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Plantado. (Meanie Ver)

Summary

Plantado el día antes de su boda, Jeon Wonwoo se encuentra a si mismo sin hogar, sin trabajo y con el corazón destrozado. Sin saber muy bien como, termina compartiendo piso con su ex-cuñado, Kim Mingyu, y comienza a descubrir cosas de si mismo que le demuestra cuan acertado fue no unir su vida a alguien que no lo conoce de verdad.

Genre
Lgbtq
Author
SukieB00
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologue.

Chicago. Veinte años antes.

El aire de agosto era denso y pesado, y parecía que se avecinaba una tormenta. Mientras el coche avanzaba, dejando Washington Park a sus espaldas, Wonwoo intentó atrapar la brisa que llegaba a través de la pequeña ranura de la ventana. La señorita Bauer, una de las trabajadoras sociales del Departamento de Familia, solo le había permitido abrirla unos centímetros, asustada como estaba de que alguien intentara robarle el decrépito Chevy Celebrity. Esa jodida chatarra solo se mantenía en pie gracias a la cinta aislante y Wonwoo dudaba mucho que alguien quisiera robar voluntariamente ese cacharro, pero lo dejó pasar.

Estaba cayendo el atardecer y las sirenas aullaban en la distancia, pero Wonwoo apenas las notaba. Ya eran parte de su vida, de la misma forma en la que lo eran los gritos, las peleas, la música alta y los disparos. El verano podía ser mortal en la ciudad. Las altas temperaturas hacían aflorar temperamentos igual de acalorados, o eso decía siempre su madre. Al menos, ahí tenía razón. Dos años antes, durante un caluroso día de agosto, Daisy, una de sus compañeras de cuarto curso, había recibido un disparo. Un par de adolescentes se enzarzaron a tiros entre ellos y una de las balas la alcanzó por accidente. Se había desangrado en la calle. Lamentablemente, estaba lejos de ser la única.

Y probablemente esa era la razón por la que la señorita Bauer parecía tan nerviosa. No se había criado en el vecindario y este tenía mala reputación. Claramente, la zona sur de la ciudad no era para los débiles, e incluso Wonwoo, a pesar de sus escasos diez años, lo sabía e intentaba mantenerse alejado de cualquier problema. Caminaba con la cabeza gacha y la boca cerrada. No veía nada, no oía nada y no decía nada. Los chicos de su clase podrían trapichear en sus narices y él se limitaría a mirar hacia otro lado.

No era su jodido asunto.

Pero esta vez los problemas le habían encontrado. Frotó sus manos contra la sucia y desgastada tela de sus vaqueros.

Las palmas aún le escocían y los gritos y gemidos que había proferido su madre mientras intentaba sacarla de debajo de esa avalancha de cajas todavía se repetían en bucle en su cabeza. Varias pilas habían caído sobre ella y Wonwoo no había sido capaz de liberarla sin importar lo mucho que lo había intentado. No había tenido más opción que llamar al 911.

Oh, sabía que su madre se enfurecería con él en cuanto saliera del hospital. ¿Cuánto tiempo estaría allí? ¿Una semana?

A lo mejor. Sí, podía pasar una semana en una casa de acogida. Al menos, allí habría comida. Y probablemente también estaría más limpia. ¿Quién sabe? Incluso podría gustarle más que ese desastre al que llamaba hogar. Aunque «desastre» ni siquiera se acercaba a describir el estado de la casa en la que vivían. Joder, ¿acaso los policías les dejarían volver ahí? Habían entrado, como también lo habían hecho los bomberos que la habían tenido que desenterrar, y cuando habían salido con su madre Wonwoo les había oído comentar que ese era el peor caso de Diógenes que habían visto nunca. Como si él no lo supiera.

Debían de haber informado a la trabajadora social del Departamento de Familia, porque la mujer le había hecho una tonelada de preguntas: ¿Tenía comida?, ¿alguna vez iba al médico?, ¿había alguien más viviendo con ellos? Todas esas preguntas que Wonwoo no sabía cómo responder sin sentir que estaba traicionando a su madre. No le caía bien, su madre, pero joder, no era un chivato. ¿Qué le aportaría eso? Nada. Ella era lo único que tenía. Además, sabía que era mejor no hablar. Esto era la zona sur, al fin y al cabo. Ser un bocazas podía convertirte en un cadáver al instante.

—Perdone —dijo suavemente.

—¿Qué pasa, chico? —dijo ella encontrándose con sus ojos por el espejo retrovisor.

—¿Qué tal está mi madre? ¿Sabe cuándo voy a poder volver a casa?

El rostro de la mujer se tensó y luego desvió la mirada.

—Están operándola. Tenía múltiples fracturas y una hemorragia interna. Va a pasar un tiempo antes de que pueda hacerse cargo de ti. —Hizo una pausa y murmuró: Si lo hace algún día.

El corazón de Wonwoo se paró un instante. ¿Si lo hace algún día? ¿A qué se refería con eso? ¿Acaso su madre no iba a mejorar?

—¿A qué se refiere con eso, señorita Bauer? —preguntó.

A lo largo de los años, Wonwoo había aprendido que siempre era mejor ser educado, ser tan invisible como pudiera serlo y no agitar demasiado las aguas. Nadie sabía nada sobre la situación real que vivía en su hogar. La señorita Rankin, su profesora de matemáticas, sospechaba algo, y a lo mejor por eso siempre le llevaba comida para desayunar, pero nunca había dicho una palabra en voz alta al respecto. La señorita Bauer suspiró.

—Mira, no saben si va a salir de esta —dijo—. Sus heridas son graves. —Hizo una pausa—. E incluso aunque consiga salir, pasarán semanas antes de que esté lo suficientemente recuperada como para poder volver a casa. —¿Semanas? Dios. No una semana, entonces, sino múltiples semanas—. E incluso después de eso, está el problema de que esa casa es inhabitable. Necesitamos que alguien la limpie y la desinfecte. Dios sabe qué tipo de parásitos han anidado allí.

Wonwoo calló. Vaciar y limpiar la casa les ayudaría un poco, claro, pero nunca duraba demasiado tiempo. Ya había pasado por ahí. La tía Candace y el tío Jin lo habían intentado cuando tenía siete años. Les habían alojado en un hotel durante unos días mientras vaciaban y limpiaban todo de arriba a abajo. A las pocas semanas, su hogar había vuelto al mismo y lamentable estado de antes. Habían tenido una horrible discusión al respecto y su madre acabó gritando y llorando. Ese fue el día en que se fueron y nunca habían vuelto. No; ahora eran solo su madre y él, y así seguiría siendo.

La señorita Bauer aparcó frente a un viejo edificio.

—Hemos llegado —dijo.

Wonwoo tragó, salió del coche y echó un primer vistazo al que sería su nuevo hogar. Era una casa vieja, destartalada y mugrienta, y sus ventanas estaban parcialmente tapiadas con madera. En realidad, no parecía muy hogareña y mientras se acercaban a la puerta principal sintió que el edificio se cernía amenazadoramente sobre él. Se aferró a su mochila, que contenía las pocas cosas que los policías le habían permitido coger de su casa. La pesada puerta de madera tenía una aldaba antigua en el centro y unos segundos después de que la señorita Bauer la golpeara, se abrió. Un hombre, con el aspecto de no haber dormido en días, apareció frente a ellos.

—¿Puedo ayudarla en algo? —dijo en un tono apenas cívico.

—Me llamo Diane Bauer, del Departamento de familia —dijo ella—. Traigo a Wonwoo Jeon.

—Claro. El del caso Diógenes. —El hombre abrió la puerta de par en par—. Entrad.

Wonwoo siguió a Diane hasta el interior y dio un respingo cuando la puerta se cerró de un portazo tras él. Tenía la sensación de que acababa de entrar en una prisión.

—No tengo mucho tiempo —dijo la señorita Bauer—. Me gustaría estar lejos de aquí antes de que anochezca.

La sonrisa que le dedicó era un insulto en sí misma.

—Claro —dijo—, no es seguro que una mujer como tú siga por aquí a estas horas de la noche, estoy de acuerdo. Solo necesito que firmes todo el papeleo y luego puedes volver a casa con tu novio.

—Marido —matizó ella—, y apreciaría que se mantuviera al margen de mi vida privada. —Su tono era gélido y autoritario, y Wonwoo tuvo que reconocerla cierto mérito por eso. Siguieron al hombre hasta una oficina donde la señorita Bauer firmó varios papeles en silencio. Luego se giró hacia él y dijo: “Buena suerte, Wonwoo. Espero que tu madre se recupere pronto”. Y con un rápido gesto de despedida, se fue.

—Sígueme —dijo el hombre, que ni siquiera se había molestado en presentarse.

Wonwoo le siguió por un pasillo desierto y tenuemente iluminado. Parecía que toda la casa se mantenía en un tétrico silencio. ¿Cuántos chicos había ahí? Las señorita Bauer había dicho que era una casa de acogida grupal, así que no podía ser el único.

—¿Qué edad tienes? —preguntó el hombre.

—Diez —dijo Wonwoo.

—¿Estás en quinto o en sexto?

—Sexto.

—Bien —dijo el hombre—. Te pondré con los mayores. Ellos te enseñarán cómo funciona todo esto. —Sacó una llave, abrió una puerta y le guio hasta lo que parecía ser una sala de estar. ¿Por qué cojones cerraban con llave una sala de estar? Esto no era una prisión, ¿verdad?

— Esta es la sala común para los mayores —explicó el hombre—. Creo que hay una litera vacía en la número cuatro. —Wonwoo no tuvo tiempo de absorber nada. Se apresuró a seguirlo hasta otra puerta cerrada que daba a un dormitorio con literas. Ocho de ellas, contó. Y todas estaban ocupadas menos una. Siete cabezas se giraron en su dirección—. Chicos, este es Wonwoo. Será vuestro nuevo compañero. Enseñadle cómo funciona todo esto.

Sin una palabra más, el hombre se fue, cerrando la puerta tras él. Un chico alto, que debía tener al menos dieciséis años, saltó de una de las literas de arriba y se colocó frente a él.

—Wonwoo, ¿eh?, ¿qué mierda de nombre es ese? —dijo. Otro chico se le unió y su sonrisa le heló la sangre.

—No sé, P.O, pero ¿qué te parece si le damos una bienvenida especial a nuestra habitación?

Wonwoo sintió cómo se le contraía el estómago de miedo. Conocía esa mirada. Esa mirada deletreaba problemas de un tipo muy específico, uno que le preocupaba bastante más que el que le golpearan. ¿Por qué diablos le habían soltado aquí así? ¿No había cámaras? ¿No había nadie viendo lo que estaba pasando?

No te mees en los pantalones, se dijo a sí mismo. No te mees en los pantalones.

No podía mostrar ninguna señal de debilidad. Desafortunadamente, a veces su vejiga tenía su propia mente, especialmente cuando estaba nervioso. Y ahora estaba mucho más que nervioso. Estaba aterrorizado. Su pulso se había acelerado y sentía la piel húmeda, fría y pegajosa. Los dos chicos se acercaron tanto que pudo oler elacre de su aliento flotando sobre él, pero sabía que era mejor no acobardarse. Aún no había dado el estirón, era pequeño y probablemente le darían una paliza de muerte, pero no se rendiría sin pelear. Alzó los puños y adoptó una postura defensiva, obligándose a inspirar profundamente. Piensa. Tenía que usar su cerebro.

—Vaya, mira eso —se burló P.O con una despectiva mueca—. Encantador. El pequeño Wonwoo cree que puede con nosotros.

—No parece que a Wonwoo le interese demasiado vuestro tipo de bienvenida —dijo una nueva voz y otro chico se acercó a ellos. No era mucho más alto que él y estaba muy delgado, pero no parecía amedrentado en absoluto por el tamaño de los otros dos adolescentes.

—¿Qué cojones quieres, Seungcheol? —dijo el otro chico.

—Eso no importa, Boxer —dijo Seungcheol colocándose entre Wonwoo y los otros dos—. Lo que importa es lo que quieres tú.

Los chicos se miraron mutuamente, desconcertados.

—¿Qué? —dijo Boxer.

—Aunque estoy seguro de que podríais divertiros mucho con él, esa diversión no está exenta de riesgos. Quiero decir, podría delataros y causaros serios problemas. No estoy seguro de que merezca la pena pasar por todo eso por él, ¿sabes?

Lo dijo de una forma tan casual que parecía que estaba negociando el precio de un paquete de chicles con el tendero. ¿Adónde quería llegar con todo esto?

—¿Y a ti qué te importa? —preguntó P.O.

—Tengo una oferta mucho mejor —dijo Seungcheol—. Dejadle tranquilo y os conseguiré un paquete de tabaco.

Los ojos de P.O se iluminaron.

—¿Tienes pitis? —preguntó.

Seungcheol asintió.

—Sip, y son todo vuestros si le dejáis en paz.

Los dos chicos fruncieron el ceño.

—¿Es que le conoces o algo? —dijo Boxer.

—¿Acaso importa?

—Dos paquetes —dijo P.O y sus ojos resplandecieron—. Uno para mí y otro para Boxer.

—Trato hecho —dijo Seungcheol—. Los tendréis mañana.

—Será mejor que así sea —dijo P.O—. Si no, vendremos a por los dos.

Seungcheol se encogió de hombros.

—Me parece justo —dijo—. Pero si aceptáis el trato y tú o alguno de vuestros colegas le toca, habrá consecuencias.

—¿Consecuencias? —resopló P.O—. Parece que te han sacado de una mala película de mafiosos.

—¿Tu crees? —dijo Seungcheol—. Ponedle una mano encima y descubrirás lo real que puedo llegar a ser.

Se miraron en silencio por un segundo, pero a Seungcheol no parecía importarle una mierda que el otro chico fuera mucho más alto y más fuerte que él. Finalmente, P.O asintió.

—Tienes un trato —dijo.

P.O y Boxer volvieron a sus literas y Wonwoo se quedó ahí de pie, aún temblando, pero se atrevió a relajar su postura y bajar los brazos. Seungcheol se giró hacia él y dijo:

—Vamos, puedes compartir mi litera si necesitas sentirte a salvo. Tendremos que limpiarte antes, y puedo prestarte algo de ropa limpia.

¿Limpiarme? ¿Ropa limpia? ¿Tan sucio estaba? Wonwoo tardó un par de segundos en darse cuenta de que, después de todo, se había meado encima.

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