SUCESOS Tomo I JUSTICIA CARMÍN — Novela Ligera —

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Summary

En el submundo criminal de Las Vegas, una sangrienta lista de ejecución comienza a cobrarse la vida de los líderes mafiosos más peligrosos. Detrás de los asesinatos se esconde Cande, una implacable figura vestida de carmín que utiliza el labial de su novia muerta como firma en cada cadáver. Mientras el detective Marcus investiga los crímenes, una red de identidades cruzadas y secretos policiales amenaza con salir a la luz, al mismo tiempo que un extraño fenómeno global empieza a gestarse en el horizonte.

Genre
Action
Author
Astra
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO Lo que le hicieron a Roci

PRÓLOGO

Lo que le hicieron a Roci

Roci siempre caminaba rápido de noche. Decía que el truco era no parecer asustada. Que los que buscan víctimas huelen el miedo.

El callejón trasero del club huele a grasa frita y a algo más dulce, más oscuro. Un solo farol ilumina el asfalto. Parpadea. Una vez. Dos veces.

ROCÍO VALENZUELA camina rápido hacia su auto. Tiene veintitrés años, vestido de trabajo de bailarina, tacos que golpean el asfalto con urgencia milimétrica. No corre —correr la delataría— pero su cuerpo ya eligió el camino más corto hacia la salida.

Mira sobre su hombro.

Lo sabe antes de verlos.

Al fondo del callejón: dos siluetas. No corren. No gritan. Solo están ahí, quietas, bloqueando la salida como quien tiene todo el tiempo del mundo, que es exactamente lo que tienen.

El más grande da un paso adelante. Casual.

—Tranquila, preciosa. Solo queremos charlar.

Roci no responde. Sus ojos calculan la distancia a la salida. El costo de correr contra el costo de quedarse. No hay ecuación que funcione. No hay salida.

Eso lo sabe antes que su cerebro.

EL TORO la agarra del brazo. Ella se resiste —no se queda quieta, no es una víctima pasiva— y le clava el taco en el pie. Él apenas reacciona. Su tamaño contra el de ella: la primera imagen de lo injusto de esta situación.

—¡Soltame! ¡SOLTAME!

El segundo hombre no se mueve. Bloquea la entrada del callejón de espaldas, como un centinela, como si esto fuera un trabajo y él lo estuviera haciendo bien.

El farol parpadea una última vez.

Se apaga.

Lo que sigue no se narra. No porque no ocurrió, sino porque el lector puede completarlo. Lo que sí se puede mostrar es esto:

La cartera de Roci en el suelo del callejón. Abierta. El contenido esparcido. Una foto de ella con Lenard, visible entre los objetos tirados —una foto de un domingo, de una risa, de algo que era normal y que ahora se empapa en un charco de asfalto.

La mano de Roci contra el asfalto. Los dedos con el esmalte roto. Quieta. Ya no resistiendo.

Esta mano estaba viva hace dos minutos.

Vista desde arriba —desde el único ángulo que no mintió esa noche— el callejón tiene esta forma: Roci en el suelo, en la posición en que la dejaron. Las siluetas de los dos hombres alejándose por el otro extremo, tranquilas, sin apuro. Uno enciende un cigarrillo mientras camina. El humo sube en el aire frío.

Nadie llamó a la policía esa noche. O sí llamaron y a nadie le importó. Lo mismo da.

La foto de Roci con Lenard se empapa en el charco. El agua la borra lentamente. En la foto: ella riéndose, él mirándola. Era una foto de domingo. Era una persona.

Se llamaba Rocío Valenzuela. Tenía veinticuatro años. Le gustaba el café con mucha azúcar. Y yo estaba en casa cuando pasó.

Tres semanas después. La policía cerró el caso. Esto es lo que pasó a continuación.

El mismo callejón, tres semanas después. Ahora hay cinta policial, un fotógrafo forense, dos policías que están aburridos y que no tratan de ocultarlo. MARCUS, detective, treinta y ocho años, cara de hombre que ha visto demasiado y que todavía no aprendió a no ver más, estudia la escena.

Llegó tarde. Como siempre.

Tercera vez en dos meses. Tercera chica. Tercer callejón. Y la misma cara de «qué le vamos a hacer» de mis colegas.

Marcus se agacha. Guantes de látex. En el suelo todavía hay rastros de lo que fue la foto —el charco ya secó, pero quedó algo: una mancha en el asfalto con la forma exacta de dos personas felices. Él no lo sabe. Solo ve el asfalto manchado.

Sostiene entre los dedos la foto que encontraron durante el relevamiento. Roci riéndose. Un hombre mirándola. Dos caras jóvenes.

Una cara feliz. Ya no existe.

Corte.

Interior. Despacho de la JEFA CARRASCO. La carpeta del caso sobre el escritorio entre los dos. Ella no la toca. Su indiferencia no es maldad —eso sería más fácil de odiar. Es costumbre. Lleva quince años haciendo esto y el expediente es uno entre cientos.

—Tres casos sin testigos, sin sospechoso formal —dice ella—. El expediente queda abierto pero sin recursos asignados.

—Tengo un nombre —dice Marcus—. El Toro Mendieta. Seis denuncias previas archivadas.

—Archivadas por algo serán, Detective.

La carpeta regresa empujada hacia Marcus por la mano de la Jefa. Un gesto de dos segundos que cierra tres casos. Los nudillos de Marcus, blancos sobre la tapa.

Hay hombres en esta ciudad que saben que pueden hacer cualquier cosa. La ley se los confirmó. Yo no tengo cómo cambiar eso. Pero alguien sí.

Ese alguien ya estaba eligiendo la ropa.