Capítulo 1 Jugados
— SARA —
Hay una siesta que no termina nunca. La llevo adentro desde los diez años, pegada a la piel como el olor a pasto quemado que dejaba el verano en el pueblo. Una siesta larga, caliente, quieta. El tipo de quietud que te hace creer que el mundo se detuvo y que vos podés hacer cualquier cosa porque nadie te está mirando.
Pero alguien siempre mira.
Eso también lo aprendí ese día.
Me acuerdo del calor como si fuera una presencia física, algo que se apoyaba sobre los hombros y te empujaba hacia abajo. Las calles estaban vacías. Los eucaliptos apenas se movían, como si hasta los árboles estuvieran durmiendo la siesta. Yo esperaba sentada en la camioneta del abuelo, esa Ford vieja que olía a gasoil y a cuero reseco, y miraba el reloj del tablero que no funcionaba desde el noventa y dos. Pero lo miraba igual. Como si mirar un reloj roto pudiera hacer que el tiempo pasara más rápido.
Manuel tardaba.
Manuel siempre tardaba, y yo siempre esperaba. Supongo que eso lo dice todo de nosotros dos.
Lo vi aparecer desde lejos, corriendo entre el calor que ondulaba sobre el asfalto. Delgado, decidido, con esa manera suya de mover los brazos cuando corría, como si quisiera abrirse paso en el aire. Tenía dieciséis años y ya tenía esa mirada de quien sabe adónde va aunque todavía no sepa bien por qué. Llevaba algo bajo el brazo, envuelto en una bolsa de arpillera.
Me bajé de la camioneta antes de que llegara. No podía quedarme quieta.
—¿Trajiste todo? —le pregunté.
No sonreí. Él tampoco. No era un juego, y los dos lo sabíamos. Eso es lo que más me pesa ahora, cuarenta años después, cuando trato de entender qué éramos en ese momento: dos chicos que sabían exactamente lo que estaban haciendo y lo hicieron igual.
Sacó de la bolsa un alicate enorme, de esos que usan para cortar cables gruesos o candados. Brillaba en el sol de la siesta como algo obsceno.
—Está en el galponcito del fondo —dijo, con esa voz suya que ya empezaba a cambiar, que a veces salía grave y a veces se le quebraba sin avisar—. Con las herramientas de carpintero. Lo vi cuando jugábamos a las escondidas. El viejo va a estar roncando hasta las cinco. Tenemos tiempo.
Tenemos tiempo. Qué frase. Como si el tiempo fuera nuestro, como si lo pudiéramos gastar sin que nadie nos lo cobrara después.
Asentí. Y caminamos.
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La casa del prestamista era la más grande de esa cuadra, pero no por eso la más linda. Era grande como son grandes las cosas que acumulan: sin gracia, sin aire, llena de cosas que otros habían perdido y que él había guardado. Las paredes tenían manchas de humedad que nadie había molestado en tapar, y el jardín del frente era apenas un rectángulo de tierra con dos o tres plantas que sobrevivían de milagro.
Saltamos el tejido cubierto de madreselvas. Yo primero, que era más liviana. Manuel después, con el alicate todavía en la mano. El patio de atrás era fresco y oscuro, olía a tierra mojada y a algo más, algo que no supe identificar entonces y que ahora reconozco como el olor del miedo ajeno. El miedo que dejan los que vivieron aterrorizados en esos espacios.
El galponcito estaba al fondo, contra la pared medianera. Un candado oxidado cerraba la puerta.
Manuel lo cortó de un golpe limpio. El metal cayó al suelo sin hacer ruido. O tal vez hizo ruido y el corazón me latía tan fuerte que no lo escuché.
Adentro había herramientas viejas, cajas apiladas, el olor a aceite y a madera vieja. Y en el fondo, sobre una estantería de metal, una caja metálica pequeña, del tipo que usan para guardar documentos o dinero en efectivo.
—Ahí —dijo Manuel, señalando.
Yo me quedé en la puerta, mirando hacia afuera. Eso era lo que habíamos acordado: él buscaba, yo vigilaba. Tengo que ser honesta conmigo misma, aunque me cueste: yo no vigilaba nada. Yo estaba paralizada de miedo y me había inventado un rol para no tener que admitirlo.
Escuché el ruido de cajones que se abrían. Luego un silencio.
Luego la voz de Manuel:
—La encontré.
Y en ese momento, exactamente en ese momento, la puerta del fondo se abrió.
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Hay cosas que el cerebro guarda en cámara lenta. No sé por qué lo hace, qué mecanismo de supervivencia decide que ciertos momentos merecen ser vistos con ese detalle brutal, ese zoom que no pediste y que después no podés borrar. Supongo que es para que no lo olvides. Para que lo cargues para siempre.
El prestamista apareció en el marco de la puerta como si hubiera salido de entre las sombras. Era viejo, de esa vejez que no inspira compasión sino algo más oscuro. Tenía el pelo pegado a la frente de dormir, la camisa abierta, los ojos todavía nublados de sueño. Pero en las manos sostenía una escopeta. Y los ojos, a pesar del sueño, no estaban nublados del todo.
Nos miró a los dos.
—¿Qué están haciendo, carajo —dijo. No preguntó. Afirmó.
Manuel se quedó paralizado junto a la caja. Yo retrocedí un paso. Y entonces pasó algo que todavía no sé cómo explicar, algo que viene de un lugar en el cuerpo que no tiene nombre pero que existe, que existe y que a veces toma decisiones por vos antes de que la cabeza pueda intervenir.
El viejo nos miraba a los dos. Pero después bajó la vista. Y me miró a mí. Solo a mí. Con esa manera que tienen ciertos hombres de mirar a las mujeres, o a las chicas que están a punto de serlo, como si el cuerpo fuera una propiedad que todavía nadie reclamó.
Sentí su mirada como una mano.
Y algo en mí, algo que no era miedo sino otra cosa, algo más antiguo y más sucio, entendió que esa mirada era también una debilidad.
Lentamente, sin pensar, mis manos fueron a la tela del vestido. Era un vestido corto, de verano. Lo elevé apenas. Solo un instante. Solo lo suficiente.
El viejo desvió los ojos.
Y Manuel aprovechó ese instante.
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No voy a describir lo que pasó en el siguiente segundo. No porque no lo recuerde, sino porque lo recuerdo demasiado bien y hay imágenes que no tienen ningún derecho a existir fuera de mi cabeza. Solo voy a decir esto: hubo un empujón, hubo una caída, hubo un golpe seco contra el borde del banco de carpintero. Y después hubo silencio.
Un silencio distinto a todos los silencios que había conocido hasta entonces.
Manuel y yo nos miramos sobre el cuerpo inmóvil del viejo. Ninguno de los dos se movió durante lo que me pareció una eternidad. El calor de la siesta seguía afuera, indiferente. Los eucaliptos seguían sin moverse.
Fue entonces cuando lo vi.
En el marco de la puerta entreabierta de la cocina, unos ojos nos observaban. Un chico. Adolescente, más joven que Manuel, con esa cara que tienen los que el mundo nunca terminó de armar del todo. Estaba petrificado. No gritó. No corrió. Solo nos miró, parpadeando, como si tratara de entender algo que estaba más allá de lo que podía entender.
—¡Manuel —susurré—. Hay alguien más.
Manuel lo vio. Lo estudió durante un segundo largo.
—No va a decir nada —dijo, con una calma que me heló la sangre—. No va a poder.
Y salimos corriendo.
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El sol nos golpeó en la cara como una bofetada. Corrimos sin mirar atrás, doblamos la esquina, subimos a la camioneta. Yo apenas llegaba a los pedales. Arranqué igual. La camioneta dio un salto y atravesamos varias cuadras en silencio, la caja metálica apretada contra el pecho de Manuel, mi corazón golpeando contra mis costillas como si quisiera salir.
—¿Está muerto? —pregunté, cuando pude hablar.
Manuel tardó en responder. Miraba hacia adelante, con los ojos secos.
—No lo sé. No lo... quise hacer.
Puse primera. Aceleré. El pueblo desfiló por las ventanillas como en una película que no habíamos elegido ver.
—Nos vio. El hijo nos vio.
—Ese chico —dijo Manuel— ni siquiera puede decir su nombre sin ayuda.
Lo miré. Quise decirle algo, preguntarle cómo podía estar tan seguro, cómo podía hablar con esa frialdad. Pero no dije nada. Quizás porque en algún lugar horrible de mi interior, la misma frialdad que me aterraba en él era también lo único que me mantenía entera.
Paramos en el cementerio. No sé por qué ahí. Supongo que Manuel lo eligió porque estaba en las afueras, porque no pasaba nadie, porque los muertos no hablan. O tal vez porque en ese momento los dos sentíamos que habíamos cruzado algún tipo de frontera que no tenía nombre en ningún mapa, pero que existe, que es real, y que una vez que la cruzás no podés volver del mismo lado.
Abrió la caja. Adentro había billetes, fajos atados con gomitas. Una pequeña fortuna para dos chicos de un pueblo del interior.
—Esto no era parte del plan —dije.
—No hay más plan —dijo él—. Ahora solo seguimos.
Y entonces me quebré. No lo pude evitar. El cuerpo entero empezó a temblar, los dientes me castañeteaban a pesar del calor, y me metí entre los brazos de Manuel sin pedirle permiso porque era lo único sólido que había en ese momento, lo único que no se movía. Lloré con la cara enterrada en su pecho, sin pudor, con mocos y todo. Y él me sostuvo. Me fue besando la cara, los ojos, la frente, pequeños besos que no eran de amor todavía pero que eran algo más antiguo que el amor, algo más necesario.
Cuando paré de temblar, me miró.
—Volvamos —dijo.
Y volvimos. Perdiéndonos en la nube de polvo y gasoil que dejaba la camioneta detrás, como si pudiéramos dejar atrás todo lo demás también.
Pero el pacto ya estaba hecho. No con palabras. Con algo peor: con silencio compartido. Con el peso de lo que los dos habíamos visto y decidido no nombrar.
Eso dura más que cualquier promesa.
❧
— MANUEL —
Los gráficos no mienten. Eso es lo primero que aprendí, y es lo único que nunca me falló. Un precio sube o baja siguiendo patrones que existen en la naturaleza mucho antes de que existieran los mercados: la espiral de una caracola, la distribución de los pétalos de un girasol, la proporción entre el antebrazo y la mano. Fibonacci lo descubrió en el siglo trece y los mercados lo confirman todos los días, aunque los operadores no lo sepan, aunque los gerentes con sus trajes baratos y sus opiniones prestadas jamás lo entiendan.
Yo lo entiendo. Eso siempre lo supe.
Lo que tardé en saber es que entender algo no alcanza. Que podés tener razón y que igualmente te hundan.
❧
Esa tarde de siesta en el pueblo, cuando tenía dieciséis años, no pensaba en Fibonacci. Pensaba en Sara.
Pensaba en que me había dicho que confiaba en mí, y eso era más de lo que nadie me había dicho en mucho tiempo. Mi viejo me miraba como se mira a algo que no terminó de salir bien. Mi madre me quería, pero con esa manera triste de querer a los que uno no termina de entender. Mis amigos del barrio eran amigos de la pelota y del sillón, no del silencio. Sara era distinta. Sara me escuchaba cuando hablaba de las cosas que me importaban, los libros que leía, las ideas que se me cruzaban, y no se aburría. O si se aburría, lo disimulaba tan bien que para el caso era lo mismo.
Corrí las cuatro cuadras entre la casa de mi abuelo y el punto de encuentro con el alicate bajo el brazo, transpirando de calor y de nervios. El sol de la siesta caía vertical, sin piedad. El pueblo dormía. Era el momento perfecto, eso lo habíamos calculado bien: la siesta era sagrada en esos pagos, nadie se movía entre las doce y las cinco.
La vi esperando en la camioneta desde media cuadra. Tenía el vestido ese, el celeste con flores chicas, y el pelo atado en una trenza que se le escapaba por los lados. Once años y ya tenía esa manera suya de estar parada que no era de once años para nada. Como si supiera cosas que todavía no le habían pasado.
Galaxias en la cabeza, le dije una vez, muchos años después, cuando volvimos a encontrarnos. Tenés galaxias en la cabeza, Sarita, y no sabés lo que eso significa.
Ella me miró con esa media sonrisa suya que nunca terminaba de abrirse del todo y no dijo nada. Pero sé que le gustó.
❧
El plan lo habíamos armado en tres conversaciones. Nada escrito. Nada que existiera fuera de nuestras cabezas.
El prestamista del pueblo era la clase de hombre que el pueblo necesita para funcionar y para odiarse a sí mismo al mismo tiempo. Le prestaba plata a quien no tenía, con intereses que duplicaban el capital en seis meses, y si no pagabas te sacaba lo que tuvieras: la heladera, la moto, el televisor. Había familias que le debían desde hacía tanto que ya ni sabían cuánto. Mi abuelo le debía desde el ochenta y tres. El carnicero de la esquina le debía. La vieja del almacén le debía.
Yo lo había visto. Había estado en esa casa, cuando era chico y mi abuelo me llevaba a hacer los pagos mensuales, esos pagos que nunca alcanzaban a bajar la deuda porque los intereses siempre crecían más rápido. Me quedaba en el patio mientras los grandes hablaban adentro, y jugaba a las escondidas con los nenes del barrio. Y un día me escondí en el galponcito del fondo, detrás de una caja de herramientas, y vi la caja metálica.
No me la robé ese día. Tenía nueve años y todavía creía que las cosas se resolvían de otra manera.
A los dieciséis ya no creía eso.
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El candado cedió al primer golpe limpio del alicate. Me gustó ese sonido, aunque no debería haberme gustado. El galpón olía a aceite y a encierro, a cosas que llevan mucho tiempo sin ver la luz. Entré, fui directo a la estantería, abrí cajones. Sara vigilaba desde la puerta, aunque yo sabía que no estaba vigilando nada. La conocía. Sabía que cuando le entraba el miedo se quedaba tiesa, como un poste, y que esa quietud la hacía parecer serena aunque por dentro fuera todo lo contrario.
Encontré la caja en el segundo cajón. Pesaba. Eso era buena señal.
—La encontré —dije.
Y en ese momento el mundo cambió de velocidad.
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Hay momentos en la vida que funcionan como bisagras. Antes de ese momento, después de ese momento. No elegís cuáles son. Solo los reconocés cuando ya pasaron, cuando ya estás del otro lado y mirás para atrás y ves la línea.
El viejo apareció con la escopeta. Y yo me quedé paralizado. No de miedo, o no solo de miedo. Me quedé paralizado porque la mente me empezó a calcular cosas en ese instante, distancias, ángulos, probabilidades, como si fuera un gráfico que había que leer rápido antes de que el precio se moviera.
Dos metros y medio entre el viejo y yo. Tres metros entre el viejo y la puerta. Sara a un metro de la puerta. El caño de la escopeta apuntando a un punto medio entre los dos.
Y entonces el viejo bajó la vista.
Y la miró a ella.
Algo se me movió adentro en ese momento. Algo que no tenía nombre entonces y que ahora, con cincuenta y pico de años y muchas cosas vistas, reconozco como la primera vez que sentí que el mundo era capaz de la peor clase de injusticia: la que se disfraza de naturalidad, la que los hombres como ese viejo hacen sin siquiera pensarlo, como si fuera su derecho.
No vi lo que Sara hizo. Lo escuché. Escuché el susurro de la tela. Y vi cómo los ojos del viejo se desviaban.
Un instante. Menos de un segundo.
Me lancé.
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No voy a mentirme a mí mismo diciéndome que no quise hacerle daño. No planeé hacerle daño. Pero en ese momento, con el instinto tomando el control y el cuerpo moviéndose antes que la cabeza, empujé con toda la fuerza que tenía. El viejo era más grande que yo pero estaba medio dormido todavía, desorientado, y el empujón lo tomó de costado.
Cayó hacia atrás.
El golpe contra el borde del banco de carpintero fue seco, corto, definitivo.
Y después hubo silencio.
Lo miré en el suelo. No se movía. Calculé: si estuviera muerto de verdad, ¿cómo lo sabría? No lo sabía. No lo supe entonces y honestamente tampoco lo sé ahora, décadas después, porque nunca volvimos a averiguarlo. Lo que sé es que el cuerpo no se movió, y que nosotros sí.
Vi al chico en la puerta de la cocina. El hijo del prestamista. Lo conocía del pueblo, lo había visto alguna vez, un pibe que no hablaba mucho, que miraba las cosas con esa atención especial de quien tiene el mundo ordenado de una manera distinta a la de todos los demás.
Sara me avisó con un susurro.
Lo miré. Él me miró. Ninguno de los dos dijo nada.
—No va a decir nada —le dije a Sara—. No va a poder.
Era una crueldad, dicho así. Lo sé ahora. Entonces era solo un cálculo.
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En el cementerio abrí la caja.
Billetes. Muchos. Más de los que había visto juntos en mi vida. Fajos atados con gomitas, algunos viejos, algunos nuevos. El dinero de los otros, acumulado durante años de usura silenciosa.
Sara temblaba. No podía parar de temblar. Me metió los brazos alrededor del pecho y se aferró y lloró, con esa manera suya de llorar que no tiene nada de delicada, toda mocos y sacudidas y respiración entrecortada. Y yo la sostuve, y le besé la cara, los párpados, la frente, porque era lo único que sabía hacer en ese momento y porque, aunque no lo hubiera podido decir entonces, era lo que quería hacer.
Cuando paró de temblar, la miré.
—Volvamos —dije.
No era una propuesta. Era lo único que había.
Arrancamos. La camioneta levantó una polvareda que lo tapó todo. Detrás de nosotros, el pueblo seguía durmiendo la siesta. Adelante, no había nada todavía. Solo el camino, y el peso de la caja en mi regazo, y el calor que no cedía.
Pero yo ya estaba calculando. Cómo dividir el dinero. A quién dárselo. Cómo hacerlo sin que nadie supiera de dónde venía. Porque ese era el plan original, el plan de antes de que todo se complicara: repartir entre los que el viejo había vaciado. Devolver lo que no era de él.
Eso era lo que yo me contaba. Que éramos una clase de justicia.
Eso me contaba, y me lo creía, y eso es lo más peligroso de todo: los relatos que nos construimos para ser los protagonistas correctos de la historia que estamos viviendo.
Tenía dieciséis años y ya sabía hacer eso.
Después no lo dejé de hacer nunca.
❧
— SARA —
A la mañana siguiente, mientras el pueblo enterraba al prestamista, nosotros andábamos en bicicleta por las calles de atrás, con las mochilas llenas de sobres.
La gente que salía a despedir al muerto era poca. Eso también lo recuerdo. El ataúd bajó al cajón del coche fúnebre y hubo algunos vecinos de luto que parecían estar ahí más por costumbre que por dolor. El prestamista no era de los que generan llanto genuino.
Nosotros tomamos los caminos secundarios.
Tocábamos puertas. Dejábamos sobres. No decíamos nada. Si alguien preguntaba, Sara asentía con una media sonrisa y se iba. Eso era todo.
La vecina anciana de la calle Rivadavia nos miró con los ojos muy abiertos, el sobre en la mano, sin entender.
—¿Pero...? —dijo.
Asentí. Y pedaleé.
Fui a la casa del carnicero. A la de la peluquera. A la de una madre con tres hijos que le debía al viejo desde que su marido se había ido y que pagaba cada mes con lo que podía, que nunca era suficiente. Le dejé el sobre más gordo de todos.
No me sentí heroína. Eso quiero aclararlo. Quizás debería haberme sentido, quizás esa es la parte de la historia que le queda bien a alguien, pero yo no la sentí así. Lo que sentí fue algo más parecido a alivio, como cuando terminás de pagar una deuda que no recordabas haber contraído.
Una deuda con el mundo, quizás. O con esa versión de mí misma que se quedó quieta en el galpón mientras el tiempo se detenía.
❧
Esa tarde, ya sin sobres y sin dinero, paré la bicicleta en el borde del camino que lleva al cementerio. Desde ahí se veía el campo de girasoles que crecía en el predio del costado, miles de flores mirando todas para el mismo lado, obedientes al sol.
Me quedé mirándolas un rato largo.
Manuel se paró a mi lado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No —dije.
—Yo tampoco.
Y eso fue todo. No hicimos más promesas. No dijimos nada sobre lo que había pasado ni sobre lo que íbamos a hacer. Solo miramos los girasoles, que seguían mirando para el otro lado, hacia el sol, como si ellos sí supieran adónde ir.
Después cada uno se fue a su casa.
Y el pacto quedó sellado, no con palabras, sino con ese silencio compartido que es más difícil de romper que cualquier juramento.
Cuarenta años después, cuando Manuel volvió a buscarme, me di cuenta de que ese silencio nunca se había roto. Solo había esperado.
Como yo.
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— Fin del Capítulo 1 —