Customize readability
Aa

La Ley de Arieth

All Rights Reserved ©

Summary

En Thamyria, una ciudad donde el poder se negocia entre sombras, sangre y favores imposibles de olvidar, Arieth aprendió a sobrevivir siendo necesaria. Su nombre pesa en el bajo mundo. Algunos la respetan, otros la temen, y muchos la odian. Pero detrás de la mujer fría que todos creen conocer existe una verdad más dolorosa: Arieth ha vivido atada a los únicos lazos que todavía podían hacerla humana. Sus hermanos fueron su razón para resistir. Su cadena. Y, sin darse cuenta, ella también se convirtió en la de ellos. Entre el amor, la culpa y la ambición, los tres han construido una prisión demasiado frágil para seguir en pie. Cuando el equilibrio comienza a romperse, Arieth deberá enfrentarse a una pregunta que puede destruirlo todo: ¿cuánto de sí misma está dispuesta a perder por quienes ama? En un mundo donde el amor puede ser deuda, el odio puede ser atención y la libertad siempre exige un precio, Arieth descubrirá que algunas cadenas no se rompen con fuerza… sino con sangre.

Status
Complete
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
16+

La niña que odiaba su belleza

Arieth aprendió demasiado joven que ser bonita no era una bendición.

Era una maldición con rostro de niña.

En la Casa de Santa Velia, donde los adultos fingían criar huérfanos mientras los explotaban hasta romperlos, su belleza era una amenaza constante. A veces intentaba ensuciarse la cara con ceniza. Otras veces se cortaba el cabello con tijeras oxidadas para verse menos llamativa. Usaba ropa grande, caminaba con la cabeza baja y evitaba mirar a los hombres a los ojos.

Nada funcionaba.

Siempre había alguien mirando demasiado.

Siempre había una mano que se acercaba más de la cuenta.

Siempre había un comentario susurrado detrás de una puerta.

—Esa niña valdrá mucho cuando crezca.

Arieth no quería valer nada.

Quería ser invisible.

Pero era imposible ser invisible cuando también era demasiado inteligente para su edad, demasiado rápida para aprender, demasiado rebelde para obedecer sin cuestionar.

Por eso la golpeaban más que a los demás.

Porque no sabía quedarse callada.

Porque robaba pan para los pequeños.

Porque se interponía cuando querían castigar a Sairen, que siempre había sido débil de cuerpo, enfermizo, con una tos persistente que empeoraba en invierno.

Y porque protegía a Avel como si fuera suyo.

Avel era el menor. Tenía los ojos grandes, las manos pequeñas y el miedo pegado a la piel. Cuando alguien alzaba la voz, él se encogía. Cuando una puerta se cerraba fuerte, temblaba. Cuando Arieth desaparecía demasiado tiempo, se ponía a llorar en silencio, escondido debajo de la cama.

No eran hermanos de sangre.

Pero la sangre no le importaba a Arieth.

La sangre solo servía para manchar el suelo cuando los adultos golpeaban demasiado fuerte.

Ellos eran su familia.

Y ella era la única muralla que tenían.


Esa noche, Arieth no estaba buscando problemas.

Solo pan.

La cocina de la Casa de Santa Velia olía a grasa vieja y sopa quemada. Arieth entró descalza, cuidando que las tablas no crujieran. Tomó tres pedazos duros de pan, los escondió bajo la blusa y estaba a punto de salir cuando escuchó voces al fondo del pasillo.

La puerta del despacho estaba entreabierta.

La dueña del orfanato hablaba con un hombre.

Arieth reconoció su voz: áspera, desagradable, como si siempre tuviera algo podrido en la garganta.

—El menor aún es muy pequeño —decía la mujer—, pero el otro ya tiene edad.

Arieth se quedó quieta.

—¿El de ojos oscuros? —preguntó el hombre.

—Sí. Sairen. Es débil para el trabajo pesado, pero tiene un rostro bonito. En los burdeles pagan bien por niños así.

El pan cayó al suelo.

Arieth no respiró.

No parpadeó.

No gritó.

El miedo llegó primero, helado, clavándosele en la espalda. Luego llegó algo peor.

Una calma terrible.

Una calma tan profunda que no parecía de una niña.

Esa noche no durmió.

Esperó a que todos se acostaran. Esperó a que los guardias bebieran hasta quedarse torpes. Esperó a que la lluvia golpeara tan fuerte el techo que pudiera cubrir sus pasos.

Después despertó a Sairen.

Él abrió los ojos con terror.

—¿Qué hice?

Arieth sintió que algo se rompía dentro de ella.

Le puso una mano sobre la boca.

—Nada. Esta vez no hiciste nada. Esta vez nos vamos antes de que puedan hacernos algo.

Sairen no preguntó más.

Después despertó a Avel.

El pequeño se aferró a ella.

—¿A dónde vamos?

Arieth miró la ventana rota, el patio lleno de lodo y el muro que los separaba del resto de Thamyria.

No tenía dinero.

No tenía un lugar seguro.

No tenía a nadie.

Pero tenía una cosa clara: si se quedaban, perdería a uno de sus hermanos.

Y Arieth prefería morir antes que permitirlo.

—Lejos —respondió—. Vamos lejos.

Escaparon bajo la lluvia.

Sairen cayó dos veces. Avel lloró sin hacer ruido. Arieth se cortó las palmas al trepar el muro, pero no soltó a ninguno. Detrás de ellos quedó la Casa de Santa Velia, oscura y silenciosa, como una bestia dormida.

Arieth no miró atrás.

Porque sabía que si lo hacía, el miedo podía alcanzarla.


Tres años después, Arieth ya no parecía una niña.

Tenía diecisiete años, aunque sus ojos aparentaban muchos más.

Había trabajado en mercados, bodegas, cocinas, establos, puestos callejeros y talleres donde nadie hacía preguntas porque pagarle poco a una menor era más barato que contratar a un adulto.

Los trabajos oficiales no la aceptaban.

Los ilegales sí.

Y ella aceptaba lo que fuera mientras pudiera pagar comida, medicina y escuela para sus hermanos.

Arieth no comía hasta que ellos estuvieran llenos.

No dormía hasta revisar que la puerta estuviera cerrada.

No se enfermaba porque no podía permitírselo.

Había aprendido a vivir como una sombra.

Pero incluso las sombras se cansan.

Ese día trabajaba en un puesto de telas del mercado central de Thamyria. El dueño era un hombre cobarde, de esos que sonreían a los ricos y pateaban a los pobres. La contrató porque Arieth tenía una memoria impresionante y podía hacer cuentas más rápido que cualquier adulto.

No le pagaba bien.

Pero le pagaba.

Y eso era suficiente.

Hasta que llegaron los clientes equivocados.

Eran compradores frecuentes: una pareja elegante, arrogante, con ropa cara y modales sucios. El hombre pidió varios rollos de tela y, mientras fingía revisar la mercancía, intentó pasar dos piezas de seda como si fueran lino barato.

Arieth lo notó al instante.

—Son cuatro metros de lino y dos rollos de seda —dijo, sin levantar demasiado la voz.

El hombre la miró con desprecio.

—Cobra lo que te dije.

Arieth movió las cuentas del ábaco con los dedos.

—No puedo cobrar lino por seda.

—¿Me estás llamando ladrón?

—No. Estoy diciendo que sé distinguir telas y hacer cuentas.

La esposa del hombre soltó una risa seca.

—Qué niña tan insolente.

Arieth respiró despacio.

Necesitaba ese empleo.

Avel necesitaba zapatos nuevos. Sairen llevaba días con fiebre. El cuarto donde vivían tenía humedad en las paredes y cada noche el frío les mordía los huesos.

Así que no respondió como quería.

Solo dijo:

—El total correcto son cuarenta monedas.

El golpe llegó de inmediato.

La bofetada le giró el rostro.

El mercado entero pareció quedarse en silencio durante un segundo.

Arieth sintió el ardor en la mejilla. Sintió la sangre en la boca. Sintió la furia subirle por la garganta.

Pero no devolvió el golpe.

Porque una persona pobre no podía darse el lujo de tener dignidad cuando sus hermanos tenían hambre.

El dueño del puesto apareció enseguida.

—Señor, disculpe a la muchacha. Es joven, no sabe tratar con clientes importantes.

Arieth lo miró.

Él sabía la verdad.

Había visto la seda.

Había visto la trampa.

Pero también sabía que esos clientes compraban mucho.

Y Arieth solo era una empleada reemplazable.

—Estás despedida —dijo él, evitando sus ojos—. Vete antes de causar más problemas.

Arieth no rogó.

No explicó.

No lloró.

Solo tomó su vieja bolsa, guardó su libreta de cuentas y salió del puesto con la mejilla ardiendo y el estómago vacío.

Entonces lo vio.

Al otro lado del mercado, un hombre la observaba.

Vestía un abrigo oscuro, demasiado fino para aquel lugar. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás y tenía una expresión tranquila, casi amable, pero sus ojos no eran amables. Eran ojos de alguien que medía el valor de todo lo que tocaba.

Arieth lo conocía de vista.

Todos en Thamyria conocían a Orven Ross.

Comerciante respetado.

Dueño de bodegas.

Prestamista.

Un hombre del que todos hablaban con sonrisas falsas y miedo verdadero.

Orven había visto todo.

La estafa.

La bofetada.

Había visto cómo la despedían injustamente.

Y no había dicho nada.

Arieth sostuvo su mirada apenas un segundo.

Luego apartó la vista y siguió caminando.

—¿Eso es todo? —preguntó él a su espalda.

Arieth se detuvo.

No porque quisiera obedecerlo.

Sino porque algo en su voz hacía que ignorarlo pareciera peligroso.

—¿Qué quiere?

Orven se acercó despacio.

—Me viste. Sabes que vi lo que pasó. ¿No vas a preguntarme por qué no te defendí?

Arieth apretó la correa de su bolsa.

—No.

—¿No vas a reclamarme?

—No.

Orven pareció entretenido.

—¿Por qué?

Arieth giró un poco el rostro. Tenía la mejilla marcada por los dedos del cliente, pero los ojos secos.

—Porque los hombres como usted no ayudan gratis. Y si ahora me pregunta eso, es porque quiere saber si soy lo bastante tonta para esperar justicia de alguien que no me debe nada.

Orven no sonrió.

Por primera vez, pareció realmente interesado.

Arieth continuó:

—Además, reclamarle no me devuelve el empleo. No compra medicina. No pone comida en la mesa. Solo me haría perder tiempo, y el tiempo es lo único que todavía puedo vender.

Durante unos segundos, Orven Ross no dijo nada.

La miró como si hubiera encontrado una pieza rara entre basura.

—¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes para saber que esa pregunta siempre trae problemas.

Ahora sí, Orven soltó una carcajada.

Una risa baja, profunda, casi genuina.

—Trabaja para mí.

Arieth entrecerró los ojos.

—¿Cuál es el truco?

—No hay truco.

—Siempre hay uno.

—Necesito alguien que revise cuentas, inventarios, rutas, pérdidas. Tú tienes cabeza para eso.

—Soy menor.

—Eso parece importarle mucho a la gente honrada.

Arieth sintió un escalofrío.

No era una oferta limpia.

Nada en Orven Ross parecía limpio.

Pero el salario que él mencionó después fue suficiente para romperle la resistencia.

El triple de lo que ganaba.

El triple.

Con eso podía comprar medicina para Sairen. Comida de verdad para Avel. Cuadernos. Zapatos. Tal vez incluso una habitación donde la lluvia no entrara por el techo.

Arieth bajó la mirada.

Luego volvió a levantarla.

—¿Cree que porque soy joven puede abusar fácilmente de mí?

Los hombres que acompañaban a Orven se tensaron.

Orven, en cambio, se rió.

—No. Creo que porque eres joven todos han cometido el error de subestimarte. Yo no pienso hacerlo.

—Si intenta algo conmigo o con mis hermanos, me vengaré.

—¿Eso es una amenaza?

—No. Es una condición.

Orven Ross la observó en silencio.

Después extendió la mano.

—Entonces tenemos un trato.

Arieth miró aquella mano.

Limpia.

Firme.

Peligrosa.

Pensó en Sairen tosiendo sangre en un pañuelo viejo. Pensó en Avel fingiendo que no tenía hambre para que ella comiera. Pensó en la Casa de Santa Velia y en todas las manos que alguna vez intentaron convertirlos en mercancía.

Tomó la mano de Orven.

—Trabajo por dinero. No por lealtad.

La sonrisa de Orven se volvió más oscura.

—Todos dicen eso al principio.

Arieth soltó su mano.

—Yo no soy todos.

Orven no respondió.

Pero sus ojos dijeron algo que ella no entendió entonces.

No era bondad.

No era compasión.

Era interés.

Y en el Subsuelo de Thamyria, el interés de un hombre poderoso podía ser más peligroso que su odio.


Esa noche, Arieth volvió al cuarto húmedo donde vivía con sus hermanos.

Avel estaba dormido, abrazando una manta delgada. Sairen estaba sentado junto a la ventana, leyendo un libro viejo con la poca luz de una vela.

Al verla entrar, se levantó de golpe.

—¿Qué te pasó en la cara?

—Nada.

—Arieth.

Ella dejó una bolsa sobre la mesa.

Dentro había pan fresco, medicina y dos manzanas.

Avel despertó con el sonido.

—¿Manzanas? —preguntó, todavía medio dormido.

Arieth sonrió apenas.

La mejilla le dolió.

—Sí. Mañana también irán a la escuela.

Sairen miró la comida y luego a ella.

—¿De dónde sacaste dinero?

—Conseguí trabajo.

—¿Dónde?

Arieth dudó un momento.

—Con Orven Ross.

El silencio cayó como una piedra.

Sairen palideció.

—Dicen que es peligroso.

Arieth cerró la puerta con seguro.

—Todos son peligrosos.

—Ari…

Ella lo miró.

—La diferencia es que algunos pagan mejor.

Sairen no respondió.

Avel abrazó la bolsa de pan como si fuera un tesoro. Arieth se sentó junto a la puerta, con una navaja escondida bajo la falda y los ojos abiertos en la oscuridad.

Esa noche no durmió.

No sabía que aquel trabajo no solo iba a darle comida.

Iba a darle poder.

Iba a darle enemigos.

Iba a enseñarle el precio real de la lealtad.

Y años después, cuando Sairen y Avel la miraran con sonrisas falsas mientras planeaban su muerte, Arieth recordaría aquella primera noche.

La noche en que creyó estar salvándolos.

La noche en que empezó a perderlos.

Let Calmees know what you thought about this chapter!
Love this

2

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

1

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

The Alpha's Exiled Mate

Sonakshi: I like the characters and emotions that was so good and perfect and the story was definitely amezing

Read Now
Buried Alive

Irene: Its the story revolves in the same kind of situation I was hoping abit more like the story of Jane's family, life of mx and Jane, like how is the relationship between Lynn and Caleb more. Probably first readers who are starting to have reading hobby, I feel it could be higher rating but honestly I w...

Read Now
Ruthless Lord

AlyKeller: I love this story about a girl hated by her father and sister because her mother died given birth to her. She is sent away to a farm from her life in a castle, where she learns how to survive, hunt, and fight. She is forced into an arranged marriage by her dad and king. Her life takes a change for t...

Read Now
Earning His Love

Liza: really enjoyed this short story, would’ve loves her to have a daughter to even the odds 🥰

Read Now
The Mate he couldn't have

ockelmann1960: Great story, sure took them time to figure out they were mates. I love the characters , love the fun and light banter among them. This is great, thank you for this book, continue writing. It would be sad if your audience could not continue reading and discovering.

Read Now
Bear Roberts

ennistanga23: I love it. The plot, the charcters. Rverything.

Read Now
The Grumpy Next Door

D: I loved reading every second of this book! I couldn't stop once I started!

Read Now
An Irish Match

michele: Another book from Daphne Anders that I couldn't put down. Lovely, lol, spicy love story. Makes me want to go to Ireland and find my own love story 😍😍

Read Now