E-74 (Versión Preliminar)

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Summary

En Cambridge, lo que parecía un ataque terrorista pronto se convierte en la misión más peligrosa que los CTSFO hayan enfrentado jamás. Bajo la lluvia, entre explosiones y disparos, el equipo liderado por Jacob Cliford debe rescatar rehenes y detener a un enemigo inesperado: un ex soldado de las fuerzas especiales, miembro de la temida unidad E-74 Calavera, un hombre cuya leyenda se forjó con sangre y disciplina. Mientras el escuadrón lucha por sobrevivir, descubrirán que esta no es solo una operación de rescate, sino una batalla contra secretos del pasado que podrían destruirlos desde adentro.

Genre
Thriller
Author
ElBrayz
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: Sombras en la niebla

Un hombre despertó sobresaltado. La habitación estaba sumida en penumbras y un dolor punzante le atravesaba la sien como una aguja candente. Se llevó la mano a la frente, cerrando los ojos, intentando apartar el mareo que lo hacía tambalearse. Permaneció inmóvil unos segundos, respirando profundamente. Su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido una larga distancia.

Una frase emergió de la oscuridad de su mente, repetida una y otra vez como un eco enfermizo:

—Debo terminar la misión… debo terminar la misión…

La voz interior no le pertenecía del todo; era como si otra voluntad habitara dentro de él, empujándolo hacia adelante.

Con movimientos lentos, se levantó de la cama. El suelo crujió bajo sus pies descalzos y avanzó hasta el viejo cobertizo que se escondía en el patio trasero de la casa. Allí, al abrir la puerta oxidada, un olor a metal y grasa lo envolvió. En un rincón, bajo una lona cubierta de polvo, aguardaba un arsenal dormido.

Encendió una lámpara portátil. La luz amarillenta iluminó las formas letales de rifles, pistolas y cuchillos. Uno a uno, comenzó a sacarlos, acariciándolos con la devoción de un artesano. Pasó un paño sobre el cañón de una pistola, revisó cargadores, colocó piezas en orden sobre la mesa. El sonido metálico del clic al ensamblar una corredera resonó en la habitación como música conocida.

Mientras limpiaba, imágenes fugaces se colaban en su mente: un pasillo estrecho, disparos rebotando en las paredes, compañeros cayendo al suelo, gritos ahogados por la sangre. Cerró los ojos, pero no logró contener la visión. Su mandíbula se tensó.

—No fallaré esta vez… —susurró con frialdad.

A kilómetros de allí, el mundo se desmoronaba en otra dirección.

Un edificio comercial en pleno centro estaba tomado por un grupo criminal armado hasta los dientes. Desde las ventanas gritaban y apuntaban con fusiles automáticos a los rehenes que mantenían de rodillas, con las manos en la nuca.

—¡Retrocedan o los mataremos uno por uno! —vociferó un encapuchado, presionando la pistola contra la cabeza de un anciano.

Afuera, las sirenas de la policía mantenían la tensión vibrando en el aire. Decenas de uniformados rodeaban el edificio, pero nadie se atrevía a dar un paso más. El jefe de la unidad negociadora sostenía un megáfono.

—No hagan nada estúpido. Podemos resolver esto de otra manera.

—¡Cállate! —interrumpió otro de los criminales desde una ventana—. Tenemos una bomba lista para detonar en otro edificio. Si no retroceden, todos arderán.

El silencio cayó como un bloque de hielo sobre la multitud. Un murmullo de pánico se propagó entre los agentes.

Pero mientras los policías se paralizaban, en las sombras ya se movía un grupo distinto. Diez hombres y cinco mujeres, cubiertos de negro, avanzaban sin ruido, como espectros. Sus botas tácticas apenas tocaban el suelo.

Era el CTSFO, la élite de la élite.

Jacob Clifford, su líder, levantó una mano y el escuadrón se dividió en parejas. Con precisión quirúrgica, escalaron, forzaron cerraduras, entraron por accesos ocultos. En cuestión de segundos, estaban dentro.

—Recuerden: cero bajas de civiles —susurró Jacob por el intercomunicador.

El primer contacto fue rápido: un encapuchado custodiaba un pasillo. Apenas giró la cabeza, fue reducido con un movimiento certero en silencio absoluto. Más adelante, otro criminal cayó con un disparo seco, amortiguado por el silenciador.

Hasta que, inevitablemente, el caos se desató.

Un rehén gritó, un disparo rompió un vidrio, el eco de la violencia estalló. El equipo del CTSFO se desplegó como un engranaje perfecto: Emily Johnson disparó con precisión quirúrgica, Amelia Lewis cubrió la retaguardia, William Brown arremetió con fuerza física contra un atacante que blandía un cuchillo.

En medio del combate, un criminal logró presionar el botón del radio.

—¡Nos atraparon! ¡Activen la bomba!

La respuesta llegó al instante, helada y burlona:

—Lo siento, cariño… nada va a explotar hoy. —Era la voz de Katerine Taylor, con una media sonrisa mientras colocaba las esposas en las muñecas de otro captor.

El resto de los criminales fueron cayendo uno a uno, reducidos sin que un solo rehén resultara herido. Cuando todo acabó, un aplauso espontáneo brotó de las víctimas liberadas. Algunos lloraban, otros se abrazaban.

El CTSFO había cumplido.

Horas después, los quince integrantes se encontraban reunidos en el cuartel. En la televisión, un presentador relataba su hazaña.

—Una operación impecable. El CTSFO vuelve a demostrar por qué es considerada la unidad más efectiva de nuestra nación…

La emisión cambió a noticias del clima. En pantalla apareció una reportera con el abrigo cerrado hasta el cuello, de pie frente a una calle apenas visible.

—Y atención con Cambridge y alrededores —anunció el presentador—, el servicio meteorológico advierte bancos de niebla muy densos durante todo el día y posible lluvia fuerte hacia la tarde-noche.

La reportera tomó la posta, tosiendo ligeramente por la humedad.

—Así es. La visibilidad podría caer por debajo de los 50 metros en algunos tramos. Se recomienda conducir con extrema precaución y evitar desplazamientos innecesarios. Además, hay probabilidad de tormentas localizadas entrada la noche. Volvemos al estudio.

—Genial… justo lo que necesitamos para un despliegue —murmuró Charlotte Harris, cruzándose de brazos.

—Que no cunda el pánico —bromeó George Wilson—. Si no vemos nada, tampoco podrán vernos a nosotros.

Jacob Clifford cruzó miradas con Joseph Smith. El cansancio en sus ojos no ocultaba el orgullo. A su alrededor, el resto del equipo comentaba en voz baja, algunos incluso se permitían reír.

Las sonrisas duraron poco. La puerta se abrió de golpe. Un oficial irrumpió pálido, con la respiración agitada.

—Señores, necesitamos que partan ahora mismo a Cambridge.

Jacob frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

—Explosiones. Civiles muertos. Oficiales caídos. Y… posibles rehenes. Creemos que puede tratarse de un ataque terrorista.

La sala quedó en silencio. El ambiente cambió de celebración a gravedad absoluta en un instante.

Katerine se levantó, guardando su arma en la funda.

—¿Tenemos coordenadas?

—Sí, pero la situación es inestable. Hay mucha niebla.

Jacob asintió.

—Muy bien, equipo. Hora de trabajar.

El convoy avanzaba por la carretera hacia Cambridge. En el interior de la camioneta, el ambiente era tenso, aunque algunos rompían la tensión con comentarios sarcásticos.

—Bueno, al menos la niebla es gratis. —bromeó George Wilson.

—Sí, lástima que venga con balas incluidas —respondió Charlotte Harris, arrancando algunas sonrisas apagadas.

La camioneta se sacudía al tomar las curvas. Por las ventanas, todos podían ver cómo la niebla se espesaba con cada kilómetro, como si un velo mortal cubriera el vecindario al que se acercaban.

Y cada uno, en silencio, lo sabía: algo allí no estaba bien.

Horas antes, en Cambridge.

En una casa común, una familia desayunaba tranquilamente. El padre, con la chaqueta en la mano, besó a su esposa y revolvió el cabello de su hijo pequeño.

—Nos vemos esta noche.

Al salir, se cruzó con un vecino. Richard. Un hombre normal, pero ahora estaba extraño tenia la mirada perdida y una herida en la cabeza.

—¡Buenos días, Richard! —lo saludó con naturalidad.

El vecino no respondió. Solo lo miró con ojos vacíos y se acercó un paso más. El padre sintió un escalofrío y siguió de largo.

Pero de pronto podía sentir que estaba justo detrás de él.

En el interior, el niño terminando rápidamente su desayuno y dejándolo en el fregadero al escuchar el timbre va corriendo a abrir la puerta. Su sonrisa se congeló cuando un destello metálico apareció frente a su pecho. Un disparo silenciado quebró la calma.

El cuerpo pequeño cayó al suelo.

—¡No! —gritó la madre desde la cocina, corriendo hacia la entrada. Quedo paralizada al ver a su hijo en el suelo y a su esposo tirado en la acera.

El hombre ya estaba dentro. Avanzó lentamente, como si el tiempo no tuviera prisa. La mujer intentó huir, pero él la atrapó por detrás, cerrando su brazo alrededor de su cuello. Sus uñas arañaron el aire, sus lágrimas corrían por las mejillas.

—¿Por qué? —logró preguntar con voz rota.

El hombre solo murmuraba como si hubiera perdido toda humanidad.

—Debo terminar la misión.

Y la vida se apagó de sus ojos.

La calle entera pronto fue bañada en silencio. Vecinos, familias enteras, fueron cayendo uno a uno, asesinados sin piedad.

En una casa cercana, una joven despertó en el suelo con un hilo de sangre en la frente. Recordó vagamente cómo su familia había sido ejecutada frente a ella.

Pensó que tal vez el asesino creyó que estaba muerta y que por eso el asesino la dejó atrás. Apenas logró arrastrarse hasta el teléfono.

—A…yuda… por favor… —susurró antes de dejar el teléfono en el aire.

De vuelta a la actualidad.

Cuando el CTSFO llegó al borde del vecindario, la situación era un infierno.

Un oficial les entregó planos apresurados.

—No podemos entrar. La niebla lo cubre todo. Cada patrulla que se acerca es emboscada. Ya hemos perdido a varios hombres. Incluso los que respondieron a la llamada de una joven fueron... asesinados.

De pronto, otra explosión sacudió la zona. El estruendo iluminó la niebla.

Jacob cerró el plano de golpe.

—Entraremos por el alcantarillado. Si quieren que vayamos como a ciegos, entonces lo haremos pero sin ser vistos y en silencio.

El equipo asintió. El aire estaba cargado.

En lo alto de un tejado oculto por la bruma, un par de binoculares observaba cada movimiento del convoy. El hombre estaba allí, invisible entre las sombras, esperando.

Una sonrisa helada se dibujó en sus labios.

—Al fin… llegaron.

Fin del capítulo 1