PRÓLOGO
Antes de sumergirte en esta historia, quiero contarte una leyenda… aunque muchos la llaman una profecía.
Antes de que el tiempo tuviera nombre, el Sol y la Luna se amaron con una intensidad que hacía temblar los cielos. Pero su naturaleza los condenaba a la distancia: cuando uno despertaba, el otro debía dormir; cuando uno brillaba, el otro se desvanecía , por más inmenso que fuera su poder, estaban condenados a permanecer separados. El sol solo podía acercarse a la luna durante los eclipses, y eran esos breves instantes los que más atesoraba, porque podía verla de cerca y sentir que, aunque fuera por un momento, ella le pertenecía.
La luna, por otro lado, envidiaba a los seres de la tierra. Humanos y cambiaformas podían tocarse, amarse y construir una vida juntos, mientras ella estaba obligada a contemplar a su amado desde la distancia eterna del cielo.
Desesperados por su soledad, realizaron un sacrificio prohibido. Cada uno arrancó un fragmento de su alma y un latido de su corazón, enviándolos a la tierra para reencarnar en cuerpos mortales.
Deseaban renacer en la tierra, crecer, encontrarse y amarse al fin sin que el cruel destino los separara.
La luna soñaba con una hija de ojos azules, brillantes como el cielo nocturno iluminado por las estrellas.
El sol deseaba un hijo con ojos dorados, capaces de iluminar incluso la oscuridad más profunda.
Sin embargo, el destino fue cruel. Vida tras vida, las almas se buscaron en medio de cenizas, guerras y traiciones, sin lograr reconocerse. Pero la promesa seguía escrita en las estrellas: llegaría un tiempo de oscuridad absoluta donde las piezas se unirían. Él nacería como el Alfa más imponente que la tierra hubiese conocido, portando el fuego del sol en sus venas. Ella sería una mujer de luz pálida y poderes incalculables, capaz de someter a la naturaleza misma.
Solo cuando el lobo y la hija de la luna se encontraran, la guerra llegaría a su fin, y el mundo, fragmentado por el odio, volvería a ser uno bajo su mando.