó para que algo dentro de mí se tensara automáticamente y Esteban lo notó y se puso triste al ver mi reacción.

Pablo me vio también y preguntó.

—¿Todo bien? —preguntó bajando un poco la voz.

Asentí sin muchas ganas y tomé el teléfono.

—Hola.

—Samanta no viene hoy.

Ni un saludo, ni una pausa, nada. Sentí algo hundirse lentamente dentro de mi pecho.

—¿Qué?

—Tu hermana llamó hace una hora. Tiene trabajos pendientes en la universidad y no piensa perder tiempo viajando hasta acá.

Claro, porque las cosas buenas nunca duraban demasiado. Miré el lago intentando que mi cara no reflejara nada, aunque por dentro simplemente quería llorar.

—Ah… bueno.

—No pongas esa voz de víctima conmigo, Sebastian.

Ahí estaba. La verdadera razón de la llamada, Maca nunca llamaba solo para informar algo, siempre había una herida escondida después.

—Te recuerdo que hoy hay misa a las siete de la noche y más te vale acompañarme.

Cerré los ojos un instante.

—Maca…

—Necesitas a Dios más que cualquier persona que conozca.

El silencio en la mesa se volvió pesado. Pablo y Esteban dejaron de hablar, no podían escucharla completamente pero sí podían verme, y yo sabía perfectamente qué cara estaba poniendo.

—No quiero discutir ahora.

—Pues deberías discutir con tu conciencia de vez en cuando —espetó—. Porque vivir en pecado permanentemente no parece preocuparte demasiado.

—Estoy desayunando.

—Y yo estoy rezando para que algún día entiendas la vergüenza que cargas encima.

Tragué saliva lentamente. El viento del lago seguía moviendo los árboles y la gente seguía riéndose alrededor.

—No empieces, por favor.

—¿Qué esperas que haga? ¿Aplaudirte?, ¿Celebrar tu confusión?... Dios hizo hombres y mujeres por una razón.

Pablo apartó la mirada con la mandíbula tensa. Y Esteban… Esteban simplemente me observaba en silencio. Eso era peor, porque odiaba que me vieran así, odiaba sentirme pequeño frente a otras personas.

—Nos vemos más tarde —murmuré intentando terminar la llamada.

Pero Maca no había acabado, nunca acababa.

—Y deja de juntarte tanto con esos amigos tuyos. Especialmente contigo, así como eres la gente terminará creyendo cosas sobre ellos y que pesar.

Sentí calor subir por mi cuello. Vergüenza, rabia, cansancio, era la mezcla habitual.

—Adiós, Maca.

—Siete de la noche. Y compórtate como un hombre decente, aunque sea una vez en tu vida.

La llamada terminó, y durante unos segundos solo escuché el sonido del viento sobre el agua. No levanté la mirada, porque si lo hacía probablemente iba a notar lástima en la cara de alguien y no quería eso. Tomé el vaso de jugo lentamente, aunque ya no tenía sed.

—Sebas… —murmuró Pablo.

—Estoy bien.

Mentira. Pero era una mentira tan practicada que salía sola. Moví distraídamente el dedo sobre la pantalla apagada del celular. 17 años, ni siquiera yo había recordado que hoy era mi cumpleaños hasta ahora y obviamente… ninguno tampoco.

El resto del desayuno murió lentamente después de la llamada. Pablo intentó seguir haciendo bromas. Lo intentó de verdad, pero incluso él sabía cuándo algo ya no tenía arreglo.

—Voy a matar a tu abuela algún día —murmuró mientras rompía un pedazo de wafle.

—Haz fila.

Sonrió apenas, aunque sus ojos seguían preocupados. Y creo eso era lo peor de todo; hacer que las personas que me querían terminaran sintiéndose mal por mí. Odiaba eso, Esteban en cambio, no dijo nada durante varios minutos. Solo siguió tomando café mientras miraba el lago con esa expresión tranquila que siempre tenía, como si estuviera pensando veinte cosas al mismo tiempo y aun así nada lograra alterarlo del todo. Entonces habló:

—Ven a mi casa hoy.

Levanté la mirada. —¿Qué?

—Necesito ayuda con un trabajo de historia.

Pablo soltó una risa inmediata. —Mentiroso.

Esteban lo ignoró completamente.

—Mi mamá hará almuerzo. Parpadeé un segundo, entendí inmediatamente lo que estaba haciendo, y creo que eso me hizo sentir peor. No quería que me cuidaran, no quería parecer roto; pero la verdad, es que tampoco quería volver a casa.

—No tienes que hacer eso —murmuré.

—No estoy haciendo nada.

Otra mentira, una mucho más amable; Pablo me apuntó con el tenedor.

—Ves por qué este hombre da miedo. Tiene emociones escondidas bajo siete capas de masa muscular y proteínas.

—Cállate —dijo Esteban.

—Jamás.

Terminé aceptando porque no tenía fuerzas para discutir. También porque una parte de mí necesitaba desesperadamente no pasar el día encerrado con Maca.

La casa de Esteban quedaba en una de las zonas más exclusivas de Babilonia por supuesto. Todo en la vida de ese hombre parecía costoso incluso cuando intentaba verse sencillo. La entrada tenía árboles enormes a los lados y una fuente absurda que probablemente costaba más que mi existencia completa. Pero curiosamente, la casa no se sentía fría como muchas otras del pueblo. Se sentía vivida; había ventanas abiertas, música sonando bajito desde algún lugar y plantas por todas partes. Además, se encontraban diferentes personas del servicio que mantenía la casa reluciente, estas personas vivían en un pueblo que quedaba a unos treinta minutos de Babilonia, y que la mayoría de sus moradores trabajaban acá.

—Mamá —gritó Esteban apenas entramos—. Llegamos.

—¿“Llegamos”? —pregunté quitándome los zapatos—. ¿Quién te dio permiso de secuestrarme?

—Te subiste al carro voluntariamente.

—Manipulación emocional.

—Drama emocional —corrigió Pablo.

La señora Helena apareció desde la cocina secándose las manos con una toalla. Y honestamente, he entendido muchas cosas sobre Esteban. Era una mujer elegante, de cabello oscuro recogido y ojos cálidos. Tenía esa clase de belleza tranquila que hacía sentir cómodas a las personas apenas las miraba.

Sonrió apenas nos vio.

—Sebastian, Pablo. Hace siglos no venían.

Y ahí estaba otra diferencia enorme con mi casa. Ella sonaba feliz de vernos, no molesta, ni resignada, ni mucho menos incómoda. Feliz.

—Hola, señora Elena —dijimos casi al mismo tiempo.

—¿Comieron algo o siguen alimentándose como animales callejeros?

—Yo sí desayuno decentemente —dijo Esteban.

Pablo abrió la boca indignada. —¡Señora Elena, defiéndame!

Ella soltó una pequeña risa. —Tú comes como si el mundo fuera a acabarse mañana.

—Exactamente. Alguien tiene que estar preparado.

La cocina olía a comida recién hecha y café. Y por un instante sentí algo extraño en el pecho, nostalgia. Porque así se suponía que debía sentirse una casa: cálida, segura, un hogar.

—Voy a terminar unas cosas arriba —dijo Esteban—. Suban luego.

Asentimos mientras él desaparecía por las escaleras. Pablo se acercó inmediatamente a una olla.

—¿Qué hizo de almuerzo?

—Pablo Andrés Hidalgo, deja eso quieto.

—Solo estoy inspeccionando.

—Pareces mapache.

La señora Elena volvió a reír; y entendía perfectamente por qué Esteban era como era. No era cariñoso de manera evidente, no hablaba demasiado, no abrazaba por cualquier cosa, pero estaba pendiente siempre. Era el tipo de persona que recordaba pequeños detalles, notaba cuando alguien estaba mal y ayudaba sin hacer sentir inútil a la otra persona, como hoy. Porque el supuesto “trabajo de historia” claramente no existía. Subimos al cuarto de Esteban un tiempo después, y por supuesto su habitación parecía sacada de una revista minimalista para personas emocionalmente organizadas. Todo estaba limpio y ordenado; perfectamente acomodado. Había medallas deportivas colgadas junto al escritorio, libros apilados cuidadosamente y fotografías familiares sobre una repisa. En varias aparecían sus hermanos mayores, los dos vivían en Estados Unidos desde hacía años. Uno estudiaba medicina y el otro trabajaba con el padre en su empresa originaria de allá. El señor Cromwell casi nunca estaba en Babilonia, tenía muchos viaje, reuniones y empresas alrededor del mundo y Esteban aprovechaba sus vacaciones para viajar junto a su madre a estar con la familia. Unas dos veces me invitaron con todos los gastos pagos a Europa, pero no acepté; seguramente me sentía no merecedor de algo como eso. Prefiero decir esto y no aceptar que obviamente Maca por nada del mundo me iba a dejar.

—Tu cuarto da miedo cada vez que vengo —dije mirando alrededor.

Esteban levantó apenas una ceja.

—¿Por qué?

—Parece que aquí vive alguien que sí tiene estabilidad mental.

—Definitivamente no soy yo —murmuró.

Pablo se dejó caer sobre la cama dramáticamente.

—Extraño ser hijo único emocionalmente favorito.

—Tú eres hijo único biológicamente, yo no —dijo Esteban.

—Exacto. Pero emocionalmente también merezco prioridad.

Me acerqué distraídamente a una de las fotos. Esteban más pequeño, sus hermanos abrazándolo y la señora Helena sonriendo al lado de su esposo. Y otra vez sentí esa punzada rara dentro del pecho, porque nunca había tenido algo parecido.

—Sebastian.

Giré la cabeza. Esteban me estaba mirando desde el escritorio. Serio y tranquilo.

—Quédate hasta tarde si quieres.

Así, sin insistir, sin lástima; solo dejándome una salida. Y creo que eso fue lo que dolió y a la vez más le agradecí. Luego de esto, Esteban y Pablo jugaron un rato en el Nintendo, almorzamos y Pablo se fue mientras yo me quedé en casa de Esteban al punto de simplemente dormirme sin darme cuenta del momento. Caí profundamente en sus sábanas blancas y perfectamente acomodadas de su cama. Cuando desperté, el cielo afuera de la ventana estaba teñido de naranja oscuro y el cuarto permanecía en silencio. Parpadeé lentamente intentando ubicarme y entonces lo vi. Esteban estaba dormido frente a mí de manera muy cerca, demasiado cerca. Mi corazón dio un pequeño salto estúpido de inmediato. Porque nunca me detenía a mirarlo realmente tan cerca y tan íntimamente. No de esa manera; o tal vez sí, solo que intentaba no pensar demasiado en ello.

Dormido parecía distinto. Más tranquilo, más joven, era como ver un ángel tan cerca de lo perfecto que es. Las líneas serias de su cara desaparecían un poco cuando descansaba. Su cabello oscuro caía desordenado sobre la frente y la luz cálida del atardecer hacía que sus ojos cerrados y su piel pálida parecieran sacados de una escena ridículamente bonita. Y claro, porque el universo jamás pierde oportunidad de humillarme emocionalmente. Sentí esa sensación incómoda y silenciosa crecer dentro de mi pecho, ese gusto culposo, esa admiración absurda que intentaba ignorar desde hacía tiempo. Esteban era mi amigo, él jamás me miraría de esta forma, jamás una persona como yo le podría gustar alguien como él. Es simple, personas como él no se enamoran de personas como yo.

Así funcionaba el mundo. Él era: seguro, atractivo, inteligente, disciplinado. Y yo… bueno, yo era yo. Aparté la mirada rápidamente sintiéndome idiota, pero entonces Esteban se movió un poco sobre la almohada y abrió los ojos lentamente. Por unos segundos ninguno habló y después me sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, somnolienta, real. Y algo dentro de mí colapsó discretamente.

—Qué miedo —murmuró con la voz ronca—. ¿Por qué me mirabas así?

Sentí calor subir inmediatamente a mi cara.

—No te estaba mirando.

—Claro.

Giré los ojos intentando parecer normal. Fracaso absoluto, Esteban tomó el celular de la mesa de noche y frunció el ceño.

—Mierda.

—¿Qué pasó?

—Ya es tarde.

Se incorporó rápidamente pasando una mano por su cabello despeinado.

—La misa.

Mi alma abandonó mi cuerpo instantáneamente.

—No quiero ir. —Lo sé. —Prefiero ser atropellado. —También lo sé.

Lo vi levantarse y acercarse al clóset mientras yo seguía tirado sobre la cama intentando recordar por qué Dios me odiaba personalmente. Esteban sacó una camiseta negra nueva y me la lanzó a la cara. —Póntela.

La aparté apenas.

—¿Y eso?

—La compré y no me gustó cómo me quedó.

Mentiroso. A Esteban literalmente todo le quedaba bien.

—No tienes que prestarme ropa.

—Sebastian.

Ese tono tranquilo, firme, sin presión. Suspiré derrotado.

—Gracias.

Él asintió apenas mientras buscaba otra camisa para él. Y observé moverse por el cuarto como si aquello fuera completamente normal, como si yo perteneciera ahí, como si alguien pudiera acostumbrarse a mi presencia sin cansarse.

—Pablo dijo que nos veía después —comentó mientras se cambiaba la camiseta.

—¿Después de misa?

—Sí.

—Qué tragedia.

Esteban soltó una pequeña risa. Y sinceramente, creo que era una de mis cosas favoritas en el mundo. Porque casi nadie lograba hacerlo reír realmente. Me cambié la ropa rápidamente mientras afuera el cielo terminaba de oscurecerse sobre Babilonia. No tenía idea de que ese cumpleaños iba a terminar cambiando muchas más cosas de las que imaginaba.