Prólogo
Un suspiro en la noche, envuelto en matices metálicos y azufre, impregnaba el puente de mando. Los tableros de última tecnología emitían cánticos intermitentes, alertas inútiles de lo que acababa de ocurrir. El sistema de control integrado de la zona central tenía las pantallas destruidas; en la tercera del lado derecho yacía el culpable, con lo que quedaba de su cabeza incrustada en el monitor destrozado. Su cadáver aún sufría espasmos por las descargas eléctricas, haciendo que sus dedos jalaran un gatillo ya vacío.
El radar y los sistemas de orientación llevaban horas muertos. Daba igual, pues en todo el trayecto a ciegas no los habían necesitado; solo un par de embarcaciones habían divisado a este coloso partiendo el Pacífico en dos.
La habitación, convertida en un escenario donde marinos curtidos y mercenarios consumidos se exterminaron en un duelo bruto y sin cuartel, estaba cegada por la neblina residual. El ambiente conservaba el olor picante de la pólvora descargada donde nunca debió serlo. El aire era tan denso que la irritación quemaba los ojos y las vías respiratorias incluso fuera del puente.
Al igual que Caronte, la embarcación portaba muerte. Abajo, los pasajeros festejaban en el crucero, esperando llegar a buen puerto, ajenos a que el capitán y los oficiales se habían convertido en un manchón de sangre. Ellos no eran culpables de la matanza que inició en la sala de máquinas y se extendió, silenciosa y brutal, desde las entrañas de este titán que avanzaba a gran velocidad como una promesa hacia Japón.
Me dolían los ojos, pesados e hinchados por la tanda de golpes que nos habíamos dado. Debía haber caído yo, o tal vez él. No era una competencia para ver quién caía primero, sino para hacer que el perdedor dejara de existir. Para mi suerte, él era el que estaba quieto, derramando un hilo de sangre espesa desde la nariz.
—...
Un suspiro lleno de desagrado escapó de mis labios partidos. A diferencia de ellos, yo no estaba en este negocio. Ni siquiera habían abordado el barco por mí, pero me incluyeron a la fuerza cuando ambos bandos asumieron que era el enemigo.
Pero ahora daba igual. De la coalición de estados de ambos equipos no quedaba nadie. Daba asco verlos ahí tirados: los parches de la Unión del Norte y las insignias del bloque del Sur, hombres que se degollaban en el continente y que aquí habían sido obligados a compartir frecuencia de radio. Un trabajo en conjunto, un pacto hipócrita firmado bajo la mesa solo porque el cargamento del barco los aterraba por igual. De una nación que fue grande alguna vez, ahora solo habían sombras que se cazaban entre si. Pues los miles miembros de la CIA y FBI se habían vuelto una pústulas palpitante tras los crímenes que habían provocado a lo largo de los años. Era por eso que para librarse de la presión extranjera, se enviaron fuerzas para exterminarlos a todos no quedaba nadie. Tampoco de los que manipulaban el barco desde las sombras para resguardar su cargamento. Estaba solo.Traté de levantarme, pero el cuerpo no me respondía. Estaba físicamente acabado; mis pensamientos eran lo único que funcionaba a toda revolución. Solo podía arrastrarme por el suelo. Los dos impactos de escopeta no habían logrado atravesar el chaleco antibalas, pero las secuelas eran brutales: sentía el pecho hundido y cada bocanada de aire era puro dolor.
En medio de mi aturdimiento, tardé en notar que las radios de los caídos escupían frecuencias alternas. Voces en inglés, japonés y otros idiomas se cruzaban en el aire de forma caótica, esperando que alguien vivo en el barco les respondiera.
Me arrastré hacia uno de los cuerpos. No sabía si era tripulación real o un impostor, en su estado ya daba igual. Su radio chirriaba, incrustada directamente en la cuenca de su ojo destrozado; una transmisión agónica que advertía de la crisis en todos los idiomas posibles.
—¿Hola? ¿Hola?
Dijo en español, para dejar en claro que un extranjero fuera de su área demográfica acababa de irrumpir en la línea.
Las voces se silenciaron de golpe. Hubo un murmullo sordo de fondo, como si evitaran a toda costa comunicarse abiertamente ahora que mis palabras habían actuado como un disruptor en su maldita armonía.
—¿Quién?
Resonó una pregunta breve, distorsionada por la interferencia del aparato dañado.
—Lukyan.
Respondió aquel hombre entre dolores, tras un breve titubeo, sin saber si revelar mi nombre era lo más sensato.
Su mano logró apoyarse con fuerza y logré erguirme un poco. Al otro lado de la línea soltaron un insulto antes de cortar la comunicación. Apoyé el peso de mi cuerpo herido sobre una de las consolas, que emitía chasquidos agónicos y chisporroteaba entre la mezcla de sangre, fluidos y circuitos de avanzada tecnología.
—¿Quién eres?
Insistió con desconfianza. El silencio se extendió, pero la espera no me resultó eterna porque el mundo exterior reclamó mi atención.
La embarcación emergía a toda velocidad de la penumbra por sus luces exteriores que oscilaban. A través de los cristales rotos, el paisaje se reducía al reflejo vivo de las luces sobre los cascos de los infantes caídos y al susurro rítmico del oleaje contra el acero. Al frente, la negrura del océano cedía ante un destello dorado en el horizonte. El puerto más tecnológico de Japón despertaba ante nosotros.
A medida que el crucero se deslizaba con una inercia aterradora hacia la bahía, la silueta del puente levadizo Tritón se recortó en la distancia como un gigante iluminado. Las pantallas de navegación parpadeaban moribundas, advirtiendo de un choque inminente a una tripulación que ya estaba muerta. El crucero avanzaba como un ariete indomable a través del tráfico de mercantes y remolcadores. La costa se transformó en una constelación masiva de grúas pórtico y torres de luz que duplicaban su brillo sobre el agua negra. Dejar atrás la solemnidad del mar abierto para entrar en este coloso de hierro y electricidad era como ver una ciudad flotante navegar directo al corazón industrial de Japón.
El silencio fue abrupto antes de la calamidad, todos percibían el horror que ocurriría mientras aún estaban evacuando el muelle.
El silencio que precedió al desastre se redujo a un acto biológico miserable que causó el roce seco y dificultoso de mi garganta tratando de tragar saliva. Mis cuerdas vocales, quemadas por la pólvora, emitieron un pequeño chasquido interno. Fue lo último real antes de que el oleaje lejano, el pulso final del mar abierto, fuera devorado por el luto del océano.
En ese instante, todo el puente de mando se volvió negro.
Un chirrido agudo, insoportable y prolongado, como el chillido de un cerdo prehistórico tragado por la negrura que devoró cualquier rastro de la noche. El sonido inicial no fue una explosión; fue el gemido de la resistencia física doblándose ante el abuso. Las primeras estructuras del puerto cedieron cuando la proa del coloso comenzó a arrastrar el hormigón y a derribar las grúas pórtico. Sonó como una avalancha de metal y piedra que desgarraba las cubiertas inferiores del barco, un trueno continuo que abría el acero como si fuera papel, decorado por el tintineo caótico de miles de cristales templados estallando en perfecta sincronía.
Entonces, la masa colosal del gigante de hierro se frenó en seco.
El impacto subterráneo desató una onda acústica de baja frecuencia, un retumbo cavernoso que reverberó en las entrañas de la bahía y se clavó directo en mi pecho hundido. Ese golpe de gravedad se coronó con el estallido violento de los generadores terrestres, el colapso en cascada del tendido eléctrico y la combustión súbita de los químicos que reaccionaron ante la fricción destructiva. La violencia acústica dejó en claro que esto no terminaría con el gigante muerto en tierra. El eco de los tanques rompiéndose y los muelles partiéndose apenas comenzaba; la verdadera carnicería en tierra firme no había hecho más que empezar.