BEOWULF

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Summary

Escandinavia, siglo VI. En un pueblo desconocido en un lugar remoto de Escandinavia, el Mal encarnado desciende sobre un reino y desata toda su furia y fulgor sobre sus moradores. Su indecencia no conoce límites y corrompe todo a su paso. Es hasta la llegada de una tripulación de 14 guerreros comandados por el mítico Héroe Beowulf, que las puertas de aquel infierno se abren para deleite de todos, dejando ver la podredumbre humana y cómo cada persona actúa ante la Incertidumbre de un mal que no tiene lógica ni explicación.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: EL VIAJE SIN RETORNO


Una nave zarpaba hacia rumbo desconocido desde las turbulentas aguas costeras del Reino de los Gautas, una tierra próspera bajo el mando del gran rey Hygelac, único entre su linaje, excelso entre los guerreros y sabio entre los sabios. Su misma excelencia en persona los despedía y daba su bendición a la embarcación mientras ésta dejaba su estela en alta mar, desapareciendo en la inmensidad de las aguas.

A bordo, un selecto grupo de guerreros remaba hacia su próxima gesta. Estaban comandados por un hombre excepcional, cuyas hazañas lo elevaban a una categoría que pocos en su estirpe habían alcanzado. Con la mirada fija en el horizonte, contemplaba cómo los últimos vestigios de luz se desvanecían en el firmamento. La señora noche abrazaba con su manto el entorno y lo cubría de una bella oscuridad, y con ella, una penumbra que envolvía al océano en su finitud.

—Mi señor, el sol se oculta tras el ocaso —le susurró una voz serena, pero a la vez firme como el mismo barco en el que se encontraban.

Eran las palabras de Stian, el capitán de la tripulación, hombre tenaz y leal como el que más, aunque de mente y espíritu errante, lo que explicaba su profesión.

—¿Mi señor? —insistió Stian, esta vez con un matiz de incertidumbre en su voz.

—Perdóname, Stian —respondió el joven señor—. No os prestaba atención.

—No os preocupéis, mi buen señor. Yo también me embeleso de la belleza e inmensidad de los mares —replicó Stian con una media sonrisa en su rostro, la cual resaltaba sus facciones humildes.

—Sí, bueno… —asintió el joven, pero sus palabras resonaban con un eco de honda preocupación.

—¿Hay algo que os perturbe? —preguntó Stian con suma cautela. Cautela solo otorgada a aquellos capitanes que conocen a su señor como al mismo mar en el que navegan.

—Sí —respondió el joven señor. Pero era un «sí» como el de aquellos condenados a muerte que, al verse atrapados con la culpa de sus crímenes, resienten a la más pura de las honestidades que solo un hombre herido concede a sus razones—. Presiento que nuestras vidas cambiarán después de esta empresa en la que nos embarcamos; los dioses han depositado una carga inmensa sobre mí —confesó el joven señor.

En su rostro, una mirada fija reflejaba lo más profundo de su ser. En las paredes de su psique, las vides del miedo danzaban al ritmo de los pensamientos que su mera conciencia desfilaba ante el pálido azul de sus ojos.

—Pero vuestra excelencia, ¿acaso no sois vos el gran Beowulf? —dijo Stian, con una mirada firme que desbordaba la admiración y lealtad que profesaba por su señor—. ¿Acaso vuestro nombre no se canta en las mejores baladas? Y ¿no se exalta vuestra presencia en la corte de vuestro tío? ¿No es vuestra eminencia alabada y respetada incluso por nuestros enemigos? Entonces os pregunto, ¿qué teméis? No existe empresa tan grande ni enemigo tan fiero que una espada no pueda cortar o flecha no pueda perforar.

Beowulf, atento a las palabras de su leal compañero, respondió ante tales halagos:

—Viejo amigo, no os equivoqueis; no caigas en el pecado del orgullo. Hombre no es aquel que se jacta de sus hazañas, sino, al contrario, quien busca un propósito en ellas. Pues, ¿qué soy yo sino un simple siervo? Se me han concedido los dones que poseo para hacer el bien, pero en mi ser no habita un ápice de voluntad para convertirme en aquello que el destino me exige ser. Al contrario, mi corazón está inundado de anhelos, dudas y temor. Y no os confundáis, amigo mío, no es miedo a la grandeza o la ferocidad de mis enemigos lo que me atormenta; las heridas superficiales sanan con el tiempo. No, hablo de las más profundas, aquellas malditas que se funden con tu propio yo, porque en cada batalla mis enemigos perecen, pero un trozo de oscuridad corrompe mi alma, y traspasa su hediondo vapor putrefacto a mis carnes, royendo con su indecencia todo mi ser y a aquellos a mi alrededor.

Decía Beowulf estas palabras con tal melancolía, digna de un grupo selecto de suicidas a los cuales la vida les dejó de sonreír, pero al mismo tiempo con la firmeza de aquellos mártires dispuestos a morir por lo que creen.

—Oh, mi señor, ¿tanto peso cargáis en vuestros hombros? ¿Cómo vuestro humilde servidor os puede ser de ayuda? —respondió Stian, tratando de replicar en su voz la melancolía que resonaba en las palabras de su señor, como gesto de buen hombre que busca empatía e igualdad entre sus semejantes.

—Veo bondad en vuestro corazón, viejo amigo —afirmó Beowulf con una media sonrisa en su pálido rostro—. Incluso si cayera en la más estrepitosa y delirante de las locuras, sé que tu compañía sería incuestionable.

Los dos se miraron, como lo hacen los niñitos cómplices de la más pura de las travesuras.