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El heredero roto
En el corazón del reino de Eldoria, donde las torres de mármol blanco se alzaban como guardianes silenciosos contra un cielo perpetuamente tormentoso, vivía Kim Seokjin, el único heredero de la corona. A sus dieciséis años recién cumplidos, era un omega, una anomalía escandalosa en una línea de sangre que durante generaciones había producido alfas poderosos y guerreros indomables, hombres y mujeres que habían conquistado territorios enteros con el peso de su sola presencia. Eldoria era un reino que olía a gloria antigua, a piedra mojada y a la sangre seca de batallas ganadas hace siglos, pero esa gloria se había ido pudriendo lentamente desde adentro, como un árbol magnífico comido por la raíz.
Kim Seokjin no era el tipo de heredero que Eldoria había esperado.
Su madre, la reina Minjin, era una alfa pura, con el porte de quien había nacido para gobernar y la crueldad de quien había aprendido que el poder no se comparte. Lo miraba con un desprecio que cortaba más profundo que cualquier espada, un veneno que se filtraba en cada interacción, recordándole día tras día que su existencia era una afrenta al legado familiar. Desde niño, Seokjin había soportado sus miradas fulminantes durante las cenas reales, sentado en el extremo opuesto de la mesa larga como si su sola proximidad pudiera contaminar algo. El aire durante esas cenas siempre se espesaba con el aroma de la carne asada y el vino derramado, pero también con algo más difícil de nombrar: el hedor de la tensión no resuelta, de palabras que se acumulaban sin decirse y de otras que se decían con demasiada precisión.
“Un omega en el trono es una maldición para el reino”, solía gruñir la reina Minjin, su voz un látigo que azotaba el alma de Seokjin, haciéndolo encogerse en su asiento como si cada sílaba fuera un golpe físico calculado para no dejar marca visible. El sufrimiento no era sólo verbal; era una erosión constante, lenta y metódica, como el agua que desgasta la piedra no de un golpe sino de gota en gota durante años. Le habían enseñado desde pequeño que ser omega en un mundo dominado por alfas equivalía a ser una debilidad andante, un error genético que amenazaba la estabilidad de Eldoria, y la reina Minjin se había encargado personalmente de que esa lección nunca se olvidará.
Seokjin, con su figura esbelta pero de hombros sorprendentemente firmes, su cabello negro azabache cayendo en ondas suaves sobre la nuca, y unos ojos verdes que guardaban más inteligencia de la que cualquier noble se molestaba en notar, se había convertido con los años en un maestro del silencio. Había aprendido a esconderse en las sombras, a hacer su presencia tan pequeña que los nobles lo miraban y no terminaban de verlo, como si fuera parte del mobiliario del palacio. Era un mecanismo de supervivencia que había pulido durante años, y aunque funcionaba, lo dejaba sintiéndose hueco por dentro, como una copa de cristal fino y vacío.
Su padre, el rey Seowon, era su único refugio real. Beta de corazón noble y carácter apacible, había protegido a Seokjin desde el día en que los médicos de la corte anunciaron su condición con rostros sombríos, como si diagnosticaran una enfermedad incurable en lugar de simplemente describir a un niño. “Eres especial, mi amor”, le susurraba el rey por las noches durante su infancia, acurrucándolo en sus brazos mientras el viento golpeaba las ventanas del palacio, su voz temblorosa por un miedo que nunca desaparecía del todo: el miedo a que el mundo terminará por romper lo que él había dedicado años a proteger. Pero incluso él no podía borrar las miradas de los nobles, quienes murmuraban en los pasillos sobre cómo un omega nunca podría liderar, sus palabras como cuchillos que se clavaban en el corazón de Seokjin cada vez que los cruzaba, amplificando un aislamiento que ya era casi total.
El reino, mientras tanto, se desmoronaba.
Las hambrunas azotaban las aldeas periféricas con una ferocidad que los informes del consejo real describían en términos clínicos y fríos, pero que Seokjin intuía era mucho peor de lo que le contaban. Los graneros reales se vaciaban más rápido de lo que los impuestos podían llenarlos, y los rumores de invasión se extendían por Eldoria como un incendio forestal alimentado por el viento seco del miedo colectivo. Campos yermos, familias diezmadas por la enfermedad, niños con ojos hundidos pidiendo en las esquinas de la capital: todo eso llegaba a Seokjin en fragmentos, conversaciones a media voz que se interrumpían cuando él aparecía, como si la verdad del reino fuera un secreto que no le correspondía conocer.
“Los saqueadores del norte”, decían los mensajeros, con voces que temblaban apenas lo suficiente para delatarlos. Los lideraba un alfa conocido simplemente como el Lobo de Sangre, un hombre cuyo nombre real circulaba en susurros entre los soldados: Kim Namjoon, veinticuatro años, exiliado de su propio clan, constructor de un ejército de descontentos que había ido creciendo en las tierras salvajes del norte como algo orgánico y peligroso. Dejaban solo cenizas y huesos a su paso.
Seokjin escuchaba estos informes desde su ventana, el corazón latiendo con una mezcla de miedo genuino y algo más difícil de identificar: una fascinación que lo atormentaba precisamente porque no podía explicarla. ¿Cómo podía un hombre causar tanto caos? ¿Y por qué, en lo más profundo de su ser, sentía ese hilo extraño, casi inexplicable, cada vez que oía ese nombre? Lo atribuía a los nervios, a la crisis, a demasiadas noches sin dormir bien. Pero el hilo persistía.
Esa mañana, el palacio bullía de actividad, un hervidero de pánico apenas disfrazado de eficiencia. El rey Seowon había convocado al consejo real con urgencia, y los pasillos que normalmente conservaban una quietud solemne estaban atravesados por sirvientes corriendo con pergaminos, guardias reposicionándose con armaduras que crujían por la falta de mantenimiento, y nobles que caminaban deprisa con expresiones que mezclaban la preocupación genuina con el cálculo político.
Seokjin no había sido invitado formalmente. Nunca lo invitaban.
Pero se las arregló de todas formas para escabullirse hacia la sala del trono antes de que comenzara la reunión, moviéndose con la fluidez silenciosa que había perfeccionado durante años. Se ocultó detrás de una de las cortinas pesadas de terciopelo carmesí que flanqueaban las columnas laterales, observando a través de una rendija apenas suficiente para ver sin ser visto. Su respiración se volvió lenta y deliberada, consciente de que su aroma de omega podía traicionarlo si algún alfa prestaba suficiente atención. Se había aplicado aceite de cedro en las muñecas esa mañana precisamente para eso, un truco que había aprendido a los catorce años y que usaba siempre que necesitaba pasar desapercibido.
La reina Minjin presidía desde el trono principal con la naturalidad absoluta de quien nunca ha dudado de su derecho a ocupar ese espacio. Vestida con seda color medianoche y una capa bordada en hilo dorado, su presencia era el tipo que comprimía el aire a su alrededor, haciendo que todos los demás en la sala parecieran versiones menos completadas de sí mismos. A su lado derecho estaba el rey Seowon, más quieto, con una expresión que Seokjin conocía bien: la de un hombre que escoge sus batallas con cuidado porque sabe que no puede ganarlas todas.
Y luego estaba Yoongi.
Min Yoongi, consejero real, veintiocho años, cabello plateado que caía sobre ojos color acero que no parecían nunca del todo quietos. Había llegado al palacio hacía apenas unos meses, recomendado por un aliado lejano cuya lealtad nadie había tenido tiempo de verificar correctamente, y desde entonces su influencia había crecido con una velocidad que debería haber alarmado a más personas de las que lo había hecho. Seokjin lo observaba con la mezcla específica de cautela y curiosidad que reservaba para las cosas que no terminaba de entender.
“Majestad”, dijo Yoongi con esa voz suya, suave y afilada al mismo tiempo, como seda pasada sobre el filo de una navaja, “el reino necesita un líder fuerte. Las invasiones son inevitables si no actuamos con decisión. Debemos aliarnos con fuerzas externas o reforzar nuestras defensas antes de que la ventana de oportunidad se cierre”. La reina asintió, pero sus ojos se desviaron casi imperceptiblemente hacia la cortina donde Seokjin se escondía, un destello de disgusto cruzando su rostro con la rapidez de un relámpago.
“¿Y qué hay de mi heredero?“, dijo la reina Minjin, con un tono que Seokjin reconoció de inmediato porque llevaba años aprendiendo cada uno de sus matices. Era el tono de quien sabe que va a herir y lo elige de todas formas. “¿Ese omega patético que se esconde en las sombras como si las paredes fueran a protegerlo de sus propias deficiencias?”
El nudo que se formó en la garganta de Seokjin fue físico, casi sólido. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera prevenirlas, rodando calientes por sus mejillas mientras luchaba por contener un sollozo que habría delatado su posición. Quería gritar. Quería salir de detrás de esa cortina y decir algo, cualquier cosa, que no fuera este silencio ensordecedor que lo hacía sentir cómplice de su propio desprecio. Pero las palabras se atascaron, ahogadas por años de condicionamiento que le habían enseñado que hablar sin permiso solo traía consecuencias.
Su padre intervino con la voz firme pero cuidadosa que siempre usaba cuando intentaba defender a Seokjin sin provocar directamente a la reina. “Mi reina, nuestro hijo es joven. Con el tiempo y la orientación adecuada, aprenderá lo que necesita para ser un líder”. La reina Minjin río. No una risa de diversión, sino el tipo de sonido que ocupa el espacio donde debería estar la compasión y no hay nada. “Aprenderá a ser un omega sumiso, nada más. Los alfas conquistamos mundos. Los omegas los destruyen con su debilidad.” Su mirada se desplazó hacia su esposo con una frialdad calculada. “Igual que ciertos betas que confunden la bondad con la fortaleza.”
Los nobles murmuraron en lo que solo podía llamarse acuerdo performativo, ese tipo de consenso que no viene de convicción sino del miedo a disentir. Seokjin los oyó como si estuviera bajo el agua, el sonido distorsionado por el zumbido de sus propias emociones. ¿Por qué había nacido así? No era una pregunta nueva, pero cada vez que volvía lo encontraba igual de desarmado frente a ella.
Se escabulló de la sala antes de que la reunión terminara, corriendo por los pasillos con la cabeza gacha hasta llegar a los jardines traseros del palacio, donde las rosas rojas florecían con una obstinación que parecía casi indecente dado el estado de todo lo demás. El viento frío le azotó el rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no intentaba contener, y Seokjin se dejó caer en un banco de piedra, su cuerpo temblando no de frío sino de ese tipo de dolor que no tiene una ubicación precisa porque ocupa todo.
Pensó en su infancia. En las noches en que su madre lo ignoraba deliberadamente en la mesa, sirviéndole al último como si fuera un invitado indeseado en su propia casa. En las burlas de ciertos sirvientes, los que sabían que podían permitírselo, llamándolo “el omega roto” en voz lo suficientemente baja como para tener negación plausible. En los años que había pasado construyendo muros dentro de sí mismo porque nadie le había dado otra herramienta para sobrevivir.
Necesitaba aire. Espacio real, no el espacio contenido y vigilado de los jardines del palacio.
Sin pensarlo del todo, se dirigió hacia el bosque que bordeaba los muros este del reino, el mismo que los aldeanos llamaban prohibido con una seriedad que mezclaba superstición genuina y algo que sonaba más a advertencia práctica. Decían que los espíritus de antiguos guerreros lo habitaban, que quienes entraban sin propósito claro volvían cambiados o no volvían. Seokjin no creía en esas historias, o al menos eso se decía. Lo que sí sabía era que nadie lo seguiría hasta allí, y eso por ahora valía más que cualquier otra cosa.
El bosque era denso y antiguo, con árboles centenarios cuyos troncos tenían el grosor de tres hombres y cuyas ramas formaban un techo tan cerrado que la luz del mediodía llegaba al suelo en fragmentos dispersos, como si el sol mismo dudara antes de entrar. El suelo era musgo y raíces y tierra oscura que absorbía el sonido de los pasos, y Seokjin caminó durante lo que podrían haber sido horas, perdiendo gradualmente la noción del tiempo con una gratitud que no esperaba sentir.
Llegó al claro casi sin quererlo.
Era un espacio circular donde los árboles retrocedían lo suficiente para dejar pasar un chorro de luz real, limpia, que caía sobre una roca grande cubierta de liquen verde. Y allí, sentado sobre esa roca con la espalda ligeramente inclinada sobre la tarea que ocupaba sus manos, estaba un hombre.
Seokjin se detuvo.
Era más de lo que cualquier rumor había sugerido. Alto, con hombros anchos que hablaban de años de entrenamiento real y no de la musculatura decorativa que exhibían algunos nobles de la corte, vestido con una armadura de cuero negro que había visto uso genuino: raspones, costuras reforzadas, una grieta en el hombrón derecho que alguien había reparado con hilo de cuero grueso. Su cabello oscuro estaba atado en una coleta descuidada, y sus manos, grandes y de nudillos marcados, se movían con una precisión metódica sobre la espada que estaba afilando, cada pasada de la piedra un sonido seco y uniforme que llenaba el claro con una calma que contrastaba de forma extraña con todo lo que Seokjin sabía de él.
Kim Namjoon. El Lobo de Sangre.
Seokjin se quedó paralizado detrás de un árbol, la mente gritando que diera media vuelta, que corriera, que alertara a la guardia. Eran instrucciones completamente razonables. El problema era que sus pies no las recibían, anclados al suelo por algo que no sabía nombrar con precisión: una atracción que no pedía permiso, un tirón que venía de algún lugar más profundo que la lógica y más persistente que el miedo.
Namjoon levantó la cabeza.
Sus fosas nasales se dilataron primero, antes de que sus ojos oscuros barrieran el perímetro del claro con la eficiencia de alguien que ha sobrevivido demasiado tiempo en territorio hostil para confiar en que los sonidos son la única advertencia. “¿Quién anda ahí?“, dijo, su voz profunda y autoritaria, el tipo de voz que espera ser obedecida y raramente no lo es.
Seokjin salió de detrás del árbol con las manos visibles y el corazón latiendo a una velocidad que le parecía completamente injusta para la situación. “Soy... soy el príncipe de Eldoria”, dijo, y odiose de inmediato por cómo sonó, como una presentación en un banquete en lugar de lo que era.
Namjoon lo miró de arriba abajo con una lentitud que parecía calculada para incomodar, y la sonrisa que curvó sus labios no era amable pero tampoco era del todo hostil. Era algo más interesante que cualquiera de las dos cosas: curiosidad genuina mezclada con una ironía que no se molestaba en disimular. “Un príncipe omega”, dijo. “Qué sorpresa. ¿Vienes a suplicar paz o a espiar? Porque para espiar eres bastante ruidoso.”
El calor subió a las mejillas de Seokjin antes de que pudiera prevenirlo. “No soy un espía. Solo... necesitaba escapar”. Era una respuesta ridícula y lo sabía mientras la decía, pero era también completamente verdadera, y algo en esa verdad lo hizo no retractarse.
Namjoon se levantó de la roca con la fluidez de alguien a quien el peso de su propio cuerpo le resulta completamente familiar, y comenzó a acercarse con pasos lentos y deliberados que hicieron que Seokjin tuviera que resistir el impulso de retroceder. Era más alto de lo que había parecido sentado, su presencia llenando el claro de una manera que no tenía que ver solo con el tamaño físico. Olía a humo y tierra y algo más difícil de identificar, algo que hizo que el estómago de Seokjin se apretara de una forma que no era exactamente desagradable y que lo alarmó precisamente por eso.
“¿Escapar de tu palacio dorado?“, repitió Namjoon, con un tono que sugería que encontraba la idea simultáneamente absurda y comprensible. “He oído historias sobre ti, Kim Seokjin. El heredero despreciado. Débil, dicen los que hablan de ti.” Hizo una pausa. “Aunque los que hablan de otros rara vez los conocen.”
Seokjin tragó saliva. No retrocedió. “Y tú eres el saqueador. El que quema aldeas y mata gente inocente. El que fue exiliado de su propio pueblo.” Fue un impulso, las palabras saliendo antes de que el miedo pudiera interceptarlas, y las dejó estar.
Namjoon rió, un sonido ronco y breve que reverberó en el claro como algo inesperado incluso para él mismo. “Así es. Y pronto agregarás a esa historia que tu reino también será mío. Si vives para contarlo, claro.” Pero no hizo ningún movimiento hacia su espada. En cambio, extendió la mano y rozó la mejilla de Seokjin con la yema de un dedo índice, un contacto tan breve y tan cargado que el omega sintió la onda de calor recorriéndole el brazo hasta el hombro antes de poder procesar lo que había pasado.
“¿Por qué no huyes, pequeño omega?“, preguntó Namjoon, su voz baja ahora, casi privada, como si la pregunta fuera solo para los dos. “¿O acaso sientes lo mismo que yo?”
Seokjin jadeó. Sus ojos encontraron los de Namjoon, marrones y profundos y llenos de algo que reconoció aunque no tenía nombre todavía para ello. Deseo. Curiosidad. Peligro. Y debajo de todo eso, algo que se parecía a un espejo.
“No sé qué siento”, susurró Seokjin. Era mentira y ambos lo sabían.
Namjoon se inclinó ligeramente hacia él, su aliento cálido rozando el borde de su oído. “Vete antes de que cambie de idea. Pero recuerda esto: nos volveremos a ver. Y cuando eso pase, no seré tan amable.” Se apartó, volviendo a la roca y a su espada con la misma calma con que había comenzado, como si la conversación entera hubiera sido un paréntesis menor en su tarde.
Seokjin retrocedió un paso, luego otro, y luego corrió.
Esa noche, en su habitación, se quedó largo tiempo frente al espejo sin hacer nada en particular. Sus ojos verdes lo miraban de vuelta con una expresión que no terminaba de reconocer como suya, algo más alerta, más encendido, que lo que veía normalmente. Afuera, el viento azotaba las ventanas del palacio con la insistencia de algo que necesitara entrar.
Kim Namjoon. Alfa. Enemigo declarado de Eldoria.
Seokjin apoyó la frente contra el cristal frío del espejo y cerró los ojos.
El reino necesitaba un líder, y él era solo un omega al que su propia madre despreciaba públicamente. Eso no había cambiado. El consejo conspiraba, las aldeas morían de hambre, y en algún lugar al norte, un hombre al que acababa de conocer en un bosque prohibido planeaba tomar todo lo que quedaba de Eldoria por la fuerza.
Y Seokjin, inexplicablemente, seguía pensando en el toque de ese dedo en su mejilla.
“Qué desastre”, murmuró en voz alta, a nadie en particular.
El viento aulló afuera como si estuviera de acuerdo.
®Angellique𓂃⸙