Una mañana de votos
Joaquín caminaba al lado de su abuelo por la calle principal del barrio. Era una mañana tranquila, de esas en las que todo parece demasiado normal como para que pase algo importante.
—No te olvides el DNI —le dijo su abuelo mientras ajustaba la chaqueta.
—Ya lo llevo, abuelo —respondió Joaquín, medio aburrido.
Iban a votar. No era la primera vez para su abuelo, pero sí para Joaquín. Tenía curiosidad más que emoción. Le parecía un trámite más que algo importante.
El colegio electoral estaba en el instituto de siempre. Carteles en la pared, gente entrando y saliendo, el murmullo constante de conversaciones cortas.
Dentro, la fila avanzaba despacio.
—Esto siempre es igual —murmuró el abuelo.
Joaquín no contestó. Estaba mirando alrededor. Todo le parecía demasiado normal: mesas, papeletas, funcionarios cansados, gente con prisas por terminar.
Hasta que vio el registro.
Había una pantalla con la lista de votantes.
Joaquín no debería haber mirado, pero lo hizo igual. Quizás por aburrimiento. Quizás por curiosidad.
Deslizó la vista por los nombres mientras su abuelo hablaba con el funcionario.
Todo parecía normal… hasta que se quedó quieto.
Un nombre le llamó la atención.
Vecino del tercero B.
El de siempre. El que le saludaba en el ascensor. El que llevaba meses sin ver.
Pero Joaquín lo sabía. No era que se hubiera mudado.
Ese vecino había muerto hacía tres meses.
Joaquín parpadeó.
Volvió a mirar la pantalla.
Y ahí estaba otra vez.
Estado: Votó.
Sintió un pequeño escalofrío, pero intentó racionalizarlo.
“Será otro con el mismo nombre”, pensó.
Pero no lo parecía.
El abuelo le llamó desde la mesa.
—Venga, Joaquín, te toca.
Joaquín se acercó despacio, sin dejar de pensar en lo que acababa de ver.
Y por primera vez desde que habían llegado… el colegio electoral ya no le parecía tan normal.