Capítulo 1
Hace muchos siglos que dejó de ser aquella jovencita ilusa llena de ideas cursis.
Sus años de inocencia e ingenuidad habían tenido que terminar sí o sí, luego haber probado la muerte misma. La desesperación. El frío. La angustia.
Nadie lo sabe con exactitud porque nadie tenía por qué saberlo, pero ella no había sido convertida en inmortal del modo tradicional: la famosa mordedura del cuello.
Ella había sido convertida en vampiro a la edad de 19 años, y su bienvenida, fue algo más bien agridulce para, quien fue alguna vez, una modesta florista en un pequeño pueblo del norte.
»Una vez que bebas esto, tú y yo seremos más que una familia. Un lazo que perdurará por toda una eternidad… nos unirá —se le dijo mientras ella temblaba sin poder apartar los ojos de aquel cáliz de oro con una sustancia caliente y roja.
Aquella noche, todo lo que Kathleen había tenido como su mundo se había deshecho en un parpadeo. Absolutamente todo su pacífico y monótono universo, convertido en cenizas bajo las amenazas monstruosas que él eliminó. Cuál caballero con armadura brillante, él había aparecido sorpresivamente cuando Kathleen creyó que todo había terminado para ella; cuando no había más que esperar, salvo la violenta muerte.
El padre de aquella indefensa chica fue el último de la familia en morir frente a sus ojos, decapitado por ese sádico ser que se hacía llamar a sí mismo vampiro. Luego, la había dejado a ella; temblando y llorando paralizada por miedo y el horror, amarrada en una esquina para comerla después. Mientras aquel monstruo sanguinario con forma humana se alimentaba, entre risotadas, de la cascada de sangre que caía desde la base del cuello de la cabeza del padre de Kathleen.
Ese monstruo, junto a otros, también había visitado las otras casas del pueblo. Pero ni ella ni ese sádico, se habían dado cuenta de que él había llegado y matado sin problemas a todos los gusanos hasta llegar a donde Agasha estaba siendo torturada mentalmente.
No importaba cuántos años pasasen, aquella imagen jamás se iría ni se deformaría de alguna manera que no fuese para hacer la pesadilla peor, si es que llegaba a ser posible, y casi siempre lo era.
Pero cuando llegó su turno para ser comida, desmembrada brazo por brazo, él había llegado. Él la había salvado justamente cuando esa escoria inmortal estaba bebiendo del cuello del hombre trabajador que le inculcó a su familia tanto amor.
Hasta que él la salvó, las imágenes que Kathleen vio (los pedazos de su familia siendo drenados de toda su sangre entre el más terrible irrespeto) fueron demasiado desgarradoras y crueles para que, ella, muchísimos años después, siguiese sintiéndose destrozada por dentro.
Él no tenía por qué haber salvado a la pobre muchachita que se desangraba, herida físicamente, en el piso, cubierta hasta con su propia orina, sudor y lágrimas. Él no había tenido ninguna obligación para con la chica humana que moriría antes de que él siquiera pudiese preocuparse por conseguir ropa nueva. Pero lo hizo; la ayudó, la auxilió.
»¿Sigues viva? —preguntó él luego de que aquel ritual de “renacimiento” donde Kathleen sintió quemarse por dentro, llegase a su conclusión y ella pudiese sentirse libre de las manos de la parca.
Murió y renació de manera sádica, y, sin embargo, su cuerpo estaba mucho mejor que antes. Sin herida alguna.
»Vaya, en verdad lo lograste. Ahora ya no eres humana. Felicidades —le acarició la mejilla paternalmente—, bienvenida al mundo de la oscuridad.
Sin embargo, aun después de mucho tiempo, aquel frívolo vampiro nunca le reveló el motivo por el cual cazaba al asesino de su familia, y a su grupo de mequetrefes inmortales. Tampoco le explicó por qué no la abandonó en el castillo Voorhoof luego de haber matado a su objetivo.
Quizás eso último fue debido a que la salida del sol estaba próxima.
Sin embargo, Kathleen se mantuvo bajo el cuidado de él y del dueño del castillo, luego de haberse transformado. Él se encargó de salvarle la vida; de limpiar el desastre en aquella casa humilde donde Kathleen había tenido los mejores años de su vida; y, por la noche siguiente, darle sagrada sepultura (los pedazos) del padre, la madre y a una tía que la muchacha ahora mismo ya no tenía.
Kathleen en todo ese proceso pensó que ya no tenía nada más por lo que vivir; las pesadillas fueron demasiado crueles con ella; de hecho, pasó días y noches enteras volviendo loco a su padre-vampiro por querer volver a su antigua casa, o intentando carbonizarse bajo la luz del sol entre lágrimas y chillidos desgarradores.
En sus momentos de mejor calma, ella pensó que su inmortalidad acabaría pronto; que no la merecía puesto que debió haber muerto junto a sus familiares. Sin embargo, con los años, con las vivencias posteriores y con ciertas ventajas sobre su nueva naturaleza, ella aprendió a vivir con sus demonios internos.
O eso ella pensó.








