Capítulo 1
Catalina apenas podía respirar. Sus piernas pequeñas y débiles ardían por el cansancio, pero el miedo la obligaba a seguir avanzando. El frio de la madrugada se colaba entre la tela rota de su vestido y las lágrimas ya habían dejado marcas sobre sus mejillas ya sucias. Cada vez que cerraba los ojos veía a su madre tendida en el suelo, con la respiración quebrada y la sangre manchando sus manos temblorosas.
"Corran..."
Aquella palabra seguía persiguiéndola.
Y Sofia...
El sonido del carruaje alejándose con su hermana dentro aún retumbaba en sus oídos como una pesadilla interminable. Catalina había corrido hasta que sus piernas no pudieron más, golpeando la tierra húmeda mientras gritaba el nombre de su hermana con desesperación. Pero nadie se detuvo. Nadie ayudó.
Ahora estaba sola.
La pequeña Catalina apretó la carta contra su pecho. El papel estaba arrugado y húmedo por la lluvia ligera que comenzaba a caer. Solo había un nombre escrito con tinta que ya se corría: MADAME BELLANE.
Catalina no sabía quién era aquella mujer, pero era lo único que le quedaba.
El nuevo pueblo parecía otro mundo comparado con el lugar miserable donde había crecido. Las calles estaban limpias, las casas eran de piedra clara y las lámparas iluminaban los caminos con una tenue luz dorada. Las personas vestían mejor, caminaban deprisa y apenas volteaban a verla.
Y cómo no hacerlo.
Era solo una niña descalza, cubierta de tierra y dolor, confundida, sabiendo que no volvería a ver a su madre.
El estómago le rugió con fuerza. No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido. Intentó seguir caminando, pero el cuerpo le pesaba demasiado. Sus manos temblaban y la vista comenzó a nublarse.
Fue ahi donde choco accidentalmente contra alguien.
Catalina cayó al suelo de inmediato.
-Ten cuidado- dijo una voz femenina, elegante pero firme.
Catalina levantó la mirada lentamente.
Frente a ella había una mujer alta, vestida con colores muy vivos. Su porte era refinado y sus ojos claros la observaban con una mezcla de sorpresa y análisis. Detrás de ella esperaba un carruaje enorme adornado con detalles.
La mujer volvió a ver a Catalina con atención. Ahora que la observaba de cerca, el parecido era imposible de ignorar.
Los mismos ojos grandes obscuros y expresivos. La misma forma delicada del rostro. Incluso aquella manera de apretar los labios cuando tenia miedo o tristeza...era exactamente igual a Lindia.
El corazón de Madame Bellane se encogió.
Hacía tantos años desde la última vez que había visto a su amiga.
Lindia había nacido en la casa LAFAYETTE porque su madre trabajaba como sirvienta para la familia. A pesar de las diferencias sociales, ambas crecieron juntas durante la infancia. Mientras Bellane recibía clases de etiqueta, francés y piano. Lindia corría detrás de ella por los enormes jardines de la propiedad riendo sin parar. Eran inseparables...hasta que la vida las colocó en caminos distintos.
Madame Bellane - de apellido Lafayette y descendiente de una antigua y vieja familia noble francesa- había heredado elegancia, fortuna y prestigio. Tras mudarse a Londres, fundó una reconocida academia donde jóvenes de familias nobles eran preparadas antes de su presentación en sociedad y futuros matrimonios.
Era una mujer importante. Su cabello rojo cuidadosamente recogido contrastaba con sus ojos profundos. Su figura robusta y su refinada manera de vestir imponían respeto, pero su voz conservaba una calidez casi maternal. Ella nunca se caso ni tuvo descendencia.
Y aun así, en ese momento, frente a aquella niña temblorosa....Bellane no parecía una mujer poderosa.
Parecía simplemente una amiga que acababa de perder a alguien importante.
Sus manos recorrieron lentamente la carta.
"Mi querida amiga...
Si esta carta llegó a tus manos, significa que yo ya no estoy.
Te suplico que tomes a mis hijas Catalina y la pequeña Sofía y las cuides como yo ya no puedo hacerlo"
Madame cerró los ojos un instante.
Lindia sabía perfectamente que ella jamás ignoraría una petición así.
Volvió a mirar alrededor.
-¿Y tu hermana?- preguntó suavemente-. ¿Dónde esta?-
Aquello basto para romper a Catalina.
La niña llevó ambas manos a su rostro y comenzó a llorar desdesperadamente, como si hubiese estado conteniendose desde hacía horas.
-¡Se la llevaron...!- sollozó-. Ese hombre...en un carruaje negro...yo intenté alcanzarla pero ella estaba lastimada yo no la pude cargar... lo intente.
Las palabras salían entrecortadas por el llanto.
-No pude salvarla...
Madame sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo. Su expresión cambio por completo. Ya no había solamente tristeza en sus ojos.
Había preocupación.
Porque en esta época (1845) una niña desaparecida rara vez volvía a casa.
Madame se arrodilló frente a esa niña ignorando todo protocolo y el lodo en su vestido elegante. Tomó el rostro de la niña entre sus manos con delizadeza.
-Escúchame bien, pequeña- dijo con firmeza y ternura a la vez- No volverás a estar sola. Te lo prometo.
Catalina bajó la mirada temblando.
Madame la abrazó con fuerza contra su pecho, y por primera vez desde la partida de su madre... Catalina sintió un poco de calor.