El Pecado de Evelina.

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Summary

El infierno no llegó con fuego. Llegó vestido de negro, entrando a la iglesia después de medianoche.

Genre
Drama
Author
Zaly
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

San Verena

La lluvia comenzó mucho antes de que Evelina pudiera ver el pueblo.

Golpeaba suavemente las ventanas del autobús mientras el vehículo avanzaba por la carretera montañosa rodeada de bosque oscuro. Afuera, la niebla cubría parcialmente el camino y las luces lejanas apenas podían distinguirse entre la lluvia constante.

El cielo llevaba horas gris.

Un gris pesado. Casi sofocante.

Evelina sostuvo el rosario entre sus dedos y observó las gotas deslizarse sobre el vidrio.

Había viajado durante casi dos días para llegar hasta San Verena.

Un pueblo antiguo del norte del país donde la fe seguía teniendo un peso importante en la vida de las personas. El convento principal había solicitado ayuda meses atrás: menos hermanas, más enfermos, más funerales.

Y demasiada violencia.

Ella aceptó ir sin dudar.

Porque ayudar era servir a Dios. Y servir a Dios era todo lo que Evelina había querido desde niña.

Cerró los ojos lentamente.

—Santa María, madre de Dios…

La oración murió en sus labios apenas el autobús atravesó el enorme arco de piedra que marcaba la entrada al pueblo.

Benvenuti a San Verena.

Algo en su pecho se tensó.

El lugar parecía detenido en otra época.

Calles estrechas de piedra mojada. Balcones antiguos cubiertos de hierro ennegrecido. Faroles amarillentos iluminando la lluvia. Pequeños negocios todavía abiertos pese a la hora.

San Verena no era un pueblo abandonado.

Estaba vivo.

Pero había algo extraño en la manera en que respiraba.

Las personas hablaban bajo. Miraban demasiado hacia atrás. Las puertas se cerraban rápido al caer la noche.

Como si todos compartieran el mismo miedo silencioso.

Las campanas de la catedral comenzaron a sonar a lo lejos.

Graves.

Lentas.

El sonido atravesó el aire húmedo mientras el autobús avanzaba por la calle principal.

El conductor soltó un suspiro cansado.

Evelina levantó apenas la vista.

—¿Sucede algo?

El hombre tardó un segundo en responder.

—En San Verena siempre sucede algo, hermana.

Su tono hizo que no preguntara más.

Cuando finalmente descendió del autobús, el frío le golpeó el rostro inmediatamente. La lluvia seguía cayendo fina sobre la plaza principal, donde algunas personas caminaban apresuradas cargando bolsas o cerrando negocios.

El autobús se marchó apenas bajaron sus maletas.

Demasiado rápido.

Evelina observó alrededor lentamente.

La catedral dominaba el pueblo entero desde lo alto de una colina empedrada.

Era inmensa.

Mucho más grande de lo que imaginó.

Las agujas oscuras atravesaban la neblina y las enormes ventanas de vitrales dejaban escapar una luz cálida desde dentro. Hermosa. Antigua. Imponente.

Pero también intimidante.

—Hermana Evelina.

Ella giró rápidamente.

Una mujer anciana vestida completamente de negro descendía las escaleras de la plaza con un paraguas en la mano. El velo cubría parte de su rostro arrugado y un rosario colgaba de sus dedos huesudos.

—Soy sor Agatha —dijo con voz seca—. La esperábamos.

Evelina inclinó apenas la cabeza.

—Gracias por recibirme.

La mujer la observó unos segundos demasiado largos.

Como si estudiara algo en ella.

Quizá su juventud. Quizá la suavidad de sus ojos. Quizá la calma que todavía no había perdido.

Después tomó una de las maletas.

—Será mejor apresurarnos. Aquí oscurece rápido.

Comenzaron a caminar por las calles estrechas mientras la lluvia golpeaba los adoquines.

Y fue entonces cuando Evelina empezó a notar cosas extrañas.

Varias personas bajaban la voz al ver pasar ciertas camionetas negras.

Los hombres permanecían demasiado atentos en algunas esquinas.

Había negocios con ventanas rotas ya reparadas apresuradamente. Marcas de disparos cubiertas de pintura fresca. Y policías fumando bajo los techos sin intervenir en nada.

Como si todos hubieran aprendido a convivir con la violencia.

El aire olía a humedad, incienso viejo… y algo metálico.

Evelina frunció apenas el ceño cuando vio manchas oscuras extendidas sobre las piedras de un callejón cercano.

Habían intentado limpiarlas.

Pero todavía quedaba sangre atrapada entre las grietas.

Mucha sangre.

Se detuvo un instante.

—¿Qué ocurrió aquí?

Sor Agatha ni siquiera miró hacia el callejón.

—Lo mismo que ocurre todas las semanas.

La respuesta le erizó la piel.

Siguieron caminando.

Un grupo de hombres vestidos elegantemente permanecía fuera de un restaurante iluminado. Uno de ellos fumaba mientras hablaba por teléfono y otro vigilaba la calle con demasiada atención.

Nadie los miraba directamente.

Las personas simplemente seguían caminando.

Como si supieran perfectamente quiénes eran.

Las campanas volvieron a sonar.

Y por un segundo Evelina tuvo la extraña sensación de que San Verena estaba acostumbrado a la sangre.

Demasiado acostumbrado.

—Este es un pueblo muy devoto —murmuró intentando romper el silencio.

Sor Agatha soltó una risa baja y amarga.

—Los pueblos más religiosos suelen esconder los peores pecados.

Evelina sintió un escalofrío.

La lluvia empeoró mientras subían la colina hacia la catedral. El viento movía los árboles y hacía bailar las llamas de las velas visibles tras los vitrales.

Al acercarse, la iglesia se volvió todavía más imponente.

Las enormes puertas negras parecían demasiado pesadas. Las estatuas de santos estaban erosionadas por el tiempo. Y las sombras entre las columnas hacían que todo luciera antiguo y solemne.

Evelina tragó saliva lentamente.

Las iglesias siempre le habían dado paz.

Aquella no.

Aquella se sentía distinta.

Como si demasiadas personas hubieran rezado allí antes de morir.

Sor Agatha abrió lentamente las puertas.

El olor a incienso antiguo envolvió a Evelina inmediatamente.

Oscuridad. Mármol frío. Cientos de velas encendidas. El eco suave de sus pasos.

Y una sensación sofocante instalada entre las paredes.

La anciana avanzó por la nave principal mientras su voz resonaba suavemente:

—Las puertas se cierran a las once.

Evelina observó alrededor. Las figuras de los santos parecían vigilar desde las sombras.

—Después de esa hora —continuó sor Agatha— ninguna hermana debe permanecer sola aquí.

Evelina frunció el ceño.

—¿Por qué?

La mujer guardó silencio unos segundos.

Demasiados.

Entonces respondió sin mirarla:

—Porque hay hombres en este pueblo que dejaron de temerle a Dios hace mucho tiempo.

El viento hizo temblar las velas.

Y por primera vez desde que tomó los votos…

Evelina sintió miedo dentro de una iglesia.