Ecos de Fanythiel.

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Summary

Entre los cuatro grandes reinos del continente se extiende Fanythiel, el bosque más antiguo y sagrado del mundo conocido. Un lugar donde la lluvia parece viva, los árboles susurran al viento y la magia fluye como el agua entre las raíces gigantes que atraviesan la tierra desde antes de que existieran humanos, elfos, enanos u orcos. Al sur se alza Arcadia, el nuevo imperio humano nacido por la fuerza de las armas y el sueño de conquista. Al oeste, los bosques plateados de Aelthir esconden una paz tan perfecta como inquietante. Bajo las montañas de Moira, los enanos forjan acero esperando el regreso de un rey perdido. Y en las tierras salvajes de Nargoth, los clanes orcos continúan sus guerras interminables mientras viejos odios amenazan con despertar de nuevo. Sin embargo, todos respetan una misma frontera. Fanythiel. Porque el bosque no pertenece a ninguna corona. Allí rigen leyes más antiguas que cualquier reino: no tomar más de lo necesario, no talar sin devolver vida, no matar por crueldad ni derramar sangre por odio bajo las ramas sagradas. Quien rompe esas leyes desaparece. A veces en silencio. A veces para siempre. Los guardianes de este equilibrio son los Lómiëincë, los llamados duendes. Seres de piel clara, ojos esmeralda y orejas puntiagudas que viven entre árboles vivos, puentes colgantes y luces de hongos luminosos. Alegres, traviesos y profundamente bondadosos, creen que un corazón sin risa enferma más rápido que un árbol sin agua. Y en el centro de esta historia está Eryanelë, “don alegre de la estrella” en la antigua lengua quenya. Aprendiz del viejo chamán Aranwë, crecerá entre espíritus, canciones y secretos ancestrales mientras el mundo cambia más allá del bosque. Porque algo se acerca. Los árboles comienzan a despertar por las noches. Los espíritus murmuran inquietos. Y Fanythiel observa.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

El León y la Ninfa.

Durante siglos, los siete reinos humanos se vivieron atrapados en guerras interminables.

Pequeños reyes orgullosos.

Nobles ambiciosos.

Juramentos rotos.

Fronteras cambiantes.

Cada señor combatía con sus propias mesnadas: campesinos mal armados, caballeros feudales y mercenarios que luchaban más por oro que por lealtad.

Las batallas eran caóticas, brutales y desordenadas.

Miles morían para decidir disputas que, pocos años después, volvían a repetirse.

Hasta que apareció Aureliano de Arcadia.

Hijo del rey Marcus Aurelius II, Aureliano creció observando las derrotas de los hombres. Comprendió algo que ningún monarca había entendido antes:

No eran los reinos los débiles.

Era su forma de hacer la guerra.

Con apenas veinticuatro años comenzó las reformas que cambiarían el continente para siempre.

Disolvió gran parte del poder militar de los nobles.

Prohibió las mesnadas privadas.

Creó un ejército permanente pagado directamente por la corona.

Profesional.

Disciplinado.

Implacable.

Nacieron así las Legiones de Plata.

Llamadas de ese modo por el resplandor de miles de corazas de acero pulido avanzando al unísono bajo el sol.

Cada legionario era entrenado durante años.

Infantería pesada.

Combatían con lanza larga, espada corta, escudo rectangular reforzado, casco y armaduras de placas de acero capaces de detener flechas y tajos de espada.

Pero la verdadera fuerza de las legiones no era el acero.

Era la disciplina.

Cada Legión estaba formada por cinco mil hombres.

Diez cohortes de quinientos soldados.

Cada cohorte dividida en centurias de cien legionarios dirigidas por centuriones veteranos.

Por debajo de ellos, los optios mantenían la formación y transmitían las órdenes en pleno combate.

No había nobleza en las filas.

Sólo mérito.

Donde los antiguos ejércitos cargaban con furia…

Las Legiones de Plata avanzaban como una muralla.

Lentas. Silenciosas. Inexorables.

Y reino tras reino fue cayendo.

Primero Valtrania.

Luego Tiberian.

Después las ciudades libres de Helion.

Algunos se rindieron.

Otros resistieron hasta el último hombre.

Todos terminaron arrodillándose.

La última guerra llegó en las grandes llanuras del reino de Carpatia, donde los tres reinos restantes unieron desesperadamente sus fuerzas para detener el avance arcadiano.

Más de ciento cuarenta mil hombres se reunieron bajo los antiguos estandartes de las viejas casas reales.

Caballería pesada feudal.

Mesnadas formadas levas de campesinos mal armados.

Los reyes aliados habían reunido un ejército tan desesperado como antinatural.

La codicia del oro humano había logrado lo que siglos de diplomacia jamás consiguieron:

Unir enemigos ancestrales bajo un mismo estandarte de guerra.

Desde las tierras salvajes de Nargoth llegaron clanes orcos menores, guerreros brutales de piel verdosa oscura, cubiertos con armaduras de hierro negro, vestidos con ropas de pieles curtidas.

Combatían con hachas descomunales y escudos toscos manchados de sangre seca. Odiaban a humanos, elfos y enanos por igual… pero amaban el oro aún más.

De las lejanas Montañas de Karak-Vorn arribaron mercenarios enanos, veteranos sombríos de un reino minero perdido entre volcanes y roca negra, lejos de las glorias de Moria.

Bajos y anchos como yunques, llevaban largas barbas trenzadas con anillos de hierro y pesadas corazas de placas oscuras.

Sus martillos y hachas podían partir un escudo imperial de un solo golpe.

Y entre ellos marchaban los más inquietantes de todos.

Los elfos oscuros de los bosques de Nyth-Shael.

Altos.

Hermosos.

Silenciosos.

De piel morena dorada por los soles del sur y largos cabellos rubios casi blancos.

Sus ojos oscuros y fríos parecían observar el mundo con desprecio eterno.

Vestían armaduras ligeras de cuero negro y plata ennegrecida, y sus arcos curvos eran famosos por atravesar gargantas a enormes distancias.

Durante siglos habían combatido contra los reinos élficos de Aelthir y despreciaban profundamente a los humanos.

Pero los reyes aliados pagaban bien.

Muy bien.

Así, sobre las colinas embarradas de Carpatia, orcos de Nargoth, enanos de Karak-Vorn y elfos oscuros de Nyth-Shael lucharon hombro con hombro bajo banderas humanas.

No por honor.

No por alianzas.

Sólo por oro.

Y frente a ellos…

Las Legiones de Plata de Arcadia avanzaban como una tormenta de acero.

Frente a ellos, Aureliano desplegó nueve Legiones de Plata.

Cuarenta y cinco mil hombres.

Y absoluto silencio.

La mañana de la batalla amaneció cubierta de niebla.

Aureliano cabalgó frente a sus tropas montando un enorme caballo negro cubierto con bardas de acero.

No llevaba corona, si no casco.

Sólo una armadura plateada marcada por cicatrices de guerra.

Observó las interminables líneas enemigas.

Después levantó el brazo.

Miles de escudos golpearon el suelo al mismo tiempo.

BOOM.

El sonido recorrió la llanura como un trueno.

—¡Legionarios! —gritó Aureliano.

Cuarenta y cinco mil voces respondieron al unísono:

—¡ARCADIA!

El emperador desenvainó lentamente su espada.

—Hoy termina el viejo mundo.

Entonces descendió el brazo.

Y las Legiones de Plata avanzaron.

No corrieron.

Nunca corrían.

Caminaron lentamente entre la niebla mientras los tambores marcaban el paso exacto de cada cohorte.

La lluvia empezó a caer sobre las llanuras de Carpatia mientras las Legiones de Plata avanzaban lentamente entre barro, sangre y humo.

Frente a ellas, decenas miles guerreros feudales, mercenarios orcos, elfos,enanos y nobles se habían atrincherado tras empalizadas improvisadas.

Superaban ampliamente a los arcadianos en número.

Pero Aureliano no había construido su imperio sobre la furia.

Lo había construido sobre disciplina.

Y al frente de la Primera Legión de Plata marchaba el hombre más respetado de toda la Guardia Imperial.

Marco Octavio.

Primer Centurión de la Primera Cohorte.

Veterano de las guerras de unificación.

Portador de la cresta roja transversal.

Guardián y amigo personal del emperador.

Los legionarios decían que jamás había retrocedido una sola vez en combate.

Marco avanzaba al frente de la línea bajo la lluvia, cubierto por una armadura plateada marcada por cicatrices y golpes antiguos. Su capa escarlata ondeaba pesadamente tras él mientras observaba las posiciones enemigas con fría oriental.



A su alrededor, la Primera Cohorte esperaba en perfecto orden.

Quinientos hombres.

La élite del Imperio.

Silenciosos.

Preparados.

Un joven optio se acercó.

—Primer Centurión… los exploradores informan de arqueros elfos ocultos en la colina oriental.

Marco ni siquiera apartó la vista del enemigo.

—Ya los veo.

A lo lejos comenzó a sonar un cuerno de guerra enemigo.

Y un segundo después…

El cielo se oscureció.

Miles de flechas élficas descendieron sobre las líneas imperiales.

Marco levantó inmediatamente el brazo.

—¡TESTUDO! (¡TORTUGA!)

La respuesta fue instantánea.

CLACK.

CLACK.

CLACK.

Los escudos rectangulares se elevaron formando muros perfectos a los lados y sobre las cabezas de los legionarios.

La tortuga de acero nació en apenas segundos.

Las flechas élficas impactaron violentamente contra los escudos.

TAC TAC TAC TAC TAC.

Pero la formación resistió.

Dentro de la testudo apenas se escuchaban respiraciones contenidas y órdenes cortas.

—¡Mantener línea!

—¡Escudos arriba!

—¡No rompáis formación!

Marco caminaba entre sus hombres mientras las flechas golpeaban sobre ellos como lluvia negra.

Ni siquiera parecía preocupado.

Un legionario joven temblaba visiblemente.

Marco golpeó su hombro con el puño.

—Respira, muchacho.

El joven lo miró nervioso.

—S-sí, señor…

—Las flechas sólo matan a quien entra en pánico.

Otra lluvia de flechas cayó sobre ellos.

La formación no cedió ni un paso.

Entonces sonó el cuerno imperial.

Marco desenvainó su espada corta.

—¡Avance lento!

La enorme tortuga metálica comenzó a avanzar colina arriba bajo el bombardeo enemigo.

Paso a paso.

Implacable.

Cuando estuvieron suficientemente cerca, Marco rugió:

—¡Abrir formación!

¡Primera centuria al frente!

Los escudos se separaron al instante.

Cien legionarios avanzaron como una sola criatura.

Todas las cohortes de la Legión le imitaron.

Los rebeldes cargaron gritando colina abajo.

Y chocaron contra el muro de lanzas arcadiano.

La disciplina imperial era aterradora.

Primera centuria: bloquear y atacar.

Segunda centuria: reemplazar a la centuria la cansada.

Tercera, Cuarta y Quinta: apoyar a la centuria anterior.

Todo perfectamente calculado.

Cuando un legionario caía herido, dos auxiliares lo arrastraban inmediatamente hacia atrás mientras otro ocupaba su lugar sin romper la línea.

No existía el caos.

No existía la improvisación.

Sólo entrenamiento.

Sólo orden.

Marco combatía en primera línea junto a sus hombres.

Su espada golpeó un escudo enano enemigo apartándolo mientras clavaba el hombro contra otro enano haciéndolo caer al barro.

—¡Empujad!

La línea imperial avanzó medio paso.

Suficiente.

Siempre suficiente.

Un orco intentó atacar a Marco desde un lateral.

El centurión lo vio reflejado en el acero mojado de un escudo.

Giró.

Bloqueó.

Y golpeó con el pomo de la espada en la mandíbula del atacante antes de atravesarle el abdomen con un movimiento seco y preciso.

Sin rabia.

Sin brutalidad innecesaria.

Como un artesano trabajando.

Entonces sonó otro cuerno imperial.

El optio gritó inmediatamente:

—¡Relevo de centuria!

La Primera Centuria retrocedió ordenadamente.

Cien hombres agotados abandonaron el frente.

Otros cien de la Segunda Centuria ocuparon su lugar frescos y descansados.

Los enemigos observaban aquello horrorizados.

Cada vez que creían romper la resistencia imperial…

Aparecían soldados nuevos.

Descansados.

Implacables.

Y cuando una cohorte comenzaba a fatigarse demasiado…

Marco levantaba el bastón de vid.

—¡Relevo de cohorte!

Las líneas se abrían.

Otra cohorte completa avanzaba desde retaguardia sustituyendo a la anterior mientras sanadores y auxiliares evacuaban heridos hacia puestos sanitarios protegidos tras las líneas.

Los legionarios heridos no eran abandonados.

Aquello sorprendía incluso a muchos enemigos.

En los viejos reinos feudales, un soldado caído solía quedar olvidado en el barro.

En Arcadia no.

Porque cada legionario era propiedad del Imperio.

Y el Imperio cuidaba de los suyos.

Marco observó cómo dos sanadores cargaban rápidamente a un joven atravesado por una flecha élfica en el hombro.

El muchacho seguía consciente.

—¿Voy a morir, señor…?

Marco negó con calma.

—No hoy.

El joven intentó sonreír mientras era evacuado.

Entonces llegó la carga principal enemiga.

Miles de hombres descendieron gritando desde la colina.

Enanos, orcos y elfos.

Hachas. Espadas. Martillos. Furia.

Marco alzó lentamente la espada.

Las crestas rojas de los centuriones sobresalían sobre el muro de escudos como llamas bajo la tormenta.

Y la voz del Primer Centurión resonó por encima del caos.

—¡LEGIONARIOS!

Miles de escudos golpearon el suelo al mismo tiempo.

BOOM.

—¡Por Arcadia!

—¡POR ARCADIA!

El choque hizo temblar la colina entera.

Los mercenarios y guerreros de los reinos aliados cargaban una y otra vez colina abajo entre gritos de furia y estandartes embarrados.

Y una y otra vez…

Se estrellaban contra el muro de escudos arcadiano.

Las lanzas de las Legiones de Plata sobresalían entre los escudos como colmillos de acero.

Cada avance enemigo terminaba igual.

Impacto. Confusión. Muerte.

Los rebeldes combatían con valor, pero también con rabia y desorden.

Los legionarios, en cambio, luchaban como piezas de una máquina perfecta.

Cuando un hombre caía, otro ocupaba inmediatamente su lugar.

Cuando una fila se agotaba, otra la reemplazaba.

Siempre había escudos frescos. Lanzas firmes.

Espadas listas.

Marco Octavio avanzaba en mitad de la Primera Cohorte cubierto de lluvia y sangre ajena.

Su casco de cresta roja destacaba entre el mar de acero plateado mientras su voz mantenía cohesionada la línea.

—¡Cerrad huecos!

CLACK.

Los escudos chocaron unos contra otros.

Un mercenario enano logró atravesar parcialmente la primera línea con un hacha pesada.

Antes de que pudiera levantarla de nuevo, Marco se adelantó.

Bloqueó el golpe con el escudo.

Giró sobre sí mismo.

Y la espada penetró bajo las costillas del enemigo con precisión quirúrgica.

El hombre cayó ahogándose en sangre.

Marco retiró la espada sin teatralidad.

—¡Segunda Centuria, avance medio paso!

Los legionarios obedecieron al instante.

BOOM.

Los escudos empujaron hacia delante como un único cuerpo.

Los enemigos retrocedieron resbalando en barro mezclado con sangre.

Aquel era el verdadero terror de las Legiones de Plata.

No combatían con furia.

Combatían con paciencia.

Y la paciencia terminaba agotando incluso al guerrero más valiente.

Desde lo alto de la colina, los reyes aliados observaban desesperados cómo sus tropas mercenarias se rompían contra las cohortes imperiales.

Entonces tomaron la decisión final.

El rey de Carpatia desenvainó su espada y gritó:

—¡Caballería al frente!

¡Romped el centro arcadiano!

Los cuernos resonaron por toda la llanura.

Miles de caballeros comenzaron a descender colina abajo.

Era una visión aterradora.

Caballos acorazados.

Lanzas largas.

Banderas ondeando bajo la tormenta.

El suelo comenzó a temblar.

Un joven legionario tragó saliva mirando aquella avalancha de acero.

—Por los dioses…

Marco alzó la vista.

Y no mostró miedo alguno.

Sólo cálculo.

—Optio.

—¿Señor?

—Transmitid órdenes.

El optio corrió inmediatamente a lo largo de la línea mientras los centuriones comenzaban a rugir instrucciones.

—¡Formación contra la caballería! ¡ERINACEUS! (¡ERIZO!)

—¡Primeras centuriac, lanzas en tierra!

CLACK.

Miles de lanzas descendieron formando una barrera mortal.

—¡Segundas centurias, escudos inclinados!

Los enormes escudos rectangulares se elevaron creando una muralla compacta y posicionaron las puntas de sus lanzas frente al enemigo.

—¡Terceras, cuartas y quintas centurias, cierre de huecos!

Los legionarios avanzaron compactando todavía más la formación, apuntalando a las dos primeras centurias.

Marco caminó frente a sus hombres observando cómo la caballería aceleraba.

Cada vez más cerca.

Cada vez más rápida.

El barro saltaba bajo los cascos.

Los gritos enemigos llenaban el aire.

Pero las Legiones de Plata no se movieron.

No gritaron.

No rompieron filas.

Esperaron.

Marco levantó lentamente su espada.

—¡Mantened posición!

Los caballeros bajaron las lanzas.

La tierra tembló violentamente.

Y entonces…

Impactaron.

Fue como si una tormenta entera chocara contra una fortaleza de hierro.

CRASH.

Los primeros caballos quedaron atravesados por docenas de lanzas.

Animales y jinetes salieron despedidos por los aires.

Otros impactaron directamente contra el muro de escudos y cayeron destrozados bajo el peso de la formación.

Los gritos llenaron el campo.

Sangre.

Barro.

Acero.

Un caballo sin jinete atravesó parcialmente una centuria antes de desplomarse atravesado por cuatro lanzas.

Un caballero consiguió romper una esquina de la línea.

Marco reaccionó inmediatamente.

—¡Cerrar brecha!

Él mismo se lanzó hacia el hueco acompañado por seis legionarios.

El caballero levantó una espada enorme desde su montura.

Marco esquivó el golpe por centímetros.

Luego clavó la espada corta bajo el cuello del caballo.

La bestia cayó violentamente arrastrando al jinete al barro.

Tres legionarios remataron al noble antes de que pudiera levantarse.

La línea volvió a cerrarse.

Perfecta.

Impenetrable.

La caballería seguía chocando contra ellos…

Y muriendo.

Porque los reyes aliados habían cometido el peor error posible:

Intentar quebrar disciplina con violencia.

Cuando finalmente la carga perdió fuerza, Marco vio el momento exacto.

Bajó lentamente la espada.

Y dio la orden.

—Primera Cohorte…

Los legionarios ajustaron escudos.

—Adelante.

BOOM.

El muro imperial avanzó.

Lento.

Pesado.

Imparable.

Las cohortes comenzaron el contraataque.

No corrían.

Nunca corrían.

Avanzaban paso a paso mientras las primeras líneas empujaban y las segundas apuñalaban entre escudos.

Cada movimiento era calculado.

Cada relevo preciso.

Cohortes agotadas retrocedían ordenadamente mientras otras frescas ocupaban el frente.

Los sanitarios evacuaban heridos hacia retaguardia sin detener el avance.

La maquinaria imperial continuaba funcionando incluso en mitad del infierno.

Marco avanzaba en primera línea respirando pesadamente bajo la lluvia.

Cohorte tras cohorte avanzó empujando al enemigo hacia el barro ensangrentado de las llanuras de Carpatia.

Al caer la tarde, las banderas de los siete reinos yacían hundidas entre cadáveres y lanzas rotas.

Los últimos reyes derrotados fueron llevados ante Aureliano.

Uno de ellos, cubierto de sangre y tierra, escupió a sus pies.

—No eres un rey… eres el final de nuestra libertad.

Aureliano lo observó en silencio.

—No —respondió—. Soy el final de vuestras guerras.

Tres meses después, en la capital de Arcadia, las campanas de las siete ciudades conquistadas repicaron al mismo tiempo.

Ante miles de legionarios formados en perfecto orden, el Senado Imperial, los generales y los nobles supervivientes se arrodillaron.

Entonces el anciano Sumo Pontífice colocó sobre la cabeza de Aureliano la Corona Imperial.

Y proclamó:

—Que los hombres recuerden este día. Desde este momento, Aureliano de Arcadia será conocido como Aureliano Primero, Emperador de Arcadia y Señor de los Siete Reinos Humanos.

Las Legiones de Plata golpearon sus lanzas contra los escudos.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y el estruendo del acero pudo escucharse en toda la capital.

A su alrededor, las crestas rojas de los centuriones sobresalían entre el mar de acero, rodeando al nuevo emperador.

Diez meses desde la coronación de Aureliano.

El nuevo Imperio aún olía a hierro, pergamino y sangre reciente.

En las fortalezas de las fronteras, las Legiones de Plata seguían sofocando pequeñas rebeliones de nobles que se resistían a perder privilegios.

Los caminos imperiales estaban llenos de convoyes militares, recaudadores de impuestos arcadianos y heraldos que proclamaban las nuevas leyes de Arcadia.

Y en el corazón de aquel nuevo mundo… brillaba la capital imperial.

Aurea Arcadaya.

La antigua ciudad de los reyes arcadianos había sido transformada por orden del emperador.

Viejos palacios feudales fueron derribados para levantar foros, cuarteles, termas y enormes avenidas de mármol blanco donde marchaban cohortes enteras de legionarios.

Una extensa red de calzadas imperiales unificarían las ciudades y pueblos de todos los reinos del imperio.

Se habían creado hospitales, escuelas para el pueblo... incluso una universidad.

El pueblo adoraba a Aureliano.

Los nobles… le temían.

Porque el emperador había arrebatado poder a las viejas familias y lo había entregado al ejército y al Senado Imperial.

Esta forma de organización propia del viejo Reino de Arcadia se expandirá con el tiempo por todo el Imperio dándole una cohesión que nunca habían tenido los antiguos reinos humanos.

Por eso, cuando varios de los grandes patricios solicitaron audiencia para ofrecer un presente al nuevo soberano, muchos pensaron que aquello era más política que lealtad.

El gran salón imperial estaba iluminado por cientos de braseros dorados cuando comenzó la ceremonia.

Las águilas de Arcadia colgaban entre inmensos estandartes rojos.

Centuriones de la Guardia Imperial, la guardia personal del emperador, permanecían inmóviles junto a las columnas.

El Primer Centurión Marco Octavio al lado del trono.

Senadores, generales y embajadores observaban desde ambos lados del salón.

En el extremo más alto, sobre el Trono Imperial de mármol blanco y oro dorado, se encontraba un maduro Aureliano de casi cuarenta años.

Silencioso.

Imponente.

Vestía una túnica blanca imperial bajo una coraza ceremonial plateada.

La Corona Imperial descansaba sobre su cabello oscuro, aunque daba la impresión de pesarle más que cualquier armadura.

Aureliano observó cómo las puertas de bronce se abrían lentamente.

El heraldo golpeó el suelo con su bastón.

—¡Los nobles de la Casa Valerius, la Casa Octavius y la Casa Cassian solicitan audiencia ante el divino emperador de Arcadia!

Entraron seis hombres envueltos en capas de terciopelo rojo y púrpura.

Al frente caminaba Lucius Valerius, uno de los senadores más ricos del imperio.

A su lado avanzaban Octavian Cassian y Severus Marcellus, todos con sonrisas cuidadosamente ensayadas.

Se arrodillaron al unísono.

—Ave Rex Imperator —dijeron.

—Levantaos —respondió Aureliano con calma.

Lucius dio un paso adelante.

—Majestad… los viejos linajes de Arcadia desean demostrar su lealtad al hombre que ha unido a los siete reinos bajo un único sol.

Aureliano apoyó un brazo sobre el trono.

—Espero que vuestro regalo sea menos aburrido que los anteriores. Esta mañana me han ofrecido tres caballos, dos coronas y una estatua horrible de mí mismo.

Varias risas suaves recorrieron el salón.

Los nobles sonrieron con cierta tensión.

—Creemos que esto despertará vuestro interés, sire.

Lucius hizo un gesto con la mano.

Entonces las puertas laterales del salón se abrieron.

Y el murmullo recorrió toda la corte.

Dos guardias entraron tirando lentamente de unas finas cadenas de oro.

La criatura que avanzaba entre ellas parecía salida de un sueño antiguo.

Pequeña.

Frágil.

Hermosa de una forma casi irreal.

Su cabello rubio descendía hasta la cintura como hilos de trigo iluminados por el sol del verano.

Sus ojos azules tenían la profundidad melancólica de lagos eternos.

De su espalda nacían delicadas alas irisadas, semejantes a las de una mariposa bañada en luz.

Pero lo que verdaderamente inquietaba era su mirada.

Aquellos ojos no pertenecían a una niña.

Había siglos dentro de ellos.

Las cadenas de oro rodeaban sus muñecas y tobillos con cruel elegancia.

Sus alas presentaban pequeños desgarros, y una de ellas temblaba levemente al caminar.

El salón entero quedó en silencio.

Incluso los veteranos de las legiones parecían incómodos observándola.

Aureliano dejó de apoyarse en el trono.

—¿Qué es esto?

Lucius sonrió orgulloso.

—Una auténtica ninfa, un ser feérico majestad. Capturada en los bosques prohibidos de Ithiriel. Una criatura de las antiguas leyendas.

Los murmullos crecieron inmediatamente.

—Pensaba que los feéricos habían desaparecido…

—Dicen que viven siglos…

—Mirad las alas…

—Por los dioses…

La pequeña mantenía la cabeza baja.

Inmóvil.

Como una estatua rota.

Aureliano descendió lentamente uno de los escalones del trono.

—¿Está herida?

Octavian Cassian respondió rápidamente.

—Se resistió a la captura, sire. Hirió a varios de nuestros hombres. Para traerla ante vos.

La criatura alzó apenas la mirada.

Y durante un instante sus ojos se encontraron con los del emperador.

Aureliano sintió un extraño escalofrío recorrerle la espalda.

No había miedo en ella.

Ni sumisión.

Sólo cansancio.

Un cansancio tan antiguo que parecía imposible.

—¿Habla nuestra lengua? —preguntó el emperador.

—No, majestad —respondió Severus Marcellus—. O quizá simplemente nos desprecia demasiado para hacerlo.

Algunos cortesanos rieron.

—Las criaturas feéricas son casi animales.

—Animales muy bellos…

—He oído que encantan hombres con la voz…

Entonces la pequeña levantó lentamente el rostro.

Las cadenas tintinearon suavemente.

Y habló.

—“Á naitya i aran ar i túrë varyuva i enda…”

Su voz se derramó por el salón como música antigua.

Melodiosa. Hermosa. Profundamente triste.

Toda la corte quedó inmóvil.

Porque aunque nadie comprendió aquellas palabras…

Todos sintieron algo al escucharlas.

Aureliano permaneció varios segundos observando fijamente a la pequeña criatura.

La voz de la ninfa aún parecía flotar entre las columnas del salón como el eco de una canción olvidada.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Incluso los braseros crepitaban con una extraña suavidad, como si el propio palacio escuchara.

El emperador recorrió lentamente con la mirada a los nobles, senadores y eruditos presentes.

—¿Nadie sabe traducirme lo que dice esta niña?

El silencio fue la única respuesta.

Algunos bajaron la mirada.

Otros fingieron interés en cualquier otra cosa.

Hasta que una voz femenina resonó cerca de las escaleras del trono.

—Tal vez pueda ayudaros, majestad.

Las miradas se volvieron inmediatamente.

Descendiendo lentamente entre las columnas apareció una mujer de cabello plateado recogido en complejas trenzas.

Vestía largas túnicas azul oscuro bordadas con símbolos dorados y llevaba un bastón de ébano rematado por una esfera de cristal.

Era Claudia Drusila.

La Gran Maga Imperial.

Consejera del trono.

Custodia de los Archivos Arcanos.

Y, mucho antes de todo aquello…

La tutora del joven Aureliano.

El emperador dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

—Ah… mi buena Claudia. Ya empezaba a pensar que toda mi corte se había vuelto inútil.

Algunas risas nerviosas recorrieron el salón.

La maga inclinó apenas la cabeza.

—No exactamente, majestad. Pero quizás mis invitados sí puedan ayudaros.

Un murmullo de curiosidad recorrió la estancia.

Aureliano alzó una ceja.

—¿Invitados?

—Pensaba presentároslos al final de la recepción… aunque parece que los dioses han decidido adelantar el momento.

Entonces todos repararon en las dos figuras encapuchadas que permanecían tras ella.

La sala quedó en silencio nuevamente.

Los desconocidos avanzaron despacio junto a Valeria.

Y cuando retiraron las capuchas…

El murmullo estalló en todo el salón.

—¿Qué demonios…?

—No puede ser…

—Seres de las Razas Antiguas…

—¡Del bosque de Fanythiel!

—¡Duendes!

Los centuriones de la Guardia Imperial tensaron ligeramente las manos sobre las lanzas.

Marco Octavio se acercó discretamente al trono.

Aureliano observó con enorme interés a los recién llegados.

El primero era un anciano de media estatura y orejas puntiagudas.

Su largo cabello gris estaba cuidadosamente peinado hacia atrás, y una elegante barba blanca descendía hasta el pecho.

Llevaba unas extrañas gafas de madera y cristal sobre la nariz y se apoyaba en un largo bastón de madera coronado por un enorme rubí rojo que parecía contener fuego en su interior.

Sus ojos brillaban con viva inteligencia.

A su lado caminaba una joven Lómiëinci.

Y durante un instante, incluso algunos nobles olvidaron respirar.

Era realmente hermosa.

Tenía grandes ojos verde esmeralda llenos de curiosidad, delicadas orejas puntiagudas, nariz respingona y unos labios suaves curvados en una agradable sonrisa tranquila.

Su largo cabello oscuro caía en ondulaciones sobre una túnica verde bosque adornada con pequeñas flores bordadas a mano.

Pero lo más extraño era la sensación que transmitía.

Había algo luminoso en ella.

Algo sereno.

Como si hubiera nacido lejos del ruido y la crueldad del mundo humano.

Ambos avanzaron hasta el pie del trono junto a Valeria.

Entonces realizaron una elegante reverencia.

La maga habló con calma.

—Majestad, permitidme presentaros al Chamán Mayor de los Lómiëinci del bosque de Fanythiel… mi viejo amigo Aranwë.

El anciano sonrió con amabilidad.

—Es un honor conocer al hombre que ha unido los reinos humanos.

Valeria señaló después a la joven.

—Y esta es su discípula… Eryanelë.

La muchacha inclinó suavemente la cabeza.

—La luz de las estrellas ilumine vuestra casa, emperador.

El murmullo no cesaba.

Fanythiel.

El bosque mágico.

El lugar de las viejas leyendas.

Muchos hombres aseguraban que allí el tiempo se comportaba de forma extraña, que los árboles hablaban en las noches de luna llena y que criaturas imposibles observaban desde la niebla.

Y ahora dos de aquellos seres estaban frente al Trono Imperial de Arcadia.

Aureliano sonrió levemente.

—Sin duda esta recepción acaba de mejorar mucho.

Eryanelë ocultó una pequeña sonrisa divertida.

Se quedó mirando discretamente a Marco Octavio al lado del trono.

Mientras tanto, la ninfa observaba fijamente a los recién llegados.

Por primera vez desde que había entrado al salón… Parecía menos asustada.

Claudia se volvió hacia Aranwë.

—Amigo mío… ¿os importaría traducir las palabras de la pequeña?

El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Será un placer.

Entonces avanzó lentamente hacia la ninfa encadenada.

La pequeña lo observó con desconfianza primero… y luego con una mezcla de sorpresa y alivio.

Aranwë habló con voz suave en un quenya antiguo y melodioso, mucho más refinado que cualquier lengua humana presente en el salón.

—“Manen ná esselya, ninquë lasselanta?”

La ninfa abrió lentamente los ojos.

Alguien entendía.

Alguien por fin entendía.

Sus alas temblaron apenas.

Aranwë sonrió con dulzura.

—“Á quetë nínna. Lá umë ohta.”

(Habladme. No sois enemiga.)

La pequeña bajó la mirada un instante.

Y después repitió lentamente aquellas palabras que habían dejado helada a la corte.

—“Á naitya i aran ar i túrë varyuva i enda…”

El anciano guardó silencio unos segundos.

Entonces alzó la vista hacia Aureliano.

Y tradujo.

—“Aún hay bondad en el corazón del rey… y ese poder decidirá el final.”

Aranwë permaneció junto a la pequeña ninfa mientras el silencio dominaba el gran salón imperial.

Lyriel.

Así se llamaba.

La criatura mantenía la mirada baja, abrazándose débilmente a sí misma mientras las cadenas de oro tintineaban alrededor de sus muñecas.

El viejo chamán la observó con infinita paciencia.

—“Lá seaca, sellanya…”

(No tengáis miedo, pequeña.)

La ninfa respiró temblorosamente.

Y comenzó a hablar.

Su voz era suave.

Hermosa.

Pero había tanto dolor en ella que incluso los legionarios parecían incómodos escuchándola.

Lyriel habló lentamente en quenya antiguo mientras Aranwë traducía para la corte imperial.

—“Lótar lindar firuvantë…”

(Nuestros cantores están muriendo…)

El anciano alzó la vista hacia Aureliano.

—Dice que su pueblo está desapareciendo, majestad.

La ninfa continuó.

Y con cada palabra, el salón parecía volverse más frío.

—“Firimar núra i coivië…”

(Los cazan como animales…)

Aranwë apretó la mandíbula antes de traducir.

—Los hombres las capturan por su belleza… por su voz… por la magia que corre en su sangre.

Un murmullo incómodo recorrió a los nobles.

Lyriel siguió hablando.

Ahora sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—“Nárë ortanë mi i taurë…”

(El fuego se alzó en los bosques…)

La pequeña cerró los ojos.

Y por un instante pareció revivirlo todo.

El humo. Los gritos. Las llamas.

Aranwë habló con voz más grave.

—Quemaron sus hogares.

La ninfa tembló.

—“I nossë nín autaina…”

(Mi familia fue destruida…)

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

Eryanelë bajó lentamente la mirada, afectada.

Incluso Claudia Drusila parecía horrorizada.

Pero Lyriel aún no había terminado.

Con voz quebrada continuó hablando mientras el anciano traducía.

—Las más jóvenes eran vendidas en mercados secretos de las ciudades humanas… —Algunas eran encerradas en jaulas doradas para cantar en las cortes… —Otras… eran compradas por nobles que deseaban poseer “criaturas eternamente hermosas” para satisfacer sus sucios deseos.

La tensión se volvió insoportable.

Varios senadores apartaron la vista avergonzados.

Uno de los nobles que había participado en la captura comenzó a sudar.

Lyriel levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas antiguas.

—“Máriesse caitalmë un racinë osto…”

(Vivimos escondidos bajo ruinas rotas…)

Aranwë tragó saliva antes de traducir.

—Dice que apenas quedan unas pocas familias dispersas… escondidas en las sombras del mundo.

La pequeña bajó la mirada otra vez.

—“Lá umir merë cenë me…”

(Los hombres ya no quieren vernos vivir…)

La última frase cayó sobre el salón como una maldición.

Silencio.

Absoluto.

La voz de Lyriel había sido suave como un arroyo de montaña…

Pero cada palabra se había clavado como un cuchillo en el corazón del emperador.

Aureliano permaneció inmóvil unos segundos.

Demasiados.

Luego bajó lentamente del Trono Imperial.

Y el ambiente entero cambió.

Porque los presentes recordaron de pronto quién era aquel hombre.

No sólo el emperador.

No sólo el conquistador.

Sino el León Fundador.

El hombre que había aplastado seis reinos.

La furia comenzó a endurecer sus facciones.

Descendió los escalones del trono muy despacio.

Una vez.

Otra.

Hasta quedar frente a los nobles responsables del “regalo”.

Lucius Valerius intentó hablar.

—Majestad… nosotros ignorábamos…

—Silencio.

La palabra cayó como un golpe de martillo.

El senador quedó mudo inmediatamente.

Aureliano observó las cadenas doradas de Lyriel.

Luego las heridas de sus alas.

Después volvió la mirada hacia los nobles.

Y su voz rugió por todo el salón.

—¿Qué ultraje es este?

Nadie respiraba.

—¡¿Creéis que he unificado los reinos humanos para convertirme en un mercader de esclavos?!

Lucius cayó de rodillas.

—¡Majestad, pretendíamos honraros!

—¡Honrarme! —tronó Aureliano—. ¿Trayendo una niña encadenada ante mi trono?

El emperador arrancó las cadenas de oro de las manos del noble y la lanzó al suelo con desprecio.

—¡No soy un rey decadente de las viejas cortes! ¡Soy el Emperador de Arcadia!

Su voz resonó entre las columnas como un trueno de guerra.

Los nobles temblaban.

Incluso los centuriones permanecían rígidos.

Aureliano señaló directamente a Lucius Valerius, Octavian Cassian y Severus Marcellus.

—Desde este momento quedáis expulsados de la Corte Imperial.

Los tres palidecieron.

—¡Majestad, por favor…!

—Vuestras propiedades serán confiscadas. Vuestros títulos suspendidos. Y todos los hombres involucrados en la caza de criaturas feéricas serán arrestados e interrogados por la Guardia Imperial.

El salón entero quedó helado.

Nadie esperaba semejante sentencia.

Aureliano dio un último paso hacia ellos.

Y habló con una calma aún más aterradora que la ira.

—Ningún linaje está por encima de la justicia imperial.

Los nobles fueron arrastrados fuera del salón entre súplicas desesperadas.

Y mientras las puertas de bronce se cerraban…

Lyriel comenzó a llorar en silencio.

No de miedo.

Sino porque, por primera vez en siglos…

Un humano había escuchado el dolor de su pueblo.

Las enormes puertas de bronce acababan de cerrarse tras los nobles desterrados cuando el gran salón imperial quedó sumido en un silencio casi sagrado.

Nadie se atrevía a hablar.

Las últimas palabras de Aureliano aún parecían resonar entre las columnas de mármol y los estandartes escarlata del Imperio.

Lyriel permanecía inmóvil.

Las lágrimas seguían descendiendo lentamente por sus mejillas mientras sus pequeñas alas temblaban débilmente.

Entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes olvidaría jamás.

Aureliano descendió lentamente los últimos escalones del Trono Imperial.

Y ante la mirada atónita de generales, senadores, centuriones y nobles…

El Emperador de Arcadia se arrodilló ante la ninfa.



Un murmullo ahogado recorrió la sala.

Claudia abrió levemente los ojos, orgullosa de su pupilo.

Eryanelë se llevó una mano al pecho sorprendida.

El centurión Marco Octavio sonrió levemente bajo su casco, nada de lo que hacía su señor le sorprendía ya.

Incluso Aranwë quedó inmóvil.

El León Fundador.

El conquistador de los seis reinos.

El hombre ante quien todos se inclinaban…

Arrodillado frente a una pequeña criatura encadenada.

Aureliano tomó lentamente las temblorosas manos de Lyriel entre las suyas.

Las cadenas doradas tintinearon suavemente.

El emperador observó las heridas de sus muñecas.

Y después, con infinita delicadeza…

Besó una de sus manos.

La ninfa abrió enormemente los ojos.

Nadie respiraba.

Aureliano habló con voz baja.

Humana.

Profundamente cansada.

—Perdóname.

Lyriel tembló.

El emperador inclinó apenas la cabeza.

—Perdón por no saber. Perdón por tolerarlo. Perdón por no haber actuado antes.

Sus palabras pesaban más que cualquier decreto.

Porque no hablaba un rey orgulloso.

Hablaba un hombre que acababa de descubrir el horror escondido bajo su propio imperio.

Aureliano levantó lentamente la mirada hacia ella.

—Mientras yo viva… nadie volverá a encadenarte.

Lyriel comenzó a llorar con más fuerza.

No entendía del todo la lengua humana… pero sí comprendía la verdad que había en aquella voz.

Entonces Aureliano se puso en pie.

Y toda la sala sintió el cambio.

La duda había desaparecido.

Ahora había decisión.

El emperador giró lentamente hacia la Corte Imperial.

Su capa carmesí cayó pesadamente tras él mientras la Corona Imperial brillaba bajo la luz de los braseros.

—Escuchadme todos.

El salón entero quedó inmóvil.

—Desde este día… las ninfas son libres.

Nadie osó interrumpirlo.

—Quien ose volver a perseguirlas, esclavizarlas o comerciar con ellas… será considerado enemigo del Imperio de Arcadia.

Los senadores palidecieron.

Los centuriones golpearon el suelo con las lanzas, satisfechos.

Aureliano continuó:

—Bajo mi manto y bajo mi espada estarán protegidas. Sus bosques serán declarados santuarios imperiales inviolables. Y las Legiones de Plata castigarán a cualquiera que desafíe este decreto.

El silencio posterior fue absoluto.

Pesado.

Histórico.

Muchos comprendieron en aquel instante que acababan de presenciar el nacimiento de una nueva era.

Lyriel observaba al emperador incapaz de contener las lágrimas.

Luego, lentamente…

La pequeña ninfa cayó de rodillas ante él.

Sus alas irisadas se abrieron apenas.

Y comenzó a cantar.

La primera nota atravesó el salón como un suspiro de luna sobre agua.

Varios presentes sintieron inmediatamente un escalofrío recorrerles el cuerpo.

Aquello no parecía una canción mortal.

Parecía magia convertida en música.

La voz de Lyriel era pura. Antigua. Dolorosamente hermosa.

Cantó en la lengua olvidada de las criaturas feéricas mientras lágrimas silenciosas caían por el rostro de muchos presentes.

—“Elen sila lúmenn’ omentielvo…”

(Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro…)

—“Aran cála mi undómë…”

(Un rey trae luz en la oscuridad…)

—“Lindëa ná i cuilë rávëa…”

(La canción es la vida que regresa…)

—“Lá firuvammë un mornië…”

(No moriremos bajo la sombra…)

—“Nai firuvantë i lassi ar i rávi…”

(Que protejan las hojas y las criaturas vivientes…)

—“Nai Ambar hlaruva i nyérë ve lindë…”

(Que el mundo escuche el llanto convertido en canción…)

Su voz se elevó entonces como viento entre árboles antiguos.

Y muchos lloraron.

Generales endurecidos por décadas de guerra bajaron la cabeza incapaces de soportar aquella belleza.

Damas altivas ocultaron lágrimas tras abanicos de seda.

Viejos senadores de rostro pétreo cerraron los ojos emocionados.

Incluso algunos legionarios tenían las mejillas húmedas.

Y allí…

De pie frente a la pequeña ninfa…

Aureliano, el León Fundador, dejó finalmente que una lágrima descendiera lentamente por su rostro.

Por eso aún se dice en Arcadia:

“El León no solo ruge por la guerra… sino también por la justicia.”

Desde aquel día, Lyriel fue libre.

Las cadenas de oro desaparecieron para siempre de sus muñecas, y el decreto de Aureliano se extendió por todos los rincones del Imperio como un trueno imposible de ignorar.

Muchos nobles protestaron en secreto.

Algunos comerciantes desaparecieron misteriosamente tras ser visitados por la Guardia Imperial.

Y más de un cazador de criaturas feéricas terminó encadenado en las mazmorras imperiales.

Pero el emperador jamás retrocedió.

La palabra de Aureliano era ley.

Y las Legiones de Plata hicieron cumplir aquella ley con la misma disciplina con la que habían conquistado los seis reinos.

Fue Aranwë quien aconsejó a Lyriel abandonar las ciudades humanas.

—Los humanos aún tienen miedo de aquello que no comprenden —le dijo el viejo chamán junto a los jardines del palacio—. Pero existe un lugar donde podréis sanar.

Eryanelë sonrió dulcemente.

—Fanythiel os gustará. Allí los árboles escuchan antes de juzgar.

La ninfa observó a ambos en silencio.

Y por primera vez desde su llegada a Arcadia… sonrió de verdad.

Días después partieron hacia el bosque mágico.

El propio emperador ordenó que una centuria completa de la Guardia Imperial escoltara a Lyriel hasta la frontera.

Cien legionarios de armaduras plateadas avanzaron junto a ella durante el viaje, protegiendo los caminos imperiales mientras las águilas doradas de Arcadia ondeaban bajo el viento.

Muchos campesinos observaban asombrados desde los caminos.

Porque en medio de aquellos endurecidos soldados caminaba una pequeña criatura de alas irisadas, acompañada por dos duendes, que contemplaba el mundo como si lo estuviera viendo renacer.

Al llegar a la frontera de Fanythiel, los legionarios se detuvieron.

Ningún humano armado cruzaba el bosque mágico sin invitación.

El Primer Centurión Marco Octavio al mando de la centuria golpeó el pecho con el puño en señal de respeto.

—Por orden del emperador Aureliano Primero, quedáis bajo la protección eterna del Imperio de Arcadia.

Lyriel inclinó suavemente la cabeza.

Nadie se dio cuenta de que Eryanelë observaba discretamente al centurión Marco Octavio, un veterano apuesto que transmitía calma, fuerza y una serena honorabilidad en cada gesto y en su forma de hablar.

Eryanelë echó una última mirada curiosa al centurión antes de desaparecer junto a la ninfa y su abuelo entre los senderos de Fanythiel.

En el corazón de Fanythiel, cerca de un lago cristalino cubierto de nenúfares plateados y rodeado de sauces antiguos, la ninfa encontró finalmente un hogar.

Allí vive todavía.

Porque las ninfas son más longevas incluso que los elfos.

Aranwë y Eryanelë la visitaban con frecuencia.

Con el paso de los años nació entre ellos una amistad profunda y sincera.

El viejo chamán le llevaba extraños libros humanos y dulces de miel silvestre.

Eryanelë pasaba horas escuchando las antiguas canciones de las ninfas mientras ambas nadaban en las aguas del lago bajo la luz de las lunas.

Y los viajeros aseguran que, durante las noches de luna llena, aún puede escucharse la voz de Lyriel cantando entre las ramas de Fanythiel.

Una melodía triste.

Hermosa.

Llena de añoranza.

Una canción que espera el regreso de un pueblo perdido.

Aquel gesto de Aureliano cambió mucho más que el destino de una sola ninfa.

Marcó el inicio de una nueva era.

Por primera vez en siglos, los pueblos feéricos comenzaron a mirar al Imperio de Arcadia con algo distinto al miedo.

Los clanes Lómiëinci observaron atentamente la justicia imperial.

Y lo que vieron les sorprendió.

Aureliano no era como los antiguos reyes humanos.

Escuchaba.

Aprendía.

Y cumplía su palabra.

Por ello, cuando Aranwë visitaba la capital imperial para reunirse con su vieja amiga Claudia Drusila, siempre era recibido personalmente por el emperador.

Aureliano disfrutaba enormemente de aquellas conversaciones.

Durante horas, el emperador, la maga y el anciano chamán debatían sobre política, magia, historia y los misterios del mundo antiguo junto al fuego de los salones privados del palacio.

A veces discutían.

A veces reían.

Y otras simplemente compartían vino y silencio mientras observaban las luces de Aurea Arcadaya desde los balcones imperiales.

Fue durante una de aquellas visitas cuando ocurrió una pequeña anécdota que años después sería muy recordada en la corte y por sus protagonistas.

Mientras Aranwë conversaba con Claudia y el emperador, Eryanelë decidió pasear sola por los jardines imperiales.

Y eran realmente impresionantes.

Senderos de mármol blanco.

Fuentes adornadas con estatuas antiguas.

Rosales de diferentes colores traídos de los siete reinos.

Árboles dorados importados del sur.

La joven Lómiëinci caminaba maravillada observándolo todo cuando escuchó un golpe seco entre unos arbustos.

Clac.

Clac.

Clac.

Se acercó curiosa.

Y entonces vio a una niña.

Tendría unos trece o catorce años.

Cabello negro largo y brillante.

Bonita naricilla.

Labios carnosos.

Grandes ojos azules llenos de vida.

Vestía una sencilla túnica blanca ceñida con un cordón dorado, que dejaba ver unas largas piernas y unas simples sandalias.

Y estaba luchando ferozmente contra enemigos imaginarios con una espada de madera.

Eryanelë sonrió divertida.

Aunque había algo extraño…

La niña se movía demasiado bien.

Aquello no parecía un simple juego infantil.

Los pasos.

Los giros.

La colocación de la guardia.

Era auténtica esgrima.

Muy buena, además.

La pequeña giró rápidamente al notar presencia ajena y apuntó a Eryanelë con la espada de madera.

—¡Alto ahí!

Eryanelë abrió mucho los ojos divertida.

—Oh no… me habéis descubierto.

La niña entrecerró los ojos sospechosamente.

—¿Sois una espía?

—Terrible espía. Me distraigo mirando flores.

La pequeña soltó una risita.

Después bajó la espada.

—Nunca había visto una duende de verdad.

Eryanelë se acercó sonriendo.

—Nosotros decimos Lómiëinci.

La niña ladeó la cabeza mirando fascinada sus orejas puntiagudas.

—¿Puedo tocarlas?

—¿Así saludáis los humanos?

—Sólo cuando tengo mucha curiosidad.

Eryanelë terminó riendo.

—Está bien.

La pequeña tocó una de las orejas con absoluto asombro.

—¡Son suaves!

—Gracias… supongo.

La niña comenzó entonces a hacer preguntas sin detenerse.

Sobre Fanythiel.

Sobre los espíritus.

Sobre si los duendes dormían en árboles.

Sobre si podían hablar con animales.

Y Eryanelë respondió divertida mientras ambas caminaban entre las flores.

Al poco rato terminaron jugando juntas por los jardines imperiales.

Persiguiéndose entre rosales.

Saltando pequeños estanques.

Luchando con ramas como si fueran espadas.

Eryanelë incluso le enseñó algunos movimientos rápidos con una rama que dejaron maravillada a la niña.

—¡Eso ha sido increíble! —exclamó ella.

—Soy muy buena con el bastón lómiëinci. Me enseña mi abuelo. Vos tampoco lucháis nada mal para ser una humana pequeña.

La niña sonrió orgullosa.

—Mi padre dice que una espada debe convertirse en parte del brazo.

—Vuestro padre parece sabio.

—Lo es.

Eryanelë sonrió mientras se sentaban agotadas junto a una fuente.

—Por cierto… aún no me habéis dicho vuestro nombre.

La niña la miró con ojos brillantes.

—Valeria.

Eryanelë asintió.

—Es bonito, yo soy Eryanelë.

La pequeña sonrió traviesamente.

Lo que no llegó a decirle a su nueva amiga…

Fue que su nombre completo era Valeria de Arcadia.

Hija primogénita del emperador Aureliano.

Y futura heredera del Imperio.

Trovador Nocturno.