⤷1. 🍂
El verano de Busan era implacable en los últimos días de julio. Yoongi lo odiaba, pero en ese momento, incluso caminando bajo el sol de las cuatro de la tarde, con el aire cargado de humedad y los mechones de cabello pegados a su frente por el calor, no era tan malo en comparación con la sensación de asfixia que le daba cada vez que se sentía acercarse a su casa.
La hoja de papel doblada en su cuaderno de matemáticas, donde estaban sus notas del primer semestre, hacía que su mochila pesara a cada paso que avanzaba hacia su casa, como si a cada paso metiera una piedra.
No prestó atención al camino y no se detuvo a comprarse su paleta de naranja como hacía cada día en ese inclemente verano. Estaba sumergido en su imaginación, contemplando los escenarios que le aguardaban en casa, ninguno era bueno. Cuando logró divisar la estructura de su casa, la presión en el pecho lo obligó a querer tomar una bocanada de aire para después exhalar.
Entró a su casa en silencio, caminó directo a su pequeña habitación y cerró la puerta antes de que su pequeña hermana de cinco años notara que había llegado. Hoy no quería jugar. Hoy quería ocultarse y cerrar los ojos. Hoy quería imaginar que estaba bien, que estaba feliz.
Unas risas llamaron su atención - siempre lo hacían -, no venían desde su casa porque en esa casa perfectamente limpia y silenciosa, nadie reía. Se asomó por la ventana y lo vio.
Yoongi siempre observaba a su vecino. Un chico universitario peli naranja. Siempre estaba acompañado de amigos, siempre reía y siempre, antes de irse a estudiar, le daba un abrazo a su madre. Yoongi podía pasar horas oculto bajo las sombras de su habitación, observando a su vecino desde su ventana, que por fortuna, se podía ver el patio y la ventana de la habitación de su vecino.
No sabía su nombre, solo sabía que se encontraba fascinado al verlo reír y solo ese gesto de un completo extraño, le hacía aliviar su propio tormento. La risa de su vecino le sanaba un poco sus heridas y aunque esas risas no eran para él, soñaba algún día poder tener siquiera una sonrisa. Mientras tanto, guardaba ese dulce sonido en su mente para que en momentos grises, sea esa pequeña dosis de calma.
Tomó su pequeño cuaderno y no pudo evitar escribir
No sé tu nombre, no lo necesito.
Solo preciso algo, te lo pediría,
Lo siento, soy cobarde.
Me conformo con tu existencia,
Me basta con tu risa lejana.
Por favor, sé feliz por mí.
El sonido de la puerta de entrada lo alertó y guardó su cuaderno. Respiró profundamente para sacar la hoja de papel doblada de su mochila y guardarla en el bolsillo de su pantalón. No valía la pena posponer esa agonía.
El ardor en su mejilla llegó después de probar el sabor metálico en la boca. No lloró, no podía. Pero eso no evitó que sus ojos se cristalizaran, sin embargo, el terror de derramar una lágrima era lo suficientemente significativo como para aguantar.
Su madrastra temblaba desde el rincón opuesto, Yoongi pudo ver el miedo en sus ojos y la culpa le dolió mucho más que esa sola bofetada. Porque su padre descargaba en ella toda la frustración que se negaba a descargar en él. Yoongi no podía hacer nada, solo tenía dieciséis años y le tenía mucho miedo a su padre. Tomó a su pequeña hermana y la llevó a su habitación, no sin antes mirar a Seonmi, su madrastra, y decirle sin palabras cuánto lo sentía.
Yoongi creció en Daegu, escuchando los gritos de dolor de su madre golpe tras golpe, hasta que un día ella decidió ponerle fin. Él la odiaba porque sentía que lo había abandonado con esa persona que no conocía el amor. Su padre, viudo y con un niño de diez años, se mudó a Busan en busca de una nueva vida, dejando atrás las críticas sobre el motivo que tuvo su joven esposa para hacer lo que hizo.
Al señor Min no le fue difícil adaptarse
Era un hombre de aspecto confiable y encantador, nadie podía imaginarse el monstruo que ocultaba esa sonrisa agradable. A Min Yunseok no le fue difícil enamorar a una joven maestra, Seonmi, quien se conmovió por aquel hombre viudo que luchaba por criar a un hijo solo.
Yoongi solo podía ponerle audífonos a su hermana y reproducir en una tablet una película. Mientras la pequeña reía al ver a un pez payaso desesperado buscando a su hijo, su padre hacía que Seonmi replicara los mismos gritos de súplica que una vez escuchó de su madre. No podía ayudar a Seonmi, era muy cobarde para eso, pero al menos podía alejar a su hermana de esas pesadillas que lo acompañaban incluso estando despierto.
La mañana siguiente era sábado, el primer día de vacaciones de Yoongi. Su padre usualmente le pedía hacer labores en casa, como reparar la reja de la entrada o pintar la cerca del patio. Cada año había algo que reparar. A Yoongi no le molestaba, esas actividades mantenían su mente ocupada.
No podía ir a jugar en la sala de videojuegos que tanto le llamaba la atención, ni al karaoke, ni siquiera podía ir a la playa. Para eso necesitaba amigos, y hacerlo solo le parecía algo patético.
Yoongi no esperaba que esa mañana fuera diferente. Su padre entró en su habitación exigiendo que se vistiera y que bajara con su mochila escolar. Así lo hizo: cepilló sus dientes, tomó una ducha rápida y se puso una camiseta polo azul sin ningún tipo de estampado y sin arrugas. Combinó la camiseta con unos shorts beige que le llegaban justo antes de la rodilla, prácticos para el verano pero manteniendo su pulcritud y sobriedad, tal como su padre esperaba que luciera su hijo.
Ambos salieron de casa y Yoongi no sabía hacia dónde iban, pero tampoco preguntó. No cuestionaba a su padre en nada. Sin embargo, no estaba preparado para la sorpresa que le deparaba ese sábado. Su padre se había detenido justo frente a la casa de ese chico de risa hermosa.
De pronto, su corazón empezó a latir con fuerza, mientras su padre daba golpes a la puerta de esa casa, sincronizandose con los latidos frenéticos de su corazón. Cuando escuchó el cerrojo desde el otro lado de la puerta, se obligó a controlar su respiración, que estaba a punto de delatarlo ante la mirada crítica de su padre. El aire se sentía denso y cada respiración era un esfuerzo insoportable.
Al abrirse la puerta, lo primero que vio Yoongi fue una maraña alborotada de cabellos naranjas y luego esa sonrisa que solo imaginaba ver de cerca. El mundo a su alrededor pareció detenerse.
—Hola, buenos días —saludó el chico bonito que parecía haber despertado hace poco.
Yoongi no prestó atención al saludo de su padre. Solo quedó paralizado al escuchar por primera vez esa voz tan de cerca. Sus manos sudaban y sintió un leve temblor en sus piernas.
«Así suena tu voz en las mañanas»,
pensó, convencido de que era el sonido más hermoso que había escuchado en su vida. La calidez de esa voz resonó en su mente, proporcionándole un extraño consuelo en medio de su nerviosismo.
—Tú debes ser Yoongi, ¿cierto? —escuchó pronunciar su nombre, y el calor en su pecho subió de su cuello a sus mejillas, haciéndolas enrojecer. El sonido de su nombre en esos labios fue electrizante.
Yoongi asintió tímidamente y un sutil apretón en su hombro le hizo ser consciente de que no estaba solo. Su padre agradeció al chico con una sonrisa cordial, esa que les hacía creer a las personas que era un hombre amable. Una máscara que Yoongi conocía a la perfección y que le aterraba por lo bien que ocultaba su verdadero ser.
Su vecino en cambio, no tardó en devolver el agradecimiento con una reverencia de cortesía y una sonrisa que si era genuina. A Yoongi se le revolvió el estómago al darse cuenta que su padre no era digno de recibir algo tan valioso como esa sonrisa.
Su padre se despidió de él también tomando a Yoongi de sorpresa. Pudo ver cómo la mandíbula de su padre se tensó ligeramente cuando se mostró desubicado y nervioso. Por eso no quiso preguntar por qué lo dejaba allí, qué debía hacer en casa de su vecino.
Se quedó ahí, plantado en la entrada de una casa que jamás cruzó por su mente visitar. A su lado, su vecino no dejaba de observarlo con curiosidad, y es que su sola cercanía se le hacía tan irreal.
Yoongi no sabía qué hacer. No sabía qué decir, no sabía si sentarse o simplemente quedarse parado en la entrada. Se sentía desorientado y bastante torpe.
Limpió sus manos sudorosas en sus shorts, sin estar seguro si estaban húmedas por el calor o por los nervios de ver al chico bonito desaparecer dentro de la casa, dejándolo solo.
Alzó la mirada para ver la casa en su interior, era muy diferente a la suya. Había un pequeño sofá lleno de cojines de varios colores, estantes con fotografías y adornos de cerámica, mucha cerámica. Era muy diferente a su casa que, si bien era impoluta, no tenía adornos, no tenía historia, era solo un lugar carente de personalidad.
—¡Ey! Por aquí, ven —llamó su vecino, y Yoongi se tensó.
Al escuchar un segundo llamado, Yoongi decidió entrar aún dudoso y caminó hacia donde lo llamaban. No pudo evitar mirar más. Todo en esta casa parecía irradiar calidez y vida, algo que le resultaba casi extraño.
Llegó hasta la puerta semiabierta de una habitación al final de un pasillo. Todo el corredor estaba decorado con varios cuadros que no se permitía observar presa de los nervios. Podía sentir el pulso en las sienes y su corazón latir con mucha fuerza. Jamás, imaginó llegar allí, estar de frente a esa habitación.
Alzó su mano temblorosa sin saber si estaba bien o no entrar. Antes de que pudiera decidir, la puerta se abrió abruptamente y lo hizo sobresaltarse. Un pequeño jadeo escapó de sus labios, y se maldijo internamente por ser tan evidente.
—Ya te iba a buscar. Ven, pasa —invitó su vecino con una sonrisa despreocupada que contrastaba dolorosamente con su propio nerviosismo.
Yoongi soñó muchas veces con estar en esa habitación que por tanto tiempo observó desde su ventana. La realidad era diferente pero por mucho era mejor.
La cama estaba a medio hacer y en una esquina había un pequeño bulto de ropa. El escritorio, al lado de la cama, estaba lleno de libros y con un pequeño espacio para la computadora. Las paredes estaban adornadas con pósteres de idols y, cómo no, su vecino tenía un cuadro de corcho lleno de fotografías instantáneas con sus amigos.
Pero la atención en la habitación fue momentánea, porque su vecino se movía de un lado al otro tratando de acomodar un poco el desorden, y Yoongi no pudo dejar de observar. Cada movimiento de ese chico le parecía amplificado en su mente, y se encontró conteniendo la respiración sin darse cuenta.
Era tan irreal que llegó a pensar que quizás estaba en un sueño. Que pronto se despertaría y se encontraría con su angustiante realidad.
—Listo —anunció su vecino y arrastró otra silla junto al escritorio—. Ven y empecemos. ¿Quieres empezar por lo más difícil o lo más sencillo para ti?
Yoongi frunció el ceño, confundido, y se acercó dudoso apretando la correa de su mochila, sintiendo que sus piernas apenas lo sostenían.
—Eres callado, ¿eh? —su vecino soltó un suspiro—. A ver Yoongi, ¿cómo hacemos para que entres en confianza?
Y de nuevo, escuchar su nombre lo hizo enrojecer y agachó la mirada de inmediato. Pero no estaba preparado para escuchar tan de cerca su risa. Esa risa que había atesorado tanto tiempo.
—Eres tan tierno, niño —el corazón de Yoongi se sacudió entre la emoción y la decepción—. Podemos iniciar las tutorías con matemáticas, ¿te parece bien?.
Yoongi parpadeó varias veces sin comprender nada.
—¿Tu-tutorías? —preguntó Yoongi confundido en un tono de voz bajo. La palabra apenas salió de sus labios.
Su vecino frunció el ceño, igual de confundido.
—Sí, tutorías. Tu padre me pidió que te ayudara este verano para que subas esas notas en el próximo semestre —se detuvo, achicó los ojos y sonrió un poco —. Hmm, ya veo por qué te va mal, eres distraído, ¿no?
No era un reclamo, Yoongi lo pudo notar en ese tono juguetón. Pero no respondió porque tenía razón, Yoongi no prestaba la suficiente atención en clases porque era muy distraído.
—Bien, te veo nervioso. Vamos a empezar de nuevo —su vecino se levantó de la silla e invitó a Yoongi a hacer lo mismo, luego le extendió una mano —. Hola, soy Park Jimin, tengo veintidós años, estoy cursando mi último año de Comercio Internacional y seré tu nuevo tutor.
Yoongi se sonrojó y no pudo evitar sonreír. La simple presentación de Jimin lo hizo sentir como si estuviera flotando.
Jimin, su nombre es Jimin.
Yoongi dudoso, extiende su mano y toca la de Jimin. Lo estaba tocando, a ese vecino bonito de risa felíz, estaba tocando a Park Jimin y no podía sentirse más en la nubes.
Con la sonrisa expectante de Jimin, Yoongi decide hacer lo mismo.
—Min Yoongi —dice en voz baja y tímida —, te-tengo dieciséis y estoy en segundo año.
—¡Oh! Estás cursando tu penúltimo año —Jimin se le acerca y le revuelve un poco los cabellos castaños. Yoongi se tensa y vuelve a dejar de respirar por unos segundos —. Bien, empecemos.
Y así fue que ese verano le cambió la vida a Min Yoongi para siempre.