Capítulo 1.- Nico y el pequeño problema en la cantina
El pueblo de Roca Seca era tranquilo. Demasiado tranquilo.
Las calles polvorientas permanecían casi vacías bajo el sol de la tarde, mientras los caballos descansaban atados frente a la cantina principal.
Afuera, recargados contra una cerca, Bruno y Ronan esperaban con una paciencia cada vez más escasa.
Bruno, alto y corpulento, con hombros anchos y una barba tupida que endurecía aún más sus facciones, observaba las puertas batientes de la cantina con evidente impaciencia. Tenía la presencia firme de alguien acostumbrado a imponer orden con solo mirar.
A su lado, Ronan, igual de alto pero más ágil en apariencia, permanecía inmóvil bajo el ala del sombrero. Su rostro afilado y sus ojos claros tenían esa frialdad tranquila de quien siempre parecía medir el peligro antes de actuar.
Bruno soltó un suspiro.
—Lleva demasiado tiempo ahí dentro.
Ronan, con el sombrero inclinado y los brazos cruzados, no apartó la vista de la entrada.
—Sí.
Bruno se acomodó el cinturón con impaciencia.
—Dijimos entrar, conseguir información y salir.
Ronan asintió apenas.
—Sí.
Bruno frunció el ceño.
—Entonces explícame por qué lleva cuarenta minutos.
Ronan respondió con absoluta calma:
—Porque es Nico.
Bruno dejó escapar una risa seca.
—Buena respuesta.
Dentro de la cantina, el ambiente estaba cargado de tensión.
En una mesa al centro, Nico sonreía con descaro mientras recogía una bolsa de monedas.
No era particularmente alto ni corpulento, pero se movía con una agilidad inquieta que hacía difícil apartar la vista de él. Su piel cobriza estaba curtida por el sol del camino, y el cabello negro le caía en mechones desordenados sobre el rostro. Tenía una sonrisa ladeada y unos ojos oscuros llenos de esa chispa desafiante de quien parecía sentirse cómodo incluso cuando todo estaba a punto de salir mal
Frente a él, cuatro hombres lo observaban con furia contenida.
En una mesa apartada, junto a la ventana, un joven rubio contemplaba la escena en silencio. Vestía ropa sencilla de viaje y sostenía un vaso entre las manos. Sus ojos azules claros y su expresión tranquila contrastaban por completo con el caos que estaba a punto de estallar.
Observaba a Nico con curiosidad, como si intentara entender cómo alguien podía sonreír estando rodeado de problemas.
Uno de los hombres golpeó la mesa con violencia.
—¡Ese tramposo me robó!
Afuera, Bruno cerró los ojos al escuchar el grito.
—Ah, claro.
Ronan ya se estaba incorporando.
—Ya empezó.
Dentro, Nico alzó una ceja con fingida inocencia.
—Eso es una acusación muy fea.
El joven rubio bajó la mirada a su vaso y sonrió apenas.
Otro de los hombres se puso de pie.
—¡También nos robaste!
Nico guardó la bolsa de monedas en su cinturón.
—Técnicamente, me las gané.
El muchacho siguió observándolo. No entendía cómo podía mantenerse tan tranquilo, como si el peligro fuera algo cotidiano para él. Y, sin embargo, aquello le resultaba fascinante.
Entonces uno de los hombres lanzó el primer golpe.
Nico lo esquivó y la silla salió despedida.
Afuera, Bruno giró hacia la puerta al escuchar el estruendo.
—Eso no sonó como “conseguir información”.
Ronan suspiró.
—No.
Dentro, la cantina estalló en caos.
Mesas volcadas, botellas rompiéndose, gritos y golpes por todas partes.
Nico retrocedía entre risas mientras esquivaba ataques. El joven rubio apartó su silla justo antes de que uno de los hombres cayera junto a su mesa, pero ni siquiera se alteró.
Nico tomó una botella y la lanzó para frenar a uno de sus atacantes. La botella impactó una lámpara de aceite que cayó encendida sobre una cortina.
Las llamas comenzaron a extenderse.
El joven rubio miró el fuego, luego a Nico, y suspiró con resignación. Tomó una jarra cercana y apagó las llamas antes de que crecieran.
Nico alcanzó a verlo de reojo y sonrió.
—Gracias, amigo misterioso.
El joven bajó la mirada con timidez, sin responder.
En ese momento, las puertas de la cantina se abrieron de golpe.
Nico salió corriendo con la bolsa de monedas en la mano, sonriendo como si nada.
—¡Buenas noticias! ¡Ya conseguí la información!
Detrás de él salieron cuatro hombres furiosos.
—¡Agárrenlo!
Bruno abrió los brazos, indignado.
—¡¿Qué hiciste?!
Nico siguió corriendo hacia ellos.
—¡Gané una mano amistosa de cartas!
Uno de los hombres gritó desde atrás:
—¡Hizo trampa!
Nico señaló al hombre sin dejar de correr.
—Eso es una acusación muy fea.
Bruno miró la bolsa de monedas.
—¡También les robaste!
Nico llegó junto a ellos y sonrió.
—Técnicamente, me las gané.
Ronan observó a los hombres acercándose armados.
—Tenemos compañía.
Bruno lo fulminó con la mirada.
—¡Te dije que no causaras problemas por una vez!
Nico montó su caballo de un salto.
—¡Y yo dije que confiaran en mí!
Un disparo levantó polvo cerca de ellos.
Ronan ya había desenfundado el revólver.
—La discusión puede esperar.
Bruno montó rápidamente.
—Estoy rodeado de idiotas.
Nico sonrió.
—Pero idiotas encantadores.
Los tres arrancaron a toda velocidad mientras los disparos estallaban detrás de ellos.
Dentro de la cantina, el joven rubio se acercó lentamente a la puerta y observó cómo los tres se alejaban levantando polvo en el camino.
Uno de los hombres golpeados lo vio mirando.
—¿Qué miras?
El joven respondió en voz baja:
—Nada.
El hombre señaló hacia afuera con rabia.
—¡Esos locos nos robaron!
El muchacho observó el horizonte y sonrió apenas.
—No parecían malos.
El hombre gruñó.
—Si los conoces, habla.
El joven negó con calma.
—No los conozco.
Y era verdad.
No sabía quiénes eran, pero algo en ellos había llamado su atención.
El joven dejó unas monedas sobre la barra y salió.
Afuera, el polvo de los caballos aún flotaba en el aire. Miró el camino por donde se habían ido y murmuró para sí:
—Supongo que volveré a verlos.
Luego montó su caballo y avanzó lentamente por la misma ruta, sin prisa y sin ruido, como si el destino ya hubiera decidido unir sus caminos.