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JIMIN
El murmullo del Aeropuerto Internacional de Incheon se filtraba en mis sienes insistentemente. El siseo de las ruedas de las maletas sobre el granito, los anuncios impersonales que dictaban salidas hacia destinos que no eran el mío, y el llanto amortiguado de algún niño en la distancia componían una masa de ruido blanco. Debajo de todo eso, sin embargo, lo único que yo experimentaba era un silencio denso y punzante. Un vacío que pesaba.
Tenía el billete de ida a Seúl arrugado entre los dedos, el papel deslucido de tanto doblarlo y desdoblarlo dentro del bolsillo de mi abrigo. Ese trozo de cartulina era mi última línea de retirada.
Me llamo Park Jimin, tengo veintiocho años y mi biografía se resume en una secuencia metódica de huidas. Primero escapé del dogma asfixiante de mis padres, después, de los restos de mí mismo. Cuando Hobi abandonó el hogar familiar, yo no era más que un adolescente expuesto a discusiones que agrietaban las paredes de la casa. Me prometí resistir el invierno, pero en cuanto tuve la mayoría de edad empaqué una sola mochila y corté los lazos.
Sobreviví casi una década en un piso con humedades sobre una cafetería del puerto de Busan, encadenando turnos de madrugada que apenas cubrían el arroz y los créditos de la facultad de Económicas. Ya tenía el título, pero esa rutina era solo resistencia. Una propiedad estrictamente mía. Pero había madrugadas en las que el frío del puerto se volvía demasiado grueso, y en esas horas muertas mi mente regresaba a Hobi. A la memoria de sus brazos protegiéndome del ruido, y a la certeza de que él era el único territorio seguro que me quedaba.
Por eso terminé marcando su número una noche de lluvia. Su respuesta no tuvo matices “Ven a Seúl, Jimin. Quédate conmigo. Te estoy esperando”.
Y allí estaba yo, cruzando la última zona de control de seguridad, sintiendo el pulso golpear contra mis costillas como un motor. Lo vi de inmediato. Hobi permanecía junto a la barandilla de acero, ofreciéndome esa sonrisa intacta que los años de distancia no habían logrado desgastar. Me adelanté y nos fundimos en un abrazo que tuvo la fuerza de una soldadura, uniendo los pedazos que Seúl y Busan habían dejado sueltos.
—Jimin... mírate —murmuró, apartándome apenas para sujetarme por los hombros con manos firmes—. Estás más delgado, pero has crecido.
—Tú sigues teniendo la misma cara de no haber dormido en tres días —conseguí bromear, tragándome el nudo que me obstruía la garganta.
Fue en ese instante cuando la periferia de mi campo visual se tensó. A unos metros de mi hermano, tres figuras recortaban la iluminación fluorescente del vestíbulo. Un tipo alto que sonreía con una ligereza casi teatral, otro de facciones pulidas y expresión analítica... y luego estaba él.
Un hombre de cabello rigurosamente oscuro, complexión pesada y hombros anchos bajo una cazadora de cuero que parecía blindarlo del entorno. Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, estático, adoptando una postura de indiferencia soberana que, sin embargo, controlaba cada ángulo de la salida. No me miraba con la curiosidad ordinaria de los desconocidos, sus pupilas eran dos líneas fijas que me recorrían la línea de la mandíbula y el cuello con una precisión que me erizó el vello de los brazos.
—Este es mi hermano menor, Park Jimin —anunció Hobi, volviéndose hacia ellos con orgullo casi infantil.
Los dos primeros se presentaron entre risas de cortesía y comentarios sobre el tráfico de la capital. Namjoon hizo un par de bromas sobre el parecido familiar y Seokjin soltó una carcajada limpia que destensó el aire, pero mi sistema nervioso seguía atrapado en la fijeza de los ojos oscuros e intensos del tercer hombre.
—Jungkook —concluyó finalmente. Su voz era un registro grave, que pareció bajar la temperatura del pasillo.
No hizo el ademán de ofrecer la mano. Se limitó a inclinar la cabeza de manera imperceptible, sosteniéndome el contacto visual con una autoridad natural que no pedía permiso.
—Un gusto —respondí, apretando los dientes para evitar que el tono me traicionara. Antes de dar la vuelta hacia el estacionamiento, creí detectar el amago de una línea curva en la comisura de sus labios. No fue un gesto hospitalario, era la mueca que te advierte que has cruzado una frontera sin el pasaporte en regla.
La medianoche de Seúl vibraba con hostilidad eléctrica, se filtraba por las ventanillas del coche mientras nos aproximábamos al distrito de los clubes, apenas unas horas después de haber dejado mi equipaje en el piso de Hobi. La ciudad se desplegaba ante mí, era un engranaje de pantallas gigantes y pasos elevados que me hacían sentir ridículamente pequeño, y casi expuesto.
—Tranquilo, Jimin, la primera noche en la capital es solo para aclimatar el cuerpo —dijo Hobi desde el asiento delantero, ajustándose la cazadora con un optimismo que a mí me resultaba lejano—. Nada de pensar en el futuro ni en los ahorros.
Asentí con la cabeza, aunque el estómago se me había cerrado desde que cruzamos el puente Mapo. No poseía la preparación personal para estos entornos. El volumen de los bajos que ya se intuían desde la avenida, la densidad de la masa humana en las aceras de Itaewon y los vapores de alcohol destilado me producían un rechazo instintivo. Llevaba años viviendo recluido entre las paredes mudas de la biblioteca de Busan y la barra de una cafetería. En mitad de la música, mi mente insistía en devolverme las advertencias de Wonho, mi único compañero desde pequeño y que estuvo en los años duros del puerto: “No cedas terreno de entrada, Jimin. La gente de Seúl compra las voluntades antes de que te des cuenta de que las has vendido. Cuida tus márgenes”.
Entramos al club y el impacto del sonido fue físico, un golpe de graves que me retumbó en las costillas. Hobi y Seokjin se abrieron paso hacia la zona reservada con la soltura de quienes conocen con soltura el local, mientras Namjoon caminaba a mi lado, soltando comentarios dispersos para intentar fijar mi atención. Yo avanzaba con los dedos rígidos, limitándome a procesar las luces estroboscópicas. Y entonces lo registré al fondo.
Jungkook ya estaba allí, de pie junto a la esquina de la barra principal tras haber gestionado el acceso del vehículo.
No participaba del ambiente, permanecía estático, con la espalda apoyada en una columna de hormigón y los ojos fijos en el flujo de la entrada. Su mirada me cruzó el pecho con la frialdad de un examen de aduanas. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Ocurrió de inmediato, en mitad de la transición de luces. Un cliente del local, visiblemente alterado por el consumo de alcohol, se desvió de su trayectoria hacia la barra y mi cadera recibió una presión invasiva. Su mano se apoyó ahí, empujándome hacia el reservado de forma descarada. El pulso se me aceleró por el asco, iba a dar un paso atrás para escaparme, pero antes de que pudiera estructurar el movimiento, una sombra anuló el espacio entre el sujeto y yo.
—¿Hay alguna dificultad aquí? —La voz fue un murmullo bajo, desprovisto de inflexión, pero con un peso denso que cortó el aire de inmediato.
Jungkook se había colocado a mi costado. Su rostro era una máscara de neutralidad corporativa, pero sus ojos estaban en las manos del desconocido con una fijeza que anticipaba violencia. El tipo retiró los dedos de mi ropa por puro instinto, dando un paso atrás al registrar el volumen de los hombros de Jungkook antes de perderse en la multitud.
Jungkook ni siquiera lo vio marcharse. Se inclinó levemente hacia mi posición, reduciendo la distancia hasta que su perfil cortó mi luz y su aliento rozó mi oreja. No hubo contacto físico deliberado, pero su presencia funcionó como un perímetro de exclusión. El mensaje era de una claridad absoluta, nadie operaría sobre mí mientras estuviera dentro de su radio de cobertura.
—Gracias... alcancé a decir, con el aire retenido en la garganta.
—No tienes por qué —respondió Jungkook. Su tono grave me rozó el lateral del cuello, un contacto de aire caliente que me produjo una vibración incómoda en la base de la nuca.
Quise recuperar mi distancia de seguridad, pero sus ojos me mantuvieron anclado al suelo de la barra. Durante el resto de la noche, me retiré a uno de los sillones del fondo con una copa de vino que apenas probé. La intensidad de su escrutinio no era normal, no buscaba el cortejo habitual, buscaba la medición. Al final de la sesión, Jungkook volvió a recortar el espacio frente a mi mesa. No pidió permiso para sentarse en el ángulo opuesto del reservado, se instaló allí por decreto, obligándome a sostenerle la mirada una vez más en la penumbra.
JUNGKOOK
No tengo tolerancia hacia los imprevistos. Las variables no controladas alteran el rendimiento de cualquier operación, y por lo general mi pulso se altera ante los cambios de agenda. Pero cuando Hoseok mencionó que debíamos desviarnos hacia Incheon para recoger a su hermano porque su coche estaba en el taller de mantenimiento, no calculé que el viaje de vuelta incluiría una anomalía como él.
Lo vi avanzar por el pasillo de la terminal arrastrando dos maletas demasiado voluminosas para su tamaño. Había una fragilidad evidente en la curva de sus hombros, una delicadeza de línea que contrastaba con la rigidez de su columna. Caminaba recto, con firmeza impostada que delataba un orgullo excesivo para alguien que venía de escapar de Busan. Una contradicción biológica muy interesante.
Cuando se refugió en los brazos de Hoseok, cerrando los ojos como si el resto de la terminal hubiera desaparecido, experimenté un rechazo inmediato, una especie de fricción ácida debajo del esternón. Me incomodó la gratuidad de ese afecto, la entrega absoluta y desarmada que le mostraba a su hermano. Permanecí al margen mientras Namjoon y Seokjin consumían el tiempo con la verborrea habitual sobre los retrasos por embotellamientos. Yo solo registraba los datos físicos de Jimin. La palidez de sus muñecas, la forma en que el suéter le quedaba grande, el movimiento defensivo de sus ojos al escanearnos. Cuando se vio obligado a responder a mi nombre, forzando un “un gusto” que casi se le quiebra en los labios, supe que el terreno estaba listo. Mantuve las manos dentro de los bolsillos de la cazadora; quería obligarlo a sostener el peso de mi presencia sin el amortiguador de un saludo formal.
Durante el trayecto de regreso, me dediqué a medirlo a través del espejo retrovisor. Él fingía una concentración absoluta en el despliegue de neones de la autopista urbana de Seúl, pero cada tres o cuatro minutos sus pupilas subían de reflejo, buscándome en el cristal para comprobar si seguía bajo mi supervisión. En cuanto mi mirada lo atrapaba en el espejo, huía hacia la ventanilla con el pulso alterado visible en la carótida. Bajo el tejido de luces de mercurio y las avenidas infinitas de Mapo, Seúl nos daba la bienvenida con la frialdad de un polígono industrial. Sabía perfectamente que cualquier chispa, si se aísla en el espacio correcto, termina por consumir toda la estructura.
Esa misma madrugada, después de dejar las maletas en casa de Hobi, en el club, me dediqué a estudiar su respuesta a los estímulos del entorno. Poseía la combinación exacta de orgullo académico, vulnerabilidad familiar y necesidad económica, los componentes idóneos para ser integrado en una estructura de mando y aprender a obedecer antes de que su propia lógica fuera consciente de la transición. No participaba del ambiente del local, permanecía estático, asimilando el impacto de los graves mientras yo controlaba sus movimientos desde la esquina de la barra.
Cuando un cliente ignoró el límite de su espacio personal y dejó caer la mano sobre su cadera, anulé la distancia antes de que Jimin tuviera que diseñar una defensa. No utilicé la violencia verbal, bastó con fijar las pupilas en el sujeto y cerrar el ángulo de paso para que el instinto biológico del intruso lo obligara a retirarse.
Me incliné sobre el perfil de Jimin, percibiendo el sutil olor dulce de su piel y la agitación inmediata de su aparato respiratorio.
—Este no parece tu entorno —le observé más tarde, instalándome en el reservado frente a su copa de vino, cruzando las piernas con una lentitud calculada—. Deberías estar intentando integrarte en el local.
—No me interesan las aglomeraciones ni la simulación social —respondió, sosteniéndome la mirada con orgullo rígido que solo me confirmó el diagnóstico.
—Gracias. Por lo de antes —añadió segundos después, bajando los ojos hacia el cristal para proteger su posición.
Incliné la cabeza un milímetro, aceptando el cobro de la deuda sin necesidad de emitir adjetivos. Su fisonomía era un elemento de estudio de alto rendimiento. No debía forzar los plazos de acercamiento, su inexperiencia activaba un instinto de cobertura primario en mi sistema, la urgencia de monopolizar su entorno, vigilar sus accesos y gestionar su seguridad hasta que su órbita quedara completamente subordinada a mi. A partir de Incheon, las reglas del juego de Park Jimin habían quedado bajo mi administración. Solo era cuestión de tiempo que tuviera que firmar el balance final.









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