Detrás del Micrófono

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Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El estudio de grabación de *WHAT UP TALK* olía a una mezcla aristocrática de granos de café recién molidos, paneles de espuma acústica nuevos y, de manera completamente imprevista, a cinco especias chinas y manteca de cerdo.

Siegfried ajustó la montura de sus gafas con el dedo índice, observando a través del cristal doble de la cabina de control. Al otro lado de la mesa, sentado frente a un micrófono Shure SM7B que parecía flotar como un artefacto de alta tecnología, se encontraba su invitado de esa noche.

Viendo su aspecto actual, era difícil creer que ese mismo joven, apenas dos años atrás, llenaba estadios de cincuenta mil personas con solo levantar una ceja. Su rostro seguía siendo insultantemente perfecto, enmarcado por un cabello oscuro y rebelde que caía descuidadamente sobre sus ojos, pero la mirada ya no tenía el brillo artificial de los reflectores. Vestía una camisa negra de cuello alto, sobria, casi monacal. Sobre las rodillas sostenía un contenedor térmico de acero inoxidable.

Siegfried sonrió para sí mismo, tomó su taza de café y entró al cubículo de grabación. El aire acondicionado zumbaba en un tono casi imperceptible.

—¿Estás listo, Petch? —preguntó Siegfried, usando el nombre artístico que el público aún recordaba, aunque con un tono de cercanía que dejaba claro que conocía al hombre detrás del mito.

El pelinegro levantó la vista. Sus ojos, oscuros, tardaron un segundo en enfocarse.

—Dime Belcebú, Siegfried. Ya no respondo por el otro nombre —contestó, su voz era un barítono bajo, arrastrado, que parecía consumir la energía de la habitación—. Y sí. Terminemos con esto. El negocio abre a las seis de la mañana y tengo que marinar veinte kilos de panceta antes de dormir.

Siegfried soltó una risa ligera, acomodándose en su silla giratoria. Hizo una señal al técnico detrás del vidrio. El icónico letrero de neón rojo con las palabras **"ON AIR"** se encendió, reflejándose en las gafas del presentador.

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[LOG DE TRANSMISIÓN: WHAT UP TALK — EPISODIO 30]

Invitado: Belcebú (Ex-centro de la boyband AX12)

Tema: La deconstrucción del éxito y el arte del Moo Krob.

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—Muy buenas noches a todos los que nos escuchan y nos ven en una edición más de *WHAT UP TALK* —comenzó Siegfried, adoptando ese tono fresco, pausado y magnético que lo había convertido en el podcaster más escuchado del año—. Hoy tenemos en la mesa un episodio que rompe el molde. Sesenta millones de reproducciones en plataformas digitales no evitaron que el hombre a mi izquierda decidiera colgar el micrófono de oro para tomar un cuchillo de carnicero. Con nosotros, directo desde el anonimato de los mercados nocturnos, Belcebú.

Belcebú solo asintió levemente hacia la cámara. No ofreció la sonrisa ensayada que los idols repiten hasta el cansancio. Era una honestidad casi incómoda.

—La pregunta obligada, mi amigo —dijo Siegfried, cruzando las manos sobre la mesa—. El cartel del episodio lo dice claro: *De ídolo a vendedor de cerdo crujiente*. Para el mundo de la música, tu salida de AX12 fue el colapso de un imperio. Para ti, ¿qué fue?

—Un escape —respondió Belcebú sin dudar—. La música que hacíamos no era música, era matemáticas. Algoritmos diseñados para generar dopamina en adolescentes y vender mercancía de plástico. Cuando estás en el centro del escenario, rodeado de luces estroboscópicas, no ves a las personas. Solo ves un mar de pantallas de teléfonos brillando en la oscuridad. Es alienante. Se siente como estar muerto en vida, pero con un traje de diseñador.

—Es una metáfora fuerte —apuntó Siegfried, asintiendo—. Sin embargo, pasar de la comodidad de los camerinos VIP al calor asfixiante de una cocina callejera parece un castigo autoinfligido. ¿Por qué el *Moo Krob*? ¿Por qué la comida?

Belcebú bajó la mirada hacia sus propias manos. Tenían pequeñas cicatrices de quemaduras de aceite, marcas que jamás habrían permitido los contratos de su antigua agencia de modelaje.

—El cerdo crujiente no miente —explicó Belcebú, y por primera vez hubo un matiz de pasión en su voz—. Para hacer un buen Moo Krob contemporáneo, necesitas seguir un proceso riguroso. Hervir la carne con especias, secar la piel meticulosamente, pincharla miles de veces para que la grasa pueda salir, dejarla reposar y luego someterla a un calor violento. Si te saltas un paso, la piel queda dura como el cuero. Si te excedes, se quema y se vuelve amarga. Hay una honestidad física en eso. La física no busca complacer a un mánager ni cumplir con una cuota de mercado. Si respetas el fuego y el tiempo, el resultado es perfecto.

Siegfried lo escuchaba fascinado, apoyando la barbilla en su mano.

—Es curioso —comentó el host—. Estás describiendo la cocina como un proceso de purificación. Casi como si estuvieras hablando de ti mismo. Tuviste que pasar por el calor del escrutinio público y ser "pinchado" miles de veces por la prensa para encontrar tu propia textura.

—Podría verse así —admitió el ex-idol—. En el escenario, yo era un producto blando, moldeable por las expectativas ajenas. En la cocina, encontré algo sólido. Cuando un cliente muerde un trozo de mi cerdo y escucha ese crujido limpio, sé que es real. No me están aplaudiendo a mí; están agradeciendo al oficio. Eso me da una paz que la fama jamás pudo comprar.

La conversación fluyó con una naturalidad asombrosa. Siegfried tenía el don de no presionar, de dejar que los silencios hablaran hasta que el invitado sintiera la necesidad de llenarlos. Cambiaron de tema hacia los contrastes de la rutina: de las noches de hotel de cinco estrellas a las madrugadas en el mercado de abastos, seleccionando las mejores piezas de panceta entre el olor a hielo y asfalto mojado.

—Hablemos de lo que dejamos atrás en el camino —dijo Siegfried, bajando sutilmente la intensidad de su voz—. Nadie toma una decisión tan radical de la noche a la mañana. Siempre hay un catalizador, una persona o un evento que nos hace darnos cuenta de que el suelo que pisamos se está desmoronando. En tu vida... hubo alguien antes de todo este cambio, ¿verdad?

Belcebú se tensó ligeramente. El técnico de audio notó el leve cambio en la frecuencia de su respiración a través de los monitores. El nombre flotaba en el aire, aunque la prensa del corazón nunca pudo confirmar nada más que rumores difusos.

—Te refieres a Lilith —dijo Belcebú, pronunciando el nombre con una reverencia casi mística.

—Solo si tú quieres hablar de ella —aclaró Siegfried con suavidad—. En *WHAT UP TALK* no buscamos el chisme de portada, sino el impacto real en el alma.

Belcebú guardó silencio durante lo que parecieron minutos. Miró el micrófono, luego a Siegfried, encontrando en los ojos del entrevistador una empatía desprovista de malicia.

—Lilith era la Directora Creativa de la división artística de la agencia —comenzó Belcebú, su mirada perdida en algún punto de la mesa—. Cuando yo entré al sistema como un adolescente traumatizado y solitario, ella fue la única que no me vio como una inversión a largo plazo. Ella veía la oscuridad que yo cargaba y, en lugar de intentar maquillarla para venderla como un concepto de "chico malo misterioso", intentó ayudarme a sanarla.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—El mundo del entretenimiento consume a la gente brillante, Siegfried. Lilith trabajaba dieciocho horas al día, defendiendo nuestros derechos, peleando contra ejecutivos que nos trataban como ganado. Ella se desgastó hasta el hueso por nosotros... por mí. Cuando enfermó, la empresa simplemente la reemplazó en el organigrama antes de que su cuerpo siquiera se enfriara. El día que falleció, yo tenía que dar un concierto en el domo de la ciudad. Me obligaron a ponerme una máscara de brillantina y salir a cantar canciones alegres mientras sentía que el pecho se me partía en dos.

—Una disonancia cognitiva destructiva —murmuró Siegfried con seriedad.

—Esa noche morí como artista —continuó Belcebú—. Miré al público gritar mi nombre y pensé: *"Si supieran que la persona que hizo posible que yo esté aquí de pie fue olvidada en una oficina gris esta mañana, tirarían estos palos de luz a la basura"*. Lilith me dejó una última nota antes de morir. No decía que fuera el mejor cantante, ni que salvara al mundo. Solo decía: *«Por favor, sal de ahí. Encuentra algo que te permita respirar, Bel. Vive una vida que sea tuya, no de ellos»*. Tardé un año en reunir el valor para romper el contrato, pero el negocio del cerdo crujiente es mi forma de cumplir su última voluntad. Es una vida simple, pesada, pero es mía.

La atmósfera en el estudio se había vuelto densa, impregnada de una melancolía madura y reflexiva. Siegfried se quitó las gafas, limpió los cristales con el dobladillo de su camisa y volvió a colocárselos. Miró a Belcebú con un respeto renovado.

—Es una historia hermosa y trágica, Belcebú —dijo Siegfried de corazón—. Y te agradezco la tremenda honestidad de compartirla aquí. Escucharte me hace pensar que, de alguna manera, todos buscamos nuestro propio "cerdo crujiente". Todos buscamos esa verdad que nos salve de las demandas del mundo exterior.

Belcebú inclinó la cabeza hacia un lado, observando al host con curiosidad analítica.

—Tú hablas como alguien que conoce ese peso, Siegfried —comentó el ex-idol, invirtiendo los roles de la entrevista con una sutileza magistral—. Estás aquí, dirigiendo el programa más exitoso de la red, sonriendo, haciendo que los demás se abran... pero tus ojos buscan algo más. La prensa también habla de ti. Hablan de una mujer que es como un torbellino en la industria legal y política. Brunhilde.

Siegfried se quedó helado un instante, para luego soltar una carcajada limpia y resignada.

—Vaya, parece que el entrevistado ha decidido tomar el control —dijo el host, acomodándose en su asiento—. Está bien. Es justo. En este set creemos en la reciprocidad.

Siegfried suspiró, mirando hacia el techo del estudio antes de volver a conectar con la mirada de Belcebú.

—Brunhilde... —pronunció el nombre con una sonrisa que mezclaba admiración pura y un cansancio existencial profundo—. Hablar de ella es como intentar describir un desastre natural que al mismo tiempo es una obra de arte. Ella no es como Lilith; Brunhilde no busca protegerte del sistema, ella quiere destruir el sistema a puñetazos y construir algo nuevo sobre las cenizas, sin importarle si ella misma se quema en el proceso.

—Suena como una mujer peligrosa —opinó Belcebú.

—Lo es. Para mi salud mental, definitivamente lo es —bromeó Siegfried, aunque sus ojos se volvieron serios rápidamente—. Ella es la jefa de una coalición de abogados independientes que defiende a comunidades vulnerables contra corporaciones gigantes. Es implacable. Cuando se obsesiona con una causa, se olvida de comer, de dormir, de vivir. Su vida es una guerra constante.

—¿Y tú dónde encajas en esa guerra? —preguntó el pelinegro.

—Yo era su puerto seguro, o al menos intentaba serlo —explicó Siegfried, tamborileando los dedos sobre la mesa—. Al principio de nuestra relación, yo creía que mi rol era ser el árbol firme donde ella pudiera refugiarse cuando la tormenta fuera demasiado fuerte. Pero con el tiempo te das cuenta de que no puedes salvar a alguien que ha decidido que su destino es ser la tormenta misma. Amar a Brunhilde es vivir en un estado de ansiedad constante, esperando la llamada nocturna que te diga que ha ido demasiado lejos. Nuestra relación se convirtió en un ciclo de pasión absoluta y colapsos emocionales catastróficos. Ella está dispuesta a sacrificarlo todo, incluido lo nuestro, por lo que considera su deber supremo.

Belcebú asintió, comprendiendo perfectamente la dinámica.

—¿Siguen juntos? —preguntó.

—Estamos en un espacio indeterminado —confesó Siegfried con una sonrisa melancólica—. No puedes separarte del todo de una fuerza de la naturaleza como ella, pero aprendes a mantener una distancia segura para no ser destruido por su gravedad. Este podcast, de hecho, nació de la necesidad de tener mi propio espacio. Mientras ella pelea en los tribunales y en las calles, yo me siento aquí a escuchar a las personas. Ella intenta cambiar el macrocosmos con furia; yo intento entender el microcosmos con paciencia. Es mi forma de mantener la cordura mientras sigo enamorado de una mujer que pertenece al mundo, no a mí.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de dos hombres que habían puesto sus cartas de vulnerabilidad sobre la mesa de producción. El técnico de audio, conmovido, ni siquiera intervino para apurar el bloque comercial.


—Es curioso —reflexionó Belcebú, rompiendo la pausa—. Ambos estuvimos cerca de mujeres que definieron nuestro rumbo. Lilith me salvó enseñándome a retirarme. Brunhilde te define obligándote a resistir. Una nos enseñó el valor de la paz a través de la huida, y la otra el valor de la identidad a través de la resistencia.

—Qué excelente manera de resumirlo —concluyó Siegfried, genuinamente impresionado—. Creo que esa es la gran lección contemporánea, Belcebú. No existe una única forma correcta de vivir esta época tan caótica. A veces, ser un héroe significa quedarse a pelear como Brunhilde; y otras veces, el verdadero heroísmo radica en tener el valor de bajarse del pedestal, ponerse un delantal y encender la estufa, como haces tú.

Siegfried miró el reloj de la cabina. El tiempo programado casi había expirado, pero sentía que habían logrado algo que trascendía el mero entretenimiento.

—Amigos que nos escuchan —dijo Siegfried, mirando fijamente a la cámara principal—, el éxito no es una línea recta que termina en una suite de lujo o en un premio de platino. A veces, el éxito es simplemente recuperar el control de tu tiempo, de tus manos y de tu historia. Si están en la ciudad, no dejen de visitar el puesto de comida de Belcebú en el mercado del distrito sur. No busquen al idol; vayan a buscar el mejor cerdo crujiente que probarán en sus vidas. Belcebú, un honor tenerte aquí.

—Gracias a ti, Siegfried —respondió el pelinegro con una leve pero auténtica inclinación de cabeza.

—Esto fue *WHAT UP TALK*. Buenas noches a todos, y manténganse reales.

El letrero de **"ON AIR"** se apagó. El técnico de audio soltó un largo suspiro a través del intercomunicador: —*Muchachos... este episodio va a romper internet. Directo al corazón.*

Siegfried se estiró en su silla, exhalando el aire que parecía haber contenido durante la última hora.

—Uff, qué gran sesión. Estuviste increíble, de verdad.

Belcebú no respondió de inmediato. En su lugar, extendió la mano hacia el contenedor de acero inoxidable que había traído consigo y retiró los clips de seguridad de la tapa. Un vapor denso, impregnado con el aroma profundo del ajo, la pimienta blanca y el sutil dulzor de la carne perfectamente horneada, invadió instantáneamente el cubículo.

Con unas pinzas que traía en su mochila, sacó una porción de panceta que ya venía cortada en cubos perfectos, simétricos como joyas de cocina constructivista. La piel tenía un color dorado oscuro, lleno de burbujas diminutas que delataban una textura crujiente insuperable.

—Traje esto para el equipo —dijo Belcebú de manera lacónica, empujando el contenedor hacia Siegfried—. Ya está frío, pero la costra aguanta crujiente hasta doce horas si se mantiene sellada. Pruébalo.

Siegfried no se hizo del rogar. Tomó un palillo de madera, pinchó uno de los cubos y lo observó con admiración arquitectónica antes de llevárselo a la boca.

*¡CRUNCH!*

El sonido resonó con una nitidez acústica perfecta en la cabina insonorizada. La piel se deshizo en mil pedazos crujientes antes de dar paso a una capa de grasa que se derritió al instante, culminando en la carne jugosa y profundamente sazonada.

Siegfried cerró los ojos, masticando con una lentitud casi sagrada. Cuando terminó, miró a Belcebú con una seriedad absoluta.

—Olvida todo lo que dije en la entrevista sobre la deconstrucción y la filosofía, Belcebú.

El pelinegro arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí —dijo Siegfried, tomando otro trozo—. Esto no es una purificación espiritual. Esto es, sencillamente, lo mejor que he probado en todo el bendito año. Si vuelves a la música, te demando por crimen contra la gastronomía mundial.

Por primera vez en toda la noche, una sonrisa genuina, pequeña pero brillante, apareció en el rostro habitualmente sombrío de Belcebú. Guardó sus pinzas en la mochila, se colgó la correa al hombro y se levantó de la silla, listo para regresar al calor mundano de sus estufas.

—Nos vemos en el mercado, Siegfried. Trae a Brunhilde la próxima vez. Mi comida le vendrá bien para la presión.

—Se lo diré, si es que logro que deje de trabajar cinco minutos —rio Siegfried, despidiéndolo con la mano mientras saboreaba el último bocado de la noche.